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RELATOS
TALLER
DE CREACIÓN LITERARIA
RELATOS EN FEMENINO -
RELATOS EN MASCULINO
- RELATOS DE SUSPENSE

RELATOS DE
SUSPENSE
AIRE DE
DIFUNTO - CASA
ENCANTADA - PRIMERA VEZ -
SANTA COMPAÑA -
LUNA DE MIEL - MIEDO A VOLAR -
TERROR EN EL AULA -
ESTÁ DE MUERTE

LA PRIMERA VEZ
Lo había imaginado muchas veces, pero nunca pensé que fuera tan profundo
el deleite. Aún hoy evoco con nostalgia mi primera vez. Fue un encuentro
breve. Cuando la saqué, en un intento de eternizar aquella grata
sensación, clavé mi mirada en su rostro femenino. Sus ojos parpadeaban
sin decidirse a cegar definitivamente su mirada. Eran unos ojos
implorantes, vidriosos, agonizantes y de su boca entreabierta aún
manaban susurrantes sus últimos debilitados jadeos. Pensé en perpetuar
mi goce volviendo a metérsela con más fuerza, una y otra vez, hasta
desfallecer de placer. No lo hice. Dominé mis instintos voluptuosos y
decidí alargar la plácida serenidad de aquel momento. Admirar aquel
dulce rostro relajado me trasmitía la quietud de un ángel. Me fijé en mi
arma: firme, dura, acerada; estaba aún húmeda y enrojecida; debería
limpiarla —pensé—, pero la guardé tal y como estaba.
Ahora, treinta años después, esta navaja, con la que perpetré mi primer
crimen, es mi mayor tesoro.

LA SANTA COMPAÑA
Soy un cobarde. ¿Quién me mandaría a mí ir aquella noche a la aldea?
Serán cosas del demonio, siempre nos empuja a hacer lo que no debemos.
¿Por qué me contaría mi abuela aquellas historias? “La Santa Compaña se
pasea todas las noches por la aldea de Candelago”. ¡Si yo era sólo un
niño! Desde entonces ese temor a la Compaña sigue vivo en mis entrañas.
Y si la temo, ¿por qué fui en su búsqueda aquella noche? Quizás no
quería reconocer que soy un cobarde. Quizás quise demostrarme que no
había por qué temerla. Que sólo eran invenciones de mi abuela.
Pero fui. Y fui sin hacer caso a los negros presagios: el orvallo, la
bruma, el sol mortecino, y aquella vieja en el camino. Su mirada de
hielo. Sentada en la encrucijada, al píe del cruceiro. ¿Por qué se
santiguó al verme pasar? ¿Por qué no escapé nada mas toparme con aquella
aldea muerta, amortajada entre penumbras?
No estaba habitada ninguna de aquellas casas. Me interné —curioso y
temblando de miedo—, en algunas de aquellas ruinas. Entré en aquellas
viejas piedras que antaño fueron viviendas. Sus tejados, sus puertas y
ventanas también habían huido tras la fuga de sus dueños. En su interior
ahora sólo moraban plantas silvestres. Y arañas e insectos. Eran casas
diminutas que, observadas en el fondo gris con la que las envolvían las
brumas, sugerían ser las moradas de las temidas almas errantes, esas
ánimas que se pasean por las noches. Almas en pena que buscan a sus
víctimas por las estrechas corredoiras de los bosques cercanos.
Aunque ya tiritaba de miedo, quise esperar. Demostrarme que no era un
cobarde. Me senté sobre el tronco retorcido de aquel carballo que
semejada un fantasma. Necesita descansar. Calentar mi cuerpo. Dominar mi
miedo. Invenciones de viejas. Temblaba. La humedad me calaba hasta los
huesos. Encendí una pequeña hoguera. Y me quedé dormido.
Me desperté mecido por el monótono ronroneo de las hojas, pero no
soplaba viento alguno y al abrir mis ojos me encontré un panorama negro,
la hoguera se había apagado. Miré el reloj, no veía qué hora marcaba. Ni
veía cosa alguna, salvo sombras que dibujan fantasmales figuras en la
noche cerrada. Sólo allá, a lo lejos, en la profundidad del cielo,
escondida tras la gruesas nubes negras, la tenue luz de la luna
menguante. Sentí miedo. No, más que miedo, sentí pánico. Sentí como el
terror me congelaba el alma. Estaba sólo, pero tenía la sensación de que
alguien me vigilaba. ¿Sería ya la medianoche? Oí el aleteo de un ave.
Quizás de un mochuelo. ¿Habría salido ya la Santa Compaña? Los mochuelos
auguran la muerte.
Tengo que huir. ¡Y cómo vuelvo a casa si no veo nada? Me puse en pie. Y
fue entonces. Sí, fue entonces, al ponerme en pie, cuando noté como me
agarraban por detrás. Una mano huesuda… larga… casi imperceptible, como
la garra de un fantasma; y me empujaba hacia atrás cuando intentaba
avanzar. Quise arrodillarme, pedir perdón por mi osadía, pero tampoco me
lo permitió.
Tiró de mi capucha hacia arriba. Estoy perdido. Preso de la Compaña.
Imploré. ¡Virgen del Carmen sálvame! ¡Por Dios no me maten! Prometo no
volver a esta aldea. Les juro que jamás contaré a nadie que les he
visto. ¡Tengan piedad! ¡En el nombre de Cristo, no me maten. Grité…
lloré… supliqué desconsolado durante toda la larga noche.
Comenzaba a amanecer cuando oí su canto. Era como un silbido mudo y
lejano. Se acercaba despacio, lentamente. Cada nota, poco a poco, se oía
más cercana. Y fue entonces cuando vi a la sombra salir de la
profundidad de la niebla. Se aproximaba hacia mí. Tenía figura humana.
Vestía de negro, cubierta toda ella desde los píes a la cabeza. A lo
lejos se paró y me miró fijamente. Volví a implorarle: ¡No he hecho
nada! ¡Le juro que jamás me reiré de la Santa Compaña! ¡Déjeme ir!
Y vino hacia mí directo. Dejó de silbar. Avanzaba en sepulcral silencio.
Era un hombre. Le costaba caminar. Sus botas se enterraban en el barro
del sendero. Se apoyaba en un largo cayado. Me miró. Sus ojos, enormes,
como los de un lobo oteando su presa, clavados en los míos. Su gesto me
estremeció, parecía que aquel hombre estaba confuso. Fue entonces cuando
se detuvo frente a mí. Y yo, muerto de miedo, me atreví a balbucear unas
pocas palabras… tartamudeaba
—No… no me… no me haga nada… Déjeme marchar.
