RELATOS I

 

TALLER DE CREACIÓN LITERARIA

I Cuatro estaciones

II - El viejo y la muchacha 

III - Mi otoño (Publicado en el libro "Letras indiscretas")

IV - La Finitud

V - aniversario  

VI - Al día siguiente 

VII-Amanece V

VIII Sintomatología de un raro (Publicado en la revista "Estadea")

IX - Llegó puntual a su cita

X - Abdoulay

ABDOULAY

Abdoulay tiene una familia, una mujer embarazada y un hijo de cuatro años; Abdulay y su familia viven en una habitación sin ventanas. Hace unos meses tiritando de frío y miedo cruzaron los tres el estrecho en una patera, cruzar esas diez millas les costó los ahorros de su vida; se jugaron la vida huyendo de una muerte segura.

Abdoulay es negro porque así lo quiso Dios, o la Providencia, o el destino, o el azar, que le condenó a nacer en Sierra Leona; Abdoulay es musulmán, imagino que por la misma sinrazón que es negro y es pobre, y es, además, una buena persona.  Abdoulay cada mañana va en busca de trabajo y los patrones dicen que no pueden dárselo porque no tiene papeles, y cuando va a pedir los papeles le dicen que no se los dan porque no tiene trabajo.

Y como no tiene papeles y no tiene trabajo Abdoulay ha solicitado a los Servicios Sociales que les ayuden, pero como no está empadronado los funcionarios le contestan que no pueden hacer nada por amortiguar su desamparo. Y Abdoulay que mide casi dos metros, tiene complexión atlética y musculosa, que es un hombre como un castillo, ayer lloraba como un niño, me interrogaba qué debe hacer para que su mujer embarazada y su hijo de cuatro años no se mueran de hambre.

Intenté ser sincero y con toda la empatía que pude me puse en su pellejo, él me inquiría una respuesta y mis labios guardaban silencio. Era tanta la angustia que supuraban aquellas pupilas que especulé sobre qué ocurriría si Abdoulay perdiera su cordura y decidiera que la mejor manera de conseguir una habitación con ventana, comida diaria, una cama con mantas, un lavabo, un retrete y hasta una sala donde entretenerse cada día y sobretodo, una puntual asistencia sanitaria sería robar, traficar con drogas, y si fuera preciso, matar. Sí, matar, imaginé que si matara a una niña, después de violarla, así la condena sería más larga, y después, que se entregara para que lo metiéramos en la cárcel. Allí gozaría de esas pequeñas cosas que hoy le negamos, además, conseguiría que esas personas autistas que al pasar a su lado hoy miran hacia el otro costado, le reconocerían y le señalarían con el dedo, ya no sería un anónimo sin papeles que a nadie preocupa si se muere de hambre o malvive en una habitación sin ventana, entonces sería noticia en los diarios, salmo en los púlpitos, discurso entre la verborrea demagógica de los políticos y el motivo de muchas conversaciones en bares y peluquerías.

Miré sus ojos y me escandalicé de mis fantasías, él es una buena persona y sospecho que seguirá condenado a malvivir, hacinado en una habitación sin ventanas.

 

LLEGÓ PUNTUAL A SU CITA

 Llegó puntual a la cita. Aprecié en él cierto nerviosismo, aun cuando su sonrisa y sus ojos saltones, querían mostrarme la alegría por la tranquilidad que le producía el verme allí, esperándolo. Tras recorrer las cuatro estaciones de su particular calvario, al fin le dieron la cartilla de la Seguridad Social. Al verse de nuevo en la calle con el papel en sus manos, el gesto de su rostro mudó, su sonrisa se tiñó de franqueza, cuando sus palabras repicaron con el tañido triste de su acento árabe, dándome las gracias.

Por un momento la esperanza volvía a renacer entre sus pupilas, después de más de un año vagando errante entre trabajos precarios mal pagados, despojado de los más elementales derechos, hoy se le reconocía como un ser humano, por fin le entregaban un documento con su nombre escrito con caracteres latinos, que le otorgaba el derecho a disponer gratuitamente de los servicios médicos.

Mohad ha perdido en este último año todo menos sus sueños, aún no le han hurtado a este joven la capacidad de fantasear, y sueña con volver algún día a su Tetuán añorada, a festejar el día del cordero con su familia.

Cuando me confía entre murmullos sus evocaciones de aquella novia que extravió en su huida, sus retinas brillan con la fuerza de la luz del sur, de su África nativa. Su voz pausada, brota solemne entre sus labios carnosos, mecida con el gesto de su mirada traspapelada, se me clavan sus palabras como dagas afiladas, y me duele, me duele en el alma esta realidad lacerante, este destino cruel que lo mortifica a vivir como un delincuente, y me anima, me anima comprobar que tanta miseria no ha logrado contagiar de podredumbre su alma noble.

Sólo tiene veintitrés años y muestra la madurez de un anciano, es educado y agradecido, pero no nos entiende, no alcanza a comprender que le quieran desplumar sus alas, si lo único que ha hecho, desde que aquella aciaga madrugada lluviosa desembarcara en la costa europea, ha sido trabajar ¿Por qué las inhumanas leyes lo condenan como si fuera un criminal?

Hoy vive de un trabajo honesto, como ayudante de cocina, sus patronos lo valoran, están intentando conseguirle lo que él denomina, los papeles. Su meta. Un mísero papel que le dé derecho a ganarse la vida honestamente, un papel que reconozca que Mohad es un ser humano.

