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INSOMNIOS,
PESADILLAS Y
DESPERTARES

Estas
narraciones son una recopilación de mis escritos mañaneros en el foro
de poesía:
http://es.msnusers.com/Saudadesynostalgias/mensajes.msnw
Son soliloquios, monólogos
personales donde se abordan diferentes pensamientos sobre el amor, la
amistad y el resto de a emociones que nos definen como humanos.
III
FASE
IV FASE

III
FASE
I
Estos días estoy durmiendo como un bendito, como siempre he dormido ya que jamás he tenido insomnios. Llevo días sin escribir en esta página en la que voy desbrozando terrón a terrón el surco donde deposito las semillas de mis emociones. A veces me resulta extraño el haber escogido como vector de mis inspiraciones el desconocido insomnio.
Hoy que la mañana se teñía de un gris claro dejando filtrar entre el cielo nublado un tímido resol, me he sentado en unas rocas de la playa a leer un libro. Mi mente no se emparejaba con mis deseos y se extraviaba rebelde en un mundo de las reflexiones, he optado por pasear por al orilla mojando mis píes en el agua fría mientras meditaba en mis insomnios escritos.
He llegado a la conclusión de que era hora de cambiar de tercio y mudar mis letras desde el mundo de las emociones al mundo de las racionalidades, al llegar a casa he escrito un nuevo insomnio donde hablaba de mi filosofía, tan hipotecada por la antropología y ahora que lo releo para subirlo al foro, intuyo que no tendrá interés y me autocensuro.
Curiosamente aquí, en este microcosmos de poesía se escribe más con la fantasía que con la razón. Me temo que no son razones lo que buscamos, sino sueños que hagan más llevadera nuestra realidad solitaria, espejos donde vernos reflejados, la certidumbre de sabernos miembros de la manada, que en este océano de soledades aún hay tablones donde aferrarnos, que podemos soñar con amistades que nunca cuajan y amores imposibles.
Decido seguir entre insomnios aunque quizás nunca llegue a vivir el sufrimiento que la falta de sueño causa en las personas que lo padecen. Ahora mientras escribo al dictado este texto recuerdo aquellos días negros de mis detenciones, como a pesar de estar en una situación límite, cuando entre interrogatorio e interrogatorio me bajaban a la celda, yo me tumbada sobre aquella sucia colchoneta, me cubría la cara con la manta y me dormía, tenía la seguridad que dormir en aquellos momentos de tensión eran lo único que me alejaba de una realidad de sufrimiento. Dormir es huir de nuestros fantasmas, morirnos por un tiempo, ser un juguete del insondable mundo onírico sin tener consciencia ni conciencia de que nuestro cuerpo está vivo.
Hoy que el día se viste de grises mi mente esta más lúcida que de costumbre, mi serena visión más nítida y mis sentidos mucho más agudizados.
Quizás sea esto de escribir como un insomnio, un estado abotargado en el que no estás ni despierto ni dormido en el que quieres cerrar los ojos y huir de la realidad, pero la fuerza de los grilletes que nos unen a esa realidad no nos permite huir de ella.
II
Ya es tarde, es hora de acostarse, cerrar las ventanas desde las que observo el mundo autista que transcurre ante mis ojos y descansar en el letargo efímero de la noche.
Día a día se va desdibujando tu recuerdo, ya no sangran las heridas del alma ni tus evocaciones despiertan mis insomnios, eres una página carcomida por las polillas de la historia, letras emborronadas en el papel humedecido por la cascada de lágrimas que antaño me arrancaste, se marchitó el pétalo que conservaba entre aquellos polvorientos poemas que un día tu mirada me inspiró, hoy eres una mota de polvo insignificante que mece la brisa a su capricho arrastrándola por la alfombra que pisan mis pies descalzos a la hora del alba, cuando el gallo con su canto me anuncia la nueva alborada.
Agonizaba la primavera cuando se descerrajaron los silencios, ahora que el estío angosta las hojas verdes tiñéndolas de pardos descoloridos, te he desterrado de mis sueños y aquellas pesadillas de velaban mi vigilia se han escondido en su guarida y ya no ladran, ahora solo alcanzo a vislumbrar el mudo eco de tus lamentos.
No llores por mí, desempolvé mis alas de gaviota, afine mi canto de jilguero, me perfumé con el aroma del almizcle, limpié mis legañas con agua de azahar y alcé nuevamente el vuelo. Si tu supieras que azul se ve el mar desde el cielo, que verde los prados y que negros los cementerios.
A veces cuando estoy perdido y no me encuentro, cuando en la playa la mar cubre la arena y en las iglesias celebran responsos por los muertos, yo voy a buscarme al cementerio: Allí entre las blancas cruces de mármol pétreo, las grises lápidas de granito desgastado por el agua y el viento, los epitafios escritos sin ningún respeto, me siento al pie de algún ciprés y te recuerdo, qué mejor escenario para tan triste evento, que un cementerio. Tú, para mí, estás muerta, aunque aún te siga latiendo ese corazón indolente y tus labios gruñan algún improperio. Eres un cadáver viviente, una soledad palpitante que se mueve al socaire del viento, un cuerpo sin esperanzas, que sobrevive mirando al vacío del pasado, porque tu futuro es un fondo negro, humedecido por las lágrimas con que riegas la almohada cada noche, cuando te encentras frente a frente con tu verdad desvestida de los andrajos con que te disfrazas entre las palabras de tus poemas.
Lo siento amiga, el único detalle que tengo contigo, es mi última oración del día, cuando alzo mis preces por tu alma pecadora. Siempre tuve debilidad por los muertos.
III
Ya es tarde, es hora de acostarse, cerrar las ventanas desde las que observo el mundo autista que transcurre ante mis ojos y descansar en el letargo efímero de la noche.
Día a día se va desdibujando tu recuerdo, ya no sangran las heridas del alma ni tus evocaciones despiertan mis insomnios, eres una página carcomida por las polillas de la historia, letras emborronadas en el papel humedecido por la cascada de lágrimas que antaño me arrancaste, se marchitó el pétalo que conservaba entre aquellos polvorientos poemas que un día tu mirada me inspiró, hoy eres una mota de polvo insignificante que mece la brisa a su capricho arrastrándola por la alfombra que pisan mis pies descalzos a la hora del alba, cuando el gallo con su canto me anuncia la nueva alborada.
Agonizaba la primavera cuando se descerrajaron los silencios, ahora que el estío angosta las hojas verdes tiñéndolas de pardos descoloridos, te he desterrado de mis sueños y aquellas pesadillas de velaban mi vigilia se han escondido en su guarida y ya no ladran, ahora solo alcanzo a vislumbrar el mudo eco de tus lamentos.
No llores por mí, desempolvé mis alas de gaviota, afine mi canto de jilguero, me perfumé con el aroma del almizcle, limpié mis legañas con agua de azahar y alcé nuevamente el vuelo. Si tu supieras que azul se ve el mar desde el cielo, que verde los prados y que negros los cementerios.
A veces cuando estoy perdido y no me encuentro, cuando en la playa la mar cubre la arena y en las iglesias celebran responsos por los muertos, yo voy a buscarme al cementerio: Allí entre las blancas cruces de mármol pétreo, las grises lápidas de granito desgastado por el agua y el viento, los epitafios escritos sin ningún respeto, me siento al pie de algún ciprés y te recuerdo, qué mejor escenario para tan triste evento, que un cementerio. Tú, para mí, estás muerta, aunque aún te siga latiendo ese corazón indolente y tus labios gruñan algún improperio. Eres un cadáver viviente, una soledad palpitante que se mueve al socaire del viento, un cuerpo sin esperanzas, que sobrevive mirando al vacío del pasado, porque tu futuro es un fondo negro, humedecido por las lágrimas con que riegas la almohada cada noche, cuando te encentras frente a frente con tu verdad desvestida de los andrajos con que te disfrazas entre las palabras de tus poemas.
Lo siento amiga, el único detalle que tengo contigo, es mi ultima oración del día, cuando alzo mis preces por tu alma pecadora. Siempre tuve debilidad por los muertos.
IV
Estas noches bañadas en sudores están debilitando mis inspiraciones. Con la arribada del verano hice limpieza general en desván de mis evocaciones, me temo que entre los olvidos voluntarios que arrojé a la hoguera, debió prenderse a alguno de ellos la inspiración matutina que me dictaba mis insomnios.
Esto de dormir como un bendito, tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, agazapado como un feto en el útero duermo de un tirón y me despierto sin recuerdos de los sueños o las pesadillas que en la noche onírica se pasearon por mi cabeza. Cada mañana al abrir de par en par mis legañosos parpados busco entre los recovecos de mis neuronas algún indicio de mis aventuras noctámbulas. Sospecho que entre estío seco y mis sudores nocturnos han dejado yermo el campo de la creatividad o, quizás, no se el causante ni el estío ni los sudores, sino la indeferencia con que me tomo el desencanto de tu distancia, quizás sea que ya no te necesito, que como la primavera muere al llegar el verano, el amor que un día te profesé ya ha traspasado el cálido verano, el ventisco otoño y se ha instado en las gélidas jornadas de un invierno que marca el fin del flujo.
Sí, creo que es eso, que ya no eres ni un recuerdo, que fue tan brutal el desencuentro, que he debido perder tu recuerdo en algún vertedero. Y si supieras lo feliz que me encuentro, aunque con el recuerdo arrojara por despiste también la inspiración, duermo tan bien y me despierto cada mañana estrenando nuevas sonrisas, pariendo nuevas esperanzas, con mi mirada limpia, sin bostezos provocados pro ese hastío que provocaba la obsesiva monotonía de desencuentros.
Te diré más, me siento tan feliz que ni me importa que mi nombre lo hayas arrastrado entre el fango de las murmuraciones, que con tu afán victimista me hayas utilizado para implorar compresiones, ni que nuestras intimidades sean hoy simples historietas que viajan de boca en boca. Sospecho que tu reproches sólo esconden tu frustración que en esta batalla de palabras y silencios, de chismorreos y silencios, de difamaciones y silencios, el que yo haya atesorado los silencios y tú las palabras, los chismorreos y las difamaciones, es a ti a quién han vaciado de dichas y a mí a quien han colmado de satisfacciones.
Sigue, sigue escribiendo tus lamentos, sigue sembrando oprobios, lanzando rumores indignos, abrazándote a los falsos amigos que dicen comprender tu soledad, sigue tu camino, pero por favor, ten un poco de dignidad, ya que has prostituído los recuerdos, arrójalos, como hice yo, al vertedero.
V
Cesaron las lluvias y el sol ocupó sus dominios en lo alto del firmamento. Ahora que he enjuagado mis lágrimas, he aprovechado para descalzar mis sandalias y desclavar el guijarro que se había colado entre la suela y la palma de mi píes desnudo, mi caminar es más liviano, el sendero más acomodaticio y una nueva sonrisa de ha instalado en mi mirada.
Quizás sólo fuiste eso, un incomodo guijarro que torturaba mi caminar, un escollo en mi rumbo, un espejismo que anunciaba tras los vidrios del escaparate un mundo de dichas, donde sólo se vendían falsedades envueltas en papel de colores.
Ayer charlaba con un viejo sabio, uno de esos personajes que nunca tuvo la oportunidad de ser culto y sin embargo atesora miradas repletas de sapiencia. Se llama Aurelio, trabajó siempre de peluquero y sospecho que ese contacto cotidiano con sus clientes le armó de grandes argumentos.
Aurelio es músico y su pasión son los pájaros, tiene en su casa dos, un periquito y una especie de loro, que a pesar de haberme dicho su raza en reiteradas ocasiones, por mi carácter distraído jamás retengo el nombre. Él mantiene una relación humana con sus aves, ambas le hablan y no es que le repitan las frases como un papagayo, sino que mantiene con ellos una convivencia profunda. Los dos pájaros viven libres, solo los encierra en su jaula cuando el día se cubre de negro y todos se van a la cama. El loro, ensaña con él la gaita, y si Aurelio se equivoca en el tono de una nota el loro le corrige. El periquito es más juguetón y le encanta darle besos, se le posa en el hombro y le grita: Aurelio un beso, Aurelio le acerca la boca y el pájaro le besa los labios.
Un día le pregunté si al tener los pájaros sueltos no corre el riesgo de que se le escapen de casa. Me contestó que en una ocasión se le escapó un canario, no debió llegar muy lejos, puesto que aún al amanecer oye su canto inconfundible, lo que le hace sospechar que algún vecino lo recogió y lo mantiene encerrado en una jaula. Mi interés se dirigió a entender el porqué no trataba de localizar al canario y reclamarlo. Aurelio muy serio me contestó que si se lo devolvieran tendría que encerrarlo para que no volviera a escaparse y que para vivir así, prefiere que lo encarcele su nuevo dueño. Los pájaros son como las personas, una vez que conviven contigo deben tener la puerta abierta, si se van es mejor que no vuelvan, que asuman las consecuencias de su libre decisión y por mucho que te lloren pidiendo que les perdones, que te juren que jamás volverán a marcharse, no vuelvas a ofrecerles tu amistad, porque jamás volverás a confiar plenamente en ellos y tendrás que cerrarles la puerta de la jaula.
Si les cerramos las puertas de la jaula los mantendremos siempre a nuestro lado, pero nunca sabremos si ese es su deseo, así que mejor tenerlas abiertas, si se mantienen con nosotros son sinceros, si dudan y optan por volar en busca de nuevos horizontes, mejor no llorar por ellos, que vuelen libres y se embriaguen de falsas libertades.
Ahora que tú has volado y has conocido el espejismo que te ofrecieron otros horizontes, no vuelvas, porque tu jaula tiene otros inquilinos y a pesar de que la puerta sigue abierta, no quieren escapar.
VI
Siguen las noches plomizas bañadas en sudores, me acuesto casi desnudo, solo un ligero slip que sujete mi masculinidad mientras duermo. Ayer en esos cinco minutos previos a la caída de mis párpados vagué errante por recuerdos de mi infancia. Evoqué a Mamá Sofía. Mi abuela. Aquella vieja sabia que me enseñó a balbucear las primeras palabras y a interpretar los silencios.
Ayer recordé con es mezcla en la que uno no sabe si evoca vivencias o sólo son recuerdos de las historias que le contaron de sus primeras andanzas por la vida. Contaba mi abuela que de niño era prudente y el temor a una caída atenazaba mis píes sin que, a pesar de ya tener edad suficiente, no me decidera a dar mis primeros pasos.
Una mañana mi abuela me llevo en brazos hasta una encrucijada de caminos, me sentó a los píes de un viejo cruceiro de granito y ató con unas vendas mi píes. Con una sonrisa se despidió y me dejó sólo y amarrado. No debió ser mucho el tiempo que pasé solo, aunque a mí me pareciera toda una eternidad, hasta que oí acercarse en rugido lastimero de las ruedas de un carro tirado por un yunta de bueyes, el labriego que lo conducía me miro sonriente, sacó de su bolsillo una navaja y me liberó de las ligaduras. Mi abuela escondida seguía atenta mis vicisitudes y cuando apareció el labriego emergió desde la frondosidad de los matorrales y se puso en el medio del camino con sus brazos abiertos invitando a que fuera a su encuentro. Yo liberado de las ligaduras corrí hacia ella y me fundí en un fuerte abrazo. Ella enjuagó mis lágrimas y con su voz queda sentenció: Hay que asumir un riesgo si se quiere alcanzar un deseo.
Regresamos caminando hasta la casa, mis pasos aún eran muy toscos y me aferraba con fuerza a su mano. Jamás volvió a llevarme en brazos.
Ayer escribía sobre los pájaros de un amigo, como su canario huyó a anidar en otro lecho y Aurelio ya no desea que vuélvale traidor canario. Y una amiga, con la mejor de las intenciones me pregunta dónde está la libertad, el porqué el canario no tiene la opción de rectificar y volver a anidar junto a Aurelio.
Amiga, la libertad es un fino y bello cristal, pero muy frágil y de uso delicado, puede, si no lo acariciamos con nuestro tacto, romperse en mil pedazos. La libertad amiga mía y tú tienes motivos de sobra para conocerlo, quizás más que ninguna otra de las muchas personas que conozco, está en que toda satisfacción de un deseo conlleva la asunción de un riesgo.
En esta sociedad que nos ha tocado en suerte vivir, se alzan nuevos dioses omnipotentes vestidos de verdades regaladas y se destierra al olvido los mitos viejos. Hoy la satisfacción del capricho se alza a los altares y se entierra en los avernos a la sabia experiencia.
Olvidamos con total frivolidad que "haber sido" es la forma más segura de "ser". Desgraciadamente hoy nos fijamos en la rastrojera de lo transitorio y pasamos por alto el fruto ya granado del pasado. Nada puede deshacerse y nada puede volverse a hacer.
Si el canario asumió su propia libertad, debió asumir sus riesgos, quiso que el eco de su canto reverdeciera otros huecos, pues dejemos que cante alegre y asuma las consecuencias de sus actos.
Un minuto de capricho puede torcer toda una vida, de nada sirven después las lamentaciones, el hombre es el fruto de sus experiencias, propias y ajenas, y quien se ciega en un deseo, si de verdad hace uso de su libertad, debe asumir todas las consecuencias. Yo soy fumador asumo que mi capricho tiene un riesgo, sería un necio si el día que el tabaco perfore mis pulmones exigiera a la vida rectificar mis acciones, mi libertad no está sólo en fumar sino que si es un acto libre lo es, precisamente, porque asumo el riesgo que ello conlleva.
Todos conocemos los riesgos que debemos asumir del uso que hacemos de nuestra libertad. No sabemos realmente lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos lo que hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos.
Aurelio ya no tiene su canario, pero tiene un loro que le acompaña en sus ensayos de gaita y un periquito que lo mima a besos. ¿para qué coño iba a necesitar ahora al frívolo canario que traicionó sus desvelos y huyó a anidar en otro lecho?
VII
Persisten en la noche los sudores resbalando por mi piel, los recuerdos agolpándose entre mis sienes, el canto de tus lamentos horadando mis tímpanos y tus caricias hurgando entre las llagas de mis heridas.