—¿Hacerle?
—¡Suéltenme! ¡Por favor no me hagan nada, quiero irme a casa!
—¿Soltarlo?
—Sí, Suéltenme. ¡Por favor. Se lo ruego!
—¿No puede usted soltarse?
—No. No puedo. ¡No ve que me tienen preso los de la Santa Compaña!
—¡Qué Santa Compaña, ni que carallos! Esta usted enganchado a una rama.

LUNA DE MIEL
Si la felicidad existiera, imagino que sería una sensación parecida a la
que disfruto en estos momentos. Hoy ha sido un día intenso. Un día que,
aunque viviera toda una eternidad, jamás olvidaré. Un día que me
gustaría —si existiese la posibilidad— inmortalizarlo para que se
repitiera desde el amanecer al crepúsculo, días tras día, hasta que
fallezca.
A mis treinta años descubro qué frágiles son nuestras verdades. Cuán
sutiles son las emociones que se filtran por nuestros poros. Creía
conocerme bien y hoy he descubierto que no soy ni tan frío ni tan
racional como pensaba. Hoy he llorado embriagado de múltiples emociones
desconocidas para mí; Dolores, con su mirada de gorrioncillo posada en
mis ojos, con ese hilo de voz con el que ha pronunciado el sí quiero, me
ha provocado que estallara en un torbellino de lágrimas.
“Hasta que la muerte os separe” ha dicho el sacerdote y yo he tenido la
tentación de añadir: y que la muerte nos encuentre a los dos juntos en
nuestro último aliento, así seguiremos unidos hasta que en el Juicio
Final el tiempo se detenga.
Hoy estoy viviendo un día gozoso. El día más feliz de mi vida. Tras la
ceremonia, fotos y más fotos para hacer perenne esta inseparable unión.
Luego una comida familiar saboreando alegrías. Y ahora, rodeado de
amigos, este rato de ocio en la discoteca, antes de que el reloj nos
anuncie que ha llegado la ansiada medianoche, en la que desnudaremos las
sábanas de nuestra luna de miel.
Dolores me mira sin pronunciar palabra alguna, pero su mirada me apela
para que la saque a bailar. Ansía, igual que yo, que nuestros cuerpos se
fusionen al ritmo lento de este bolero, en un abrazo perpetuo.
—Bailemos —la invito, no sé si por agradarla a ella o por disfrutarla
yo.
Me seduce esta frescura de su aliento cuando sus labios rozan los míos.
Me derrite ese modo tan delicado con el que pronuncia: te quiero.
Percibo sus sutiles caricias en mi espalda y la aprieto por su cintura
para sentirme parte íntima de su cuerpo. Cierro los ojos. Quiero
saborear la profundidad de esta grata sensación para no olvidar jamás
cuánto la amo. Creo que daría mi vida por ella.
¿Qué es ese alboroto? ¿Por qué corren?
—¡Fuego! —Ha gritado alguien para asustarnos
—¿Qué pasa, Feliciano?
—No lo sé cariño. Espera aquí, voy a mirar qué ocurre. No te muevas.
Espera aquí sin moverte; pase lo que pase volveré a buscarte.
¿Qué está pasando? ¿Por qué corren todos alocados hacia las puertas de
emergencia? No se ve ninguna llama. Habrá sido algún gamberro el que ha
gritado. No puede ser nada grave si aún se oye el sonido del bolero.
Miro a Dolores, parece asustada. Me llama, volveré a su lado para
protegerla entre mis brazos. Con tanto griterío casi no la oigo. Me
empujan. ¡Qué brutos! Se asustan por nada. ¿Qué pasa? Se ha quedado a
oscuras la sala y ha cesado la música. Oigo a Dolores que me llama a
gritos atemorizada. Pero no la veo. Me empujan de nuevo. Me voy a caer,
estoy perdiendo el equilibrio. ¡Qué golpe me he dado! Me pisan el brazo.
¡Dios! Me pisan la cabeza. ¡Qué dolor! ¡Mi ojo! Creo que es un cristal.
Un trozo de vaso, o de una botella. No sé si me sangra el ojo o son sólo
lágrimas. Tengo clavado un trozo de cristal en el párpado. Debo
levantarme o no saldré de aquí. Esto se está poniendo feo. Sí, es
cierto, debe de haber fuego. Huelo a quemado. Tengo que correr. ¡Mierda!
Qué hace esta puta mesa en el pasillo. ¡Qué golpe me he dado en la
pierna! No veo nada. El ojo. El ojo me sigue doliendo. El humo no me
deja respirar. Me lloran los ojos y me escuece la garganta. Debo salir
de este infierno. ¡Madre mía! ¡Sí hay fuego! ¿Quién es esa chica que
corre entre llamas como una tea encendida? No. No parece que sea
Dolores. ¡Tengo que salir!
—¡Daros prisa en abrir la puertas o nos achicharraremos vivos.
—Las puertas de emergencia no se abren —grita una voz masculina de
alguien que no veo.
Dios, tengo que correr hacia la puerta de entrada. No te rindas
Feliciano. ¿Y Dolores? Olvídate de Dolores. ¡Corre! Dolores se las
arreglará sola. Tengo que abrirme paso a empujones. ¡Jódete! ¿Qué se
pensaba esta tía? Al suelo, zorra. Desde aquí veo la claridad de las
luces de la calle. No estoy muy lejos. Tengo que correr en esa
dirección. Venga Feliciano, tú puedes. ¿Qué pasa? ¿Por qué están
parados? ¿Por qué no les ayudan a salir los que están en la calle? Estos
mamones no se mueven. ¡Fuera! ¡Atrás! ¡Dejadme pasar! Tengo que abrirme
camino o moriré calcinado en este infierno. ¡No me agarres! Aunque tenga
que matarlos a todos, yo voy a salir. Tíralos hacia atrás Feliciano. Lo
importante es salvarte tú. Eres fuerte, hazte valer, puedes empujarlos y
pasar por encima de todos ellos. ¿Por qué no se dan prisa en salir? Sólo
me faltan unos diez metros. Me pica la garganta, el humo no me deja
respirar. Este peludo, fuera. Esta chillona histérica, atrás. Ya me
acerco, sólo un esfuerzo más. Desde aquí ya veo la calle. Veo a la gente
arremolinada en la salida. Gritan. Lloran. Tengo que llegar. Sigue,
Feliciano. Sálvate. ¿Y Dolores? ¿Dónde estará Dolores? Y qué más da. Qué
se las apañe ella solita. ¿No era tan inteligente? Voy a salir, aunque
tenga que pasar por encima de toda esta gentuza. Ya sólo me faltan unos
cinco metros. Me lloran los ojos. No puedo respirar. Voy a desmayarme.
