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RELATOS
TALLER
DE CREACIÓN LITERARIA
RELATOS EN FEMENINO -
RELATOS EN MASCULINO -
RELATOS DE SUSPENSE

RELATOS
EN MASCULINO
EL OLVIDO -
EL RETORNO - JUAN
SÁNCHEZ - LA PROMESA

EL OLVIDO
No he vivido siempre aislado en medio de este océano. Hubo un tiempo, no
tan lejano, en que vivía en tierra firme y podía dar grandes paseos por
los bosques que rodean la aldea, caminar descalzo por la playa o
sentarme ocioso en el muelle y compartir con las gaviotas el ajetreado
ir y venir de los pequeños barcos de pesca. Evoco el olor a mar salada,
aquel familiar aroma de las algas que lo impregnaba todo. Aquí, en este
aislamiento en que me encuentro enclaustrado, no hay olores, ni sonidos,
ni colores en los que mecer relajada mi mirada.
Mi padre, cuando se jubiló, invirtió todos sus ahorros en comprar un
viejo caserón, era una antigua casa de labranza en ruinas. Recuerdo que
la primera vez que lo acompañé a verla, no me gustó. Su tejado se estaba
cayendo, los cristales de las ventanas estaban rotos y de entre sus
destartaladas paredes, en las grietas de las junturas de las piedras,
brotaban helechos silvestres. Además, en la aldea, se rumoreaba que
aquella casa estaba encantada y eso a mí, que era casi un niño, me
aterrorizaba. Pero mi padre la veía de otro modo, la miraba ebrio de
ilusión y me mostraba, tratando de convencerme, el grosor de sus paredes
y las fornidas vigas de roble: “Es una casa para toda la vida”. A él no
le atemorizaba que la casa estuviera habitada por los duendes, ni que su
lamentable estado presagiara que se encontraba a punto de desmoronarse.
La compró y la rehabilitó. Comenzó por la empedrada muralla que rodeaba
la finca y le puso un gran letrero a la entrada: El Olvido. Luego, tras
acondicionar la casa, le dedicó toda su vida al jardín. Plantó mimosas,
acebos, glicinias, camelias y muchas más plantas. Desde entonces olvidó
su vida social y ya nunca abandonó aquel aislado terreno, hasta que la
muerte vino un día a buscarlo para acompañarlo al cementerio.
Desde aquel momento allí transcurrió placentera mi vida antes de
hundirme en este profundo abismo. Yo nunca le di importancia a aquel
jardín, para mí era un terreno con árboles, sin más. Ahora añoro aquella
paleta de colores vivos que cambiaban con cada estación: las azules
hortensias cobijadas bajo la sombra del muro, las pequeñas florecillas
que trepaban por el hórreo o los amarillos ramajes de las mimosas
desafiando a las húmedas ventiscas que llegan desde el Atlántico en el
invierno. Todos aquellos colores y aromas los evoco ahora cada noche en
mis sueños. Recuerdo que en los días soleados de primavera me encantaba
sestear en el porche. Las glicinias en esa época se enredaban entre las
piedras de la fachada y sus flores se suspendían danzando al son del
viento, como títeres sujetos por un hilo invisible; me recordaban a los
largos pendientes que colgaban de las orejas de las gitanas que venían
cada viernes a vender ropa al mercado del pueblo.
Y allí estaba yo aquella infausta tarde, echando la siesta, tumbado
sobre la hamaca en el porche, cuanto un monótono e imperturbable glup…
glup… me desveló de mi profundo sueño. Debió llover mientras dormía,
pero ya había escampado, sospecho que fue uno de esos efímeros
chaparrones primaverales que aún no ha terminado de saludarte y ya se
están despidiendo. Me desperté inquieto, sentía ese frío húmedo que
colorea de un tono lívido mortecino los dedos de las manos. El
persistente glup… glup… martilleaba mis oídos, ampliándose como un eco
atronador en la profundidad de mi cabeza. Curioso me levanté y fui a
averiguar de dónde provenía ese monótono concierto. “Serán cosas de los
duendes” pensé en mis adentros. Pero no. Era una simple gotera. En el
alero, el viento del “nordés” había arrancado un pedazo del canalón. Las
gotas, fieles a su cita con el suelo, desfilaban inmutables una tras
otra, hasta darse de bruces contra la tierra. Caían todas en el mismo
punto: a los pies de una pequeña camelia. Bajo sus hojas se dibujaba un
minúsculo y difuminado charco. Me acerqué, trate de rellenar el diminuto
agujero empujando tierra con mi pie, pero según lo alimentaba con la
tierra, el pequeño charco la engullía en su fondo. Me extrañó que fuera
tan hondo. Con una pala cogí más tierra y la arrojé sobre el agua
estancada, se formó un pequeño montículo y cuando lo pisé para
allanarlo, la tierra fue devorada y mi pie se hundió hasta la rodilla.
Me asusté. Vi la camelia que ya se había sumergido hasta la mitad del
tronco, el pequeño charco parecía un profundo mar sin fondo, paleé más
tierra, pero al instante desaparecía hundida en el agua. Fijé mi
atención en el charco, estaba aparentemente inmóvil, pero a cada
instante, como el tiempo que se agota grano a grano en un reloj de
arena, sus límites imprecisos se iban ensanchando. El agua comenzaba a
invadir todo el jardín, me estremecí, corrí hacia el porche para taponar
la puerta de la casa con unas toallas y evitar así que se anegara, pero,
para mi sorpresa, el porche estaba seco, sin restos de humedad alguna.
Fuera el agua se me mostraba con una imperturbable quietud, no era su
nivel lo que ascendía, eran las camelias, los acebos, las mimosas, el
prado entero el que se hundía en el abismo infinito de aquel charco.
Sospeché que si me internara en el jardín me cubriría el agua, tuve
miedo y me refugié en la casa sin atreverme a salir. El charco avanzaba
a la misma velocidad que mi vista y abarcaba hasta los límites donde
alcanzaba mi mirada.
Todo el huerto había desparecido bajo el agua, Ya no se veía la
zigzagueante silueta del camino de entrada, según alzaba la vista, el
agua iba ocultándolo todo: la muralla de la finca, los campos vecinos,
los bosques que rodeaban la aldea y las montañas que pintaban de
esperanza el paisaje lejano. Aquel pequeño charco parecía no tener fin,
no tenía orillas, era un mar inmenso y en medio de todo ese océano de
quietud, aislado de toda señal de vida, me encontraba sólo yo y el viejo
caserón.
Subí hasta la planta más alta y me asomé a la solana para otear el
horizonte desde las cuatro fachadas de la casa; ante mis pies y en toda
la extensión que alcanzaba a ver, sólo había agua. Agua y sólo agua.
Agua inerte, agua estancada, sin ondulaciones, sin brisas ni aromas,
monótona e incolora. Pensé que aquella visión era el producto de un
sueño y que al despertar, de nuevo encontraría frente a mí el jardín que
un día plantó mi difunto padre. Pero no, no era una pesadilla, porque me
encontraba despierto. Durante un tiempo mantuve intacta la esperanza de
que alguien viniera a rescatarme, pero cuanto más se aleja el tiempo,
más tenue es el hilo del recuerdo que me une con el paisaje de mi aldea.
Ya sólo miro hacia el suelo empedrado de la casa, temo alzar mi vista,
pues cuanto más la alejo, más se acrecienta el charco y… Aquí me
encuentro desde aquel día, en medio de la ausencia, aislado en un mar de
contradicciones, sin rumbo en la derrota, sin faro que me guíe, sin
puerto en el que recalar, rodeado de agua y sin poder liberarme de ese
perpetuo glup… glup… de la gotera, que como un eco persistente, sigue
desde entonces retumbado en mi cabeza.

