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RELATOS
TALLER
DE CREACIÓN LITERARIA
RELATOS EN FEMENINO -
RELATOS EN MASCULINO
- RELATOS DE SUSPENSE

RELATOS
EN FEMENINO
AUSENCIAS -
INVIERNO - LA CÁSTULA
- LA LÁGRIMA - LA
PESADILLA - SILENCIO -
SENTADA - ULTIMO BESO

AUSENCIAS
Desde la atalaya, Manola mira al mar y escucha melancólica sus sollozos.
El mar es lo único que le une a su tierra lejana. Ese último gemido de
las olas, al morir reventadas contra las rocas, le desvela sus recuerdos
ocultos bajo un pesado manto de tiempos viejos, zurcido con cientos, con
miles, de hojas desgajadas de setenta y tres calendarios de ausencias.
Era casi una niña cuando su padre, hastiado de tanta pobreza, decidió
huir de la miseria. No llevaron mucho consigo, ya que casi nada poseían.
Dos maletas rellenas con trapos viejos y sus cabezas desbordadas de
sueños y esperanzas. Embarcó toda la familia —el matrimonio y las dos
hijas— un cinco de diciembre en el puerto de Vigo. Aún recuerda el
nombre del barco francés que los trajo al Uruguay: “L’Oient”. La
singladura fue larga, y muchos fueron los mareos, hasta que el capitán
se apiadó de aquellas niñas y sacó a la familia de la bodega para
acomodarla en un camarote de segunda que estaba desocupado. Arribaron a
Montevideo, tras pasar la Navidad en la mar, el día veintiocho de
diciembre.
Justo poner un pie en tierra uruguaya, Manola se juró que volvería algún
día rica a su aldea. Pero la cruel realidad que ahora fustiga su soledad
es que nunca más volvió a embarcarse en un buque y nunca más volvió a su
tierra.
Montevideo le pareció de una inmensidad inalcanzable. Su padre desdobló
el papelito arrugado que llevaba en el bolsillo de su chaqueta y que
nunca supo leerlo. Allí estaba escrita por la maestra del pueblo la
dirección de Suso, un paisano que había emigrado unos años antes. Mostró
el papel a un policía, la leyó en voz alta: “Suso Piñeiro. Calle Doctor
Alexander Fleming, 728” Los miró; al principio con indiferencia, luego
con un ligero interés y finalmente, al fijarse en los ojos temerosos de
las niñas, con ternura. Después miró calle arriba: “Gayyego tenés que
caminar largo, seguí recto... ” Más que aquella forma rara de hablar, le
extrañó a Manola que una ciudad pudiera ser tan gigantesca. El camino
hasta la casa de Suso se le hizo eterno, aunque quizás —piensa ahora—,
no sería mucho más de una hora el tiempo que les llevó recorrerlo.
Suso los miró sorprendido, no los esperaba y en su diminuta casita no
tenía sitio para cuatro personas más. Pero los acomodó como mal pudo y
durmieron hacinados en la cocina hasta que tres días después, el padre
de Manola consiguió un trabajo y alquilarin una habitación con derecho a
cocina. Aún recuerda Manola el nombre de la empresa donde trabajó su
padre: Ponti. Una fábrica de paraguas, sombrillas y otros objetos de
playa.
Ella y su hermana Aurita comenzaron a asistir a la escuela. El resto de
los niños se reían de ellas, tan mayores —ocho y seis años— y no sabían
leer. Piensa ahora que fue el orgullo que mana de la rabia lo que la
empujó a aplicarse, pronto leyó con soltura y escribió con buena
caligrafía. Y fue allí, en aquella escuela, donde conoció a Mario
Roncali, quien luego fue su marido.
Su padre trabajó duro para salir de la miseria, pero nunca pudo alcanzar
la ansiada riqueza. Siempre les surgían gastos no previstos que
malograban sus planes.