No aguanto este picor en mis ojos. Esta tos. ¡Apártate! Ya casi alcanzo
con mi mano el dintel de la puerta. ¡Dios! ¡Qué poco me falta! No puedo
fracasar, ahora no. Empuja Feliciano. ¡Atrás idota, déjame pasar! Ya
respiro, siento el aire húmedo de la noche. ¡Agárrate al marco de la
puerta y empuja! Ya casi estoy fuera. ¡Me voy a salvar! ¡Por fin estoy
en la calle!
—¡He salido! ¡Estoy salvado!
No veo nada con este ojo. Tengo la camisa ensangrentada. Me duele todo
el cuerpo.
—Feliciano, ¿dónde esta Dolores? —Me pregunta su hermano.
¿Dolores? Y a mí qué me pregunta; acaso soy yo el responsable de ella,
ya es mayorcita. Este sólo se interesa por su hermana ni tan siquiera se
interesa por mí, no me pregunta qué tal estoy ni qué le pasa a mi ojo
ensangrentado, ni se alegra de verme a salvo.
—Y yo qué sé dónde está Dolores. ¿A mí qué me preguntas? Echó a correr
la muy cobarde como una loca cuando gritaron que había fuego. Yo me he
dedicado a ayudar a la gente, jugándome la vida.
Al día siguiente, en la pista de baila, bajo los escombros, los bomberos
hallaron el cadáver calcinado de Dolores.
Seguía Esperando.

TERROR EN EL AULA
La velada se presentaba interesante: una tertulia literaria a medianoche
era la ambientación idónea para comentar los tenebrosos relatos de Edgar
Allan Poe.
Magdalena, mi inseparable amiga, con su dócil mirada de gatita en celo,
me acompañaba con la ilusión de una primeriza floreciendo en sus
pupilas. “Me gustaría acompañarte, nunca he estado en una tertulia
literaria.” Casi a la par, los dos habíamos, más que leído, devorado
aquel libro de relatos de Poe. Durante las noches anteriores fue mi
libro de cabecera, el motivo de mis pesadillas y una buena excusa para
compartir abrazados miedos y temores en las largas conversaciones
íntimas, que rubricaban siempre nuestros encuentros amorosos de los
atardeceres, en la alcoba de Magdalena.
Pero al ver allí a aquel viejo cuervo de pico largo y más larga
verborrea, tuve la premonición que no iban a ser los relatos de Poe
quien nos aterrorizara aquella noche, la presencia de aquel avechucho de
cabellos teñidos de rubio estropajo y cuerpo cadavérico, que ni había
leído el libro, ni atendía a los comentarios de los demás asistentes y
que con sus babas asomándose por la comisura de sus labios no paraba de
regurgitar palabras sin sentido, estaba ensombreciendo el, ya por sí
tétrico, encuentro de medianoche.
—Bla, bla, bla…
Algunos tertulianos, al comienzo —desconozco si fue por educación o por
no mostrarse huraños—, le rieron algunas de sus insulsas bobadas. “Mal
agüero.” Y yo que gozo de escuchar en piadoso silencio, miré al
moderador, primero con ojos de extrañeza, rogándole que amordazara el
pico de aquel cuervo que parloteaba como un papagayo. Condescendiente,
ni se inmutó y su falta de autoridad hizo que al cuervo le fueran
creciendo las alas. Magdalena, intuitiva, me mirada con ojos de
cachorrillo asustado. Sin pronunciar palabra alguna traduje sus gestos:
“¡Dios mío! Cómo se puede hablar tanto, sin aportar absolutamente nada.”
Y volví, segundos antes de que el inesperado apagón nos dejara a
oscuras, a horadar con mi mirada —ya asesina—, en el fondo de los
pétreos ojos del moderador, quería conminarlo a que le desgarrara las
alas al negro cuervo antes de que mis presagios se convirtieran en
realidades y la noche se tiñera del rojo sangriento que brota de las
batallas.
En la negrura, mientras los anfitriones buscaban algunas velas, el
cuervo se trasmutó en murciélago, se autonombró príncipe de las
tinieblas y comenzó a chuparnos la paciencia. “¡Qué insolente es la
soledad!”
—Bla, bla, bla…
Magdalena, que tiene pánico a la oscuridad, se acurrucó entre mis
brazos: “Me aburro, ¿nos vamos?” me susurró al oído. Y yo, que incapaz
de aguantar tanto discurso vacuo, ya me había ausentado para refugiarme
en el más profundo de mis desvanes, aquel donde atesoro la prudencia,
aunque la oí, no la escuche.
Prendieron algunas velas y como en una noche de sortilegios, las sombras
comenzaron a danzar proyectadas sobre las paredes grises del aula. Eran
como espectros ebrios que huían de los ecos de las soledades de la
urraca.
—Bla, bla, bla…
Miré a Magdalena, sus ojillos —que destellaban entre la tenue luz de los
cirios—, me recordaron a las miradas de esos perros de compañía que
cuando están al lado de su amo, lo dan todo. La abracé, apretándola
contra mi pecho con todas mis fuerzas para que se sintiera protegida.
Percibí como sus dedos resbalaban lentamente, recorrían mi espalda
intentando asirse a mi cintura, y con la discreción de un caballero,
rocé con mis labios su boca de esmeralda.
En ese momento de profunda emoción, oí de nuevo ladrar al espantapájaros
violando la intimidad de aquel hermoso momento. “Este tío —Poe— estaba
tronado. Era un sicótico.”
Pensé que de seguir allí mucho tiempo, seria yo quién perdería
temporalmente la cordura y que para gozar de una velada rebosante de
fuertes emociones, era mejor aprovechar la negra noche en un ambiente
más sorpresivo y mucho más gratificante: el lecho de Magdalena.
—Sí, vámonos.

ESTÁ DE MUERTE
Edelmiro era un hombre de expresiones lacónicas. Era, además, un
enamorado del lujo; y de haber gozado de la fortuna de ser rico, habría
sido un sibarita escandaloso. Pero como no era rico —sino todo lo
contrario: un pobre trabajador— su sibaritismo estaba condenado a
levitar en el mudo etéreo de los sueños.