La noche me acuna entre silencios, mis sueños comienzan en al vigilia, dejo para las somnolencias las pesadillas, así mientras cruzo ese océano que me lleva desde la vigilia al sueño, me recreo reviviendo los buenos momentos que pasé a tu lado. Fueron muy efímeros, pero hondamente profundos, tan dentro de mis entrañas llegaron que he tenido que acomodarlos entres los huecos de mi corazón malherido.
A veces me paro a pensar como se pueden hacer los silencios, más silencios cada día, como los recuerdos en lugar de diluirse en tiempo, crecen más cada día, o como el aroma de tu cuerpo sigue embriagando mis fantasías.
Hubo un día en que dude si te quería, ahora que la perspectiva se agiganta y ya no me influencian tus pupilas, sé a ciencia cierta cuales fueron mis sentimientos, eso que hoy me perforan las vísceras, eso que alimentan mis insomnios cada noche y que me acompañan hasta que alborea de nuevo la mañana.
Me dueles al leerte, pero me duelas más si no te leo, me dueles cuando respiras y moriría de larga agonía de sufrimiento si murieras sin yo saberlo. Y a veces pienso si es real todo esto, si un hombre maduro y casi viejo puede llegar a sentir lo que yo siento, sin hombre escéptico que supura cinismos puede ser como un niño al que un capricho le empuja a llorar histérico.
Hoy en una ciudad de Castilla murió una amiga, me han llamado por teléfono para darme la fatal noticia, me he quedado mudo pensando como reaccionaría ante tu muerte, esa muerte a la que yo te condené en mi mente un día. Sé que mañana en el funeral de mi amiga lloraré como lloró siempre cuando despido a un muerto, pero te confieso que si de tu funeral se tratará no sería lágrimas las que yo vertiera en tu recuerdo, sino que sería mi sangre la que resbalara desde mis candiles, sangre que brotaría de los confines de mi alma.
VIII
Y arribaron por la noche los mañanas, en medio de soledades y los sudores del estío, volvió el pájaro huido con cantos de perdones pidiendo asilo. Quiere recobrar el tiempo perdido en sus vuelos efímeros, esos vuelos que le llevaron a anidar en otros lechos y a cantar sus nostalgias en otros ecos. Aquellas recuerdos que siendo suyos, también eran míos. Recuerdos prostituidos entre cuchicheos o a voz en grito.
Qué milagros hace el tiempo, como cambia el paisaje cuando percibimos que la vida se nos escurre entre las manos sin haberla vivido, cuando palpamos el vacío de los espejismos y queremos reivindicar como propiedad aquello que un día despreciamos arrojándolo sin escrúpulos al vertedero. No hay mejor consejera que la paciencia que se aparea con la memoria, el saber de las sabidurías, la espera del retorno del cadáver vestido de soledades.
Así, paciente y con recuerdos aún vivos, esperé tu entierro, ver pasar tu féretro sin flores ni comitiva, ni lágrimas de aquellos que creíste que eran tus amigos, aquellos fariseos a los que escuchaste, aquellos que no te buscaban a ti, porque nada les importabas, aquellos que en sus juegos sólo querían atraerte para apartarte de mí. Ahora que navegas a la deriva en medio del océano de las soledades quieres aferrarte a una esperanza de perdones, a un renacer en tiempo pasado, pero la obstinación de la vida no nos permite volver atrás ni desandar el camino. Estás sola, se consumieron aquellos quince minutos de tregua que me otorgaste, se consumieron como se consume el orgullo y los retos pendencieros, al final siempre nos espera la puta realidad desvestida de ropajes, desnuda y desafiante.
Acaso pensabas que sólo tú eras alada y solo tú podías alzar el vuelo, acaso crees que el cielo y las estrellas las dibujaron para tu solo capricho. El mar es inmenso y no tiene fronteras, ni dueño ni banderas, es un océano de libertad que se viste unos días de calma y otros de galerna y su fondo es un inmenso camposanto donde reposan las naves hundidas, aquellas que se dejaron hechizar por los cantos de las sirenas, son tan bellos esos ecos, tan bellos como falsos. Estabas fondeada en mis entrañas, pero era poca bahía para una nave tan pesada y decidiste zarpar atraída por las auroras boreales que preñan de colores los amaneceres en primavera, no seguí tu estela, había mucha pesca en mi mar interno y no necesitaba navegar hacia nuevos caladeros. Para no olvidar nunca mi condición de humano, en el mascarón de proa llevo esculpida la imagen de la libertad, una dama con su pecho izquierdo al desnudo, en la cruceta de mi mesana icé una bandera desteñida de negro de tristezas y en la popa pinté con letras mayúsculas muy claras el nombre de mi barco, es muy sencillo y muy claro: ADIOS.
Ayer por la noche, porque siempre es por las noches cuando que se reaviva la llama de mis insomnios, sigilosa y tímida te acercaste, vi las lágrimas que corrían desbocadas por tu mejillas y despertaste en mí la misericordia. Date tiempo, dame tiempo, démonos tiempo para que se diluyan las palabras y se solidifiquen los hechos.
IX
Ayer aparqué la noche en una tertulia con mis amigos, entre los platos y las copas desfilaban por la mesa detalles de la Historia, no acertábamos a laurear quién fue el más grande de los guerreros, si Alejandro de Macedonia hijo de Filipo, Temudhim el vengativo o Shum
Tzum el estratega.
Entre acaloradas discusiones, en algunos instantes mi mente se fugaba a buscarte, ante mí mirada se aparecía la imagen de tu rostro con ese gesto tan tuyo, mezcla de orgullo y tristeza. La polémica seguía su cauce sin encontrar la desembocadura y yo me interrogaba, qué cuál es la importancia de estudiar estrategias militares si yo ya me he rendido ante el silencio de tu mirada.
Te sigo percibiendo en el fondo de la caverna, aún sigo viendo esas pupilas reluciendo en el fondo negro, esa mirada espía que todo lo observa y no pronuncia palabra, esos ojos que un día me mecieron entre sus olas y hoy me condenan al más miserable de los destierros. Quizás tengas razón, quizás no haya batallas entre el sentir y la razón, quizás no haya guerras ni se necesiten estrategias, para reconocer cuando es amor y cuando es sólo un sueño adolescente o el espejismo del hastío al que nos condena la condenada soledad.
Llegaste sin llamar a mi puerta, entraste en mis estancias con paso firme, decidida a sembrar entre mi yerma tierra la semilla de la esperanza, la furia de la pasión desenfrenada y luego, sin aparente causa, traspasaste el quicio de la puerta huyendo sin pronunciar razón alguna.
No es posible que tanta entrega se diluya entre los insomnios de una noche de sudores y amanezca mi cama vacía, mi sonrisa mutada y tu silencio resbalando entres las paredes negras. Evoco nuestro primer encuentro, aquel que humedeció tu cuerpo, cambió tu semblante de mujer seria dibujando en tu ceño una sonrisa abierta. Recuerdo tu inseguridad, como vivías la contradicción de ser sin estar, tus huidas pudorosas mientras dejabas caer al suelo un pañuelo que me mostrara el camino de tu alcoba, tu frases entrecortadas desde los confines de la Tierra, los cafés de las diez y media, los encuentros furtivos cuando la noche cubría de velos el sueño de tus hijos. Sí, para que negarlo, aún tu voz ronca resuena entre mis ecos, tu descaro pudorosos pidiéndome un beso.
Y yo aquí sigo, perdiendo mis noches en tertulias con mis amigos, discutiendo de estrategas, acortando insomnios en largas sobremesas, buscando al mejor guerrero de el tiempo laureó de conquistas. Yo que soy un conquistado, que no entiendo tu estrategia, que sigo batallando entre mi corazón y mi cabeza, deseando desentrañar mi torpeza y encontrar las razones de tu ausencia.
Espero que no te hayas equivocado, que no sean tus neuronas una justificación de tu cobardía, porque soy un peregrino y no enraízo en las tabernas donde no me sirven buen vino. Sí, me partiría el alma que cuando llegado el otoño yo haya partido de esta posada, el eco del viento me trajera tus lamentos, porque entonces amada mía, se habrán marchitado las ilusiones, se habrán deshojado los alientos y el cielo gris cubrirá con su manto el recuerdo de lo que un día fue la razón de mi existencia.
X
Ayer recibí la visita de una mujer, quizás decir "una" es una inexactitud, pero como por prudencia no deseo dar su nombre, debería decir que ayer recibí la visita de la mujer que anida en lo más profundo de mis recuerdos.
Cada cierto tiempo vuelve, me saluda, se interesa por la marcha de mi vida y desaparee. Hubo un tiempo, que duró años, en que esa dama y yo compartíamos horas charlando relajados por este medio, enraizamos en el subsuelo de nuestras existencias y compartimos querencias. Yo sé que ella aún me quiere, como yo le quiero a ella, lo triste de esta historia es que aun queriéndonos nos lastimamos tanto que las heridas de nos infringimos jamás cicatrizaron, aún siguen sangrando, porque las heridas del alma jamás terminan de curarse.
Nunca se lo he dicho, pero ella es la mujer que más ha influido en el otoño de mi vida, a veces me miro en el espejo y veo reflejada su mirada inquisidora, muchas de mis reacciones radicales nacieron de esa relación agitada. Por ella cruce el mundo, por ella soy escéptico, por ella perdí al fe en las relaciones humanas.
Es curioso comprobar que como dos seres que se querían tanto, pudieron hacerse tanto daño. Ella aún me busca por la red, entra en este foro y me lee, me ha prohibido que le envíe mis escritos, argumenta que no desea creer en hechizos, sin embargo aún se cela y me recrimina. Hasta ha construido varias paginas web donde atesora todo lo que yo escribo. Ayer en su despedida me pidió que fuera más maduro. Que no juegue con las palabras, que algunas letras se cuelan por los candiles de la mirada y anidan en las profundidades, que son como espinas clavadas en los músculos vitales, que puedo ser muy cruel en mis despedidas. Y es ella quién me lo dice, ella que con sus juegos malabares me embeleso con pócimas cocidas entre engaños y silencios calculados, ella que me enseñó que no se puede confiar en quien te engaña por una tontería, ella que fue mi mejor maestra en estos menesteres del amor.
Hace muy poco tiempo, conocí a otra dama que me hizo acelerar los latidos de este corazón maltrecho y de nuevo mis entrañas se convirtieron en un mariposolario. Recordé entre dudas que debería esperar antes de abrir de par en par mis puertas y permitir que el aire fresco y húmedo de su aliento se convirtiera en el maná de mi alimento, evoqué mi experiencia frustrada y me senté prudente a esperar respuestas para no caer víctima de otra tomadura de pelo. No fue larga la espera. Rauda llegó la primavera floreciendo las contradicciones, las medias verdades compartidas entre sepulcrales silencios, los donde te dije digo, ahora digo diego. Con una sonrisa de estreno, entre irónica y recelosa, volví a alzar el vuelo, a vivir mis fantasías sin apostar mi corazón en la aventura, con una agonía es suficiente para no caer dos veces en el mismo foso. Y yo sé que no me entienden, que por una media verdad, por lo que califican otros de tontería, yo haya despeinado mis rizos, acomodado en mis alforjas el escepticismo y me haya puesto de nuevo en el camino de la mar, navegando solitario, sin rumbo ni bitácora, permitiendo que las olas jueguen con las palabras, que los besos sean de cartón y las ilusiones un sueño que comparto con mi almohada en estas noches de insomnios, donde el calor y la experiencia se revuelven silencios entre las soledades de mis sábanas.
XI
Odio los domingos y festivos, quizás por ello alargo las noches de vísperas para acortar la ingratitud de las festividades. En estos días se representa ente mi mirada la monotonía vestida de fiesta, las familias que dicen ser felices soportándose sobre la arena de la playa, en los paseos vespertinos y tomándose el aperitivo tras los oficios religiosos.
Es curioso que la mayor parte de los divorcios estallen los lunes y a la vuelta de las vacaciones. La rutina diaria se sobrelleva amortiguada en las horas que se pasan alejados el uno del otro, en la esclavitud laboral que los tiempos modernos han trastocado la sentencia del Génesis, aquella en que Jehová nos condenó a ganar el pan con el sudor de la frente. Ahora el trabajo es la liberación de muchas parejas, la dosis de diaria la pócima tranquilizante, pero en vacaciones y días festivos, el síndrome de abstinencia provoca situaciones inaguantables.
Y sin embargo, nosotros, tú y yo, nos alejamos sin haber saboreado el agrio sabor del hastío, nos alejamos por miedo, por falta de firmeza para aceptar que los sueños son parte de la realidad futura, que el amor es hijo de la voluntad, que la comunicación es conocimiento.
Sigo viendo cada noche, cuando el día se viste de lutos, tus ojos expectantes que me miran silentes desde le fondo negro de la caverna, cuando tu voz se sube a los púlpitos afirmas que me quieres, pero cuando me miras cara a cara, cuando tus miradas se reflejan en mis candiles de mar, aparcas tus párpados y enmudeces.
Y créeme que intento interpretarte, que intento excavar en tus entrañas, conocer las razones de tus decisiones, esas razones que mi corazón no comprende y me hundo en un mar de silencios aceptando la derrota. Quisiera escribir en unos versos el desencanto que presiento, pero me falta mi musa, la inspiración necesaria para encontrar las justas palabras que definan lo inefable de mi desconcierto. Cada mañana me enfrento al folio inmaculado armado de una lapicero negro, comienzo a rasgarlo con signos que quieren ser palabras y siempre me quedo detenido en esos tres puntos suspensivos, muestra de mi ignorancia, de mi incapacidad para manifestarte que aún te quiero, que aún te sueño en mis insomnios, qué aún resisto en medio del campo de batalla bajo el bombardeo de tu mutismo y que te busco en cada libro, en cada rincón de mis paseos, en cada esquina espero que al rebosarla me tope con tu figura.
Te imploro que tengas misericordia, que pongas fin a esta mortecina agonía, que no soporto esta tortura de saberte mía y saberte perdida, dímelo sin ambages, dímelo con palabras claras, dime que ya no me quieres para que pueda volar como una gaviota y olvidarte.
XII
Han rolado los vientos hacia el dominante noroeste. Viene armado de su paleta de grises para teñir el lienzo celeste con toda su gama de humedades: Las noches de mis insomnios ya no se bañan en sudores y mi peregrinaje noctámbulo es un paseo de fantasías y evocaciones.
La noche se hace un poco más larga cada día y mis viajes oníricos se alargan su odisea. Ayer soñé con los detalles, esos actos imperceptibles que ya no observamos, perdidos como estamos en la selva de los egoísmos, padecemos de miopía y no vemos lo que ocurre a dos palmos de nuestro ombligo. Hemos dilapidado los instintos, esas armas que nos alzaron a lo más alto del reino animal, hemos olvidado que a veces, los detalles nos emocionan más que el desenlace. Y fluyen por la cascada de mi mente recuerdos de mi viaje a Costa Rica, la primera vez que me penetré en una selva virgen, iba acompañado de un paisano, navegábamos por un canal de más de cien kilómetros de largo, rodeados de bosques perennes donde habitan libres los animales salvajes, mi acompañante se esforzaba en mostrarme desde la distancia a cocodrilos o iguanas, mi vista, alienada por tanta modernidad, era incapaz de distinguir entre las hojas verdes y el mimetismo con que se cubrían las iguanas o las ocres hojas secas que flotaban sobre la superficie del río de las vértebras de los cocodrilos que asomaban sobre el agua. Sólo cuando me acercaba hasta poder tocarlos eran visibles para mí esos animales disfrazados de agua y vegetal. Y no narro esta experiencia sólo para demostrar que hemos perdido el instinto cazador, sino que quiero enfocar mi objetivo a la ceguera que padecemos con los pequeños detalles que orbitan en nuestro peregrinar y se suceden uno tras otro sin que sepamos interpretarlos.
A veces creo que la sabiduría humana consiste sencillamente en observar el detalle abstrayéndolo de la ficticia realidad. Una palabra en un poema, sólo una, puede darnos la clave de la intencionalidad de los versos, una mirada tímida puedo mostrarnos un mundo, una pequeña mentira puede enseñarnos una gran verdad que está oculta en la intencionalidad del embaucador, un silencio calculado puede ser el augurio de una gran deslealtad.
Tenemos mucha prisa y mucha necesidad de quedar bien en la fotografía, tenemos miedo de ser como somos y no nos arriesgamos a posarnos en las ramas de la selva humana sin tener que mimetizarnos con el entorno, la singularidad es adversaria de la monotonía, un atentado contra los hastiados que quieren ser anónimos entre la manada. Nos productivo en esta sociedad egoísta ser solidario con causas pequeñas porque esos detalles insignificantes no nos cri8ben de aureolas de popularidad, es más rentable ser solidario con las grandes causas que no exigen sacrificios personales y nos tiñen nuestro disfraz de progresismo. La discreción no cotiza en bolsa y necesitas unirnos a causas que se propaguen con el viento, dando la espalda a aquellas otras que solo son soplo de brisa.
Curiosamente en esta noche de humedades, haciendo repaso de mi vida, recordando amigos, observo que mis neuronas solo atesoran pequeños detalles y han olvidado las escenificaciones de las falsas declaraciones rimbombantes, he recordado a los anónimos compañeros de trabajo de mi padre, que no permitieron que un coche fúnebre lo trasladara al cementerio, exigiendo ser ellos quienes lo portaran en sus hombros, cuando esas actitudes ya no formaban parte de lo políticamente correcto, también he recordado a aquellos amigos que acompañaron día y noche a mi esposa cuando yo estaba siendo torturado en una comisaría, he evocado infinidad de pequeños detalles en que sus actores no figuraban en la cartelera de protagonistas y en la misma medida he olvidado a aquellos que fueron actores principales, esos que destacan su nombre en los programas y se les llena la boca de babas llamándome amigo.
Un amigo jamás traiciona ni proclama a voz en grito sus virtudes, ni tan siquiera te recuerda que él estuvo en el momento justo que lo necesitabas a tu lado. Él simplemente está. Y viene esto a cuento de que en este mundo virtual donde lo que no es engaño, es mentira, también me he encontrado con personas que no me adulan, pero que siempre están. Personas que me han ayudado en el silencio del anonimato, que a pesar de los años siguen estando y que emergen de las sombras en el momento exacto en que las que dicen quererme, me están vendiendo al mejor postor.