 

LAS CUATRO ESTACIONES

PRIMAVERA

Corrieron los años de mi mocedad entre los soles cálidos de la primavera, luces teñidas de colores vivos, pequeñas locuras mecidas con los alegres cánticos de los locos pajarillos que anidaban en mi cabeza. Fue una juventud intensa, preñada de rebeldías y saltos entre los vacíos de un retoño sin metas.

Como el gladiolo que florece con sus raíces clavadas en la tierra del estercolero, fui a nacer entre los residuos sociales de una comunidad que condenaba a la miseria a su progenie, hijo de la emigración, el destierro de los parias y la persecución ideológica, transité en la larga noche de silencios soñando con el titilar de las estrellas, danzando entre las sombras las noches de luna llena, alimenté esperanzas que anunciaran el ocaso de la dictadura y el advenimiento de un nuevo día que inundara de libertad mi existencia.

Y antes de que llegara el verano fui a dar con mis huesos en la fría soledad de una celda. Quisieron amordazar mi lengua díscola, teñir de negro el azul de mi mirada y cortarme mis alas de gaviota. Vano intento el de querer enjaular las frescas brisas de una primavera que desde la mar océana llegaban puntuales cada alborada.

Con el final de mi primavera murió la negra noche de tristezas, de las fuentes de las plazas manó fresca el agua, las locuras desbocadas inundaron de gritos las calles con el presagio de la fiesta, la exiliada libertad volvió envuelta en velos blancos de ilusiones, acompañada del canto borracho de las multitudes que despedían las pesadillas soñando con espejismos que nunca llegaron y les sorprendió desprevenidos el encuentro con el verano.

VERANO

La primavera se despidió con el solsticio, los fuegos fatuos de aquella noche, dieron entrada en mi existencia a un recio verano de soles angostos, se resecó el verdor alegre de los campos y surgieron los ocres adultos en los que recolectar el grano florido de mis espigas, nacieron mis vástagos, dos nuevos soles que alumbraron mis días, las brisas mudaron y el viento ardiente de estío humedeció de sudores mi cuerpo cansino.

Maduraron mis frutos a través del trabajo, me asenté en los tórridos atardeceres en ese fresco que ofrece la comodidad de un hogar compartido con una familia bien avenida. Tardes de encuentros entre dos generaciones transmitiendo la heredad de un pasado rebelde, de unos ancestros que mamaron y murieron en ese mar conjurado de tormentas y misterios. La poesía tan ausente en mi infancia emergió como un fantasma, las lecturas del pensamiento fueron poblando mis muebles y de allí, goteando con la fuerza del arroyo que aun no se ha secado en el verano, iban regando mi mente, ornándola de un florido bagaje de pensamientos, luciérnagas relucientes que iluminaban en su volar tímido la noche cerrada, proyectando en mi mirada claroscuros de dudas, arrinconando aquellas verdades regaladas de mi primavera, aquellas por las que siempre luchaba, los dogmas aprendidos en los sótanos oscuros de la clandestinidad.

Con el final del verano, en ese momento en que la luz y las tinieblas se aparean en el equinoccio, cayeron del árbol seco los frutos, me desgajé de las raíces del pasado y rodando por la tierra yerma del verano fui a dar con mis huesos a una realidad diferente, tan estraña, tan vacía de falsas verdades que la luz me cegaba. En cada guiño encontraba una pregunta sin respuesta, un interrogante que me empujaba a devorar otros libros. Absorto  entre lectura me alcanzó el otoño.

OTOÑO

Entre poemas y ensayos se acortaron los días. Tras el equinoccio llegaron las lluvias del otoño, los cielos grises de la realidad obstinada, la hojas desprendiéndose del calendario, tapizando de ocres el sendero de la madurez, anunciando con sus vientos agresivos que la vida se desprendía de las entrañas, que mis hijos se habían trasmutado en hombres, que de mi fruto ya maduro germinarían en nuevas semillas, nuevos pensamientos, seres libres que ya no me necesitaban.

Mis pasos me condujeron por sendas más serenas, largos llanos sin cuestas, largas tertulias analizando pensamientos, historias ajenas que me cultivaban, escepticismo vital como alimento y estreno de nuevas sonrisas, nuevos sueños brotando en los arroyos húmedos que encauzaban las impenitentes lluvias del otoño. Fui cada día puntualmente a beber del cuenco de la vieja sabiduría, allá donde los símbolos hablan sin palabras y me conjuré en la ley del silencio, junto a mil hermanos desconocidos.

El otoño con sus grises dudas me mostraba mi ignorancia, el vacío de las grandes palabras, los títeres disfrazados de personas honestas, la vanidad disfrazada de entrega, el cacareo repetitivo de los aprovechados, los chistes de los payasos encorbatados actuando en circo de esta sociedad mentirosa y yo, con mi nueva mueca de estreno, esculpiendo en mi boca ironías de descreído.

Las lluvias borraron las pisadas añejas de mi sendero, olvidé el camino desde donde procedía y fijé mi mirada en el futuro incierto, solo quedaron mis huellas en las piedras labradas del templo de mi intimidad. Dejé el trabajo y la ambición de riquezas, me hice dueño de mi tiempo, de ese tiempo que no se vende porque no tiene precio, pero tiene un valor inmenso, me hice amigo del viento y navegue por mares desconocidos buscando al hombre y sus respuestas.