Su pobreza no sólo era dineraria. Su paupérrima existencia era tan
manifiesta que, incluso, alcanzaba a su lenguaje. Era tan pobre en
expresiones que su elocución casi se ceñía a enunciados difusos del
estilo: “está de muerte”. Y lo mismo utilizaba estas expresiones para
adjetivar a una mujer atractiva, para resumir el argumento de una
película, para mostrar su interés por un partido de fútbol, que para
calificar la sabrosa exquisitez de un buen plato o, también, para
referirse al tiempo climatológico, fuera este bueno o malo.
Yo, que soy el narrador de este relato donde cuento su vida, nunca logré
entender el porqué de este uso tan pobre del lenguaje que le servía para
englobar todo aquello que, indistintamente, estaba bien o mal hecho.
Pero como usted sabe amigo lector, por imperativo del guión, un narrador
está obligado a ser fiel con la sensibilidad propia de cada uno de sus
personajes y respetar personalidad y, también, su lenguaje. Por esa
razón siempre puse en sus labios una gama de expresiones casi idénticas
cuando Edelmiro deseba expresar diferentes sensaciones. Así enunciados
como: me muero de hambre, me mataría por poseerla o está de muerte, eran
los recursos más socorridos en sus breves y lacónicas respuestas.
Lo más curioso es que, a pesar de la multitud de ocasiones en que tuve
que repetir esta sinfonía de expresiones mortecinas, jamás logré
familiarizarme con ellas. Me parecían sumamente pobres y carentes de
contenido.
En lo único que Edelmiro era rico, era en fantasías. Las tenía todas.
Tuvo siempre un sueño imposible. Una quimera de esas que se evocan en la
vigilia. Un sueño —como él afirmaba— “para morirse”. En ese reiterativo
ensueño Edelmiro se imaginaba rico, viajando de un país a otro, y en
cada país, sus etapas las marcaba la “Guía Michelín”: los restaurantes
calificados con tres estrellas. Imagino que como reza en el tópico,
sueña con saciarse el que hambre padece.
Pensaba —según sus sueños— comenzar su periplo gastronómico en España,
donde en su ruta imaginaria sólo haría cuatro estaciones: Arzak, Martín
Berasategui, El Bulli, y Can Fabes, los cuatro restaurantes que según su
expresión: “están de muerte”. De allí —decía— saltaría en su
peregrinación a Francia: Maisons de Bricourt… y un sinfín de nombres de
laureados restaurantes que ya he olvidado. Para rematar su onírico
programa, deseaba, después de recorrer medio mundo, poner el broche
final visitando los restaurantes “Tres Estrellas” de Nueva York.
Tanta estrella en tan poca cabeza le restaba facultades mentales a su
universo, y creyó —después de dedicar la mayor parte de su tiempo
disponible a estudiar diferentes combinaciones matemáticas, intentando
descubrir el secreto insondable de cómo acertar los seis números de la
lotería primitiva— que había descubierto la formula mágica.
Su mujer hastiada de los viajes estelares de Edelmiro, optó por buscar
refugio en los brazos de un hombre más terrenal y se fugó con un
vendimiador temporero, un portugués de mirara vivaracha y barba de
varios días que le daban un aspecto de ser muy varonil, y dejó plantado
a su marido que vagaba perdido en el laberinto de sus espejismos.
Edelmiro ni se inmutó.
—Para qué necesito a esta muerta de hambre, si cuando sea rico me
sobrarán tías de esas que están para morirse.
Edelmiro no se amilanó y siguió tentando a la providencia.
Quizás por cansancio, quizás aburrida de tanto darle el esquinazo, la
diosa Fortuna, un jueves de invierno que se encontraba ociosa, para
romper su rutina, quiso curiosear en la reacciones de Edelmiro y le
otorgó sus favores: lo agració con un boleto único acertante de la
lotería primitiva.
—Es para morirse —exclamó Edelmiro cuando comprobó sus seis aciertos.
Y yo, por primera vez a lo largo de mi narración, creí entender lo que
mi personaje deseaba y, utilizando esta magia que tiene la ficción,
ejecuté —literalmente— sus deseos. Lo maté. Obviamente no quise que se
desperdiciase tan bello sueño, cobré el boleto agraciado y me convertí
en el protagonista de esta historia.
Y francamente, debo confesar que es maravilloso gozar en la realidad, lo
que en Edelmiro no pasó de ser un sueño. Tras un año viajando por medio
mundo, hoy he comido en el “Bouley” de Manhattan y cenaré en el “Daniel”
de Upper East Side, y pondré punto final a este relato del ingenuo de
Edelmiro quien, por utilizar expresiones de doble sentido, se encontró
con la muerte el día más feliz de su vida.

LA CASA ENCANTADA
Sentada en la terraza del hogar recién estrenado, Moraima miraba con
ternura a sus nietos. Hoy sus ojos se habían desprendido de la tristeza
que atenazaba su mirada desde niña.
Aquella mirada triste que tuvo durante toda su existencia, no fue
causada por el aburrimiento, fue por la ausencia que, desde niña,
siempre la acompañó. Durante los deshojados días del otoño, en los
impasibles días del invierno, en los mustios del verano y de la
primavera, Moraima consumía sus horas apostada tras los visillos, miraba
por la ventana la deshabitada y misteriosa casa de sus sueños. Aquel
caserón ubicado entre el mundo real e imaginario, era su herencia
quebrantada.
La casa que le carcomía las entrañas, y que todos en la aldea afirmaban
que estaba encantada, se erguía tentadora ante sus ojos. Ella, mejor que
nadie, conocía todos sus secretos. Cincuenta años de cómplices miradas
—miradas inocentes en su niñez; miradas curiosas en su adolescencia;
miradas soñadoras en su juventud y, también durante los últimos treinta
años, miradas emprendedoras en su otoñal madurez— habían convivido con
Moraima y la ya destartalada casa.
Mientras sus dedos resbalaban persiguiendo las gotas de lluvia sobre los
cristales de la ventana, ella conspiraba en silencio. Aquellas gotas se
esparcían por el suelo a la vez que ella soñaba cada día con habitar su
herencia en ruinas, con penetrar en los escombros de su historia y
alcanzar lo que otros jamás lograron: liberarla de su embrujo
En su lecho de muerte, su tío —con toda su familia por testigo—, le donó
en legado la casa. Pero su herencia se la arrebataron y enterraron su
ilusión en el mismo nicho que inhumaron a su llorado pariente. La
ambición de sus mayores la despojó de su heredad, e impidió el descanso
eterno al finado.
Una noche, cuando ella aún sólo era una niña, en la vigilia que precede
a los sueños, se presentó a los pies del lecho su difunto tío y le
prometió que, mientras no se cumpliera su voluntad postrera, él no
descansaría y su casa seguiría deshabitada y sin dueño para siempre.