Hoy quiero rendirles un homenaje de silencios a esas personas anónimas que observan los detalles, que saben distinguir la palabra clave en un poema para interpretar mi estado de ánimo, que saben salir del anonimato para ofrecerme su mano cuando me estoy hundiendo, que nunca me mienten, ni me regalan palabras vacías de contenido, a esas que desde el fondo negro de la caverna me observan en silencio y sin palabras saben mostrarme su cariño sincero, las que respetan mis locuras, las que me critican a la cara si es necesario y no prestan oídos a los chascarrillos, las únicas verdaderas amigas que tengo. Son muy pocas, aunque llevo muchos años en este mundo, me sobran dedos de las manos para numerarlas, a vosotras amigas sinceras, a vosotras con las que estoy en deuda, gracias.
XIII
Sigue el noroeste barnizando de grises el cielo, siguen testarudos los sudores humedeciendo mi piel y siguen, no podría ser de otro modo, tus ojos de ofidio acechando silentes entre las brumas del silencio.
Ayer en mis insomnios me interrogaba el porqué de tanta distancia, qué nos impide a los humanos ser transparentes en nuestras palabras, por qué somos más propensos a la crítica que al halago.
Los pudores ruborizan tu rostro cuando apelas a la crítica, sin embargo enmudeces, cuando debieras gritarlo a los cuatro vientos de la estrella, lo que tu corazón siente, contarnos como las luciérnagas que alumbra tus crepúsculos otoñales se visten de azules al cubrirnos con su manto la negra noche. Pero callas, tienes miedo, temes que el amor te supere, que rebosen las alegrías por tu pecho y una cascada de pasiones nos empape de gozos y dibuje en tu rostro sonrisas de estreno.
Así pasaron las horas, anegando de insomnios mi noche, y son ya tantas las noches en que no concilio el sueño, que temo que un infección de vigilias enferme mi alma y no pueda, si algún día lo decidieras, compartir mi sueño contigo. ¿Te imaginas? Los dos desnudos, rozándose los cuerpos sobre las sábanas de lino, tus manos recreándose en mi espalda mientras tus senos se oprimen contra mi pecho si te dijera que hay noches que así te pienso, alargando la noche en un abrazo de mi cuerpo en el tuyo penetrado, mis manos patinando por tus glúteos y nuestras bocas compartiendo un suspiro.
Me dirás que soy un niño, que no vivo de realidades, que los sueños desaparecen al apuntar el sol en el cielo, que tu no quieres vivir de fantasías, que eres un ser adulto y no vas cambiar tu vida por un espejismo, que el corazón es sólo un músculo que bombea la sangre sesenta veces en un minuto, que tus besos se truncaron hace tiempo, que en tu cuenco se apagaron los fuegos y que en tu reino gobierna el hastío, ese monótono sobrevivir que te envejece, hurtándote las primaveras floridas de dichas, que no crees en milagros, y que yo, sólo soy un juego entretenido para los días en que la marea cubre de lágrimas tus soledades.
Quizás sea así, que tú tengas razón y yo sea un niño caprichoso, pero si alguna mañana al deshojar tus legañas frente al espejo, ves resbalar dos gotas húmedas por tu mejillas, recuerda que una representa mi dolor y la otra, tu mentira.
XIV
Se dilata la noche entre palabras, resistiéndose heroica a morir en un suspiro, se repiten uno a uno los verbos que tratan de justificar tu desvarío, palpaste la felicidad distante en mi piel arrugada, pero las prisas por acortar la distancia te encaminaron por un atajo de sueños, te desviaste del sendero. Ahora te sientes perdida y reclamas tu heredad entre lamentos. La mar está tan sola y es tan amplia, que podemos pasar una vida entre sus aguas y no escuchar entre sus olas el rugido de sus llantos.
Hoy la mañana se presentó con puntualidad a la cita, el sol se adueñó de los cielos, desterró al olvido las estrellas y un manto de cálido azul cubre de calores mi húmeda piel ajada. Ya no llueve en mi mirada ni se tiñen de negros presagios mis neuronas, hoy mudo los gestos, mi ceño fruncido lo visto de sonrisa, mis pupilas vidriosas de alegres miradas y mis manos temblorosas de puños revolucionarios. Hoy me declaro rebelde, defensor de causas perdidas, canto a la voz enmudecida, moldeo alas a los oficios y decoro con sonrisas este escenario tétrico de muertes y mentiras.
Que se agolpen en la plaza todos los moscardones, que un hereje será quemada en la hoguera, que la San Inquisición me ha condenado a la muerte, que ya no volaran con el viento mis cantos de amor, que solo perpetuaré lamentos, que han muerto las esperanzas, que me quemo entre las ascuas de tu desprecio. Hoy que estoy más vivo que nunca, para ti, estoy muerto.
XV
La noche, los insomnios y la estupidez insisten siempre, puntuales a su cita llegan en el momento preciso para anunciarnos que aunque velados durante un tiempo su sombra se alarga más allá de los límites de la prudencia.
Y es esa estupidez que a veces se viste de amiga inocente, otras de rabias incontenidas y las más de las veces, se muestra obscenamente desnuda la que hoy ha florecido en mis insomnios. Ayer tuve que mostrar mi imagen prosaica y con verbos altisonantes, casi blasfemos, para desterrar de mi círculo de conocidos irreconocibles, a una dama que se obstina en mostrarme su inocencia de unas culpas de las que nadie le acusa. No entiendo de amistades incondicionales que condicionan su afecto a un encadenamiento de chismes y murmuraciones. Que cuando les sonríes te alzan en un pedestal para que sermonees sus virtudes desde el púlpito de la hipocresía y cuando tu ceño fruncido muestra el desencanto, eres el más maligno de cuantos luciferes fueron expulsados del paraíso.
Y es que agota oír siempre la misma tonada con el mismo coro arpías, con las misma mediocridades y las mismas mentiras. Y en las horas de vigilia que preceden al sueño reparador de cada día, le ruego que borre mi nombre de su vocabulario, que enmudezca mi palabra en sus contubernios, que si desea recordarme se compre una cajita de plata, exilie en su interior mis versos y atranque la cancela para que descansen en el olvido aquellas ajadas palabras que un día de enero perdieron su sentido.
El campo está cicatrizado con miles de caminos, quiso el azar que en una de aquellas encrucijadas tropezaran de bruces sus ojos con mi mirada y que en un traspiés ella cayera entre mis brazos, también es cierto que el juguetón destino me mostrara que en sus alforjas venían repletas de viejos fetiches, que nos cruzáramos en el sendero con un mendigo sentado en la vereda con la mano abierta pidiendo limosna y que ella le regalara en un acto de hipócrita caridad cristina, mi dignidad y mi confianza.
Si pocas riquezas yo atesoraba, tras el hurto de mi dignidad mi talego se alimento de vacíos y quedaron al descubierto aquellos objetos que deposité en el fondo del fardel cuando tras la muerte de mi padre cobré su herencia, así afloró a mi vista, la olvidada libertad y mi orgullo marinero, mis alas de gaviota y el sextante con que trazo mis derrotas. Con tan grande vela y tan sólido casco, largué las jarcias, aferré la botavara y me embarqué en una nueva singladura. Una quilla sin lastre hace que la nave sea marinera, pero muy vulnerable a las tormentas. Y ella se obstina en soplar a los vientos para agitar tempestades y yo prefiero las aguas mansas, las olas con cadencia para acunarme entre la espuma y soñar con nuevos fondeaderos donde mi áncora de sensibilidades se hunda hasta el fondo del alma y ancle en un corazón puro, ajeno a las murmuraciones de su lengua viperina.
Por alguna razón, el azar me condena y a pesar de mi propósito de enmienda, esta mujer es una perpetua penitencia, ni vive ella ni permite que yo viva y como la noche, los insomnios y la estupidez sigue insistiendo más allá de los límites de la prudencia.
XXI
Esta noche no tuve tiempo para insomnios y ni tan siquiera recuerdo si tuve algún sueño, la madrugada despertaba mis compromisos, el rugido mecánico del motor enmudecía el canto del gallo, amanecía entre el asfalto devorando distancias, casi imperceptible la música cacareaba mientras yo consumía un cigarrillo detrás de otro.
Arribe a la hora exacta a mi destino, la fría estancia del hospital me acogía entre sus brazos, el tedio consumía las paginas del diario y por fin, de nuevo en la calle, dispuesto a la conquista del espacio abierto.
Era temprano para mi segunda cita, un paseo por los jardines evocándote en la distancia, consumiendo tus contradicciones entre mis dudas, hasta la hora del encuentro. Ella austriaca de nacimiento y universal de corazón mantenía el hilo enhebrado mientras cosía una con otra las palabras de su argumento, yo mientras comía, me ausentaba por momentos; ráfagas de tu mirada clavadas en mi mente. Ella seguía con sus costuras confiándome sus avances en la traducción de mi libro de cabecera. ¿Y por qué no usar el ya traducido? Si a mí me basto su lectura para comprender que el sentido que damos a nuestras vidas es el cimiento de nuestro vagar errante por el laberinto de las dudas.
¿Qué como explicaría yo la emotividad? Con firmeza. Si acaso, cuando entran en conflicto el corazón y la cabeza, siempre la razón está del lado del raciocinio, sin voluntad no hay amor, sólo sugestiones de espejismos.
¡Qué donde está el origen de la crisis? En la falta de educación, en que entre tanto necio se confunde con frecuencia el valor y el precio.
Y de nuevo a invadir el asfalto acortando distancias, soñándote despierto. Sí, es cuando estoy despierto con mis cinco sentidos a ralentí, cuando más vives en mis sueños. Ya, ya lo sé, no me lo repitas una vez más, es una utopía el creer que puede el corazón marcarnos el sendero por donde deben discurrir los pensamientos, si ya sé que en el otoño la vida nos empuja hacia el abismo del invierno y nunca floreciendo en la estación gélida las cálidas rosas de pitimini, si la inclemente estación fría es tiempo de crisantemos, aunque, te lo reitero una vez más, en algunos jardines de la costa florezcan las camelias.
Pero a ti no te gustan las camelias, tu riegas cada día tus dos matorrales de rosas enanas, esas fragancias que germinaron en la maceta de tus entrañas, prefieres las flores con tallos de púas, que te muestren las dos caras de la moneda, el desdoblamiento de la realidad exenta de maniqueísmos. Sí mujer, si todo eso lo comprendo, pero dime como puedo explicarle a mi mente estos escalofríos que siento cuando me miro en tus pupilas, cuando tu risa entra desbordada por mi oídos y me tiembla el alma, cuando mis labios se humedecen en tu boca y me quedo sin aliento, cuando titilan mis manos pensándolas entre tus muslos. Si yo ya sé que tienes razón, pero dime cómo se apaga este fuego que me quema, cómo me niego que te quiero.
XXI
Hoy fue larga la noche, una eternidad inmensurable de pesadillas e insomnios, giraba mi cuerpo entre las sábanas sin encontrar acomodo y giraba mi mente deshilachando las costuras que me ataban a tu sueño.
La eternidad de la noche perpetua se diluyó al renacer la luz por la mañana y un sol justiciero asoló el campo de las penumbras para teñir de añiles el cielo de las esperanzas.
Muere la noche asesinando los sueños y renace la luz iluminando nuevos senderos, el gallo anuncia la buena nueva con su canto, desde lo alto del campanario redoblan los ecos llamando a rebato, la vida me espera en el asfalto, alzo mi cuerpo, lo humedezco de aromas y me calzo las sandalias. El mundo me espera y voy a su encuentro.
Hoy no pisaré el mar, prefiero verlo desde lejos, no quiero embriagarme con su canto ni sentir su frío contacto en mi piel, no quiero despertar ilusiones ni revivir evocaciones tardías. Prefiero borrar la memoria, enterrar espejismos y olvidar las traiciones.
La brisa me llega despacio mientras camino por la vereda del río, voy hacia la mar mientras cae a plomo sobre mis pensamientos el cruel sol del estío, converso sin palabras con ese ser que siempre va conmigo, yo lo llamaba conciencia, él me dice que sólo es espejo, a veces cóncavo a veces convexo, en él se reflejan las verdades vestidas de detalle, siempre se muestran impúdicamente desnudas, como Dios las trajo a mi mundo, sin falsas justificaciones, sin estúpidas excusas. Son tal bellas estas verdades desnudas que su visión despierta mis lágrimas dormidas.
Hoy nace un nuevo día, enterrando ayeres sin sentido, hoy comienza una nueva batalla de esta guerra interminable que libro cada día con el cruel destino, ayer fui vencido, quizás hoy sea vencedor, pero siempre habrá un mañana, un mañana sin ti, donde la sombra alargada de tus silencios no me hurte la luz de este sol de estío que hoy ennegrece mi calva y me alimenta de nuevos bríos.
El ayer ha muerto, el mañana es incierto y el hoy es lo único que tengo, este hoy en que paseo confundido por la vereda del río y vivo el ayer entre recuerdos y el mañana entre ilusiones que alimento de esperanzas.
XXII
Ayer te vi en la lejanía, estabas quieta y silente, me observabas con tus pupilas clavadas en mí y yo te respondía con mi mirada. No hubo palabras, tú no las quieres, o si las quieres me pediste que no las pronunciara y es tal mi deseo de correr hacia ti cuando te veo, de abrazarte y comerte a besos, de consumir la horas en íntimo dialogo, de mostrarte cuanto te quiero, que hay momentos en que tengo que mirar hacia otro lado para no perder mi compostura y faltar a mi palabra.
Hay días que al verte me arrepiento de ser un caballero, de acatar tus decisiones al pie de letra, aun cuando sospecho, que ni tú misma estás de acuerdo, que tu también me deseas, pero tiene miedo. Miedo a reconocerte enamorada, miedo a saberte débil, a convenir que el sentimiento nace en las entrañas y no hay explicación racional para negarlo. Pero eres así y debo respetarte, porque te amo no quiero cambiarte, deseo que seas tú tal como eres, porque si intentara cambiarte quizás ya no me gustaras y sigo esperándote a que te enfrentes a tu mirada interior y asumas tus sentimientos.
Y con esa sensación de vacío y contradicción me dormí, asumiendo que si quiero ser leal contigo no puedo tomar la iniciativa de romper el pacto que me has impuesto. Y el insomnio se acostó entre mis sábanas velando mi sueño. Jugué en esas horas infinitas que eternizan la noche a ser filósofo racionalista, a darte la razón, admitiendo que todo es un espejismo, que en este mundo virtual la mitad es mentira y engaño la otra mitad, pero mi corazón insiste en arrebatarle verdades a la cabeza y me interroga y me insiste diciéndome que si todo es mentira qué es eso que siento en mi alma, por qué se aceleran mis latidos cuando te veo a lo lejos, quieta y silente, por qué te sueño y me acompañas en mis paseos, pero sobretodo me interroga el corazón pidiéndome una respuesta a la pregunta de cómo calificar lo que siento.
Y pasó la noche y amaneció un nuevo día, pasaron las horas muertas y renació de nuevo la vida y, sin embargo, tú no pasas ni mueres, ni renaces, sigues aquí, anclada en este corazón mío.
XXIII
Suben los calores por mi frente y bajan titubeantes los sudores, la noche se viste de largo y el insomnio aparca entre mis neuronas, hoy nuevamente te sueño, dedicándote mi última noche y el último de mis sueños. He decidido vestir de ignorancia tu presencia, convertir tu silencio en mi silencio, distanciarme de tu distancia alargándola hasta el infinito, ignorarte más allá de lo que tú me ignoras y descorrer el velo de la caverna desde donde con tus iris amielados me observas. Hoy me despido de tu ausencia.
Quiero saldar esta cuenta de inseguridades, huir en el sentido contrario a tu huida, alzar un muro de dura piedra para que el eco de tu voz no me alcance, transformar el presente en historia y pagarte con tu misma moneda.
En medio de la noche, en el fragor de la batalla mi corazón se ha rendido ala fuerza de la razón de mi cabeza, inhumo mi amor en un camposanto de silencios y alzo mi raciocinio al altar de los dioses, pongo fin a esta larga tregua, derroco y someto mi sentir a mi pensar, mis temblores de luciérnaga a la firmeza del elefante, hoy en medio de mis insomnios he asesinado la espera, he matado la esperanza y ajusticiado la comprensión.
Hoy desoxido mis alas y me calzo las sandalias de peregrino, retomo el camino después de esta larga espera, camino hacia el oriente, sin girar la cabeza para no volver a verte y sentir en mi estómago este dolor que me causas con tu desprecio.
Adiós amiga, aeternum vale.
XXIV
Ayer vacié la pesada carga que transportaba en mis alforjas y el paseo se hizo más liviano. Es curioso, tantos días caminando por la vereda del río y no me había fijado en esos niños, que entre gritos juegan en el parque mientras sus madres, posados sus glúteos en el banco, deshilachan chismes sin sentido. Ayer me senté cerca de ellas disfrazado de distraído, quería oír sus conversaciones para conocer sus problemas. Quizás, escuchando sus desvaríos me ayudaría a comprender el porqué de tu huída. Pero eran más míseras sus palabras, tan vacías que dudé si serán así de huecas tus razones. Aburrido abrí mi libreta de anotaciones, esa que siempre llevo conmigo y donde, con una letra ilegible, escribo esos pequeños detalles que saltan en mi mente mientras durante el paseo observo el mundo en movimiento. No escribí nada, estuve leyendo viejos apuntes, arrancando páginas marchitadas por el tiempo, que como hojas secas sin vida, reclamaban su otoño para descansar por siempre en la tierra. Hubo una anotación que llamo mi atención, creo que la escribí en primavera, un día en que te soñaba despierto, era solo tres palabras que apunte para construir un verso, tres palabras que me inspiraron tus ojos el día que vi tu fotografía, tres palabras escuetas que decía: pétalos de miel.
Las leí y releí más de una decena de veces, quería inspirarme y componer algún poema que alabara tus ojos del color de... ¿qué color eran? Ya lo he olvidado y me extraño que tan profundo sentimiento se esté diluyendo como se diluye la luz resplandeciente del sol en los atardeceres del verano.