De lo poco que atesoré en estaciones añejas, en ese aprendizaje que cubre esta vida, que se nos va sin darnos cuenta, decidí compartirlo, encendí los candiles de mi rostro, miré al mundo con ojos de niño curioso y escuché atento el rumor de las olas al romper violentas contra la arena en las orillas de desconocidas playas desiertas, tracé nuevas rutas entre aromas silvestres a hierba húmeda, ornando sus veredas de flores con matices cambiantes, vagué errante como un solitario peregrino en busca de esa identidad que perdí en algún recodo del camino angosto de la existencia. Bebí agua en las montañas y en las tabernas vino, comí frutos en el campo y carne en las cocinas, me alojé en casas sin puertas, dormí al raso velando estrellas. Solo y perdido entre atajos desconocidos, me cubrió la escarcha de una mañana después de apagarse los fuegos fatuos del solsticio. Decían que había nacido el niño, cantaban como cantan los grillos, embrigándose bajo las luces de neon, jugando a ser felices por un instante, ajenos a los vecinos, aquellos seres humanos que no vemos y que la muerte arrebata en forma de hambruna cada día. Y llegó sin previo aviso el invierno.

INVIERNO

Noches eternas a las que siguen exiguos días sin un sol que caliente mi destino, los cielos se quiebran cayendo, hechos añicos, en pequeños copos de nieve que tiñen de blanco los amaneceres, el rocío empaña mis lentes y ya no veo aquellas lejanas esperanzas, aquellas que siempre se esperaban y de tanto esperar se diluyeron en el mar salobre de las incertidumbres.

Ya no se oyen el lejano cantar juguetón de los niños en el parque, me alimento de esos ojos perdidas de los viejos sentados impasibles mirando al mar, a ese mar que un día fue suyo y hoy los ignora, son esas miradas de  sabio las que me calan los huesos de húmedas premoniciones, esas que me indican que ya llegó puntual a su cita mi ocaso, que no volverán a florecer nuevas primaveras en mis entrañas, ni podré alimentarme con la carne recia de las fantasías de joviales soñados mañanas, sólo puedo ya probar los postres dulces de la añoranza, mecerme en mi noche con la evocación de los recuerdos y placido dormir un largo sueño.

Este frió que atrofia mis huesos carcomidos por viejos, que me recorta la mirada y me adormece acunándome entre las desganas. Ya están los árboles pelados, sin hojas ni cantos de pájaros que los despierte en las alboradas, las noches son muy largas, tan largas que presiento que una de ellas se alargue eternamente con un sueño reparador del que ya no despierte.

MI OTOÑO

Hoy es sábado. No es una sábado cualquiera, es un sábado cruel en que el otoño se hace patente con sus interminables lluvias, sus tristes grises, sus desolados momentos de encierro entre las paredes de mi habitación, aislado del mundo. embriagándome de mis negras evocaciones, lleno de la amarga sensación de una soledad anunciada, que hoy, por primera vez, percibo con nitidez. 
Este sábado de otoño no puedo sujetar las bridas de mi melancolía y la tristeza se desboca y se encabrita rebelde, algo en mis entrañas se esta muriendo y se rebela con desenfreno sin aceptar la sentencia. Hoy siento como por las grietas abiertas en el cuenco de las esperanzas, escapa el agua de la paciencia, siento como el cuenco cae de mis manos, despedazándose en mil pedazos de dudas, en pequeños trozos de engaños y silencios, hoy mi cuerpo sumergido en el océano de la ignorancia toca fondo y mis titánicos esfuerzos por volver a la superficie son inútiles. 
Mi sonrisa ha sido secuestrada por los recuerdos, mis ojos hinchados son mudos testigos de mi desasosiego, mi voz trémula no acierta con las silabas que conformen las palabras que puedan romper mi silencio. 
Tras los cristales de la ventana de este cuarto oscuro, resbalan sin rumbo las gotas de lluvia en una alocada carrera por ser las primeras en llegar al alfeizar, al fondo y fin de su existencia, como un mudo eco resuenan el chisporroteo del agua al chocar brusco con el suelo, ese suelo alfombrado de matices pardos de hojas muertas, en frente, el paisaje tétrico de los plátanos que agonizan moribundos esperando la llegada del cercano invierno. Observo las calles casi desiertas, solitarios y angustiados caminantes a paso ligero tratan de huir de la lluvia en silencio, son seres que pareciera muertos corriendo para llegar puntuales a la cita con la muerte en su sepulcro, autistas sin consuelo, espectros de este otoño que tañe a muerto. 
Vuelan por mi mente recuerdos de aquellas adolescentes primaveras desde donde se veía la vida con ensueños y aquellos veranos de mi juventud, borrachos de luz y esperanzas, Todos aquellos días intensos donde se forjaron a fuego estos otoños de mis lamentos.
Oscurece el día para abrir sus puertas a la negra noche, días cortos de noches inmensas, luz tenue de plomizos amaneceres, larga espera de sol que no llega, húmedos lechos donde me duermo entre las sábanas de los silencios, voces de fantasmales recuerdos que acompañan mis sueños, otoño cruel que mortificas mi existencia anunciando con frialdad la próxima llegada de gélido invierno de mi existencia, mi muerte, mi transito hacia la nada.

OTRO OTOÑO

Esta mañana de otoño, fría y soleada, vagan mis recuerdos por los laberintos de la memoria, te evoco, constatando el vacío vital de mi existencia y sangran, sangran de nuevo las heridas de la torpeza, las llagas del alma moribunda que nunca cicatrizaron, el desamor que nunca se acomoda en mis entrañas y no puedo, y te juro que lo intento cada día, borrar en mis ojos tu mirada.
Siempre me acompañas, despiertas a mi lado al alba, duermes conmigo bajo la almohada, caminas a mi lado en el paseo de las mañanas, retornando rendidos cuando tañen al atardecer las campanas. navegas en la sangre que desde mi corazón mana, seguirás siendo mi mujer amada hasta el día que la muerte ruja en mis entrañas.
Me despido entre lágrimas, sabiendo lo imposible de aquella quimera, que entre juegos y torpezas, entre besos y venganzas, destruyeron el amor que te profesaba.