Desde entonces, cada jornada, cuando las campanas de la iglesia
anunciaban el vértice entre la luz y las sombras, comenzaba la maldición
y surgían, no se sabe si de un pozo invisible enterrado bajo el suelo o
de algún escondido agujero entre las paredes que dividían las piezas de
la vivienda o, acaso, desde la techumbre de tejas carcomidas donde
anidaban las golondrinas, los ecos de los gritos insistentes del
fantasma que aterrorizaban a los inquilinos.
Durante largos años una procesión variopinta de inocentes huéspedes, que
se aventuraron a vivir entre aquellas paredes, tuvieron que abandonar su
refugio, horrorizados entre temblores de miedo y gritos de angustia, el
mismo día en que decidieron alojarse bajo aquel techo. Hubo entre
aquellos pupilos, también, algunos incrédulos que en un alarde de
valentía osaron desafiar al espectro: “creencias aldeanas sin sentido”,
afirmaban. Pero también aquellos, presos del pánico, se tuvieron que
rendir ante las voces que provenían desde las entrañas de aquellas
paredes.
Las voces de ultratumba, a algunos de aquellos inquilinos les
trastocaron su mente racional; a otros les arruinaron el supuesto valor
del que hacían gala; y a todos, les cercenaron para siempre su paz
interior. No hubo hombre, mujer o niño, en tantos lustros, que pudiera
habitar aquel edificio maldito.
Moraima no se casó nunca, no deseaba que el sentimiento de amor por un
hombre, le apartara del dictado de su conciencia, pero si tuvo hijos,
dos, y tres nietos, necesitaba trasmitir el legado de su herencia y que
no se olvidara —si ella fallecía antes de saldar la deuda— el agravio
que le habían infligido.
Tiembla el vacío entre las manos de Moraima al saberse —después de
cincuenta años de sacrificios—, vencedora de tan larga batalla. Ella que
sabe bien cuán hondo es el silencio, que conoce el abismo de las
soledades, anhela enterrar para siempre el ataúd de los recuerdos que
encadenan a su tío muerto con el mundo de los vivos y no le permiten que
descanse en paz en su lecho póstumo.
Hoy Moraima ha firmado la escritura de propiedad de la casa encantada
—ella que conoce como nadie esas voces familiares que murmuran letanías
por las paredes de la finca, las voces de aquellos que le hurtaron su
propiedad y sus ilusiones siendo una niña—, cree llegado el momento de
esparcir las laureles de su victoria por el aire y instalarse a vivir
junto con su familia, en el hogar que le robaron.
En la aldea todos conocen su calvario y mientras camina hacia la iglesia
para dar gracias a Dios o lleva flores a la tumba de su tío, las
sonrisas la saludan a su paso. Se termina —por fin— una larga noche de
ultrajes y Moraima que ya atesora todo el caudal necesario para
desembarazarse de su pesadilla, esta mañana ha recibido del notario, a
cambio del dinero ahorrado durante toda su vida, la llave de aquella
casa que, siendo suya por sagrado derecho, le han obligado a volver a
comprarla.
—Pintaremos de rojo la fachada —le comenta a su nieto más pequeño— un
rojo suave y vivaracho que salude con labios sonrientes a los viajeros
cuando transiten por esta curva cansada del camino que conduce al mar, y
anunciaremos al mundo, que este hogar no está ya encantado, que en el
cementerio ya reina la paz y se ha hecho justicia.
Y el niño, que no comprende sus palabras, la escucha en silencio y la
mira extrañado con sus grandes ojos de esmeralda, porque ve, por primera
vez en la vida, a su abuela alegre y sonriente.

MIEDO A VOLAR
Me he pasado media vida alimentando temores y hace unos días tomé la
decisión de arriesgar la otra media vida que me quedaba. Me embarqué por
primera vez en un avión y volé.
Hace una semana, cuando subí a bordo del avión en Madrid camino de
nuestras vacaciones, era tal el pánico que sentía que me atiborré de
tranquilizantes: dos pastillas de “Tranquimacín” para sosegar mis
angustias y una de “Orfidal” para dormir durante el vuelo, aunque,
quizás, no la necesitara, pues la noche previa al viaje no pude
conciliar el sueño. Esta combinación de drogas me venció y antes de
despegar ya estaba profundamente dormido. Me despertó una voz ronca que
surgía de un altavoz, era el comandante. Nos comentaba que
sobrevolábamos la Costa Este de Estados Unidos y que en menos de una
hora aterrizaríamos en Miami. Al verme abrir los ojos, mi mujer miró al
niño y ambos con complicidad sonrieron. No me dijeron nada —no hacía
falta— sabía que se mofaban de mis miedos. Aterrizamos sin novedad y me
avergoncé de mi cobardía. Volar era una forma cómoda y rápida de viajar.
Ahora, de nuevo en el aeropuerto para iniciar el vuelo que nos llevará a
nuestra casa, me doy cuenta de cuán infantiles eran mis miedos. Me
siento satisfecho de haber cedido al capricho de mi hijo. Yo argumentaba
que era un despilfarro: por qué viajar hasta Disneylandia pudiendo ir,
cómodamente en tren, al recién inaugurado Eurodisney. Pero él se mantuvo
firme y me replicaba que yo se lo había prometido.
El niño se había enfrentado con gran entereza a una operación a corazón
abierto y yo, sin pensarlo, con la única intención de darle ánimos,
postrado en la cama rumbo al quirófano, quise ofrecerle una esperanza
que le fortaleciera en ese momento crítico de su existencia.
—Cuando te cures, te llevaré a Disneylandia —le dije sin pensarlo.
Él no debía ser consciente del riesgo que suponía para su vida aquella
operación, pues al despertar de la anestesia fue lo primero de lo que se
acordó.
—¿Me lo prometes? —me preguntó medio adormecido.
—¿Qué quieres que te prometa?
—Que me llevarás a Disneylandia
—Sí, hijo mío. Sí, te llevaré cuando te cures y puedas viajar sin
peligro para tu salud —Le mentí, no era mi intención engañarle, lo hice
por reconfortarlo.
Mi esposa se alió con él y hasta que consiguieron doblegarme no pararon
de exigirme, durante más de un año, que cumpliera mi palabra.
Me alegro de haber compartido con ellos esta semana de asueto. Este
viaje no lo olvidaré. El niño ha disfrutado; mi esposa se ha mostrado
cariñosa, me ha hecho revivir aquella olvidada luna de miel, me ha
desvelado toda la ternura que aún atesora y que durante todos estos
últimos años parecía apagada. Pero lo más gratificante ha sido que me he
desembarazado de ese terror que me atenazaba y me impedía subirme a un
avión.