Cansado de buscar y no encontrar las palabras que necesitaba para componerte un poema, alce mi cuerpo, abandone el banco del parque y proseguí mi paseo. Ayer no me acompañaste en mi vagar silente, no te mostré, como hacía cada día, la ciudad a mi paso, ayer camine sólo como hacia tiempo no lo hacía, solo y conmigo, como caminan las lamas errantes en las noches de difuntos y me sentí plácido, la templanza se hospedó en mi entrañas y paso a paso, sin prisas, fui recorriendo la distancia que separa los recuerdos del olvido.
Y llegó la noche justiciera y mis perennes insomnios, y con ellos llego la inspiración a mi alma de poeta, me aferré con fuerza al lapicero para no hundirme en el mar del olvido y que naufragaran las palabras, te escribí un poema, sin cantos a tu belleza ni recriminaciones a tus miedos, es un poema sencillo, mezcla de resignación y olvido, un poema que fluyo como fluyen las gotas del rocío. Hoy me despierto y leo en la prensa que una lluvia de estrellas fugaces, las Perseidas, teñirán de destellos el firmamento, prometo salir al balcón estas noches, miraré hacia el norte y cuando las vea en su loca carrera hacia la muerte oscura, pensaré que tú eres una de ellas, un fugaz estrella que brilló efímeramente en mi corazón y que en su huída se extinguió muerta de frío.
Ah por cierto, hoy he dormido como duermen los niños, de un tirón trascurrió la noche y ni tan siquiera recuerdo haber soñado contigo.
XXV
Ayer tuve un día agitado, entre tu disgusto y el soprano canto de un Ave María que consagro la independencia de mi hijo, mi mente pendulaba entre esa alegría que balbuceaba sonrisas desde el fondo mismo de mi alma de padre, a la melancolía de saberte presa en el laberinto de tus paradojas.
Hoy estoy agotado, la noche se vistió con cortos ropajes y se sucedieron los minutos con la rapidez del rayo. En la vigilia previa a la muerte efímera de cada noche, leí tu misiva y me dejaste tranquilo. Me despierto hoy disfrazado de sonrisa, con la mente entreabierta y el pensamiento haciendo esfuerzos para encontrar mi propia salida, que me abra un espacio de luz que me sirva para iluminarte.
La obviedad impone sus normas: el diálogo abierto y desnudo está proscrito por tus temores. Tengo que improvisar una conversación sin interlocutores e inventar palabras que broten de tus labios para pergeñar la estrategia que te ayude a vivir sin el lastre de mi presencia.
Y acuden a la cita de mi mente aquellas palabras malditas con que me dijiste adiós un día, aquellas que no les encontraba sentido por más que buceara en sus significados, no comprendía como tú podrías desnudar mis sufrimientos vistiéndome de dolores. Hoy te confieso que comienzo a entenderlo, a descifrar tu lenguaje, soy consciente que no era yo la diana, sino que te hablabas a ti misma, que no era temor a mis desolaciones, que eres tú quien sufre. Y dices que no te reconoces, que la mar con sus embates juguetea con tu nave como el viento juega con la mota de polvo. Sí, ahora te entiendo y lo que es mucho más importante, te comprendo.
No temas, soy consciente del dolor causado y no te deseo el sufrimiento, te quiero demasiado. Hoy aferro las argollas de mi silencio, amordazo mis versos, encadeno al mensajero utópico y te prometo que solo las inocentes palomas serán portadoras de las epístolas que tú y yo nos crucemos, el resto será eco de mi afonía y te pido que no escarbes en mis palabras, que no busques en ellas ningún signo de la sombra alargada de mis sentimientos, pues todo lo que veas serán, en adelante, juegos malabares, discursos de charlatanes buhoneros, teatro de aquellos que nos alegraban la noche en las plazas de los pueblos. Para ti será mi respeto y mi silencio. Mi cariño, el amor que te profeso tendrás que imaginarlo en los largos sueños que se despiertan en las noches de insomnio. Allí siempre me encontraras, siempre que desees soñarme y cuanto más cerca y tierno me sueñes, más real será tu imaginación.
Sólo deseo compartirte una última confesión sincera. Yo también lloro y estoy llorando en este momento.
XXVI
Esta noche mientras se alargaba el insomnio quise vagar errante por el sendero ya recorrido, fui retrocediendo en el tiempo hasta alcanzar mi adolescencia.
Recordé al muchacho inquieto, aquel niño de pequeña estatura y largo pensamiento, mis años mozos de delincuente juvenil, mi barrio marinero, lumpen de drogas y alcohólicos, corrían los años sesenta y yo comenzaba a dudar de la vida. Mi hogar una vieja casa humilde sin libro alguno, mi único vínculo con la cultura era mi padre y sus historias, recuerdos casi oxidados de aquellas charlas en las que me hablaba de los países en los que había recalado, como me enseñó a mirar el cielo, a distinguir en las noches claras los planetas de las estrellas, su tradición de viejo rojo, despertando poco a poco a mi interés por la historia, la geografía y el pensamiento.
Y repaso hasta donde llega mi memoria, quizás el más antiguo de mis recuerdos es que siendo un niño de cinco o seis años, las monjas me castigaron al terminar la clase, justo el día que mi padre arribaba a puerto. Mi inquietud por no llegar al muelle a esperarlo se disipo cuando oí en los pasillos de aquella especie de hospicio, los gritos de mi padre llamándoles putas a la monjas por tenerme castigado en ese día.
Con siete años y mucho sacrificio decidieron que no estudiaría en el barrio, el viejo no quería condenarme a ser marinero. Me matricularon en un colegio de la ciudad, rompiendo con el cordón umbilical que me unía a mi barrio. Sufrí la segregación de los pijos y gané en conciencia de clase, hubo un cura al que no olvido, era mi profesor de historia, Don Romualdo, gordo y alto, de voz ronca y gesto lento, él hablaba y hablaba explicándonos capítulos pasados, los niños se aburrían y yo gozaba conociendo, aquel viejo cura un día nos explico la teoría de la evolución de las especies y me quede prendado, me prestó el libro para que yo lo leyera y desde entonces no he parado de leer.
A los dieciséis ya trabajaba, me dio reparo llevar a casa mi primer salario, no quería humillar a mi padre entregándole a mi madre una nómina más abultada que la de él. Que un mamarracho de dieciséis años ganará más que un viejo marinero me parecía injusto. Sin embargo, mi padre me miró con orgullo, con ese orgullo que me miraba cuando pensaba que no habían sido en vano sus charlas. Recuerdo que estando en la mili llegué a casa, era diciembre del año 1970; una huelga general pedía clemencia para varios condenados a muerte, al llegar a casa él solemne me dijo, - he quemado tus papeles- Yo escondía en mi habitación muchos documentos clandestinos sin que nadie, eso creía yo, se enterara en mi casa mi pertenencia a un partido político perseguido por el régimen franquista.
Recuerdo mi última conversación con él, fue en la cama de un hospital, él sentenciado a muerte, nosotros tratando de que no lo supiera, me hizo sentarlo sobre la cama y me dijo que ahora que él se moría, lo que tenía que hacer yo, esa fue su herencia, la mayor de las herencias posibles. No se acojonó ante la muerte ni hicieron falta curas para perdonarlo, se fue sonriendo mientras yo reprimía mi necesidad de llorar.
Un año más tarde esposado entraba yo en la cárcel, ahí lo extrañé, sé que él me hubiera animado, él también había pasado por esos malos tragos. Y fue ahí en la soledad de la cárcel donde aprendí a hablar en silencio con él, con mi maestro. Murió Franco y mi vida se precipitó, comencé a asentar los píes en el camino y me hice peregrino de la vida.
Hoy que miro hacia atrás me siento en armonía con la existencia, le di un sentido y he consumado una a una las etapas para llegar a mi destino, he tratado de actuar siempre como me dictaba mi conciencia, he fallado mucho, muchísimas veces, pero me siento satisfecho. A veces me ocurre como hoy, que hago balance y en silencio le pregunto a mi padre si está orgulloso de su hijo.
Esta noche bordada de calores he vivido un insomnio enriquecedor, es higiénico mirar de vez en cuando hacia atrás y reconocerse en el presente como un fruto de pasados que fuimos regando día a día con nuestros actos. También he pensado en ti, si podrás descubrir en tu pasado donde está la encrucijada en al que te perdiste, cual fue la piedra en la que tropezaste y te sembró esos temores que ahora te impiden caminar en libertad.
XXVII
Esta noche fue muy larga, carente de insomnios, hoy recorrí los senderos de la ignominia, busqué documentos, redacté quejas, exigí justicia. Hoy no fuiste tú mi sueño, hoy fueron los plagiadores mi pesadilla.
Ayer asido de la mano de una amiga, me condujo hasta la caverna del pecado, allí expuesto en pública subasta se regalaban mis escritos sin firma que los documentara ni referencia que los guiara. Dos ladrones amparados en el anonimato de unos apodos, en la clandestinidad de un foro aventaban mis trabajos y yo sin saberlo.
Me duele la impotencia de no poder hacer nada, saberte violado y no poder denunciar el atropello, sólo respetan mi derecho al pataleo. No es que tenga mucha importancia, en el fondo es un halago que dos personas con nocturnidad y alevosía me hayan hurtado mis trabajos literarios, son voceros de mis cantos, coro de mis sermones, repartidores de letras para el disfrute ajeno.
Hoy por la mañana, aún vestido de mis bostezos, antes de refrescar mi mirada con el agua fresca que mana de la fuente donde me aseo, me miré al espejo. Mis ojos claros me hablaron y entablamos uno de esos diálogos donde la mentira esta desterrada y el engaño no tiene hospedaje, mi otro yo me desnudaba entre palabras sensatas, con voz engolada me espetó a la cara - ¿No escribes para que te lean? Entonces de qué te quejas, si esos payasos lo único que hace es repartir tus palabras en otros foros, en otras estancias. ¿Qué no ponen al pie de la página tu nombre y tu rúbrica? ¿y qué importa? Si el viento no tiene dueño, si viaja sin fronteras, si las olas al romper contra la escollera regalan su rumos a los desesperados por qué tú no vas a ser igual de generoso y das al mundo tu tesoro para que lo disfrute y arranque sonrisas en rostros mustios. ¿Te imaginas la ufanía de esos plagiadores al mostrar tus tejidos teñidos de otros nombres? Déjalos que disfruten de sus miserias, que se sientan satisfechos, a ti en qué te molesta?
Y me temo que tenia razón mi interlocutor, debería darles las gracias por tomarse el trabajo de copiar mis escritos y exponerlos en otro mundo ajeno a mi escenario. Gozad plagiadores, gozad mientras tengáis tiempo y no se acaben mis inspiraciones, podéis seguir copiando mis creaturas, enseñándoles nuevos juegos, ellas tiene vida propia y aunque el mundo entero creyera que son vuestras, vosotros y yo, plagiadores, sabemos que nacieron en las entrañas de mi alma.
Seguiré con mis sueños mecidos en mis insomnios, seguiré alargando las noches sin luna en el vacío de mis sábanas, seguiré acunando melancolías, dando vida a las utopías, seguiré creando personajes que cobren vida propia y emigren de pueblo en pueblo en boca de buhoneros. Míseros actores de dramas muertos. Yo seguiré despertándome cada mañana entre legañas y recuerdos, seguiré queriéndote aunque no te lo merezcas, aunque me entierres entre desprecios, aunque tu silencio sea un grito de impotencia y tu orgullo el peor de tus enemigos.
XXVIII
Es curiosa esta mente mía, creo que si muriera anciano, moriría sin llegar a comprenderla o quizás, no sea la mente, sino esta cultura extraña con la que me educaron, esos preceptos que cincelaron al fuego en mis entrañas y que no logro borrar de mi principios.
Se me hace extraño que cuestiones tan claras, otros las perciban enrevesadas, esa diferencia que sostengo entre moral y ética, o esa otra de la que tanto discuto, entre fidelidad y lealtad o ese modismo de confundir sinceridad con franqueza. Y curiosamente hoy se me acerca una persona para darme consejo y le propongo que no me hable de teorías porque así yo no aprendo, que prefiero que me enseñe con ejemplos, que me muestre sus hechos porque las palabras se disuelven en el aire antes de caer al suelo. Y con la tozudez de un profesor insiste en mostrar lo acertado de su consejo. Yo que aprendo más preguntando que ofreciendo respuestas, le pregunto a esa persona cómo actuó ella en este o en aquel problema, me contesta con la autoridad que le da su cátedra que no hablamos de eso, que lo dejemos para otro momento. Pero yo, que cuando algo no entiendo me obceco como el aprendiz que quiere llegar a maestro, insisto y le reitero que me sobran los consejos, que yo aprendo con ejemplos y como si de un dialogo de sordomudos se tratara, él continua hablándome de moral y yo de ética, él de fidelidad y yo de lealtad y le admito la sinceridad de sus palabras, pero le digo que le falta franqueza, hasta que al final, el diálogo nos cubre de bostezos y sin agotar el tema, terminamos agotados los interlocutores.
Es cierto que se pueden vestir las palabras de bellos discursos, incluso se pueden disfrazar de profundos silencios y hasta me atrevería a decir que se pueden adornar de tautológicos circunloquios y pasarse la vida hablando sin decir nada. Algunos no se han enterado que la retórica viene de antiguo, que nació mucho antes que ellos, que los sofismas son entretenidos pero aportan pocas exactitudes, que la ignorancia habla y habla mientras la sabiduría solo pregunta, que en las procesiones la estupidez siempre se pone delante para que todas las vean y la inteligencia se coloca detrás, para ver.
Es en esos días cuando reivindico mi escepticismos como fuente y mi cinismo como respuesta, cuando admiro al Sócrates hombre, más que al filosofo, porque el ejemplo de su ética a la hora de enfrentarse a la muerte, me enseñó más que sus teorías, porque su afán de hacerse preguntas admitiendo su ignorancia lo adornaron de sabiduría.
Y ahora que he descargado esa inquietud que me remordía, me doy cuenta que la noche se está consumiendo y mi insomnio se viste de fiesta porque aun distinguiendo la diferencia entre dolor y sufrimientos, hoy no se oye el eco de tu voz en medio de tanto silencio y ni duele ni sufro por ello.
XXIX
Quisiera que este no fuera mi último insomnio, que la ciencia no fuera exacta, que mi próximo sueño no fuera eterno, pero me temo que ya está dictada la sentencia y no hay tribunal alguno donde apelar pueda, ni prorrogas que aplacen esta larga sombra que me invade.
Es curioso percibir esta serenidad ajena de temores, esta sonrisa que se ha instalado en mi mueca, la aceptación de la verdad sin adornos. Me duele el dolor de los otros, de estas almas compañeras que no pueden, aunque sé que lo intentan, disimular su consternación y limpiar de vidrios sus ojos. Trato de consolarlos, convenciéndoles de que todo está escrito, que nadie puede variar el destino. Les narro otras partidas, otros adioses, les recuerdo que al vida se compone de flujos, que toda las bajamares se inunda de nuevas aguas y llenan los huecos que dejaron vacíos otras tormentas.
Sólo una duda, una sola ocupa mi mente, si esperar o provocar yo la huida. Me doy ahora cuenta de que nunca fui paciente, siempre quise terminar mis empresas antes de digerirlas y ahora, quisiera que nunca termina este momento en que frente a frente le miro a mi mirada reflejada en el espejo y veo pasar por ella todas mis andanzas, veo al niño que fui, inquieto y desobediente, al adolescente rebelde y sedicioso, al adulto de contubernios y al anciano impaciente. Y mis amigos tratan de convencerme que no soy anciano, que aún soy joven, como si tuviera una larga vida por delante. Veo en el espeja mi alma ajada y no alcanzo a percibir si es negra, blanca o gris. Mis pupilas ya no son azules, como lo es el mar en el estío, hoy se tiñen de gris de galerna, mañana serán de negro luto.
Y heme aquí, escribiendo, escapando entre ficciones de mi cruda y cruel realidad, inventando mañanas alegres, nuevos cantos de gallo que despierten esperanzas, claroscuros que se filtren insumisos entre las rendijas de las personas dibujando en las paredes abstractas formas que me recuerden los cuadros de kandisky.
Me temo que en este viaje no necesitare alforjas, caminare con lo puesto, haré como aquellos indios raramuris que conocí al norte de Méjico, sabio principio el de ellos, poseer sólo aquello que puedan portar con ellos. Y yo, cuanto objeto inútil he atesorado, como si fuera un vertedero donde se depositan todos los trastos viejos, y ahora, de qué coño me sirven, si para recorrer este sendero no necesito ningún equipaje, con un poco de valor es suficiente.
Qué encontraré cuando llegue, habrá algo, estará alguien esperándome o sólo hallaré el sepulcral silencio, la negrura absoluta, la anda ocupando el todo, si al menos pudiera llevarme conmigo tu recuerdo, tu triste mirada o tu sonrisa de esta mañana, para que allá en la absoluta soledad que me espera pueda pasar las horas devolviéndotela como un eco.
Para que seguir fingiendo, desgranado verbos, hilando con letras bellos tejidos que cubran mis vergüenzas, zurciendo errores infinitos, tragándome la saliva para no escupir la rabia que siento, esa rabia que fluye de saberme impotente, esa impotencia que mata mi orgullo, ese orgullo que me ciega, esa ceguera que no me deja verte, esa visión que mañana será un recuerdo, ese recuerdo que morirá cuando atraviese la frontera.
Pero déjame decirte algo antes de que enmudezca. Lo digo con el alma en grito, créeme que soy sincero en este momento y que de rodillas te lo pido. ¡Perdóname!
XXX
Hay días en que quisiera poner punto y final a este estriptis íntimo que voy desvelando en mis insomnios, las razones son varias, tan diversas como pueden serlo mis situaciones anímicas dependiendo de cada jornada. Pero sobre todas ellas se encarama a las cimas de mi raciocinio analítico la pregunta de si tendrá interés para alguien que desnude sentimientos ficticios entrelazados con sentimientos reales, cocinando un caldo incompresible que dudo que pueda digerirse en otro estómago.