Su madre murió joven, dijeron que de un mal aire, pero Manola siempre
supo que la mató la morriña. El padre desfiló poco tiempo después detrás
de ella. ¡Qué podía ya esperar de la vida un hombre solo en una tierra
extraña?
Se casó su hermana Aurita y al poco trasladaron a su marido y se mudaron
a vivir a Buenos Aires. Manola se quedó sola y vio llegado el momento de
casarse con su amigo Mario, que tampoco nadaba en la abundancia y se
condenaron a vivir en la casa de los padres de él. Allí aprendió
italiano y algo de costura que le enseñó doña Francesca.
Tuvo muchos trabajos temporales —limpieza en casas pudientes, camarera,
dependienta…— antes de que la cogieran de oficinista en una imprenta
propiedad de un amigo italiano de su suegro.
Ahora que los sollozos del mar van desollando lentamente sus recuerdos
hasta mostrárselos en carne viva, evoca la muerte de Mario y el
juramento que en su lecho de muerte se hizo. No volveré a llorar por
nadie, ya se ha desecado la fuente de donde manan mis lágrimas, jamás
querré a nadie que me provoque, por su ausencia, nuevos llantos. Pero se
olvidó de ella, del amor que siente por sí misma, y del vacío que le
provocan sus ausencias. Y vuelve a llorar ahora en la atalaya, llora al
revivir en su memoria, con cada ola que se estrella contra las rocas, su
orfandad, su soledad y sus vacíos. No tiene a nadie y añora a todos los
que se fueron, añora la cuna donde nació, aquella tierra desconocida que
hace tiempo se emborronó en su memoria, añora el amor de Mario, la
complicidad de su hermana Aurita, la ternura de su madre, el coraje de
su padre, los consejos amables de Francesca y los silencios perpetuos de
su suegro. Se añora a sí misma y no encuentra, aunque lo busca, un
sentido a la vida. El obstinado trabajo le privó de la ilusión de ser
madre y, ni tan siquiera, tuvo un perro a quien cuidar, ni un pájaro
enjaulado, ni un pececillo cautivo en una vasija que le esperara cada
día a su vuelta del trabajo.
Después de tantos años de soledades ¿A quién pertenece ella ahora?
¿Quién llorará su ausencia? Mira al mar desde lo alto de la atalaya,
intuye cómo las olas la miran piadosas y una rara sensación inunda sus
cinco sentidos, es una sensación negra, de sabor amargo y olor a azufre;
es áspera como la lija y seca como el eco lejano del tañer de una
campana solitaria. Le recuerda a aquellos personajes de las leyendas que
le contaba su madre en torno al fuego del hogar las grises tardes de
invierno en su vieja Galicia: los pequeños demonios que siempre
precedían a la muerte.

INVIERNO
Este invierno tan gris, tan frío y tan húmedo martiriza mis
destartalados huesos y me tiene recluida en casa, sin que puedan sacarme
al parque a tomar el sol un ratito antes de comer. Mi vista, ya cansada,
no me permite leer y, aburrida, las pocas horas en que no estoy
encamada, me siento en el sofá y hago como que veo la televisión para
que no me riñan.
Antes, de niña, me encantaban los inviernos, era la única época del año
en que podía disfrutar de mi padre. Los pataches fondeaban en la bahía
al resguardo de las borrascas y los hombres, ociosos, se dedicaban a
charlar mientras bebían tazas de ribeiro en la taberna y los días de sol
remendaban y limpiaban las velas.
Aquellos días cortos con sus largas noches eran los más alegres del año,
las navidades las celebrábamos en la calle, tras la cena todo el pueblo
salía a cantar al muelle, a bailar y a disfrutar, alegres, con el resto
de los vecinos. Era la única época del año en que había hombres en el
pueblo, los festivos y sus vísperas, se abría un salón de baile y
acudíamos todos los niños a fisgar a través de las ventanas y así
aprender a bailar como lo hacían los mayores.