Ahora embarco con una sonrisa, quiero sentarme en la ventanilla,
demostrarme que puedo mirar hacia el vacío sin angustia, viajar
despierto, charlar relajado y gozar de la alegría de mi hijo que no para
de relatarme —exagerados— los detalles de sus vivencias en esta semana
de alborozos.
Despega el avión, despega suave, con esa grácil sensación que deben
sentir las gaviotas cuando planean por el cielo. La voz del comandante
nos saluda simpática y nos ofrece detalles del vuelo: treinta mil pies
de altura —calculo que serán unos diez mil metros. Velocidad de crucero,
horario de llegada y el tiempo que nos encontraremos en Madrid.
Mecido en mi sosiego me recuesto adormilado sobre el cabezal y dejo que
mis pensamientos me conduzcan por ese laberinto que lleva al fondo
sereno desde donde manan los sueños. Me estoy durmiendo embriagado por
el aroma a jazmín que exhala el perfume de la azafata que, sonriente, me
ha preguntado si deseo tomar alguna bebida. La fragancia del jazmín
siempre me despierta evocaciones de aquellos días de mi infancia, el
pueblecito frente al Mediterráneo en el que me críe y donde se gestaron
mis miedos. Creo que fue allí, en el cine parroquial, siendo un
adolescente vi aquella película, de la que ya no recuerdo su titulo,
donde en una catástrofe aérea moría todos los pasajeros de un avión.
—¿Qué ha sido eso?
—Tranquilo hombre, no te asustes, no pasa nada, ya ha avisado el piloto
que nos abrocháramos el cinturón de seguridad, que íbamos a cruzar un
espacio de turbulencias. No te he despertado porque dormías como un
lirón y llevas puesto el cinturón.
—¡Qué susto! ¿He dormido mucho tiempo?
—Casi todo el viaje, ya estamos llegando, falta menos de una hora.
Miro por la ventanilla, sobrevolamos tierra firme. Abajo, a miles de
metros de distancia, se ve entre las nubes una tierra ocre, reseca,
salpicada de sutiles manchas verdes. Serán los olivos de Jaén —imagino.
No tengo miedo, todos mis temores se han esfumado. ¿Cómo he podido temer
durante tantos años a viajar en avión, si —como dicen—, es mucho más
seguro que viajar en coche o en tren? Allá abajo, los campesinos que
estén trabajando en sus tierras, si miraran hacia el cielo, nos verían
como una diminuta cabeza de alfiler. Ninguno pensará que podemos caernos
—no se caen las aves mientras vuelan— y, sin embargo, aquí la sensación
es diferente; es una impresión de vacío. Realmente sólo hay aire bajo
nuestros pies. ¿Cómo puede ser que este aparato que pesará cientos de
toneladas pueda desafiar a la gravedad y mantenerse levitando en medio
de la nada.
Debemos de estar llegando, el avión va perdiendo altura, paulatinamente
se ve el suelo más cerca y distingo mejor los pueblos, los campos, las
montañas, los bosques.
Se ha encendido la luz roja que indica que debemos poner en vertical
nuestros respaldos y abrocharnos los cinturones. La azafata impregnada
de aroma de jazmines, recorre el pasillo sonriente, nos solicita que
devolvamos los auriculares y vigila que todos cumplamos con las normas
previstas para el aterrizaje.
El tiempo en Madrid —nos informan— es frío. Una ligera niebla cubre
parcialmente la pista y aterrizaremos en diez minutos. No ha sido tan
arriesgada como sospechaba mi odisea. Más bien ha sido un placentero
viaje.
Ya es perceptible la baja altura. Se ven con nitidez los coches que
circulan por la autopista, el humo grisáceo que expelen las chimeneas de
las casas adosadas que rodean la ciudad. Y, de pronto, un rugido que
surge de las tripas del avión, me asusto.
—Tranquilo, es el tren de aterrizaje, lo están abriendo para aterrizar
—me comenta con una sonrisa irónica mi esposa.
Me avergüenza mi ignorancia. Mi mujer viaja en avión casi todos los
meses cuando asiste a las reuniones de su empresa en Coruña, Las Palmas,
Bilbao o Mallorca. Y yo, angustiado, siempre mirando el reloj. Ahora la
espera será tranquila, dormiré plácidamente. Ya he comprobado que volar
es lo más seguro.
—¿Qué son esos pitidos? —le pregunto curioso a mi mujer
—No lo sé.
—¿Por que corren asustadas las azafatas?
—Que no lo sé. —Parece enojada con mis preguntas.
—Algo está sucediendo.
—¡Relájate! No estropees ahora el buen viaje que hemos tenido.
De nuevo vuelve el eco distante de los altavoces. La voz del comandante
nos llega entrecortada. “Estén tranquilos. Tenemos un pequeño problema
con el tren de aterrizaje, volvemos a elevarnos y en breve efectuaremos
otro intento de aterrizaje.”
Las azafatas corren asustadas por los pasillos, portan en sus manos
grandes bolsas de plástico abiertas.
—Depositen aquí todos los objetos metálicos.
—¿Qué ocurre?
—Tranquilo señor. Es sólo un problema con el tren de aterrizaje. Por
precaución les retiramos todos los objetos que puedan dañarles.
Y de nuevo suena el mugido de los altavoces. Ahora es el copiloto el que
nos habla. Es perceptible su temeroso nerviosismo. “Vamos a volar
durante una hora más para vaciar al máximo los tanques de combustible.
El tren de aterrizaje no se abre y nos vemos obligados a intentar un
aterrizaje de...”
No me dejan oír sus últimas palabras. Un bullicio de gritos y
expresiones me lo impide. La azafata de aroma de jazmines ya no sonríe.
Sus ojos están hinchados, se muerde las uñas y corre de un lugar a otro
mirando todo sin decir nada. En la parte delantera está sentada otra
azafata y su rostro refleja preocupación, miedo. Un miedo intenso. Miro
a mi mujer, sus ojos están abiertos. Muy abiertos. Sus brazos tensos.
Sus manos aferradas con fuerza a los reposabrazos. No se mueve. Parece
una estatua. No entiendo por qué se asustan de este modo, el avión vuela
sin altibajos.
—¿Loli, estas asustada? —No me responde. Parece atenazada mirando hacia
su interior. Ausente. Mi hijo agarra con fuerza mi mano. Trato de
tranquilizarlo.
—Tranquilo. Es sólo un pequeño susto. El comandante es un profesional y
aterrizará sin problemas.