Cuando así pienso, dudando si arrojar la toalla, me animan algunas respuestas, pero sobretodo me animan algunos correos donde gentes que conozco y otras totalmente desconocidas se interesan por ese mi deambular perdido entre los recovecos de laberinto de mi existencia.
Ayer cuando la noche se vestía de largo, cuando las sombras se aparcaban en mis dominios, leo tu carta. Y me conmueves. Desde tu Galicia de verdes esperanzas en un corto circunloquio me preguntas si en verdad soy tan triste, te extraña que siendo sensible no ría, para terminar confesando que por ser sensible visto de grises mis insomnios.
Tuve la tentación de contestarte y confiarte en privado que, en general, mi cara se decora de sonrisas, de mis labios brotan optimismos y mis paseos son una perpetua danza que se acompaña de salmos. No, no soy triste, lo que ocurre es que cuando escribo, no sé hacerlo de otro modo, lo confieso, me embarco en algún viaje ficticio, me marco una meta y navego al socaire del viento. No son grandes temas lo que abordo, son siempre cosas sencillas, de esas vivencias de cada día, la amistad, el amor, la sinceridad o la envidia. Situaciones que todos vivimos, pero me encanta sumergirme en ellas, dejar que vuele mis alas sin desplumar y que me lleven allá donde les apetezca. Admito que con frecuencia en esos vuelos suelo anidar entre los frutos prohibidos, reviviendo momentos que me lastimaron y que como antídoto para no tropezar reiteradamente en la misma piedra los enaltezco para no olvidarlos, los resucito para que como fantasmas invisibles estén presentes en mis días y fustiguen la aldaba de la puerta de mis entrañas cuando otra voz u otras manos me susurran palabras regaladas vacías de contenido.
Créeme desconocida amiga, no soy triste, más bien todo lo contrario, pero quizás soy incapaz de cantarle himnos a la alegría y me nacen plegarias a la tristeza. Soy como somos todos, mezcla de raciocinio y sentimiento, contradicción pura, dualidad en busca de equilibrio. En el ensayo me muestro racional, en lo poético triste y en la narrativa hago de fedatario público dando fe de miserias y grandezas, de tropiezo y carreras. Un género para cada estado. Un lenguaje diferente para enmascarar actitudes diversas.
Debatía recientemente con una persona mi creencia en que la literatura sólo es válida cuando logra que el lector haga suya la historia, cuando la vive, la cree y la reinventa. Las formas son importantes, pero el fondo es necesario, debe compartirse en complicidad entre autor y lector como un ficción de nuestra realidad, aunque al despertar sepamos que todo fue un juego donde lo imaginario vuelve a la estantería y la cruda verdad sigue a nuestro lado.
A veces me queda la duda si lo consigo, si logro trascender en la mente de alguna otra persona que haga suyas mis letras y las reinterprete a su libre albedrío. Si lo logro me felicito y si a alcanzarlo no llegara, pues sigo gastando mi vida en el vano intento de conseguirlo algún día.
Ayer tu carta me dio ánimos porque sin proponértelo atinaste en mi duda, tú me dices que me reinterpretas y eso, amiga mía, es el mayor de los piropos.

IV
FASE
I
Hay días en que mi insomnio comienza a plena luz, antes de que el sol se despida, son esos insomnios que germinan en mis pensamientos, girando como una noria en torno a mis neuronas, son insomnios premonitorios y hoy, me temo, que viviré uno de ellos.
Hace unos días recibí una escueta misiva, llegaba desde los confines de las
Américas, eran dos líneas no esperadas, las remitía una vieja amiga, hace muchos calendarios que nos despedimos y ahora sin previo aviso sus letras como el anuncio de una esquela resucitan del valle de los olvidos: Si soy yo la que te está mandando el mail, quiero hacerte una pregunta y necesito una respuesta obviamente de tu parte.
Me extrañó recibir tras dos olvidadas primaveras tan breve texto, mi mente viajo por los recuerdos, despertando aquellos momentos en que la muerte la cortejaba y mis desvelos la acompañaron, recordé su vientre cercenado de arriba abajo por largas cicatrices, percibí de nuevo sus uñas clavadas en mi mano mientras me suplicaba que no la abandonara en la soledad de aquel quirófano mientras injertaban en su corazón largos catéteres buscando las causas de su dolor. Recordé mis labios enjuagando sus lágrimas, mis manos aplacando su temor y una angustia de incertidumbre se hospedo en mi alma. Le contesté invitándola a que me hiciera la pregunta y comenzamos a mover el péndulo impenitente de las castas que van y vienen.
Ella no quería oír mis letras, quería leer el eco de mi voz en sus oídos, así que la telefonee. Nos costó tiempo ir separando el grano de la paja, la pregunta no llegaba, una larga introducción de perdones que nos evitaran seguir batallando en otras vidas, ella volvía a abrazar su primigenio judaísmo, en la serenidad de la sinagoga, el viejo rabino entre lecturas del talmud cobijado bajo el manto y cubriendo su coronilla con la
kipa, estaba desentrañando la cábala. La pregunta no terminaba de fluir y mi nerviosismo seguía escalando las cimas de la angustia. La noche me cubrió de sombras y antes de que las estrellas se adormecieran, cuando ya los perdones habían satisfecho los remordimientos, llego la pregunta en forma de invitación, que volviera a cruzar el mundo para que juntos dedicáramos siete horas diarias, los siete días de la semana, durante siete semanas a desentrañar nuestros números.
Ella no ignora que cuando me preguntan la edad estoy obligado a contestar que tengo siete y más años de edad, que el séptimo día del séptimo mes, a la sazón septiembre, si los cuerpos desnudos de hombre y mujer se funden en un cálido manto de pasiones no hay poder humano que los separe, bueno, eso dicen los que dicen conocer los secretos de la luna.
Le agradecí su invitación y ambos nos perdonamos, ella sigue estudiando la cábala allá en la Américas y yo narrando mis insomnios aquí en las
Españas.
II
Los agoreros proclaman a voz en grito que fin del estío, las lluvias se acercan silenciosas por el océano, caminan lentas, como la novia cuando acude al altar, dejándonos entrever que todo lo bueno se hace esperar.
Mientras nuestro padecimiento se baña en sudores, los insomnios se hospedan en nuestros lechos y tú te acomodas en mis sueños.
Fue tan larga la noche, tanta la incomodidad de no encontrar la postura, tanto el vacío que invade mi lecho que viajé en mis sueños. Recordé una cena de hace ya unos años, fue en Paris, en la zona norte junto al embarcadero, en un bar de aires existencialistas, nos sentamos en torno a una mesa en la acera, ocupando casi todo el espacio de los viandantes. Recuerdo que era viernes, porque un goteo continuo de familias judías con sus cabezas cubiertas apresuraban sus paso camino de la sinagoga.
Éramos cuatro los comensales, Francoisse hizo las veces de anfitriona, por su profesión de amante de ricos y enamorada de un pobre, conoce bien esos desconocidos lugares donde el ambiente relajado decora de magia una cena de amigos. Christian y Jean Louis eran mis compañeros de viaje, tuvieron la delicadeza de hablar los tres en español y hacerme la velada más llevadera.
Fuimos desbrozando en una animada tertulia tiempos pasados, los tres gavachos han residido en España durante largos años y el cauce de las palabras no llevó a desembocar en esas vivencias cotidianas con las que se enriquecieron en España. Los tres son unos enamorados de nuestra cultura, pero enamorados maduros, de esos que también ven los defectos de la amada, yo en mi ingenuidad les pregunté que era lo que más le chocaba de nuestras diferencias, las respuestas fueron varias, pero hubo una que me llamó poderosamente la atención, Jean Louis comentó que nunca ha entendido esa actitud que tenemos de no decir jamás NO a un amigo.
Yo no entendí el trasfondo y quise profundizar, me puso un ejemplo, me dijo imagina que tu tienes un taller y yo el coche averiado, lo necesito con urgencia y tú tienes mucho trabajo, si te lo llevo a que lo repares y previamente te pregunto si estará disponible a la mañana siguiente, me darás mil explicaciones, pero no me dirás NO. Y lo pero es que iré a recogerlo y no estará arreglado.
Aquellas palabras aún hoy me hacen meditar, por qué a veces no sabemos decir NO a un amigo, dejamos que corran las horas tratando de no negarnos para al final no poder satisfacer un imposible.
Preferimos esconder la cabeza bajo el ala, incluso, ignorarnos, cuando es tan sencillo decir, no, ahora no puedo.
Creo que de ese pensamiento, amiga mía, surgió mi comentario, ese que tanto daño te ha provocado y que al parecer aún no se te ha olvidado. Las palabras hay que enmarcarlas en su contexto, hablábamos de tiempos pretéritos, en los cuales, como amigos, pensaba yo, hubiera sido más honesto decir no, que esconderse bajo ese manto negro que te disfraza de invisible. Quizás yo no estuve acertado y elegí la palabra equivocada, quizás debí decir que mis expectativas se había devaluado, que ya te veía más humana, más cotidiana si adorarte en el ara donde quise sacrificar mi alma.
Y aunque no me creas, me duele tu dolor, me molesta mi indelicadeza, mi falta de tino, pero es que, a veces, te veo tan difícil tan contradictoria que me pierdo en el laberinto de mis dudas. Pero sin embargo no quiero que te alejes, estoy seguro que existe un punto donde podemos encontrarnos y cuanto más difícil veo la empresa de hallar ese espacio donde ambos, tú y yo, desnudemos nuestros orgullos y nos mostremos sin disimulos, más valoro tu amistad y mayor deseo tengo de alcanzarla.
III
Se apacigua el calor del estío, duermo mejor y mis inclinaciones literarias parecen querer seguirle, también se apaciguan y se derriten mis deseos de escribir, la pereza me empuja a dormitar fuera del entorno de este mundo y con desidia me alejo paulatinamente sin que se perciba.
No quiero romper este hilo umbilical que me mantiene unido a las palabras, pero no tengo fuerzas para seguir escribiendo por imposición, por una obligación ética de mantener vivo un espacio donde la libertad se expresa de formas tan variadas que, a veces, me llevan a reflexionar si es esto lo que perseguía.
Quizás la labor de foro no sea sólo poética, sino que sea también cauce de vómitos de envidias, agravios y fantasías de gentes adultas que despiertan tarde a la vida. Quizás sea una escuela o, quizás, un escenario donde se representa las miserias y las grandezas de la vida. Sea lo que sea, es lo que es, un lugar de encuentro donde cada cual, en su libre albedrío deja retazos de su paso por la vida, jirones desgarrados de su alma en pena, de sus desamores, sus dudas y sus fantasías.
Me estoy haciendo viejo, me flaquean las fuerzas, comienzo a carecer de esa furia que me empujaba a defender mis ideas y me acomodo en el confort del silencio, en leer, comentar unas veces de corazón y otras en tono convencional y las más de las veces, callar. Callar ante la mediocridad de quienes utilizan la palabra para herir o mofarse de los demás. Callar ante quienes ignorando las teorías copernicanas, se ciegan sin ver la realidad y se convencen que nuestro sistema cósmico gira en torno a su ombligo y necesitan oír cantos de sirena que les hechicen aquí y allí, ser Sol de todos los sistemas planetarios, ser omnipresentes y estar en todo sitio y lugar.
Es curioso que tras leer todos los comentarios de un día, una semana o un mes, no leo en ninguno palabras como verso, estrofa o rima, ni símil, ni metáfora, y menos aún tropo, sinécdoque, metonimia o figura, ni se cuelan entre líneas asíndeton, oposición o elipsis, y tantas y tantas otras, como analogía, hipérbaton. Pleonasmo, silepsis, tautología, alegoría o alusión. Cierto es que la crítica, la opinión y el simple intercambio de gustos, modos o estilos languidece en una agonía que anuncia la muerte de la poesía en estos lares para dar paso a los chascarrillos, los espejitos de cenicienta, la incapacidad y los egos disfrazados de versos.
Y no es que seamos diferentes, ahí radica el error, sino todo lo contrario, somos más, más activos, pero iguales que el resto. Medito, analizo y reflexiono como cambiar el rumbo sin herir susceptibilidades, sin exclusiones, sin malas modos. Sumando, multiplicando, añadiendo valor a las palabras, creando nuevos horizontes, inventando cada día nuevos juegos poéticos, respetando el quehacer de cada cual, pero sin perder la perspectiva.
IV
Esta noche más que insomnios he sufrido pesadillas, tras un largo día que comenzó con una mañana gris y un trabajo de artesano limpiando vieiras, cortando clamares y pelando patatas para mantenerlas a remojo en agua salda durante horas, se siguió una comida frugal y sin tiempo de sestear tuve que volver a la cocina a trabajar. Toda la tarde entre cazuelas, cortando cebolla, machacando ajos para preparar unos platos que se consumieron en menos de una hora.
Una larga sobremesa bañada de cantos y aderezada de innumerables copas de aguardiente, dieron por último resultado una noche corta y largos sudores.
Cuatro horas tumbado sobre el lecho, con los ojos cerrados y la mente despierta, una larga pesadilla y el vacío de tu ausencia. Poca cosa para un ambicioso de fantasías, para un egoísta de sueños, para un pobre diablo que ya no aguanta con la energía de antaño tantas noches seguidas de francachelas y realidades embrutecidas con alcohol y tabaco.
Cuanto más mojo mi cuerpo por dentro, más se secan mis ideas, cuanto más alzo mi voz en el coro, más silencios atesoran mi alma.
La inspiración, ese ser que nunca me llama, ese fantasma del que todos hablan y yo desconozco, es un perpetuo ausente de mis veladas. Si supiera esa dama llamada inspiración que a todos, menos a mí, les toca con su vara mágica cuanto la anhela, si fuera humana, algún día de mi se apiadará y vendrá a ofrecerme su gracia. Mientras no llega la ansiada inspiración, yo me enfrento al folio blanco solamente con mi cabeza y una lapicero de punta afilada. Mi voluntad me apremia, mi ingenio se agudiza y mis fantasías me acompañan en este ir desgrano las letras que me ayuden a vomitar mis fantasmas.
Esta madrugada me preguntaba si merece la pena tanta labor, tanto trabajo, tanto escribir para recolectar tan exigua cosecha, cuatro adulaciones, dos halagos, algunas florecillas y unos muñequitos que se besan y si luce el sol, quizás, alguien me premia con su esfuerzo y comparte conmigo alguna sincera opinión.
Quizás sea este mi sino, trabajar en tierra yerma y esperar que algún día lluevan críticas, que se desate una tormenta que nos inunde de madurez y la riada se lleve los formalismos, la hipocresía, el amiguismo y los espejos de la cenicienta.
Cuando era niño, una vecina me dijo que, quien no llora no mama, por eso entre lágrimas hoy os lloro y en mis gemidos os pido dos cosas, que no manchéis mi trabajo con babosadas y que si algo tenéis que opinar utilicéis vuestro libre albedrío.
Mientras espero que arrecie esa tormenta, me paso la noche en vela, reflexionando como aguijonear la enjundia y como desterrar la autocomplacencia.
V
Tanto tiempo ansiando la lluvia y ayer, cuando arrecio la tormenta, la gente corría despavorida a guarecerse del agua que el cielo nos regalaba. Por qué será que siempre ansiamos aquello que no poseemos y cuando lo alcanzamos lo desvirtuamos, pierde interés y el encanto con que con el que ornábamos su ausencia.
Tras la lluvia el calor se puso en mudanza, la noche estrenó frescores, los sueños se hicieron más livianos y mi insomnio, ese peregrinar por los rincones de mi alma, se vistió de nuevo de soledades.
Estoy agotado, llevo casi toda la semana cenando fuera de casa, eso supone que dedico casi el día por completo a mis labores culinarias, por la mañana la compra, por la tarde la cocina y al cubrir la noche con su manto de sombras al día, la cena, que se alarga hasta altas horas, horas de conversaciones y cantos saturadas con buen aguardiente. A esta labor ingrata hay que añadirle las horas de asueto pensando cada día con qué platos agradar a la concurrencia sin caer en la monotonía.
Hoy he decidido enclaustrarme entre las cuatro paredes de mi casa, sólo una pequeña escapada por la mañana a comprar el pan y el diario, el resto de las horas las estoy invirtiendo en regar as plantas, sestear y lapidar mi tiempo escribiendo bobadas.
Estaba pensando en escribirte una carta, deshilando el ovillo de mis adentros y por medio de letras intentar alegrarte un poco el ánimo, pero me reprimo, mejor dejar que, ahora que las lluvias colman los arroyos con agua clara, la corriente siga su cauce. Tiempo habrá en un futuro de ir desgranando las espigas, separándolas de la paja, quemar los rastrojos secos y sembrar de ilusiones nuestro campo de amapolas.
Me dirás si no eres lo suficientemente importante como para dedicarte cada día unos minutos emborronando el folio impoluto con trazos en forma de letras, donde vaya desgarrando jirones de mi ser para compartirlos en la soledad de tu lectura. Claro que lo eres, pero permíteme que te confiese, que cuando te veo tan distante, es cuando más caigo en la cuenta lo mucho que te deseo y para que no me ocurra lo que les ocurrió ayer a las gentes, que tras reclamar entre prerrogativas durante semanas que lloviera, cuando el agua caía a raudales. todas huían entre quejas.
De ese temor nace mi silencio, quisiera interiorizar hasta lo más profundo de la médula, el vacío que me causa tu ausencia, para que cuando llegue el día en que te tenga, jamás olvide lo mucho que significas y que por haberte conseguido no pierdas ese encanto que me hechiza.
VI
¡Qué noche! Tan larga y tan solo, hoy mi insomnio lo hubiera compartido contigo, hubiera sido una larga charla, una profunda reflexión en voz alta. Debo darte la razón, me temo que soy un raro, tan raro que ni me entienden, ni les entiendo. Nunca debí desertar de la mar, allí las noches son estrelladas, la brisa fresca y el aroma del mar me hechizaba sumergiéndome en un océano de sueños.
Recuerdo las horas de guardia, solo, abrazado a la rueda del timón, dejando volar por el inmenso océano mis fantasías, conversando con la luna, confiándole todas esas miserias que quisiera compartir contigo, esas que hoy van entre escupitajos de boca en boca de las comadrejas, aliñadas de mentiras, sembrando cizañas e inventándose pasajes de mi vida. Y no entiendo que quien no ha tenido el honor de hablar nunca conmigo, vaya como un buhonero por pueblos y veredas narrando en las ferias mis andanzas.