Pero no siempre fue así, al menos para mí, un invierno las borrascas se
adelantaron y el patache de mi padre ya no volvió a fondear en la Ría.
Desde entonces los inviernos cambiaron. Como este de mi vejez, se
trasformaron en grises, húmedos y tristes y mi padre ya no tomó más
tazas con sus amigos en las tabernas, ni yo pude corretear a su
alrededor mientras el remendaba las velas.
Yo era entonces una niña, casi un mujercita de once años, a la que ya no
le permitieron bajar al muelle en las fiestas ni acudir al salón de
baile a fisgar a los mayores. Y me vistieron de negro, como siempre
recuerdo que vistió mi madre y mi abuela, aunque yo tuve más suerte,
pude abandonar aquel ajado color el día de mi boda. Ellas fueron así
vestidas dentro del féretro en que las condujimos al cementerio.
Recuerdo ahora —mientras vegeto en una sala abarrotada con el bullicio
de mis nietas, que ríen y comentan las bobadas que les cuentan en la
televisión—, aquella vieja casa fría, apagada y quejumbrosa, como los
nichos del camposanto. En un rincón de la cocina donde la luz que se
filtraba por la pequeña ventana sólo alcanzaba a sombrarlo, había
siempre unas lamparillas prendidas sobre un vaso de aceite que navegaba
en un mar de aguas mansas y que iluminaban intermitente la foto de mi
padre. A veces mi madre me mandaba al monte a buscar florecillas de
vivos colores que colocaba en una jarra, al lado derecho, para que las
pudiera ver mi padre. La noche anterior a difuntos, íbamos al mercado a
comprar un nabo grande y durante la tarde lo preparaban para poder
colocar en su interior un cirio que encendían al rayar la noche, dejaban
el fuego de la lareira prendido y sobre la mesa una taza de caldo
caliente y una copa de caña. Al terminar nosotras subíamos al dormitorio
a descansar.
A la mañana siguiente, al despertar, yo corría escaleras abajo hacia la
cocina, quería descubrir que había sido de todo aquello, pero siempre,
cuando yo llegaba, ya estaba todo recogido. Yo no comprendía nada de lo
que hacían y alguna vez que osé preguntar por qué lo hacían, mi abuela
siempre me respondía con la misma cantinela: “Jamás debes barrer la casa
por la noche”. Y mi madre me miraba con aquellos ojos de mirada apagada,
pasaba su mano temblorosa sobre mis cabellos y callaba.
Una noche, años después, mi padre me lo explicó: Me comentó que las
almas peregrinas vagan por la noche perdidas, que el largo invierno era
muy frío, negro y húmedo y que para poder hacerle frente, la noche de
difuntos volvían la casa para proveerse de la luz que las iluminara en
su peregrinar, para calentarse en las brasas de la lareira y para
combatir la humedad que les calaba los huesos tomando el caldo y la
caña.
Hace mucho tiempo que no ha vuelto, imagino que terminó su vagar y que
ya sus inviernos no ocupan ningún lugar en su eterno calendario; pero
ahora que me encuentro yo tan cercana a alcanzar ese trance —mis nietas,
que nunca escuchan a esta vieja chocha, barren la cocina cada noche tras
la cena para que la cocina quede recogida—, me pregunto quién se ocupará
de que en mi negra, fría y húmeda noche, pueda retornar a casa por
difuntos para fortalecer mi alma y poder enfrentarme al duro invierno.

LA
CÁSTULA
Cástula Torrezno, conocida en el pueblo como “La Cástula” es hija de
Juana Torrezno y, según decían, de un ferroviario de Venta de Baños, que
visitaba a su madre.
El nombre de Cástula, contaban las comadres, se lo impuso el cura
párroco al bautizarla, aunque no se sabe muy bien el porqué de esa
elección.