EL VIEJO Y LA MUCHACHA

Esta antigua historia me la narraron hace ya muchos años. Es la historia de un viejecito y una joven muchacha. De un viejo que vivía con la sola compañía de sus soledades y la sólida certeza de que siempre se debe aceptar la realidad, por muy ingrata que pueda llegar a ser.

Había transcurrido ya mucho tiempo desde aquella tarde gris de otoño en que el viejo había sentido disiparse sus ilusiones. Sentado ante su chimenea, mientras fijaba su mirada en las pequeñas llamas que chisporroteaban en el hogar, dejó vagar en libertad su imaginación hacia épocas remotas de su vida. Analizando con frialdad su pasado, diose cuenta que había malgastado su vida esperando, llenando su mente de ilusiones vanas, de esperanzas en una mañana de dicha y felicidad y ya, a su edad, no le quedaba tiempo para alimentar más sueños. El viejecito aquella tarde otoñal comprendió que ya no podía esperar más y debía aceptar la realidad de su vida efímera.

Desde aquel día enmudeció y ya sólo hablaba cuando realmente tenía algo interesante que decir. Dedicó sus horas de asueto a contemplar el mundo y a las personas que le rodeaban. A interesarse por la gente sencilla y real. A vivir en plenitud entregado a sí mismo y a los demás.

Todas las tardes paseaba por la orilla del mar. Allí, casi todas los días, se cruzaba con una joven de semblante alegre y apariencia de vivir feliz, pero él intuía a la muchacha profundamente embriagada de tristeza. Era una joven bella como las sirenas de mar, de cabellos dorados y largos, soñadora, orgullosa y muy ambiciosa. Una joven que le trasladaba sus evocaciones a sus años mozos, aquellos años en que él también soñaba y ambicionaba, aquellos años que desaprovechó aguardando.

Poco a poco fue entablando una buena relación de amistad con la joven. El viejecito cada día que se encontraba con ella, le narraba un breve capítulo de la historia de un personaje ficticio que había desperdiciado su vida hablando siempre de lo que iba a hacer, sin haber disfrutado de lo que realmente ocurría en cada momento, sobreviviendo de esperanzas que nunca se cumplían.

Trataba de despertar en la joven la valentía suficiente para derribar las barreras que todos edificamos para protegernos para vencer el miedo a la soledad y gozar del amor hacia la vida.

El viejo una y otra vez le comentaba a la joven la importancia de escucharse a sí mismo y le confesó lo tarde que el personaje de su historia se dio cuenta de que, durante la mayor parte de su vida no había escuchado realmente a nadie ni a nada. El silbido del viento, el sonido de la lluvia, la melodía del agua que corre por los arroyos y el rumor de las olas al romper en la orilla habían estado siempre ahí, pero en realidad él nunca los había oído. Le explicó que es el propio mundo que nos rodea la fuente de todo conocimiento y que el silencio es un tesoro codiciado para uno mismo.

Y le habló del amor, le dijo que siempre él había confundido la necesidad de amor con el amor verdadero, que había necesitado del amor de su esposa y del amor de sus hijos porque realmente, él no se amaba a sí mismo. De hecho había necesitado el amor de todas las señoras con las que había seducido y de toda la gente por la que había luchado y ayudado a lo largo de su vida, porque no se amaba a sí mismo.

El viejo con lágrimas en los ojos evocó ante la muchacha aquel desgraciado y tardío día, en que él se dio cuenta de que sino se amaba a sí mismo, no podría amar realmente a otros. La necesidad de otros se interponía en su propio amor.

En otra ocasión el viejo le comentó a la muchacha que ella era hermosa e inocente, y sin embargo, intuía que ella se agazapaba tras un caparazón invisible entre ella y sus verdaderos sentimientos. Que estaba dejando escapar la vida intentando agradar a la gente que le rodeaba, para demostrar que era buena y en realidad no tenía que demostrar nada, porque realmente ella ya era hermosa y buena, inocente y generosa.

La joven muchacha aun cuando sentía un profundo cariño hacia el viejo, aparentemente no le hacía mucho caso, dedicándole siempre una sencilla sonrisa como muestra de gratitud y el silencio por todo comentario.

Pero él no cejaba ni se rendía y cada tarde, al verla, volvía a narrarle nuevas historias. Le hablo también de su ambición, diciéndole que la ambición que proviene de la mente puede colmarte de riquezas, sin embargo, la ambición que proviene del corazón puede darte además, la felicidad. La ambición del corazón – le repetía – es generosidad, no compite con nadie ni hace daño a nadie, de hecho, le sirve a uno de tal manera que sirve a otros al mismo tiempo.

La joven, poco a poco, mientras reflexionaba sobre los cuentos que el viejo le narraba, iba cimentando un sentimiento de aprecio y cariño, sin aceptar jamás, ante él, lo provechoso de sus enseñanzas.

Una tarde cansado ya el viejo de los silencios y las sonrisas gratuitas de la joven, convencido de su falta de persuasión, decidió dar por terminadas sus tertulias ilustrativas y decidió hablarle aquella tarde por última vez.

En aquella postrera ocasión le habló del tiempo, y le explicó como el tiempo transcurre con rapidez cuando uno se escucha a sí mismo y como el tiempo se hace eterno mientras se espera que otras personas lo llenen.