No es que me ocupe de esas miserias, me preocupa que otras se agiten al oírlas y corran a mi encuentro a relatarme lo que un coro de plañideras llora en un chat en el que nunca entré o lo que una falsa amiga les confía en privado o me remitan la esquela que han recibido en forma de carta y en la que se puede leer como me entierran.
Y tú me pides paciencia. No es paciencia lo que necesito, es una ceguera para no ver la miseria que trepa como las epifitas
bromelias, que enraízan entre las almas cándidas robándoles la inocencia.
Sí, no debí desertar, allí en mi mar no volaban las arpías ni el hedor de su aliento impregnaba de pestilencias el perfume de las algas, el único rumor que mecía nuestro sueño, era el monótono canto de los motores y el aullido de las olas al chocar contra la proa. Añoro aquellas largas noches en que mataba las horas jugueteando con las sombras, con los claroscuros que dibujaban las estrellas y la luna al reflejarse en el espejo del agua, con los delfines que en su inocencia nadaban entre gritos junto a las amuras,
Hoy traigo a mi mente aquellos marineros de mi adolescencia, aquellos que perdí una tarde en algún puerto que no recuerdo, cuando con mi fardel en una mano y en la cabeza un mundo de ensoñaciones, desembarqué, traicionando mi pasado por el espejismo de un futuro extraño.
Y traigo a mi memoria el recuerdo de tus facciones, el tono de tu voz ronca, para añorar en esta larga noche de insomnios la ausencia de tu alma acostada sobre mis sabanas, Imagino la dicha compartida en una noche como esta, en que quiero huir y quiero pelear, en que mis contradicciones se suben a la cabeza y cuando se enfrentan emerge en medio tu mirada y me agito esperando a que amanezca un día de sol de primavera en que tu mano y la mía se aferren la una a la otra y autistas, ajenos a todas las envidias comencemos a compartir el resto de nuestras vidas.
VII
Aún el sol no se ha despedido y ya comienzo a vislumbrar la noche, una cena temprana con mis amigos y una larga sobremesa, las palabras volatilizándose entre viejos esquemas mentales y las ansias asentándose en busca de futuros. Un viaje para enero a las
Américas, los cuatro solos en busca de respuestas.
Se rompe la jornada por la media noche, para estrenar el nuevo día en la sobremesa. Siguen lloviendo palabras y más palabras hasta empaparme de bostezos, se hace tarde para desandar caminos empedrados con los pies descalzos, me visto con sandalias de peregrino y silencios de ermitaño, tropiezo de nuevo en la misma piedra y tenaz, vuelvo a erguirme.
Llegan en estos tiempos de tormenta viejos fantasmas de antaño, las sombras de voces dulces que un día vomitaron sangre, piden que no recuerde, no vaya a ocurrir que despierten los espectros nuevamente y no encontremos el camino. Callo, acepto el veredicto que me dictan las runas y esculpo un nuevo petroglifo con trísqueles de muerte.
Quiero enmudecer las palabras, cegar la voz del buhonero que canta sus épicas en las ferias, vedar los ojos tras cristales ahumados para que no transcienda el dolor en la mirada, ocluir los oídos para apagar los ecos del lamento, sumergirme en una borrachera de olvidos hasta caer rendido en la cuneta después de haber escrito un buen epitafio.
Ya no llueve en este estío de sudores ni canta su melodía el dragón del lago, el cielo no llora y el silencio nos cubre de sombras. ¡Muere! Corazón rampante, agoniza entre miserias. ¡Piérdete! Alma bohemia, tortúrate en el confort del acomodo. ¡Calla! Voz afónica, disuelve tus ecos en la nada. Se ahogaron las sirenas que te hechizan con sus cantos y finalizará la odisea en cuanto caigan las últimas hojas del calendario.
Deja que se pudran solas tus entrañas sin que los magos te abran el pecho su magia e intenten sacarte los cangrejos que anidaron entre los humos del tabaco. Sonríe a la vida breve para que nadie llore en la despedida, que canten en tu adiós ese poema de Rosalía, que cubran con negra sombra tu ataúd y te inhumen en la tierra, entre el polvo y los gusanos, para ser abono de nueva vida, para ser de nuevo barro.
Ya se acerca el mañana sin vivir el hoy por los lastres de los ayeres, pronto estaréis de nuevo todos juntos, el padre de silencios, la abuela de miradas y tú, hombre sin alma. Pronto muy pronto caerá la noche larga, el insomnio perpetuo y el olvido que cobije tus sueños.
VIII
No logro que emigren estos sudores que pringan de hedores mis noches, pegajosos y plomizos caen como losas sobre mis sueños, alargando la noche, mortificando mis pesadillas.
Estos sudores del estío son como esas rabietas de enamorada desesperada que no asume la pérdida y se revuelca en angustias, busca razones que no existen y sacraliza lo que sólo fue una noche de arrebato junto al mar.
Ya no llueve, pasó el nublado agosteño, un atardecer de galerna que mueve el viento, un espejismo de aguas turbias que caen alborozadas desde el cielo, una pausa entre los ardores del estío, un alto en el camino y vuelta a retomar el sendero de calores y sudores en busca del otoño que ya comienza a bostezar.
El insomnio me conduce hacia la ventana, tras los cristales puedo ver la noche negra consumiéndose bajo la luz de las estrellas, miro al cielo deshojando los pétalos que titilan mudos y mi pensamiento se dirige hacia tu lecho, me pregunto si este insomnio que me desvela será el mismo insomnio de tus desvelos, si tu noche también es negra por mi ausencia, si tú también te asomas a la ventana y miras a la luna menguante y escrutas una a una las estrellas buscando la misma respuesta.
Mis pensamientos los mezo entre tus pechos, me acurruco en tu regazo y muero por unos instantes soñándome en ti, como un niño, como un hombre. Se consumen las sombras y la nueva mañana comienza a asomarse por el oriente, la luna, cansada de encogerse, corre hacia su cama y cuando el sol ya apunta comienza el resurgir de la vida, los jilgueros nos cantan y el asfalto se trunca en jungla deshumanizada. Ya retornan las monotonías que nos roban los sueños, ya se asienta de nuevo los hastíos de esta soledad que compartimos y comienzan a florecer en las macetas del balcón las dudas. Ladra un perro anunciando su regocijo. Una bocina ruge ronca. En la radio la música me aplaca mientras me aseo, desempolvo mis legañas, me pinto la sonrisa en mi cara y atuso mis pelos canos. Ya estoy disfrazado, ya puedo salir a la selva y pasar desapercibido entre las fieras.
Paseo por la vereda del río, me encamino hacia el mercado, voy a hacer la compra para la cena de esta noche. Hoy quiero guisar con estilo, mis invitados quieren medirme y yo deseo dar lo mejor de mí mismo. Dudo que comprar, por fin me decido, de primero haré marisco, lo adobaré con una salsa de nata picante; de segundo les haré rape en salsa verde con patatas y llamo para que me traigan una tarta de Santiago. El médico quiere ayudarme para desentrañar mis secretos, he comprado una botella de cava, un reserva de familia de Juve y Camps y una botella de Rioja Alta, un reserva del 94
Mientras hago los preparativos te hablo, que voy narrando todo lo que hago y descubro que cuan feliz sería si esta ceremonia de la cocina, este rito hereje donde se adora la gula, pudiera compartirlo contigo. Me doy cuenta lo poco que te conozco y me pregunto como puedo quererte tanto. No sé que gustos culinarios, ni sé si gozarías saboreando los míos, cuál es tu cava preferido, si eres golosa o te gusta el picante. Qué poco sé de ti y cuanto te quiero. Conozco tus silencios, tu mirada triste resguarda en esas pupilas que me seducen, tu inteligencia y sobretodo la dulzura que me muestras cuando estás conmigo.
IX
Qué duro es despertar cuando no se ha dormido, arrancarse una a una las legañas de las pupilas, desclavarse los sueños que se prendieron en las vísceras, secar las llagas para que cicatricen las heridas. Hoy mis zuecos son de plomo, cada paso un esfuerzo, no logro alzar el ancla que me sujeta al fondo del desencanto, miro al horizonte de este mar inmenso y se alzan rebeldes los deseos de navegar sin rumbo, permitiendo que la nave se acune con los caprichos del viento.
Pasa la sangre por mis sienes al ritmo de los latidos, recordándome cada segundo que los excesos del ayer, son las hipotecas del mañana. ¡Qué dolor! Sentir quebrarse el alma. Se abren mis poros escupiendo sudores y mi boca, cráter de bostezos, ruge con lastimeros gemidos que nacen en las profundidades de mis entrañas. Esta resaca que me empuja hacia la alta mar, que no me permite aferrarme a la orilla, que juega caprichosa con mi voluntad sin concederme el privilegio de la duda, me está ahogando. Un reptil se ha hospedado en mis intestinos, me clava su lengua bífida entre el yeyuno y el colon, tragándose las heces sin permitirme expulsarlas para liberar mi pasado.
Cómo poder dormir en esta noche de nostalgias, con el mortificante calor asentado entre las sábanas que cubren mi conciencia, cuelgan mis párpados de finos hilos ondeando al viento, estandartes de la derrota, pendones de la muerte, avisos de clarín anunciando el cambio de tercio. La luna se esconde tras las nubes, las estrellas ya no me hacen guiños y el silencio se cuelga entre las paredes de mi estancia, muerte leve que dormita en mi habitación, presagio de un nuevo día de bostezos. No quiero morirme vivo, que quiero morirme bien muerto, ser cadáver en el entierro y no antes de que tañan las campanas a difunto, que no me lloren en la larga agonía, que me lloren en los oficios fúnebres, que no cuelguen mi esquela entre las páginas de las noticias hasta que no se cieguen mis pupilas. Mátame si quieres, pero respeta mi transito entre esta locura que presiento y el sueño eterno.
Hoy no tengo fuerzas, la noche no reparó mis averías, me descuelgo de la cama como un autómata y eres tú, amada mía, el primer pensamiento del día, como fuiste el último de ayer y fuiste quien ocupó toda mi vigilia de insomnios en esta noche de torturas.
X
Veo el cadáver que descansa inerte desde hace un año bajo el manto del silencio y al leerte, sus ojos se entreabren y a duras penas, batallando con su rigor
mortis, trata de conjugar una sonrisa entre sus dientes.
Pasaron el otoño borrascoso, el gélido invierno, la floreada primavera y de nuevo fue a dar con sus huesos al estío, pensando que ya estaba muerto. Hoy una Diosa de la Pampa ejerce de resurrectora y como Jesús a Lázaro con simples palabras preñadas de sabiduría lo hechiza con ese sencillo: "levántate y anda"
Y el Lázaro apestado de maledicencias y desengaños quiere erguir su mirada, abriéndola en azules cielos que se reflejen en el océano inmenso que los separa, promete entre juramentos de herejía que no ha de transcurrir el tiempo antes de que alce su vuelo para anidar en tu lecho.
Hoy me resucitas con tus palabras, mañana me insuflarás vida con tus besos y se preñaran los futuros de nostalgias, al ver partir entre lágrimas al bohemio navegante y la judía errante.
Gracias eco de los secretos, por atronar en este inmenso silencio.
XI
Se acerca lentamente, sin que sus pisadas perturben el leve ronroneo de las hojas al mecerse en la brisa, camina silente, tan despacio que simula que no se mueve, pero siempre llega puntual a su cita, hoy arriba a la hora nona de este día de estío, acortando las luces, largando los sueños. Al fin se asentó en el firmamento estrellado esta noche cómplice de mis temores y con ella se instala en mi alma el temor que despiertan mis insomnios.
Hoy se anegan mis insomnios bajo una lluvia de dudas, el agua fría se tiñe de roja punición por culpa de mis pecados, empujándome a un acto de sincera contrición no falto de otro sincero arrepentimiento y un más sincero propósito de enmienda y si me dan tiempo, pagaré honestamente mi penitencia.
Soy pecador, lo confieso ante Dios y el hombre. Y peco en demasía, unas veces de vanidad, otras de egolatría y algunas, pocas, de soberbia enmoquetada con una alfombra de hombría.
Desde ahora ya lo sabes, que no soy nada más que eso, un pobre pecador que reconoce públicamente cuales son sus defectos, pero que hoy que se ha confesado en pública subasta, que las pujas por conseguir la condena de mi alma han caído en picado, descendiendo a cotizar por lo bajo, como si fuera un valor sin revalorización posible, carnaza para los tiburones del parquet, esos que compran barato y lo venden en el precio más alto; Hoy toco fondo para intentar emerger desde las cloacas en busca de oxigeno que ensanche mis pulmones infectos de humos cancerígenos de tabaco barato y pueda cantar al viento tonadas de esperanzas.
Intuyo que la noche será muy larga, muy angustiosos mis insomnios y la ausencia de sueños colmará mis neuronas de pesadillas. Y me dirás, -Y a mí, que me importa si sueñas o padeces pesadillas- y yo volveré a callar sin reprocharte tus distancias, sin recordar aquellos momentos en que estando a mí abrazada te sentiste mujer y de tus labios manaban sonrisas.
Tienes razón en enmudecer ahora que el temporal viene de barlovento y cuesta mantener firme el pulso del timón para no desviar el rumbo, no me debes nada, pues nada te di, ya que nada tenía, solo unas manos para acariciarte, unas miradas para que vieras en ellas el fondo azul de mis mares y unos labios apergaminados donde mis besos te rozaron tu lozana piel de doncella. Y como nada te di, nada me debes, nuestra cuenta está saldada, yo me quedo con mi penitencia y tú con la laureada corona del vencedor de contiendas.
Sigue hospedada en el acomodaticio coro de las plañideras, que yo, impenitente navegante, comienzo una nueva andadura; perdonado de mis pecados por la misericordiosa generosidad de Dios de los paganos, emprendo de nuevo mi camino entre cantos de sirena y hechizos de brujas buenas. Era incuestionable que al llegar al cruce de caminos, tu que eres romera y yo que soy peregrino, decidiéramos seguir rutas opuestas.
Quizás tuviera razón el Cesar y sea cierto que todos los caminos llevan a Roma, pero talvez sólo sea una más de las mentiras históricas, y cada día tus pasos y mis tropiezos nos alejen un poco más y jamás lleguemos al mismo puerto, si así fuera, mi deseo de despedida aquí te lo dejo: Que tengas un buen viaje.
XII
La noche se alarga interminable y tu desentendida respuesta ocupa el espacio vacío de mi mente. No te pedía que tú decidieras, aún atesoro mi libertad para despejar interrogantes y soy yo quien ha de trazar las rutas de mi vagar errante entre las letras. No, no era eso lo que te imploraba, existe una distancia infinita entre una opinión y una decisión, tanta que por ser trazos paralelos nunca llegan a encontrarse.
Sigue martirizándome este calor infernal y siguen de mi amplia frente manando aguas salinas de aromas añejos. Siguen los imposibles horadando mi mente en una batalla incruenta donde no hay, aún, vencedor ni vencido, despiertan mis deseos alzándose rabiosos contra esta lógica aplastante que me coloca de rodillas ante la pétrea realidad incontestable, surgen las preguntas entre interrogantes y no hallo la respuesta a mi dilema, aún no han inventado el don de la ubicuidad y no podemos ni tú, ni yo, estar aquí y allá, contigo y sin ti, ser amada y ser amiga. Me reprimo y es entonces cuando encuentro sentido a la mudez que llena de afonías y te envidio, sí, te envidio que puedas ser tan fría y tan fuerte, que la debilidad nunca te nuble la vista, que tu gélido raciocinio nunca se caldee de pasiones para compartirlas conmigo.
El calor no cede, el sudor sigue regando mis floridos vellos y la noche imperturbable se emborracha de silencios. Yo sigo tendido sobre las impolutas sábanas blancas, semidesnudo, ocultando escasamente mis vergüenzas con un slip negro. No encuentro postura, giro a derecha e izquierda, pero en todos los claroscuros que se reflejan en las paredes desnudas de mi alcoba, veo tu rostro ceniciento, de mirada triste, con la boca entreabierta, los cabellos azabaches columpiándose sobre tus hombros y tus manos dibujando caricias sobre mi espalda.
No me lo digas, por favor, no me digas que me quieres, nunca pronuncies esas palabras rituales que me hechizan como si fueran pócimas de hierbas alucinógenas, ten compasión de mí, no te merezco, tú tan seria y yo tan frívolo, tú tan mujer y yo tan poco hombre, tú tan racional y yo preñado de vísceras. Sigue queriéndome como amigo, como nunca me han querido, pero como amigo, sin ese "un" indefinido, que no quiero ser del rebaño, que quiero mantener mi identidad singularizada, aunque me llamen raro, paradójico o extraño, extravagante o caprichoso, chocante o impropio, que con todos esos calificativos ya me han adjetivado.
Soñemos mientras tengamos tiempo, dejando que el transcurrir de la existencia nos coloque en nuestro espacio, que la vida es una noria, los hijos crecen como crecen los sueños y ha de llegar el día que la soledad no sólo sea un recurso literario, sino una magia inesperada que nos convierta en locuelos adolescentes que se aman y deseemos compartir juntos el otoño, que aún nos resta resuello para envejecer juntos. Pero mientras no se hace el milagro de la multiplicación de los panes y el vino, sigamos alimentando nuestros cuerpos con agua y migajas y nuestras almas con esos bucólicos devaneos frente al mar, evocando aquel banco, aquel paseo y el beso que nunca cuajó en nuestra boca.
Y si oyeras que mis labios escribieran: amiga mía, ya sabes que es a ti a quien canto.
XIII
Paseaba conversando con mis amigos antes de que la noche nos cubriera con su manto y quiso el azar que coincidiéramos en las puertas del bar, yo salía y tú llegabas a saciar tu sed, las sonrisas florecieron al vernos después de tantos años, has vuelto porque tu madre se está despidiendo y quieres regalarle una última caricia.
Qué poco se necesita saberse uno del otro para sentirse hermanos en la nada, me narras jirones de tu existencia, te escucho con sana envidia, tus pasos van muy por delante de los míos y me invitas a seguirte.