Recuerdo que el maestro —del que afirmaban que siempre fue un liberal
anticlerical que criticaba abiertamente al párroco—, comentaba entre
chanzas en la taberna, que la verdadera intención del cura fue llamarla
Casta, para que no siguiera el mal ejemplo de su madre, pero que el cura
era tan palurdo como el resto de pueblo y se equivocó en el nombre, ya
que cástula —según afirmaba el maestro— es un vestido romano, largo y
ceñido bajo los pechos.
El hecho es que el cura, con su abnegada y dominante ingerencia en la
educación de la muchacha, logró sus frutos. La Cástula alcanzó su
madurez con castidad, pero también con un carácter huraño, esquivo y
malgeniado que la condenó a no tener amistad alguna. Era una especie de
gata asilvestrada, desconfiada y solitaria que huía de todo contacto con
sus vecinos.
Recuerdo que vivía con su madre en un antiguo palomar construido con
adobe y paja; el humo que salía por sus ventanucos ennegrecía la
fachada; era un habitáculo mal ventilado, húmedo y frío; sin agua
corriente ni servicios sanitarios. No acudía con regularidad a la
escuela, de costumbres noctábulas, se dedicaba a recoger leña, robar por
las huertas de la vega y ayudar a su madre en los trabajos de costura.
Desde que salí de Tierra de Campos no volví a saber más de ella. Hasta
hoy que la veo en una fotografía en la prensa. Va entre dos Guardia
Civiles. La llevan presa. He tenido que leer su nombre para reconocerla,
está vieja, huesuda y arrugada y lleva recogido en un moño su pelo
estropajoso ya encanecido, a pesar que le calculo que seguramente no
llegará a los cincuenta años de edad. Al verla pienso como los niños nos
mofábamos de ella. Cuánto daño le habremos causado a aquella niña. Leo
que su delito ha sido mantener en casa el cadáver de su madre durante
varias semanas sin comunicar su defunción. Al parecer un campesino la ha
denunciado por el fuerte hedor que emanaba desde el palomar.
Por primera vez, en estos momentos que la veo tan indefensa, La Cástula
me produce lástima y hace que me avergüence del despiadado trato que le
dimos todos los niños del pueblo.
Y ahora… ¿Qué será de ella? ¿Adónde la llevarán? ¿Quién cuidará de esta
desgraciada? Pobre Cástula.

LA
LÁGRIMA
Desde hacía tres días permanecía inmóvil acostada en la cama. Estaba
sedada, a la espera de una muerte sin dolor. Sólo la levedad de su
respiración mostraba que aún subsistía un hilo de vida dentro de aquel
cuerpo inerte. Agarré su mano y la apreté con fuerza; yo no quería que
muriera en soledad y mantenía viva la esperanza de que pudiera apreciar
el calor de mi cariño.
Las silenciosas horas se sucedían una tras otra enclaustradas entre las
paredes desconchadas de aquella habitación de hospital. Yo dejaba que mi
vista se extraviara recorriendo las arrugas de su rostro. Sus cabellos,
antaño de un dorado reluciente, ya la habían abandonado con el
tratamiento de quimioterapia. Su viva mirada persistía ahora
permanentemente velada. Ya había olvidado como era su sonrisa, en estos
momentos por su boca entreabierta se aventaba poco a poco la existencia.
A veces le hablaba. Aquellas mudas palabras servían para romper el
penetrante silencio que me asfixiaba.
—Te pondrás bien, ya lo verás.
Sospecho que debió de percibir mi piadosa mentira, porque en aquel
instante, una lágrima, sólo una, manó de sus ojos. Era una lágrima seca,
como un grito con el que me respondía: “Tengo miedo. No quiero morirme”.
No quise enjugarla. Aquella lágrima tenía vida propia, transitaba lenta,
parecía no tener prisa en ir a morir sobre las sábanas. La había visto
llorar tantas veces en estos últimos meses. Y, sin embargo, esta lágrima
era muy diferente, era una lágrima rendida, de caminar cansino, una
lágrima peregrina que vagaba errante por su rostro con torpe marcha.