EL RETORNO
Aún no hemos traspasado la cima de la última montaña que nos separa de
Corme y ya nos llegan los salados aromas de la ría. Khan —mi perro— se
yergue y comienza a mover su rabo. Se muestra alegre, el suave
“vendavaliño” nos trasporta ese olor a mar brava que despiden las algas
que se pudren sobre los arenales, ese aroma que nos es tan familiar y
aunque aún no vemos el océano, Khan —que no entiende de mapas— se
percata de su proximidad.
Hemos partido de San Sebastián antes de que el “abrente“ anunciara el
alba. En la oscuridad —quizás por ese temor atávico que padecemos los
hombres cuando nuestra visión está velada— agudizamos los sentidos y
—algo de lo que casi nunca somos conscientes— en esos momentos los
distintos olores nos son más perceptibles. Esta madrugada olía a agrias
saudades con esa mezcla del dulzor que le otorgan las esperanzas.
Siete horas sin bajar del automóvil, son muchas horas para un perro
pequeño que está acostumbrado a corretear, desde muy de mañana, por los
campos y los arenales de la costa, olisqueándolo todo, descubriendo el
imperceptible aroma de cada florecilla, marcando en cada tronco, en cada
esquina, en cada nuevo retoño, su dominio territorial por medio de la
orina.
Hemos partido envueltos en el aroma humeante que expele la tierra fabril
de Guipuzkoa, nos hemos adentrado lentamente —recorriendo las curvas
mareantes del camino— en las fragancias alavesas de trigo recién
cosechado. Y casi sin darnos cuenta, hemos recorrido durante horas la
reseca estepa castellana de olores ocres y pardos paisajes, hasta llegar
al Bierzo de tierras enrojecidas por el hedor del hierro que germina en
sus entrañas, la antesala de esta húmeda Galicia, hoy desteñida con el
vaho profundo de los invasores eucaliptos que roban los efluvios de los
carballos.
Cansados de viajar durante siete eternas horas ahogados en olores
ajenos: los hedores de gasolina sin plomo y gomas quemadas por el roce
de los frenos. Khan percibe —y lo hace notar con sus inquietos
movimientos— que estamos a punto de alcanzar la meta y pronto, al doblar
la cima de esta ladera, veremos al fondo de la ría, la mar aparentemente
quieta, como si agonizara de morriñas por nuestra ausencia.
¿Por qué la mar huele diferente en cada costa? Si Khan pudiera hablar,
quizás me desvelaría el secreto de por qué esa mezcla de olores salados
es más embriagadora entre las nostalgias, más benigna en el asueto, más
amarga en la distancia.
Ladra. Ladra Khan de alborozo al saberse ya en la aldea. Alza sus patas
sobre la ventanilla del coche y saca su hocico como queriendo atrapar
—egoísta— todo el aroma que inunda el valle. Lo miro con ternura, lo
intuyo feliz y él responde a mis pensamientos lamiendo mi cuello. No es
consciente de que no puedo distraerme, que conducir es un riesgo y que
las celebraciones deben esperar a que nos detengamos. Lo intuyo tan
ansioso por bajar del coche y festejar el encuentro con la tierra bañada
por este mar ennegrecido de lutos, que decido detenerme a la orilla de
la playa del Osmo. No me da tiempo a abrirle la puerta, salta desde la
ventanilla y corre… corre rabeando a retozar sobre la arena. Se revuelca
una, dos… diez veces, quiere desnudarse de olores ajenos e impregnar su
cuerpo del aroma familiar de esta mar que abandonos hace días y que él
tanto extraña.
Ya estamos en casa.