La hora de mi sueño se anticipa, rendido y con el pensamiento nublado por el rosado de aguja, mis plomizos párpados me aparcan sobre el lecho de mis sábanas antes de que el cuco cante la medianoche. Las sombras se alargan entre espacio de muerte efímera, sudores y vueltas de noria en mi cabeza. Escrutan mis neuronas los planes que me ofreces, estás dispuesto a acompañarme en mi sueño, pero sabes de mis ataduras, que dos años de peregrinación desde el Río Grande hasta el estrecho paso donde Magallanes bordeo las Américas es mucho tiempo para mis compromisos. Qué extraña sensación el sabernos que sin saberlo ambos he pisado las mismas selvas, las mismas barrancas y los mismo desiertos, hemos hablado con los mimos nativos y comido en sus mismas cuevas en días diferentes, pero con la misma inquietud de conocer que la riqueza se esconde en la diversidad y que no hay más verdad que la verdad que uno busca sin encontrar y que cuanto más la buscas, más lejos está.
Los dos sabemos que es menos soledad aquella que se vive estando solo en el camino, que la soledad impuesta entre la manada; que las noticias que nos regalan, nada tienen que ver con la realidad de la vida, que unas horas de conversación con un menonita o un rarámuri pueden encerrar más sabiduría que toda una enciclopedia. Me robas el sueño de esta noche de resecas, el insomnio se alarga entre tragos de agua que sacien la sequedad de mi aliento, despacio, como cada noche, tímida se presenta la mañana, comienza con un leve suspiro tiñendo de rosas el cielo, hasta alcanzar la victoria y desterrar las sombras. Hoy el cielo se viste de luto y llora. La lluvia refresca mis sudores y limpia mis legañas, mostrándome las hipotecas de esta vida de comodidades, vuelvo al asfalto a mezclarme en la jungla de vanidades, a convivir entre los miopes que no ven más allá de su ombligo y me maldigo, maldigo mi fortuna de infortunio, mi
adocenamiento, mi sumisión a las normas no escritas, me disfrazo de ciudadano modélico y enmudezco.
XIV
Hoy mi insomnio de viste de larga sobremesa, la noche fue corta, el día alcanza su plenitud tras el almuerzo y mis párpados reclaman un descanso. Me acuesto sobre el sofá de la sala, los vinos de la mañana adormecen mis pupilas y el cuerpo derrotado alza su bandera blanca rindiéndose tras largas horas de batalla entre cenas, comidas y tragos.
La incomodidad me pesa, velo mi mirada y comienzo mi viaje de fantasías, tras los primeros pasos se asoma tu espectro silente y comienza el juego de los sueños. No tengo mucho tiempo para soñarte mientras sesteo, el cansancio acumulado me sumerge en la nada y el negro crepúsculo de mis neuronas me privan de tu compañía.
Al despertar, de forma inesperada por el agudo pitido del timbre de la puerta de mi casa, el genio de encabrita y sospecho que la tarde se vestirá de iras. Me aseo torpemente, me calzo las sandalias y salgo a la jungla del asfalto para perderme en el anonimato de las almas silentes que vagan errantes por las calles. Hoy mi pasos dirigirán mi cuerpo por el malecón de la playa, sigo el sendero del Peine de Viento, una hora de camino para gozar de la fresca soledad de la brisa, un cigarrillo y la mar embravecida lanzándome saludos. Allí, en mi rincón más sentido, frente al mar y el cielo, me dejo llevar por los sueños sazonándolos de realidades tozudas y veo el mundo de otro modo, ni tan fantástico como lo vivo en los poemas, ni tan cruel como lo vivo en la cotidiana realidad de vida. Entre un mundo y otro queda siempre un estrecho cauce para congraciar realidades con fantasías, sueños con esperanzas, futuros con presentes. Es ahí donde mejor te acomodo, en la realidad subjetiva, el la esperanza de inciertos mañanas.
El retorno se torna húmedo de sudores, el andar cansino se adormece entre calores y es más dura la odisea de llegar a casa. Ya he llegado, he refrescado bajo el agua tibia mis pensamientos, repuesto energías con cereales y carnes magras y ahora, que la noche extiende su mando dejo que vuele mi mirada hacia ese mundo mágico de virtualidades condensadas entre teclas y pantallas. Hoy no tuve insomnio, ni soñé con tu triste figura, no viví mi romance de fantasías, hoy me vacune con realidades y arranqué una ajada hoja más del calendario.
XV
Cuando aún las sombras de la noche no se han despejado, mis ojos aún no han recobrado el color de los mares y mis pestañas se niegan a poner fin al romance de esta noche de verano, resistiéndose a separarse del encanto de ese abrazo que las ha mantenido unidas durante la noche, leo una noticia que acapara todas mis neuronas: "Una pareja muere "abrazada" tras ponerse frente al TALGO en Murcia"
Me niego a seguir leyendo, quiero saborear despacio este enunciado, dejo escapar mis evocaciones hacia mi edad adolescente, cuando falto de discernimiento confundía la ficción con los hechos y soñaba con la quimera del amor eterno.
Desfilan por mi pensamiento aquellos personajes de Sir Willians, paradigmas de amor que fructifica sembrando muerte para convertirlo en eterno. Y me pregunto si estos modernos Romeo y Julieta no tendrían a mano una pócima que les durmiera o, tan siquiera una daga con la que desangrar su corazón malherido, porque no me parece romántico arrojarse bajo las ruedas de un tren por mucho amor que se profesaran. La historia todo lo banaliza y ya han transcurrido más tres siglos desde el invento del romanticismo, hoy más pragmáticos, cuando el amor se tuerce son muchos los que con maltratos ponen fin a la vida del amado para luego en un intento frustrado escenificar que nos suicidamos.
Me resisto a recorrer con mi lectura esta historia de amor tan cercana, no quiero que me hurten este hechizo de soñar que aún en este siglo hay quien por amor y con amor, de eternizan en un abrazo, aunque eso del talgo me ha dejado un poco noqueado y que sucediera en Murcia le sustrae algo de encanto; Porque estarán conmigo, que entre Verona y Murcia hay mucha distancia y uno, que aún es un pobre soñador, siempre imagina que las grandes líricas se viven en tierras extrañas.
Pero me traiciona la mirada y se acomoda en el subtítulo: "Vivían en la miseria, no tenían nada" ¡Qué horror! Y eso qué coño importa en una historia de amor. Como se puede ser tan prosaico y desnudar tan bella historia con la vulgaridad del materialismo. ¿No tenían nada? Acaso el amor que les conduce a la muerte es nada. En el credo romántico se afirma que para vivir el amor sobran las riquezas, cómo se puede hipotecar una historia tan sentimental con la rusticidad del dinero, si el amor, su amor lo era todo.
Miseria y amor siempre han sido baluartes, signos de identidad de esa épica heroica de los verdaderos enamorados. Siempre es más hermoso vivir en la miseria que obligados a las rancias tradiciones de los prejuicios familiares; en esta historia no hay odios de clanes entre Capuletos y Montescos, hay hambre y necesidad que no colma el amor. Me niego a seguir leyendo, no deseo que me desvirtúen esta historia de dos románticos postmodernos con nimiedades, ¿Qué nos importa sus padecimientos? Si ellos gozaban del amor desnudo y verdadero, si fueron capaces de sacrificar su vida en el ara de Eros, no mancillen esta historia ¡Por favor, señores periodistas!
Mi debilidad me lleva a hurgar entre las letras y me rindo a la evidencia, sigo leyendo la historia, quiero vivir despierto un día de sueños. Mis ojos resbalan entre las líneas desgranando los motivos de tan heroico amor, rubricado con un eterno abrazo en un último intento de romper con el mandato divino y que la muerte no los separe.
Mi dicha se desvanece según avanza la noticia, sus allegados manifiestan que ambos, el moderno Romeo y la heroína Julieta vivían presos. Que la heroína no era ella, sino la mierda que corría por sus venas, que ambos eran adictos, que el fin de sus vidas era el único camino para poner término a su dependencia y su miseria.
Ya clarea la mañana, por fin me despierto, esta no era una historia de amor generoso, sino una historia de dependencia egoísta, tan vulgar y tan humana como todas esas historias que se reflejan en los poemas, una de esas mentiras con las que nos engañamos a nosotros mismos cuando ciegos de espejismos declaramos con solemnidad que amamos de un modo diferente, que nuestro amor es eterno, que estamos dispuestos a dar la vida por ello, que juramos fidelidades que nunca se cumplen y en un acto de enfática hipocresía llamamos amor, a la simple compañía que mitiga la soledad, truncando el amor por la dependencia.
El cielo se está nublando y el día que nació entre una aureola de romanticismo se trasmuta en monótona jornada de hastíos, paso las páginas del diario y me regocijo al saber que a la Real Sociedad le han tocado tres rivales asequibles en la Champion Ligues. Esos si son amores reales, el fútbol nunca te traiciona con fariseos pronunciamientos de amor eterno.
XVI
Hoy, por primera vez, mi insomnio SÍ tiene destinatario, hoy no será la fábula de una noche larga de insomnios, ni será la ficción de un soñar despierto en un mundo de fantasías, ni tan siquiera será la narración irónica de un desagravio; será algo mucho más simple, más real y sobretodo algo mucho más franco. Por primera vez te escribo desnudo, sin dejar un hueco a la duda de sí será o no para ti mis palabras.
Acabo de recibir tu carta, como siempre a ti te leo en primer lugar, hoy después de leerla ya no he seguido con la lectura del resto de la correspondencia, me he detenido para refugiarme en la reflexión y comprender, aunque me duela en el alma, tu distanciamiento de este mundo poético, virtual y humano.
Conozco bien tu escepticismo a creer que en este medio se puedan enraizar sentimientos; conozco, también, tu lucha por crecer con tus letras y conozco, mejor que nadie, las dudas que en estos meses han germinado en tu alma.
Dudas respecto al sentimiento y dudas respeto al valor de tus escritos. Quizás tu decisión esté acertada y sea cierto que necesitas hacer una pausa para hurgar en ti, preguntándote el porqué de tanta duda; Quisiera que hallaras las respuestas y que te armaras del valor suficiente para enfrentarte a ellas. Sé que hay sinceridad en ti cuando me dices que mis elogios son el fruto de mi cariño, que por mucho que yo insista repitiéndote una y mil veces que mis juicios son sinceros, tú te aferres a tu creencia de que no hay ecuanimidad si se vierten los juicios desde el púlpito de la amistad.
Me duele tu partida, me duele en el alma, me duele tanto que yo meditaré si emularte y partir también dejando atrás tanta ficción y tanta mentira.
Tú eres, lo confieso, mi mayor arraigo en este medio poético, a ti te leo con devoción y tuyas son las respuestas que inconsciente busco en mis escritos. Ahora que no podré leerte ni dejarás tu huella sobre mis letras, qué sentido tiene que yo me mantenga en una resistencia numantina, sabiendo que ya suenan a lo lejos las trompetas que claman mi derrota con tu ausencia.
Cumpliré mis compromisos con el foro honestamente, dejando que paulatinamente que mi voz se vaya apagando, quizás aún tenga fuerzas para dedicarte algunos versos de despedida, antes de que culmine la empresa, que como sabes, me he implicado. Una vez terminada, si tú continuas en tu silencio, yo seguiré tus pasos.
Es mucho el cariño, mucha la amistad que hemos cosechado, pero muchas son también las contradicciones y las dudas, mucho el escepticismo.
Marcha con la cabeza bien alta, la discreción fue siempre tu virtud, quizás nadie te eche en falta, pero yo... yo lloro en tu despedida.
Hasta siempre amigo.
XVII
Estoy frente al papel desnudo, mi mente en blanco y mis manos agarrotadas por el desaliento. La fiebre de la palabra está haciendo estragos. Tú primero, luego yo y ahora le leo a él que en su delirio febril muestra los mismo síntomas del desencanto. Mientras en las frentes ajenas florecen los delirios de grandeza, la verborrea fácil, las palabras regaladas, la soledad engalanada de carnaval.
Y la fiesta continúa.
Quizás siempre fue así. Recuerdo aquella época anciana, cuando la televisión aún no había invadido la intimidad de los hogares y los vecinos eran algo más que un nombre escrito en el buzón, cada vez que alguien moría, acudían en gesto de falsa hipocresía a velar el cuerpo inerte del difunto en un rito de despedida. Las plañideras cumplían escrupulosamente con su papel de lloronas, las mojigatas alzaban sus preces en un largo rosario de letanías y los hombres, con más compostura, escupían alguna frase manoseada entre copa y copa de aguardiente. Sólo unos pocos, muy pocos respetaban en sepulcral silencio en silencio del muerto. Al clarear el día, unos ebrios de orujo, otras embriagadas de lágrimas de cocodrilo, alzaban su culo y se encaminaban hacia sus casas entre chismes, embustes y algún eructo de gases no digeridos.
Por la tarde, siempre al caer el sol para que no se vieran las máscaras de sus miradas, se formaba la comitiva, primero rumbo a la iglesia y luego en manada, todos juntos, hacia el cementerio. Una vez allí, (yo siempre observaba los rostros en el momento crucial en que la lápida cerraba el hoyo inhumando el cuerpo definitivamente) la fiesta se terminaba, unos encendían los pitillos, otros rompían el silencio con efusivos saludos y los menos, aquellos que de verdad sentían la partida, lloraban en silencio. El día de entierro era día de negocio en las tabernas del pueblo, se congregaban en su barras los paisanos con los venidos de fuera y entre charlas desvistiendo viejos recuerdos caía la noche, enmudecían las luces y cada puerco se recogía en su pocilga.
Aquellos días, aún era yo muy joven, me encantaba tras el toque de diana, salir a pasear por las solitarias calles, a veces me detenía junto a la fuente, el monótono ronroneo del fluir de sus aguas relajaba mi cuerpo y agudizaba mi pensamiento, otras, si la luna llena me iluminaba, me hechizaba descalzarme y caminar por la orilla de la playa. Fue quizás en aquellas jornadas de soledad voluntaria, donde aprendí a valorar las despedidas, ese adiós puntual y categórico que nos roba a las personas que apreciamos y equipa de plumas mis alas de gaviota para conocer el momento exacto en que debo alzar el vuelo.
Al volver hacia casa siempre me llamó la atención que sólo permanecían encendidas durante toda la noche las luces de los que habían perdido un amigo. Y siempre coincidían con los que habían guardado sepulcral silencio en el velatorio y un sumiso respeto en el cementerio. Las plañideras, las chismosas, las sacristanas que rezaban desconsoladas y los simpáticos que no decían más que bobadas y bebían durante todo el velatorio, congeniaban felices el sueño para despertar en una nueva alborada como si nada hubiera sucedido.
Y mira que ha pasado tiempo desde aquellos lejanos días de mi infancia y aún, no me acomodo a tanta hipocresía ni a tanta falsa moralina. Siguen doliéndome en el alma, las plañideras, las chismosas y los tipos simpáticos sin gracia.
Pero aún me duele más compartir el silencio de los amigos que callan porque el sufrimiento que padecen les rompe las entrañas. Y las entrañas se guardan en la intimidad, sin prestarlas como carroña a las bestias desalmadas.
XVIII
Se ha despertado una mañana húmeda, el cielo compungido dejaba escapar pequeñas lágrimas, casi imperceptibles, acariciaban el asfalto con ternura, regaban los campos de la yerma sequedad del estío y limpiaban los sudores de los condenados por el Génesis, a ganar su pan con el sudor de su frente.
Mientras caminaba por el paseo de las playas rumbo a la oficina bancaria donde trabaja mi amiga, gozando de la soledad refrescada por el orvallo, observaba a esos hombres vestidos de blanco que desde la hora del alba recorren la playa recogiendo los últimos vestigios de la negra muerte del chapapote. Cuánto tiempo cuesta limpiar una ofensa, si es que algún día se consigue limpiarla.
La noche ha sido corta, el reloj se encabritó mientras gozaba de una película y me dieron las dos. Tengo un vago recuerdo de alguna pesadilla, alguien en mi sueño me felicitaba por la presencia de una verruga que ornaba mi piel. Lo he recordado en la ducha, he revisado mi cuerpo desnudo sin encontrar vestigio alguno. Mientras caminaba he intentado hacer una introspección por mi viaje onírico, buscaba el simbolismo incierto de esa verruga y no he logrado encontrar ninguna respuesta.
Al llegar mi amiga me esperaba, llevamos más de un mes sin saber el uno del otro, y un mes es mucho tiempo para dos personas que durante años se han nutrido intercambiando experiencias todos los días. Al vernos las sonrisas han aflorado en nuestros rostros, y como siempre, las caras de extrañeza del resto de los compañeros de trabajo. Nunca nadie ha comprendido que siendo tan dispares, seamos tan amigos. Ella es muy joven, alta, inteligente y muy atractiva, yo un viejo caduco. Quiso el azar que un día irrumpiera yo en una reunión con cuatro o veinte chupitos de más, su jefe les arengaba con los objetivos del mes, sus ojos de niña inocente se tropezaron con mi mirada, talvez escandalizados o, quizás desconcertados al comprobar que la solemnidad de las reuniones no es tal. Unos días después, como ocurre hoy, el cielo despertó empapado de humedades, ella conducía su coche, yo caminaba; frenó y se ofreció a llevarme a casa.
Desde entonces ella y yo hemos cimentado amistad y compartido confidencias. Su ingenuidad y mis laureles nos obligaron a mantener oculto bajo el velo de la discreción una amistad que afloraba sin la comprensión de quienes nos rodeaban. Sus dudas y mis locuras eran la pócima alquímica de nuestro alimento. Un día de enero la muerte rugió en su morada, eran las dos de la madrugada cuando ella embriagada de soledad me desnudó su alma. Consolé sus lágrimas y el mundo supo que ella para mí y yo para ella, somos la bahía donde fondean nuestros dilemas.
Hoy me plantea que está dispuesta a enfrentarse a la maternidad aunque hipoteque su carrera. Yo la animo. En alguna encrucijada logré que vaciara las alforjas de su ambición profesional. Su marido cree llegada la hora de ejercer el oficio de la paternidad y ella quiere acompañarle.