Hizo un alto a la altura de la nariz, creí que se aposentaría allí
definitivamente, pero con lentitud retomó de nuevo su ruta, pasó
bordeando sus labios resecos y se precipitó al abismo, cayó sobre su
cuello esquelético. Durante unos segundos la lágrima se acomodó sobre su
clavícula, pero uno de sus débiles jadeos, tuvo la suficiente fuerza
para expulsarla y, por fin, fue a ahogarse sobre las sábanas.
Saqué mi pañuelo para enjugar su rostro. Ella abrió sus ojos durante un
instante y suspiró su último aliento.

LA PESADILLA
Como cada noche, hoy ha acudido puntual a su cita. Me hostiga como un
codicioso que persigue infatigable a la riqueza. Nunca llega a saciarse,
jamás piensa en mí, ni en el daño que me produce. Me despierto y me
asomo a la ventana. Y veo la calle desierta, húmeda por la lluvia de
esta noche. Las luces se dilatan silenciosas resbalando por el suelo.
Nadie camina a estas horas, todos duermen tranquilos mientras yo lloro
perdida en un mundo que ya no comprendo.
No puedo olvidar aquella imagen. Lo reconocí en cuanto entré. Allí
estaba, parecía sosegado, sentado en aquella silla, tapado con un lienzo
blanco. Sólo se veían sus piernas torcidas y aquellos zapatos…
salpicados de roja muerte. Y aquella pared, desteñida, moteada con las
gotas de su sangre que descendían lentas, como se resbalan por los
cristales de la ventana los restos de esta lluvia intermitente.
Y cada noche vuelve la misma imagen a perturbar mi sueño.
Querían que lo reconociera. Que les confirmara que era mi hijo y
quisieron destaparlo… ¡No! ¡Por Dios, No! Déjenme recordarlo vivo,
sonriente, con sus ojos alegres… Una madre reconoce a su hijo sin verlo.
Pero insistieron, decían que debía reconocerlo y lo destaparon. Cerré
los ojos para no verlo. Cerré los ojos porque no podía mantenerlos
abiertos. Y con un lento movimiento de mi cabeza les dije que sí, que
era él, mi hijo. Pero necesitaban oírmelo pronunciar e insistieron. Me
di la vuelta y les escupí las palabras que me reclamaban: Sí, es él ¡Mi
hijo!
Y vuelve cada noche la misma imagen, el mismo ruido de sirenas en la
puerta, los mismos brillos de aquellas armas lustrosas, los mismos
uniformes, el eco de las palabras pronunciadas en voz baja, como para no
despertarlo de su sueño, y las lágrimas de mi sobrina. Y… aquella pared
ensangrentada, aquella sábana blanca, aquellos zapatos salpicados con su
sangre, aquel taburete abandonado al lado de la silla donde él yacía. Y
su cuerpo inerte, sosegado, como si durmiera un profundo sueño. Ese
sueño que yo ya no tengo, porque me lo robaron los mismos que asesinaron
a mi hijo.
¿Qué mal les había hecho él?
Y aquella nota en la que defendían su barbarie acusándolo, Dios sabe de
qué mentiras. Y esas miradas desafiantes que aún no han cesado de los
cobardes que se envalentonan con una vieja para justificar los
asesinatos. Y me acusan a mí de su muerte. Y se ríen de mí al cruzarme
en su camino. Ensucian con infamias su lápida. Y no lo dejan descansar
ni aún después de muerto.
Y ese miedo que ahora siento. Y estas pesadillas que no cesan y vuelven
puntuales cada noche a su cita.

SILENCIO
Amparo es una mujer cariñosa, soñadora y muy intuitiva; una mujer
siempre dispuesta a ayudar a sus vecinos. Nunca supo decir no. Quizás
ese carácter tan humano lo heredó de su condición de hija de madre
soltera. Desde niña hablaba de su padre como si supiera quién era. “Es
un hombre de negocios que se enamoró de mi mamá, pero no pudo casarse
con ella porque ya tenía familia.” Y creo que no se equivocaba; por la
aldea pasaban con frecuencia tratantes de ganado sin escrúpulos, con
arte para engatusar a las campesinas.