Hoy, ha transcurrido ya mucho tiempo y el viejo no pasea por la orilla del mar. La joven, aquella joven bella como las sirenas, de cabellos dorados y largos, soñadora, orgullosa y ambiciosa, acude cada tarde al paseo de la orilla esperando encontrar algún día nuevamente al viejo, sin aceptar que el viejo hace tiempo que se fue y que ya no volverá nunca más.

LA FINITUD

La finitud marca de un modo consciente o inconsciente nuestra existencia en nuestras más íntimas entrañas y vivencias. Así, en el campo de la trascendencia o la inmanencia, la finitud se convierte en eje de todas las ideas, es el argumento que los ateos esgrimen para afirmar la no existencia de dioses: "si todo es finito, es imposible la existencia de un ser sin principio ni fin". Esa misma finitud ha servido a los creyentes para por medio de promesas o certezas de eternidades o reencarnaciones múltiples escapar de la angustia del punto y final de nuestra propia existencia. Y a los agnósticos les ha servido para afianzarse en su duda existencial, en su asunción de la ignorancia del hombre. Para el agnóstico no existe el misterio o el enigma, existe sólo la ignorancia humana y sólo en la medida en que el hombre es consciente de su propia ignorancia puede tratar de desvelar la verdad que se esconde tras esas dudas. El agnóstico conoce la finitud como algo constatable y no comprende la eternidad, por tanto se mantiene en la duda de sí es posible o no la existencia de un ser eterno y como sabe que él ignora, por ahora, esa posible eternidad, no se define en ningún tipo de dogma y se reafirma en su duda racional. 
En la vida cotidiana, más cercana a nuestra realidad, observemos por un momento las relaciones sentimentales de la pareja. Hay quien argumenta que el alargamiento de la longevidad ha propiciado en gran medida la crisis afectivas de las parejas. Si cuando la vida media del hombre rondaba los cuarenta años era factible convivir en pareja hasta el final de la vida, hoy que la vida se alarga, crecen las crisis sentimentales y la pareja llega a su finitud antes de que finalice la propia vida y es necesaria la recomposición de los lazos afectivos. 
Ante esta realidad del tiempo escapándose de nuestras manos, de la constatación de lo efímero de los sentimientos, actuamos también de diferentes modos. Así vemos que hay personas que están dispuestas a cargar con la cruz del desamor de un modo conformista, acomodándose en un victimismo inútil, admitiendo que es una especie de castigo con el que han de vivir hasta la muerte o es quizás un miedo ancestral al cambio, un pesimismo vital de aceptación del fracaso como pago a un error de partida y agravando su situación cargándose con mayor descendencia, refugiándose en los hijos en lugar de enfrentarse al verdadero problema de la finitud del sentimiento de amor. 
Otras personas, quizás más hastiadas de su desengaño sentimental y que normalmente han sufrido el trance anterior, tratan de un modo frívolo de huir hacia delante, consumiendo ciegamente sexo y coleccionando amantes, sin darse cuenta que en su huida se alejan cada día más y más de la posibilidad real de reconducir su vida afectiva, creando obstáculos en su camino que en ocasiones se convierten en insalvables. 
Hay quienes aceptando el fracaso tratan de paliarlo alternando la monotonía familiar con las escapadas furtivas, son los acomodados que no quieren poner en peligro su status social, defensores de la familia que hipócritamente mantienen amantes secretos o esporádicos, sin llegar a poner en peligro nunca la armonía de su mentira familiar. 
Los románticos, ajenos en parte a su propia desgraciada realidad, se convierten en soñadores que esperan eternamente la llegada de su príncipe azul o su hada del bosque que les arranque de la certidumbre de su monotonía y pongan fin a su hastío, ofreciéndoles una vida de dicha y felicidad jamás imaginable para el resto de sus prosaicos contemporáneos. 
Quizás existan otros seres más maduros que siendo conscientes de su desamor, sepan observar el mundo que los rodea, racionalizándolo, viviendo con sinceridad la vida y el tiempo del que disponen de acuerdo con sus principios, caminando con paso firme, sin orgullos vanos, poniendo fin a lo que ya ha terminado y esperando encontrar el amor de nuevo sin perder el tiempo buscándolo ciegamente. 
Lo malo de todo ello, es que si optamos por una solución errónea que no la asumimos racionalmente y encima nos empecinamos en reafirmarnos en nuestros propios errores, estamos enterrándonos en vida, ahogándonos en nuestras propias mentiras, huyendo hacia ninguna parte, dejando escapar el tiempo anclados en una esperanza que nos impide avanzar o actuar como seres inteligentes. 
Nuestro orgullo, nuestro maldito y ciego orgullo se alía con nuestra impotencia y edificamos un templo cimentado en los errores propios, creyendo que la mentira en que cómodamente vivimos, es nuestra verdad incuestionable y día tras día nos cegamos más, alzando ante nosotros una barrera defensiva que impide que el amor vuelva a penetrar con frescura y sinceridad en nuestros corazones maltrechos. 
Así los errores que hemos cometido se convierten en lastres que nos negamos a abandonar, nos atrincheramos en nuestra propia mentira y nos justificamos vanamente una y otra vez, culpando de nuestras miserias y equivocaciones a otros, sin que seamos lo suficientemente valientes para saber pedirnos perdón a nosotros mismos y a nuestros nuevos amores por lo errores cometidos por nuestra tozudez y plantearnos claramente que somos nosotros y sólo nosotros los culpables de nuestra situación, nos negamos el propósito de la enmienda, bajo el manto de la falsa esperanza en que el tiempo todo lo arreglará y la vanidad nos hurta la necesaria humildad para admitir con sinceridad nuestra mísera autenticidad. 
Y yo, yo que puedo exigir y exigirme, si aún no he aprendido a perdonar los errores propios ni los ajenos, si no se apagar la llama del cirio que ilumina el pasado de mi existencia y de la existencia del ser amado, si desconozco como se olvida, si no sé perdonar, si mi falso orgullo y vanidad reviven con más fuerza el error que el acierto, si soy un cobarde... 