Desde donde estoy sentado oigo un griterío ensordecedor, pero casi no
puedo ver al resto del pasaje; a nuestro costado están sentadas dos
monjas. Murmuran oraciones mientras sujetan un crucifijo entre las
manos. “Papá tengo miedo.” Una señora grita presa de un ataque de
histeria. “No quiero morir.” “¿Por qué a mí? ”No comprendo el porqué de
tanto miedo. Parece un manicomio. El avión vuela sin altibajos, casi es
imperceptible su movimiento. Mi mujer está aterrada, veo como está
mojando el suelo, se está orinando. “Loli, tranquila, no pasa nada” Un
hombre se levanta, grita, quiere bajarse. La azafata, a gritos, le
ordena sentarse. Un joven corre por el pasillo, se sienta en una butaca
de la primera fila. El avión se inclina, está virando. El sol me
deslumbra. Caen varias maletas al suelo. El griterío aumenta por
momentos, se ha contagiado a todo el pasaje. Creo que soy el único que
mantiene la calma. Mi mochila cae sobre la cabeza de mi mujer. Ha tenido
que hacerle daño, pero no se ha movido. Todos chillan. Se sucede un
barullo de expresiones. No entiendo por qué tanto miedo. Hay aterrizajes
de emergencia todos los días. Mi mujer sigue inmóvil. Parece una momia,
ni pestañea. Con tanto grito, no me dejan oír el mensaje del piloto. La
azafata se desgañita pidiendo calma. “Vamos a aterrizar. Inclinen las
cabezas sobre las almohadas y pongan sus manos sobre la cabeza.” Miro a
través de la ventana, estamos a pocos metros del suelo. “En cuanto se
pare el avión, evacuen por las rampas de emergencia.” Estamos a la
altura de los tejados de las casas, casi al ras del suelo. Nos acercamos
a la pista. Un silencio de malos presagios irrumpe en el avión. Al
costado veo camiones de bomberos con sus luces de emergencia encendidas.
También hay ambulancias. Nos siguen mientras estamos a punto de tocar el
suelo. ¡Dios! ¡Qué ruido! El vientre del avión ha tocado tierra. De
nuevo gritos. Veo chispas. Rodamos sobre una capa de espuma en un
continuo traqueteo. ¡Se está desviando! ¡Vamos a salirnos de la pista!
¡El ala! ¡Dios el ala se ha partido al chocar con un poste! Una
llamarada. Toda está llenándose de un humo negro. ¡Los árboles! ¡Vamos a
estrellarnos! Abrazo a mi hijo…
¿Dónde estoy? ¿Estoy vivo o estoy muerto? Veo el avión. Está partido.
Veo las llamas que lo envuelven. ¡Dónde está el niño ¡Dónde está Loli?
No puedo levantarme. No siento las piernas. Estoy ensangrentado. Me
duele la cabeza. Si me duele, es que estoy vivo. Oigo voces cerca.
Gritan. También se oyen lamentos. Esa es una de las monjas, parece
muerta. Aún sujeta el crucifijo entre sus manos. Frente a mí, veo a la
azafata, está tumbada boca abajo. No se mueve. Ya no huele a jazmín,
ahora todo huele a quemado, es un hedor a humo. “¿Me oye?” No puedo
mover el cuello. No consigo responderle. Es una sanitaria del SAMUR, veo
su chaleco de colores fluorescentes. “No hable, enseguida lo sacamos de
aquí.” Mis parpados me responden. Puedo moverlos. ¡Estoy vivo! Me mareo.
Creo que voy a desmayarme. Los dedos de las manos no puedo moverlos.
Sudo, es un sudor frío. ¿Dónde está el niño? No lo veo. “¡Sacar a los
heridos! ¡Rápido! ¡El avión va a estallar!” Ya no me duele nada. Siento
el cuerpo pesado, la cabeza se me cae hacia delante… no puedo sujetarla.
—¿Me oye?
—¿Dónde estoy?
—Está en el hospital, tuvo un accidente de avión, ¿lo recuerda?
—¿Dónde está mi hijo? ¿Y Loli?
—Pronto vendrá su hijo, suele visitarlo todos los días cuando sale del
trabajo.
—¿Del trabajo? Me confunden con otro, mi hijo es un niño
Mi hijo tiene doce años, ¡cómo va a estar trabajando?
—Tranquilícese, enseguida viene el doctor para hablar con usted. Ya le
hemos avisado.
—Señorita. Me llamo Adolfo Piñeiro y mi hijo es un niño, me están
confundiendo con otro.
Esta mujer no me escucha. Mi hijo es un niño. Habré perdido la
documentación en el accidente y creen que soy otro de los heridos.
—Sí, tranquilícese, sabemos quién es usted. Espere a que venga el
doctor, esté tranquilo, no tardará mucho.
—Me puede acercar el teléfono, quiero llamar a mi casa. Necesito saber
cómo se encuentra mi mujer y mi hijo.
—Después de hablar con el doctor podrá llamar a su hijo, aunque
enseguida llegará.
—Pero es que quiero llamar AHORA. ¡Quiero saber como se encuentran!
—Tranquilícese. Enseguida podrá telefonear.
Oigo un rumor de voces tras la puerta de la habitación. La enfermera
sale con paso ligero y se une a la conversación. Hablan dos hombres con
ella. Entran los tres y les acompaña un niño. El bajito debe ser el
médico, lleva una bata blanca. La enfermera muestra signos de
nerviosismo. El chico joven me mira de una forma extraña… el niño se
parece a Nacho, pero no es mi hijo.
—Buenas tardes, Adolfo. ¿Puede oírme? —Es el médico el que me saluda —
¿Recuerda que tuvo un accidente de aviación?
¿Cómo no me voy a acordar que he tenido un accidente? Qué pregunta más
tonta.
—Sí, claro que lo recuerdo. Pero lo que quiero saber es cómo están mi
hijo y Loli, mi esposa.
—Pues bien…, ha pasado desde entonces algún tiempo..., bastante tiempo…,
quizás debería decir que ha pasado mucho tiempo… —Qué coño me quiere
decir este tío. Suéltalo ya—. De hecho el accidente ocurrió en las
navidades del año 1992 su hijo era un niño… tenía entonces unos doce
años… y ya no es tan niño.
—¿Se han salvado?
—Su hijo sí, se salvó. Su mujer… desgraciadamente… no.
¡Dios mío! Loli ha muerto.
—¡Quiero ver a mi hijo!
--Como le decía han pasado algunos años desde aquello, su hijo ya no es
un niño, usted ha sufrido un coma y hoy, dieciséis años después, ha
despertado. Estamos en el 2008 y este hombretón que está a mi lado es su
hijo y esta preciosidad de niño es su nieto.