En alguna ocasión, cuando alguien le preguntaba a Amparo en qué se
basaba para intuir o predecir algún acontecimiento, ella le contestaba
que no lo sabía. Su madre —mucho más práctica y desencantada por su
equivocación en la vida—, se había vuelto más escéptica y desconfiada, y
para que nadie murmurara de su hija, acusándola de meiga, ella les decía
que no tenía nada de mágico, que desde niña Amparo había sido muy
observadora y que a través de sus pequeños ojitos de color canela
escudriñaba el mundo con mirada curiosa.
Lo cierto es que Amparo tenía un sexto sentido, una extraña
clarividencia y cada vez que le planteaban algún problema, ella cerraba
los ojos y dejaba que su mente soñara despierta, en sus sueños siempre
veía un largo pasillo lleno de infinidad de puertas por el que ella
transitaba observándolas una a una, hasta que algún indicio le sugería
cuál era la que escondía la salida y, siempre, tras cruzar el umbral,
encontraba la respuesta.
Su fama de adivinadora traspasó los límites de la aldea y eran muchas
las personas que se acercaban a su casa en busca de consejo. Incluso
llegaban gentes de otras provincias. Su humildad no le permitió jamás
cobrar por sus consejos.
Se casó joven. Genaro, su esposo, es un hombre tímido y pusilánime, un
hombre de esos que coloquialmente se denominan “buena persona”, aunque
en casa se trasforma y muestra un carácter mucho más severo con Amparo.
Sin embargo parece que la quiere o, quizás, es que sabe que sin ella él
sería un don nadie. Continuamente le reprocha el que no cobre a sus
visitas. Ella calla, jamás le contesta, pero sigue sin cobrar a las
personas que se le acercan angustiadas a pedirle algún consejo.
Él, que es de otra aldea, desde que se casó se vino a vivir con ella,
nunca le ha gustado trabajar, cuando llegó dijo que él se iba a encargar
del ganado y de las tierras, pero lo cierto es que se pasa las horas
muertas en el bar jugando a las cartas, y es ella quien ordeña las
vacas, recoge los huevos y da de comer a los cerdos. Ella cosecha el
maíz y las patatas, cocina y hace la limpieza de la casa. Y en otoño,
sube a la montaña para recoger castañas y piñas con las que alimentar en
invierno el fuego de la lareira.
No tienen hijos y hace dos semanas les sonrió la fortuna; Genaro acertó
cinco números en una “primitiva”. “Para que veas que soy bueno contigo,
he decidido llevarte a Cancún una semana, así realizarás tu sueño de
volar. Quiero que disfrutes y descanses a la orilla del mar tomando el
sol en una playa tropical.” Ella no contestó, simplemente se le dedicó
una tímida y tierna mirada de agradecimiento
Ahora están los dos en el aeropuerto esperando para embarcar rumbo al
paraíso caribeño. Amparo inquieta le insiste a su esposo que sería mejor
no hacerlo. Él se explaya paternalista, le explica una y otra vez que
volar es la forma más segura de viajar. Ella asiente y calla. Pero al
rato, Amparo vuelve a insistir, le confiesa con voz queda, al oído para
que nadie la oiga, que volar le da miedo. Él se enoja por su tozuda
insistencia y alza la voz para recriminarla. Y mientras el resto de los
viajeros los miran, ella, sumisa, una vez más vuelve a callar.