ANIVERSARIO
Hoy hace un año, encontré un cuenco donde quise saciar mi sed. Agua salada, teñida de aromas de soledad,
fruto altivo casi inalcanzable, de colores pintados de tristeza. Desde entonces, las ilusiones me desbordan y las lágrimas me ahogan.
Son tantos días, tantas horas emanando locuras, que encerrarlas no puedo en esta jaula.
Abrí mis puertas para acomodarla en mi entrañas, voló libre y risueña, anidando a mi costado. 
Con su canto me despierta al alba y sus susurros me acunan cuando la noche negra me arropa. 
Es una estrella diminuta perdida en un firmamento se esperanzas, es el halo de luz que me guía entre las tinieblas de mis dudas, es el eco hueco y profundo que me reclama, perdido en medio de este laberinto de pasiones. Está tan perdida que sólo yo la encuentro, está tan lejos que puedo acariciarla en el rumor de las olas del mar embravecido percibo sus besos y en el arroyo silente escucho la música de sus palabras. 
Me pellizca, me gruñe, me grita y disfrazada de sonrisas me transporta hasta su cielo de amores, cálido, intimo y nuestro.
Ella y yo; yo y ella y el gigante mundo que nos separa abrazándonos con argollas de ternura. Ella viene y yo voy. Vamos descubriendo senderos sombríos, emborrachándonos con su luz. Hoy hace un año, encontré un cuenco donde quise saciar mi sed, agua salada que libo lentamente, agrandando más y más mi sed.


AL DÍA SIGUIENTE
Este es el diario más efímero que existir pudo, nació un claro día de invierno
y murió el oscuro día siguiente.
El cuenco ha resbalado de mis manos y al estrellarse contra el suelo se ha roto en mil añicos: Ya nunca saciaré mi sed en él.
Cada noche al acostarme sentiré el vacío en los resquicios de mi alma quebrada y al alba, cada día al despertarme, comprobaré que el sueño se desvaneció.
Me quedará siempre la esperanza de otear el cielo en las noches estrelladas, buscando entre la profundidad infinita del firmamento, tratando de encontrar aquella estrellita que un día ilumino mis ilusiones.
Me dejaré perder en mis paseos por la playa en las tardes de primavera,
sumergiéndome en las evocaciones melancólicas, mis eternas amigas, las gaviotas, serán mi única compañía y el rumor de las olas acunaran mis tristezas. 
Mis ojos verterán lágrimas de sufrimiento al recordar el tesoro que tuve
y como lo deje perder y cuando me vea reflejado en el espejo de la vida, veré el rostro del estúpido, del inmaduro y cobarde ser que fui.
Aquí muere mi diario y comienza mi testamento, ya algo en la parte de mi ser más íntimo, ha muerto.
Ahora en la encrucijada de mi laberinto debo optar por encontrar mi nuevo camino, aquel que me aleje de los infiernos de mi soledad, llorando en silencio y descargaré mi irá en mi propio ser.


AMANECE
Amanece... es la hora de las primeras luces del alba de este melancólico día de primavera. Abro mis ojos vidriosos y no veo nada, lágrimas de sangre me ciegan, una espesa y pastosa bruma ocupa mi alma. Hoy no habrá una luz que me ilumine, caminaré a ciegas entre las tinieblas de mis nostalgias, en la soledad árida de mi existencia. 
Son tan profundas las grietas de mi rostro, tan horadado está mi espíritu, 
tan extenso es mi desierto, que temo ahogarme en este océano de dudas y temores. 
Amanece... Es la hora exacta de las primeras luces del alba, y todo está negro, oscuro y tenebroso. Alargo mis brazos, palpo en mi alrededor, tratando de alcanzar los límites del camino, la senda tortuosa que conduce al goce, a la dicha compartida de amores y querencias. Pero... perdí mi bastón, y perdí mis lentes, y perdí la esperanza... mi espíritu aventurero vaga solitario entre la multitud de seres anónimos que me rodean. 
Y ahora que amanece... que ya han muerto los sueños y brotaron las pesadillas, ahora que la noche se destierra para dar paso a las primeras luces del alba, ¡TODO! todo en mi interior esta inundando por la negra tristeza me embriago en cada esquina con las evocaciones de mi amor distante, lejano, virtual. 
Amor imposible, preñado de ternura, amor frágil, arreciado por vientos de dudas, de silencios calculados, de palabras no pronunciadas, de medias verdades, de traiciones y engaños. Ya mi voz enmudeció, las mordazas oprimen mi palabra libre y desnuda, un tupido velo envuelve mis ojos, 
ocultando mis tiernas miradas, Arrancaron las caricias de mis manos, y me robaron la sonrisa. 
Soy un vagabundo de este mundo virtual, frío y despiadado. Estoy solo, nadando en la pobreza de mis soledades, despojado de mis sentimientos, ¡QUIERO GRITAR! compartir mi palabra, el tacto, la caricia y el beso. 
Quiero compartir mi cuerpo entero, regalarlo como mi bien mas preciado, quiero entregar mi tesoro, ya de nada me sirve, pues ya nada espero. Soy pobre de riquezas y mísero de ilusiones... Que más puedo dar, si ya todo yo, no me pertenezco. Soy un muñeco que solo sirve para lúdicos juegos, soy nada... menos que nada, soy la sombra inalcanzable de mi existencia, el proyecto inacabado de un sueño. 
Y ahora que amanece... desde el fondo sereno de mi océano, os confieso que no pido comprensión, ni deseo ser motivo de lástima, ya nada espero, sólo quiero desearos, ahora que amanece, os deseo UN BUEN DIA