JUAN SÁNCHEZ
Igual que su deshabitada alma, su casa se encuentra casi vacía.
De sus paredes húmedas y desconchadas sólo pende un retrato; es una
fotografía de medio cuerpo, hecha en su juventud. Se le ve a él vestido
de legionario, con la mirada firme de orgullo y el gorro ladeado;
muestra bajo su camisa entreabierta una gruesa cadena dorada con un
crucifijo y un pecho velludo; en su brazo, un tatuaje con la imagen de
una calavera que porta una guadaña, bajo la que se puede aún leer: Viva
la muerte.
Hoy encogido, arrugado y viejo, como un trapo, José Sánchez sobrevive en
su buhardilla agazapado como un pajarillo en invierno: inmóvil,
acurrucado y en silencio. Con sus ahorros dilapidados en borracheras y
prostitutas, con una pensión de miseria, pasea sus penitencias por los
parques y alamedas en los días soleados. No tiene amigos, no tiene
familia, aunque de joven se jactaba de haber procreado una niña con una
mujer de Melilla. Una niña a la que nunca atendió, ni vio, ni supo nada
sobre ella.
Él, que siempre se sintió un valiente, un intrépido héroe que no temía a
nada, ni a nadie, es hoy una piltrafa olvidada. Hasta su amada Patria lo
ha abandonado. Ya sólo le queda esperar que su antigua e infiel novia,
la muerte, venga por fin a buscarlo.
Cuando llueve o hace frío o en los días que, como hoy, está nevando no
sale de casa, mata sus horas oyendo la radio sin escucharla, tras los
cristales de la ventana aventa sus nostalgias y espera paciente al
ansiado anochecer para oír, a través de las delgadas paredes de su
apartamento, los falsos gemidos de su vecina. Una prostituta callejera
que lleva a los clientes a su domicilio. El escuchar curioso el sonido
de estos aullidos de mujer en celo, es ya el único pasatiempo de este
hombrecillo acabado.

LA PROMESA
Desde esta mañana llovizna y hoy la noche parece mucho más profunda.
Sentado frente al mar, Luciano medita sobre su vida. Siempre soñó con
ser rico. Había ganado mucho dinero y todo lo había dilapidado en el
juego. Era inteligente y emprendedor, pero perdió todos los empleos,
como perdió a su esposa y a sus hijos. Al principio estaba convencido de
que sólo era una afición, luego le insistieron en que era un vicio y
ahora ya sabe que esa fiebre es una enfermedad, una adicción que lo
supera. Hoy ha tenido su racha de buena suerte y el suficiente aplomo
para salir del casino con un millón de euros en sus bolsillos. Ha
depositado el dinero en el banco del hotel, ha liquidado la cuenta y ha
firmado un giro postal. Mañana su familia se sorprenderá al recibir el
dinero. De nuevo está como al principio. Veinte euros en la cartera y en
sus bolsillos una cajetilla de cigarrillos medio vacía, una caja de
fósforos y un pañuelo. La maleta la ha dejado en la consigna. Apura los
cigarrillos uno tras otro mientras evoca las últimas palabras con que se
despidió de su mujer: “Algún día seré rico y dejaré el juego.” El haz
intermitente del faro ilumina la mar negra. Hoy está decidido a cumplir
su promesa: ha conseguido ser rico y está a su alcance dejar el juego.
Tras una vida de tropiezos, quizás un último paso firme sería una buena
rúbrica a su vida. Sólo un paso le separa del borde del acantilado.
Abajo la mar ruge rabiosa. Instintivamente mira hacia atrás con
nostalgia, al fondo las luces de la ciudad denuncian la alegría de unas
vidas ajenas. Se santigua y da el paso.

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Actualizado abril 2010 |