Ella sabe que este vuelo será efímero. Esta noche pasada no ha podido
conciliar el sueño, en sus fantasías aparecía de nuevo el mismo pasillo
de siempre; pero en esta ocasión era un pasillo mal iluminado, sombrío y
algo tétrico, donde las sombras se alargaban bajo la tenue luz de unos
cirios. Y lo más preocupante era que el pasillo, aun siendo el mismo de
todos los sueños, no tenía puertas. La única salida era el mismo lugar
por donde había entrado. “Genaro, hazme caso por favor, no podemos subir
a este aparato. Nunca llegará a Cancún” y él, como única respuesta, le
clava una fría mirada hiriente y una sarcástica sonrisa. Ella inclina su
cabeza y, como un corderillo que llevan al matadero, asciende al avión
resignada.

SENTADA
Estaba sentada frente al televisor, miraba la pantalla como se mira a
través de una ventana, sin fijarse en nada. María do Ceo había sido
siempre una mujer animosa, pero desde hacía unos meses, desde que Nacho
le dijo que quería vivir la vida, ella se había apagado, el antiguo
brillo de sus ojos celestes que había cautivado a infinidad de hombres,
semejaba ahora la tenue luz de un cirio mortuorio.
¡Vivir la vida! ¿Y que había hecho hasta ahora? ¿Acaso era un muerto
viviente, un alma en pena? ¿Por qué no hablar claro y escupirme
claramente que se había cansado de mí? ¡Cobarde!
Miró el reloj, más que por curiosidad porque tenía la certeza que ya
habían dado las cinco de la tarde, la hora en que normalmente Nacho
llegaba a casa tras salir del trabajo y ambos salían a dar su paseo
vespertino. Sí, llegaba, porque desde aquel día ya no llegó nunca a las
cinco, siempre volvía después de las diez de la noche y en alguna
ocasión que llegó a la cinco, fue a las cinco de la madrugada. He tenido
cena con los amigos. He estado tomando unas cervezas. Voy al fútbol.
Este fin de semana me voy de caza. ¿Te acuerdas de Laura?, aquella chica
que trabajó en mi oficina, ayer la vi y…
¡Gordo! ¡Asqueroso!
Se levantó del sofá, estaba inquieta y se asomó a la ventana. Llovía.
Volvió a tumbarse en el sofá y fue cambiando de canales. Nada, no le
interesaba nada. Los programas a esa hora le resultaban tediosos. Leer,
ya no leía. Y la cocina… la cocina la odiaba, no le veía sentido al
tener que recogerla día tras día para que, en pocas horas, estuviera de
nuevo hecha un desastre: platos sucios, servilletas arrugadas y las
migas de pan desbordando todo el mantel de la mesa.
Volvió a mirar el reloj, las seis, las siete, las ocho…
Ya era hora de cenar, pero no tenía ánimo para ponerse a cocinar. Ni tan
siquiera tenía hambre. Había estado picando toda la tarde. Realmente lo
único que le apetecía desde hacia días era el chocolate y los refrescos
de cola.
Tus besos saben a chocolate, un chocolate que se derrite en mi boca
llenándola con un sabroso aroma de mujer. Cuánto tiempo había
trascurrido desde que siendo novios Nacho le dijo aquella frase que la
sedujo.
Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo. Observó sus ojos
enrojecidos de hastío y su melena que asemejaba un amasijo de
estropajos. Había engordado. Se percibió envejecida. Tengo que retomar
mi vida y volver a cuidarme. Salir de este encierro y comer como Dios
manda.
¡Mañana comienzo!
Inconscientemente, sus pasos la llevaron de nuevo a la cocina, abrió el
frigorífico. Cogió una lata de refresco y una tableta de chocolate.
Volvió a su nido, el cómodo sofá, y mientras engullía el chocolate
regándolo con la cola, fue cambiando de canales con la esperanza de
encontrar algún programa que la meciera en la somnolencia para poder
dormir sin pesadillas.

ÚLTIMO BESO
“Tranquila, aquí estarás bien” Esas cuatro palabras de apariencia
piadosa habían puesto rubrica a aquel último beso. ¿Tranquila? Hasta ese
momento claro que ella estaba tranquila, ese cambio drástico que se
producía en el rumbo de su vida era algo que esperaba desde hacía
setenta años: liberarse de las ataduras del servilismo que la habían
perseguido desde niña como si fueran un apéndice de su sombra. Primero
fue su padre, luego su marido y, en estos últimos años, sus tres hijos.