SINTOMATOLOGÍA DE UN RARO

Soy un ferviente admirador de los psiquiatras, aún recuerdo mi primera visita cuando dudaba de su buen hacer. Él enfundado en una inmaculada baca blanca, agazapado tras unos lentes gruesos. Yo frente a él, impasible, mudo e interrogándome ¿Qué coño hago yo aquí?
Desde que había llegado a la ciudad huyendo de la pobreza material de al aldea eran tantas la veces y tantas las personas que me repetía una y otra vez que yo era un tío raro, aunque justo es decirlo, el portero de mi casa, que era un señor muy fino y distinguido, licenciado en filosofía clásica, no había encontrado trabajo como filósofo y optó por aferrarse al puesto que le ofreció su cuñado, administrador de fincas y que casualmente era la portería de edificio de apartamentos donde yo residía, él con su estilo académico y su voz engolada siempre me decía que yo era un personaje singular. Justo es reconocerlo, me gustaba más eso de singular que lo de tío raro.
La gota que colmó el vaso de mi incomprensión fue cuando un compañero de trabajo, el interventor de la sucursal, eterno candidato frustrado a director, me llamó loco porque le confesé mi intención de prejubilarme con cincuenta y un años para dedicarme a vivir ocioso, viajando, leyendo y dedicándome a todo aquello que durante mi vida laboral me había sido imposible por falta de tiempo. 
Aquella noche no pude dormir, mi mente amplificaba la voz de mi compañero repitiendo una y otra vez, cada vez con un tono más fuerte: "tu estas loco..." "TU ESTÁS LOCO..."
A la mañana siguiente con mis ojos legañosos y mi corazón arrítmico, me armé de valor y pedí hora para la consulta con un psiquiatra.
Debió de percibir la excitación que me embargaba y me dijo que fuera inmediatamente a su consulta.
Me sentó frente a él, al otro lado de la mesa, después de pedirme mis datos personales , pasamos casi una hora mirándonos a los ojos, hablándome sin decirme nada. Inconscientemente para llenar mi tiempo haciendo algo, mientras él me sermoneaba con palabras que no entendía, yo comencé a fijar mi vista en el reflejo de sus lentes ahumados, veía mi reflejo nítidamente, guiñaba un ojo y mi imagen me respondía con otro guiño. Cuando observó mis gestos el psiquiatra me miró asustado.
-Dígame ¿Por qué ha venido a mi consulta?
-No lo sé
-Bueno dígame ¿Qué le preocupa?
-Dicen que soy raro, que estoy loco
-Y usted qué piensa de ello
-Nada, por eso estoy aquí, yo no soy psiquiatra y no entiendo de locuras. Usted tendrá que decirme si estoy o no loco.
-Veamos... mmm -Puso un cara aún más dramática que, confieso, me dio miedo- ¿Pregúnteme algo?
-¿Qué es lo que tengo?
-Usted a simple vista tiene una personalidad inestable.
¡Coño! Pensé, ¡vaya descubrimiento! Los gallegos tenemos anclado en el alma la sombra de la morriña, la melancolía como melodía y el silencio como tarjeta de visita.
-Usted cree - Le contesté mientras pensaba que este tío ya me ha visto, aquí no vuelvo ni loco. Y entonces recapacité, pero si estoy aquí es porque dicen que estoy loco.
Él tomaba notas, escribía como un poseso y yo seguía sin comprender nada. Qué podría estar anotando en aquel formulario si yo no le hablaba de mí, quizás anotara mis gestos, con sus estudios acaso le bastara fijarse en mis muecas y mi silencio para diagnosticar qué clase de locura atormentaba mi mente.
Al rato sacó un caramelo de su bolsillo, lentamente como si fuera un ritual lo desenvolvió, lo metió en su boca de un modo tal que me recordó mi forma de encender los pitillos. Mirándome fijamente sentenció. - Ya ha pasado la hora de su visita, su consulta ha terminado. Vuelva la próxima semana.
Me tendió la mano amigablemente, ornandola con una sonrisa fingida. Nos despedimos. Cuando oí a mi espalda el sonido del cierre de la puerta, corrí escaleras abajo pensando que no volvería ni la próxima semana, ni ninguna otra.
Pero volví.
-Hábleme de su infancia
-Fui un niño normal.
-Bien. Pero cuénteme algo íntimo y personal.
-Solía robar manzanas en los huertos cercanos a la aldea, hablaba con un niño que sólo existía en mi imaginación y le contaba mis singladuras por mares lejanos, como me enamoraba la luna llena o como el rumor de las olas al romper contra la arena de la playa mecía mis sueños.
-¿Sentía miedos siendo niño?
-Sí. Creo que sí lo sentía. Aunque más bien era una mezcla de curiosidad y miedo, cuando en las largas tardes de invierno mi abuela nos narraba leyendas de meigas y hadas o cuando alguien moría en la aldea y ella nos explicaba los signos premonitorios de la muerte o cómo había que amortajar a los difuntos para que cruzaran sin problemas la frontera con la otra vida, evitando vagar como almas en pena.
-Hábleme de sus padres
-Tenía dos, ¿Usted no? 
-Yo sólo tuve un padre, 