AIRE DE
DIFUNTO
Susa despareció misteriosamente el día de la romería de la Virgen del
Faro; tras la fiesta decidió volver sola a la aldea dando un paseo, y ya
nadie volvió a verla. Quince días después, un viejo que recogía setas en
el campo, la encontró balanceándose de la rama de un árbol con una soga
prendida de su cuello.
—Ha sido un suicidio —afirmó rotundo el sargento Abalzisketa.
La explicación convenció a todos. Aquella tarde en la taberna el
sargento embutido en su verde uniforme de Guardia Civil recién
planchado, se mostraba insólitamente amable. Había mudado su gesto hosco
y altanero y en su rostro se dibujaba una sonrisa piadosa muy poco
frecuente en él. Se sentía orgulloso. Hasta el cura párroco asumió su
versión y se negó a enterrar a Susa en tierra bendecida.
Cuando semanas después apareció Manola flotando sobre las aguas, el
sargento no dudó en afirmar que había sido un accidente: casi con total
seguridad, acudió por la noche a apañar furtivamente percebes y un golpe
de mar se la llevó.
La explosión que causó la muerte de Maruja también la justificó como
otro desgraciado accidente: olvidó cerrar la llave de paso del butano y
al entrar en casa y encender la luz se produjo el fatal desenlace.
Todos en la aldea parecían asentir convencidos con las explicaciones del
sargento. Pero a mí no me engañó. La realidad —sospeché— era mucho más
compleja y totalmente distinta.
Les siguió Mucha: esta mujer vivía angustiada y muy nerviosa, debió
tener un descuido mientras tendía la ropa y cayó desde el balcón.
Y a ellas, como en una procesión de Semana Santa, entre lloros y
lamentos de plañideras, les siguieron otras muchas camino del
cementerio: Aurelia resbaló. Lita comió algo en mal estado y se
intoxicó. Iria se distrajo mientras conducía su coche y se dio de bruces
contra un salgueiro. Olalla debió confundirse con la dosis de su
medicina y tomó muchas más pastillas de las que le habían recetado.
La lista se iba ampliando al ritmo de una mujer muerta cada pocas
semanas: Olivia cruzó una calle sin mirar y se la llevó por delante un
autobús; Herminia se electrocutó al cambiar la bombilla de su cocina;
África que era diabética, no se cuidaba y un infarto se la condujo a la
sepultura; Mirucha se cortó con la azada mientras cosechaba patatas y se
desangró en el campo; Adelina se acostó una noche y nunca más despertó…
y la preciosa Noelia, aquella niña de ojos de esmeralda y sonrisa
perenne, se atragantó con una espina de besugo.
El sargento Abalzisketa siempre tenía una explicación razonable para
justificar cada muerte. Pero a mí lo que me sorprendía no era cada óbito
aislado. Lo que realmente me preocupaba era que en una aldea tan
pequeña, en el último año hubieran muerto tantas mujeres de un modo tan
extraño.
No me atrevía a hablar de ello. Mi teoría —sospechaba— provocaría la
mofa del sargento y trataría de ridicularizarme en público con sus
comentarios altisonantes en la taberna. Él no era de la tierra, era un
venido de fuera, hablaba un perfecto castellano y se sentía superior a
todos nosotros. Sois unos aldeanos. No me vengáis con cuentos de viejas.
En la Guardia Civil no creemos en esas bobadas. Siempre trataba con
desprecio nuestras creencias.
Me armé de valor un tarde negra de lluvias, en la que más de una docena
de vecinos ociábamos en la taberna.
—¿No os dais cuenta? Aquí está pasando algo, me temo que estas muertes
las causa el “aire de difunto”. Todas son mujeres sin nada en común,
salvo que acuden a los entierros. Los hombres, por costumbre, siempre
vamos delante del féretro y no entramos al cementerio. Quizás eso es lo
que nos protege del aire de difunto.
Nadie respondió, la mayoría quedaron cabizbajos, pensativos.
—Tenemos que hacer algo para espantar el aire.
El silencio fue la única repuesta.
Me puse manos a la obra. Aquella misma noche colgué de la puerta de mi
casa una rama de tejo para ahuyentar el aire de difunto.
Ante mi sorpresa comprobé que día a día, en más y más casas pendían de
sus puertas otras ramas de tejo y de serbal. Constaté que aunque
callaban, todos creían lo mismo que yo.
El sargento Abalzisketa vino en mi busca. Se le percibía muy enojado.
—Como sigas asustando a las buenas gentes de este pueblo con historias
sobre hechizos y aires de difunto, te llevaré detenido al cuartelillo.
Ya has visto que yo también acudí con mi esposa a los últimos entierros
y no nos ha pasado nada.
—Lo siento, no es mi intención asustar a nadie.
—Pues te ordeno que ahora mismo quites esa rama de tu puerta. ¡No. Mejor
la arranco yo! ¡Y asunto terminado!
—No, por favor, déjela ahí. Esta es mi casa y puedo poner en la puerta
lo que me dé la gana.
No escuchó mis palabras, henchido de soberbia desclavó la rama de tejo y
convocó a todo el vecindario en el atrio de la iglesia.
—Estoy harto de vuestras bobadas. Os prohíbo que colguéis amuletos en
las puertas de vuestras casas. No existen ni las meigas ni los meigallos
ni los aires de difunto, ni ninguna de esas gilipolleces. Eso son
creencias de aldeanos. Os aseguro que las muertes de esas mujeres han
sido, todas ellas, accidentales. Las he investigado yo, una a una, y
todas son accidentales.
El cura no dijo nada. Calló como una momia, pero por el gesto preocupado
de su rostro deduje que tampoco le había convencido.
Unos días después volvieron a tañer a muerto las campanas de la iglesia.
La esposa del sargento había muerto de un disparo. Entre sollozos
Abalzisketa trataba torpemente de explicar su muerte: ha sido un
accidente, se me disparó la pistola mientras la estaba limpiando.
Trasladaron el cadáver de aquella sumisa mujer de mirada triste al País
Vasco para enterrarlo. Y aunque su muerte me causó la misma aflicción
que todas las anteriores, lo despedí con una sonrisa, Sonreí con una
grata sensación de tranquilidad mientras se alejaba, al saber que aquel
coche fúnebre se llevaba para siempre de la aldea el aire de difunto que
comenzó con Susa —por no enterrarla como se debía— y que se trasmitía en
cada enterramiento a una nueva persona.

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ACTUALIZADO ABRIL 2010
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