Sin embargo, algo inconcreto percibía en aquel último beso de su hijo al
despedirla que había logrado intranquilizarla. Intuía una disimulada
perversidad y pensó que quizás fuera un beso como el de la traición
evangélica, el beso con que el Iscariote despidió al Nazareno. Pero el
beso de su hijo en nada se parecía a un beso de amorosa despedida, como
el que el Montesco dedicó a la Capuleto Julieta cuando la vio yaciendo
en su lecho con el rostro tintado de lívida muerte.
De niña, Elulalia, tuvo que complacer la desmesurada ambición de su
padre que, no satisfecho con que fuera siempre la primera de la clase,
le exigió que destacara, también, en el aburrido virtuosismo del piano,
en el arte del dibujo y se aplicara en el aprendizaje de inglés. Desde
niña la sedujo la riqueza de matices que le aportaba el conocimiento de
la Historia y la Filosofía y quiso, al llegar el día de optar por una
carrera en la universidad, licenciarse en Humanidades, pero su padre la
persuadió para que estudiara ciencias económicas porque —afirmó—
convenía a la familia, así podría algún día, si fuera necesario, dirigir
la empresa familiar. Sin embargo, nunca la dejaron ejercer ese trabajo,
ni ningún otro, antes de que acabara la carrera la casaron —sin amor—,
con el hijo del socio de su padre y tuvo que dedicarse con desgana a la
labor de fiel esposa y madre abnegada.
Siempre soñó con el día en que quedaría liberada de la ingrata atadura a
una familia que sólo significaba un apellido vacío de sentimientos.
Ansiaba tener un tiempo y un espacio para dedicárselo a ella misma,
deseaba leer, escribir, soñar despierta con otros mundos posibles, su
meta siempre fue romper los grilletes que la amarraban a las paredes del
círculo cerrado donde la mantenían enclaustrada. Cuando murió su esposo,
creyó llegado el momento de volar libre, pero ese mismo día su hijo
Marco ocupó el puesto de su padre y ejerció una tiranía sobre ella mucho
más cruel que la de su difunto marido y Eulalia siguió siendo la
sirvienta de hijos, de nueras y de nietos.
Hace dos años, Marco la aconsejó que le donara en vida todas sus
propiedades, era el primogénito y debían salvaguardar en una sola
persona el patrimonio familiar. Y ella, como siempre había hecho, cedió
nuevamente. Y a la vez que donaba todos sus bienes a Marco, perdía el
poco respeto que le tenían de sus dos otros hijos menores.
Hace un mes, Marco le comunicó que, ya que lo niños habían crecido y
necesitaban más espacio en la casa, sería mejor para ella que la
ingresaran en una residencia de ancianos. ¡Qué alegría! Por fin libre de
servilismos. Ahora conseguiría ese espacio íntimo que nunca había
tenido, ese tiempo libre que siempre le habían negado y podría
relacionarse con otras personas ajenas a su estrecho mundo familiar.
Estaba feliz viéndose ya fuera de ese ambiente que la asfixiaba.
Hoy ha sido su primer día en la residencia, antes de acostarse ha
cerrado la cancela de la puerta intentando dejar atrás su pasado y poder
así disfrutar de su primera noche sin ataduras, independiente, sola,
pero ni con el más sólido de los cerrojos hubiera podido impedir que el
recuerdo de ese ultimo beso de su hijo que se cuela por las rendijas de
la puerta, la contagie estos miedos y desasosiegos que le hurtan el
disfrute de la quietud de la noche. Ha sido un beso cargado de maldad y
que, al contrario del beso con que el príncipe despertó a la bella
durmiente, este le impide conciliar el sueño.

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Actualizado abril 2010
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