-Pues yo dos, un padre y una madre. Mi padre que era marinero, lo veía tres o cuatro días al mes, el resto lo pasaba navegando para ganarse la vida y poder sustentarnos y mi madre era la que cocinaba todos los días, me lavaba la ropa y veía por las noches la televisión conmigo. ¿Y los suyos?
-¿Y sus hermanos?
-Pues eran también dos, mi hermana mayor y mi hermano menor, yo era el mediano. ¿Y usted cuantos tenía?
-Es usted un hombre de pocas palabras
-¡Coño! Volví a pensar ¡Qué descubrimiento! Acaso no sabe que soy gallego. Yo no he venido a contarle mi vida, sino a que me diagnostique si estoy o no loco. Decidí contestarle: - Sí señor, no hablo mucho.
-¡Hay antecedentes de locura en su familia?
-Ahí si que me había atrapado. No tenía ni idea si en mi familia había algún loco, fue repasando mentalmente a todos los miembros de mi familia a la vez que le iba contestando - Quizás mi madre estaba un poco loca, siempre decía que quería ser feliz. O quizás mi padre que se sacrificaba trabajando en la mar para, según afirmaba, darnos una buena educación. Aunque pensándolo bien, creo que mi hermano realmente es el más loco de toda la familia, tiene veintiocho años y acaba de presentar un doctorado sobre "Historia de los ritos funerarios en las civilizaciones primitivas de la comarca de Bergantiños" y está convencido de que los años que ha dedicado a sus investigaciones es lo mejor que ha podido hacer en la vida y aunque no le reporte beneficio económico alguno, afirma que su vocación está por encima del dinero.
-Interesante
-Ah y mi abuela. 
-¿Qué le ocurre a su abuela?
-Que también debía estar loca, porque cuando se cansó de vivir porque querían arrancarla de aldea para llevarla con nosotros a la ciudad, dijo que se moría y se murió.
-¿Y su hermana?
-No, Mi hermana creo que noestá loca. Fíjese si será cuerda que no trabaja ni hace nada, se casó con un señor rico y se pasa el día viendo la televisión y dice que con eso es feliz.
-Dígame ¿De qué murió su padre?
-Dicen que de cáncer. Aunque yo creo que murió de tristeza. Como él siempre navegaba, era mi madre quien administraba los ahorros, mi padre aparte del tabaco y de los vinos que tomaba con sus amigos cuando estaba en tierra, no conocía el precio de nada. Siempre soñó con llegar a la jubilación y dedicarse en la aldea a pescar calamares, pasear con sus amigos y cuidar de sus nietos, pero unos meses antes de jubilarse, mi madre le aclaró que tras toda la vida trabajando en la mar, no habían ahorrado el dinero suficiente para comprase un casa en la aldea. Aquello le desencantó, enfermó, le diagnosticaron un cáncer y al mes siguiente se murió.
-Intuyo que es usted un hombre depresivo, sin ambiciones.
-¿Usted cree? 
-Sí. Está muy claro, se deduce de la sintomatología de sus recuerdos. 
-¿Y eso es malo doctor?
-Hay que tratarlo
-Pero dígame doctor, ¿es eso locura?
-No propiamente, más bien es una carencia de energía vital, un abandonarse al destino...
-Ah - le corté - Es "o meigallo das fadas"
-¿Qué ha dicho?
-Perdón. Se lo he dicho en gallego, eso que me está explicando nosotros lo llamamos: el hechizo de las hadas
-¿De qué hadas me habla? Eso son creencias aldeanas.
-Sí señor. En mi aldea creen en las hadas, son mujeres muy bellas de largos cabellos rubios que acicalan con peines de oro. Cuentan los más viejos que hechizan a los hombres con su hermosura y sus cantos. Cuando algún forastero se pierde por el bosque al rallar el día, lo seducen y nunca más se vuelve a saber nada de él.
-Eso son creencias pueblerinas que no tienen cabida en la ciencia...
-De nuevo corte su discurso - ¿Le puedo leer un conjuro que yo escribí para librarme de su hechizo? 
-Me encantaría.
Con la cadencia de un murmullo
encubierta de desganas y apatía
sometes silente mi energía,
me atrapas,
esclavizando mi albedrío,
ocupas usurpadora el lecho de mis sueños
y adormecido me subyugas
con llantos que brotan sin sentido
por el cauce de mi semblante herido,
exprimiendo gota a gota
mis últimos suspiros.
Exhausto me abandonas
entre las legañas noctámbulas
en el tálamo frío
y con los bostezos del alba
vuelves, cada mañana de mi estío,
Reseca está mi garganta
de maldecir mi infortunio,
restitúyeme la luz
que alumbraba mi camino
devuélveme la sonrisa,
el aire de mis profundos suspiros,
a mi rostro su color purpúreo
y a mis candiles, su brillo.
¡Aléjate de mí!
taciturna invasora,
meigallo da fada
que anidas en mis entrañas
sin habértelo yo consentido.

-Efectivamente, ese poema me indica que lo que usted padece es una depresión
-Pero dígame ¿estoy loco?
-No. No está loco, sólo es usted un poco raro.
-Gracias doctor, me quita un peso de encima.
-Pero tendré que ponerle un tratamiento para la depresión.
-Muchas gracias doctor, ¿qué le debo?
Me largué de allí corriendo. No volví más a la consulta, aunque debo reconocer ¡Cuánto saben los psiquiatras! Al conjuro le llaman poesía y al meigallo depresión.



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Actualizado el 06.03.04