A la hora de la despedida me mira desde su altura y me recuerda que hoy me ha regalado dos besos de bienvenida y no me gratificará con otros dos en la huida, no sea que me empache.
No le digo nada, me conoce mejor que nadie, sabe cuánto me recuerda a mí cuando aún no había desplumado mis alas. Se necesitan tan pocas palabras para comprenderse dos gemelos con más de veinte años de diferencia, tan pocas, que a veces me parece un milagro que haya alguien que en la distancia pueda intuirte cuando estás perdido y venga a buscarte.
Tras el café ella ha vuelto al claustro de su despacho, yo a perderme bajo el pertinaz orvallo en el asfalto. Ella será madre cuando yo me estrene de abuelo, ella será joven cuando yo muera, pero siempre, desde aquella tarde en que nuestras miradas se tropezaron y hasta el día en que la muerte me reclame la deuda, seremos amigos.
XIX
Quizás ya no debiera hablar de insomnios ni, tan siquiera, de sueños despierto, ni de fantasías vividas en la vigilia, lo más cabal sería que narrara los pormenores de mi pensamiento racional, ese cauce que mana de las tres fuentes del hombre, cuerpo, mente y emociones en busca de un equilibrio incierto que transita errante por los senderos de la vida.
No es bueno romper el equilibrio durante un tiempo prolongado, el cuerpo es la identidad visible, la mente el motor que lo empuja y las emociones el carburante que lo alimenta. Si la travesía es larga, si al zarpar tenemos trazado el rumbo y deseamos arribar a buen puerto, es conveniente cegar la vías de agua, mantener limpia la máquina y alimentarla de verdaderas afectividades.
Tendemos a romper equilibrios al confundir las emociones, desatando batallas inútiles entre el raciocinio y las querencias. Es en tu ausencia donde evidencio la grandeza suprema de una sincera amistad.
Hoy el día está triste, cubierto de grises ausencias y negros silencios, más sin embargo, tras la capa húmeda de la nubes se intuye un sol radiante, una luz permanente que fluye puntual cada mañana, matando a la noche, velando la luna.
Son flujos perpetuos, constancias exactas, claroscuros que muestran la sabiduría de la existencia. Alegrías y penas, encuentros y despedidas, el sino de la vida.
No quiero morirme envuelto en hastíos ni deseo agonizar entre monotonías, codicio dibujar sonrisas entre los rostros demacrados por la melancolía, pretendo que brillen tus candiles, que tus cabellos ondean al viento y tu voz femenina me cante entre versos.
Amiga, aquí sigo, te espero.
XX
Hoy mi insomnio ha sido compartido con lágrimas de una amiga, lloraba su impotencia, el desamor que le oprime y la ignominia que presiente. Lamentos de un ayer rosa hoy ennegrecido. Sabíamos tu soledad y juntos, tu mejor amiga y yo aguardamos tu retorno, nos estrenamos con risas, jugando a borrar los ceños compungidos y lo logramos durante unos efímeros minutos, pero al losa era demasiado pesada y aplastó tu risa, truncándola por los gemidos.
No estás sola, la tienes a ella, tu leal amiga noctámbula, me tienes a mí, lejano amigo que roza tus visillos, hay mucha mar tras las brumas, un océano azul donde no te faltará el aire que hoy no insufla tus pechos, aferraste las velas de la ilusión para navegar en un chalana de remos, necesitas fuerzas para mover las palas, firmeza para mantener recio el timón y una mirada muy larga que te muestre un horizonte de utopías.
Temes a la soledad como se teme la tentación del diablo, conoces tu debilidad, tus ansias de huir hacia la locura y entre las dudas de tu mente no aciertas a elegir el disfraz, te balanceas entre un traje de guerrillera o una coraza metálica que cubra tus vergüenzas.
No temas, desfilaremos juntos los tres, la noche, la luna y las estrellas, la noche aportará la serenidad que germina de su ternura, tu luna te llenará de penas y mis estrellas te mostraran el infinito mundo que te espera. Los tres perdidos en las distancia hemos sabido enmallar una red de sentimientos que a pesar de nuestras diferencias siempre nos amarran a la solidaridad mutua. Dejaré abierta mi puerta, ya no hace falta que petes con duros golpes en la aldaba, ni que me tires guijarros a los cristales de mi ventana, entra en mi casa siempre que te ahogue la soledad, arrópate entre mis brazos y siente la cálida caricia del amigo, llora cuanto desees que mis besos enjuagarán tus lágrimas, pídeme el cielo y compartiré mi mar contigo.
Amiga ayer te lo dijimos, no estás sola, la tienes a ella y yo estoy contigo.
XXI
Entre las penumbras de noche me refugio en tu recuerdo mi niña soldado, me cuesta esfuerzo imaginar tu rostro ceniciento coronado con un casco de acero, las formas de tu cuerpo adolescente diluidas bajo un traje de camuflaje y sin embargo, eres tú, la más niña de la manada, la que acarrea en las alforjas herramientas de muerte.
Y me asombro al recodar tus palabras, la sencillez de tu misiva, viniste a buscarme con el interés puesto en los aconteceres de mi vida, me interrogas y antes de la despedida me preguntas si viajaré a la Argentina, lo mucho que te agradaría acompañarme, pero que tú tienes otros planes, que viajaras muy lejos, más allá de las
Españas, a las estériles arenas de la antigua Mesopotamia.
Han pasado pocos años desde aquel día en que en algún lugar incierto nacieras entre gemidos, mexicana de nacimiento y gringa de adopción, con poco más veinte años recién estrenados vas a apostar la vida en una partida que no tiene normas de ética, ni reglas de juego. Pero si duro es partir hacia el campo de batalla con el alma encogida entre lienzos de temores, por tener que morir o matar, no menos duro es la incomprensión que te condena a enmudecer por discreción. Hoy en los países desarrollados las gentes vivimos acomodadas en el autismo, en la hipocresía de no querer conocer las verdades, de mirar hacia el cielo cuando la miseria desfila ente nuestra mirada y teñimos nuestro ceño de falsas dignidades. Generalizamos la condena, nos erigimos en jueces del destino, ignoramos la historia y exigimos al ajeno lo que no somos nosotros capaces de exigirnos.
La tiranía, la guerra, la esclavitud, la pena de muerte, la tortura, lacras humanas que creemos desterradas, siguen ahí mirándonos a los ojos como mudos testigos de la realidad de nuestra miseria humana. Las vemos, pero no la miramos, oímos sus gritos lastimeros, pero no los escuchamos, es más cómodo seguir acoplados al silencio cobarde y dejar que sean otros, siempre otros, los que yerren y erigirnos en árbitros de contiendas, salir un día o, quizás, media docena, a manifestarte en calle bajo la sombra de una pancarta, en el anonimato del rebaño, hipotecar una hora de nuestra vida dando gritos y luego retornar entre copas y amigos al autismo hipócrita. Que se maten otros, que sean otros quien rieguen con su sangre el pozo donde se ahogan las tiranías, que sean otros quienes den su vida para que nosotros disfrutemos de la libertad de criticarlos. Siempre ha sido así, siempre hemos estado divididos, patricios y plebeyos, amos y esclavos, burgueses y parias, ciudadanos e inmigrantes, gringos y chicanos.
Dejaste atrás tu México nativo, atrás quedó tu Chicago adoptivo, hoy estás de paso en una base desde donde darás el salto al otro continente a otra tierra yerma donde quizás te esté esperando la muerte.
Me dolerá tu ausencia porque quiero seguir disfrutando de tu jovial rebeldía, quiero que me sigas enseñando a piratear por estos mares virtuales, quiero seguir escuchando tus
regañinas, percibir como una niña tiene algo que aportarle a este viejo huraño. Me penaría perderte, pero eso es insignificante, lo que no quiero es tú pierdas la vida, mi niña soldado.
XXII
Ayer la noche se dilató acunándome en tus palabras, hoy la policía despierta mis legañas entre sobresaltos y al caer la tarde vuelvo a mí, con esa agridulce sensación que me ofrece la vida.
Hace días dudaba si debería seguir lanzando al viento mis insomnios, esta noche he descubierto que entre las sombras del silencio tus ojos se posan en mis letras, que tu ausencia está presente entre las comas de mis palabras y entre sueños y vueltas sobre mi lecho me he prometido seguir cada día escribiendo mis vivencias.
Esta noche la he ornado de recuerdos y me he dormido dibujando sonrisas, me dieron las tres con los ojos despiertos, las cuatro volando entre sueños, las cinco fantaseando y a las seis he caído rendido. Pero como no hay dicha que eternamente dure, a las diez dos rugidos en los tímpanos me han despertado, la policía me reclamaba, quería saber si era mi hijo el propietario de una máquina sustraída, de unas operaciones raras. Mi hijo recién casado, dormía acunado en sus noches de mieles, ajeno al ajetreo de esta noche de desvelos. Le han robado el coche y en esta tierra de cruentas
vendetas, un coche puede ser más que un coche, puede ser muerte estrepitosa o puede ser el capricho de una noche de desenfreno. Huellas, pruebas de
adn, declaraciones y denuncias han ocupado mi mente, privándome del dulce sabor de la noche.
Un postre agrio para culminar una cena tan dulce. Se han borrado ya las huellas del empacho y de vuelta al mundo que alumbran tus miradas, los latidos se acompasan y la sonrisa vuelve a ornar a mi mirada.
Me gusta saberte mi amiga, créeme cuando te digo que con ello me basta, los dos sabemos que en medio de nuestra distancia hay un mar inmenso donde confluyen los cauces de dos historias ajenas, que el tiempo sólo corre en una dirección y no podemos enmendarla. Dejemos que los cauces discurran libres sabiéndonos próximos, que quizás, llegue el día en que las alforjas estén vacías, tropecemos y mirándonos a los ojos troquemos esa palabra innombrable que resbala en nuestros labios.
XXXIII
Qué obcecada es la voluntad y que paciente la esperanza. Cada día al izar mis párpados te dedico mi primer pensamiento y corro ilusionado a escudriña tus letras apareándose con mas mías, sabiendo como sé, que no se posarán en mi nido, no muere mi esperanza y prorrogo cada mañana este rito de la búsqueda sin encuentro.
No es un reproche, es una confesión o quizás el vuelo de un deseo, o la simple constatación de un fluir contra los elementos, o la prueba manifiesta de esta atracción animosa que aún anida en mis neuronas.
La humedad de este otoño que se anticipa va calando entre mis sábanas, las flores de mi balcón se marchitan y el verdor de las hojas de mi acacia se tiñe de pardos tristes. Después del infierno que hemos padecido en este estío de soles, se agradecen las lágrimas que vierte el cielo, el otoño que se aproxima tiñe de rojos y ocres en paisaje de mis temores y tu ausencia pinta de grises y negro mi horizonte.
Ya son las diez en mi reloj, ya el gallo se quedó afónico, enmudecieron los jilgueros que me saludan al alba y el asfalto esta desierto en esta mañana de domingo. Me asomo tras los cristales de la ventana, me asombro de ese discurrir incierto de las gotas de lluvia que resbalan por el vidrio, caen hacia el vacío perdiéndose en la humedad del alfeizar, forman pequeños charcos de agua cristalina que algún sol justiciero evaporará en unas horas. Qué efímera es su vida, desciende como el Dios resucitado desde el cielo para morir en un infierno de calores. Mañana cuando el sol reine en el firmamento ya no nos acordaremos de aquellas gotas que discurrían con un andar cansino por el cristal de la ventana y despertaron en mi mirada el recuerdo de tu huida. Pero yo seguiré preso de mi obcecada voluntad de buscarte sin hallar respuestas y agitaré la llama paciente de mi esperanza para alargar el rito de cada mañana y regar con nuevas aguas mi deseo de leerte entre mis palabras.
Ayer mientras paladeaban mis ojos entre las líneas de un poema, vi tu guiño efímero en un abrir y cerrar tu presencia, una sonrisa fluyó natural entre la comisura de mi boca, con eso me bastó para percibir la hermosura de tu compañía, la certeza de que aún, a pesar del tiempo transcurrido, tus ojos se posan en mi lectura y tu sepulcral silencio no me desanima, porque nunca podré compensar la generosidad de tu presencia y que por mí te condenes a vivir en un estado de dudas.
No me cansaré de decirte que en este pobre hombre que arrastro en mi existencia, se halla un buen amigo, que no habrá circunstancia ni tiempo, ni distancia, ni silencios, que puedan borrar de mis entrañas esta amistad que te profeso. Vuela jilguero, camina alma errante, navega marinero, recorrer el mundo huyendo, busca en las sombras tu camino, pero no te engañes, que el destino ya nos ha condenado a ser hoy amigos y mañana amados.
XXIV
Ayer mis sueños se acostaron entre carcajadas, alguien quiso hurtarme los insomnios y me produjo somnolencias. Recibí un anónimo o quizás debería decir una carta de remitente desconocido o de un conocido que no quiere darse a conocer, era escueta, más bien podría definirse como un telegrama, decía: "Deja de aburrirnos con tus insomnios, nadie te lee"
Y cómo explicarle a esa alma caritativa que tanto se preocupa por mis lectores, que no escribo mis insomnios para ocio de impenitentes, que ni tan siquiera intento regalar unos lúdicos minutos narrando mis pudores, pues no soy exhibicionista de intimidades, cómo convencerle que tienen destinatario, amigas de diario con las que comparto sin ruborizarme mis temores, alegrías y desengaños y que cada día mi rosario de palabras termina en una letanía remitida a una diferente de esas amigas que acuden puntuales diariamente a la cita.
Si él o ella, supiera que cada mañana vuestros ojos se posan en mi mirada escrita, que cuando me leéis, descifráis los flujos por los que atraviesa mi vida, riendo y llorando al compás de mis claroscuros momentos y atesoro en el desván donde guardo las palabras sinceras, un cadena de eslabones escritos que abarcan desde el norte de las Américas al Cabo de Hornos donde antaño los marineros se graduaban, desde la Cataluña autonómica a la capital de las
Españas; desde la telúrica Galicia a la brumosa y rebelde tierra de los astures o a la califal omeya donde vio la luz primera de la mañana el sabio Mainónides o Avicena y Averroes y que entre el bullicio de los toques de retreta allá en los desérticos campos de petróleo donde se asesina en nombre de las patrias, hay quien en los breves momentos de tregua se arma de esperanzas leyendo mis fantasías.
Cómo explicarle que aunque sólo tuviera una, un alma errante que se hospedara cada mañana entre las líneas con las que pinto este cuadro de alboradas, sería razón más que suficiente para que yo pasara las noches en vela.
Pero no quiero desviar mis saetas por tan escueta misiva y volveré al singular con que siempre te escribo para mantener el enigma de esta magia que fluye entre las letras, que te sigas sintiendo tú, amiga mía, la destinataria de mis desvaríos, que a nadie le concierne tu nombre, ni si se orna tu rostro de fealdad o belleza, ni si tu alma es impoluta o tienes el corazón mancillado de llagas, o si aun me quieres o es que ya me odias, que al impostor no le atañe si retozamos en la arena de la playa o vivimos en un mundo de fantasías.
XXV
Ayer te vi asomada a tu balcón, te miré en silencio desde lejos, no quise perturbar tu sosiego ni forzarte a conversar, te estuve mirando un largo rato y luego me escondí tras una esquina. Dudo si mi actitud es la correcta y mientras dude haré caso a mi amiga doña Prudencia, me mantendré distante, respetando tu discreción.
Sigue lloviendo, limpiando el asfalto de paseantes, desertizando la calles. Hoy mi programa está repleto de actuaciones, en unos minutos saldrá a la jungla, debo comprar las vituallas con las que cocinar esta tarde para deleitarles en la mesa a mis amigos. Me encanta ir de compras al mercado, fijarme en la vivacidad de la mirada del pescado, en el colorido intenso de las frutas, en la textura de los verduras, imaginar los aromas encerrados en las botellas de vinos y licores. Me hechiza escoger las viandas que voy a cocinar, improvisar sobre la marcha en función de los apetitos que me despiertan los alimentos al sentido de la vista o el tacto. Mientras cocino el sentido que despierto es el olfativo, algunos cocineros prueban sus guisos mientras se cuecen en el fogón, yo los huelo y aparco el gusto para espolearlo en la mesa y reservo el oído para escuchar en la sobremesa los elogios y críticas de mis amigos.
No conozco otro modo más adecuado de disfrutar de una buena comida que usando por etapas los sentidos, cada uno juega un papel en el rito culinario y unidos forman un todo armonioso que culmina en un disfrute
orgásmico.
A veces me dicen que soy muy exagerado, de comer es más sencillo, sin embargo, para mí hay un abismo entre alimentarse, que es una necesidad, y comer, que es un privilegio.
Llueve y no me apetece salir al descubierto, pero es tan seductora la tentación de una cena con tertulia incorporada que bien merece la pena, el desagrado de mojarse bajo la lluvia para ganarse el premio de una buena velada.
Ayer te vi asomada en tu balcón, hoy estaré ausente y van cayendo los días que nos encaminan al otoño, entre tu silencio y mi ausencia.
XXVI
Llevo días con largas pesadillas y escasos sueños, cuando te abofetea la vida y te despierta arrojándote fuera del mundo idílico de la fantasías para hundirte en el encrespado mar de realidad la mente atrofia el raciocinio y germinan las emotividades erizando la piel, abriendo los poros.
Si ya duelen las palabras que arrojadas como dagas van a clavarse en la espalda, mucho más duelen los silencios, esos mudos cobardes que callan ante la injusticia son los cómplices de los venideros atropellos. No hay neutralidad posible ante la iniquidad ni sirven de nada los postreros lamentos. Todos los muertos fueron de vivos, buenos, pero mientras vivieron nadie se acordó de decírselo para que, al menos, murieran con la última sonrisa de estreno dibuja entre la palidez de su rostro.
Esta semana ha sido un vía crucis de grises tormentos, de noches insufribles, de días en los que lloraban hasta los cielos. Un naufragio en medio del océano con sólo unos tablones a los que asirse en medio de un oleaje de despropósitos, un mar gélido que me helaba el alma y un sepulcral silencio que atronaba en el fondo de mis entrañas.
Parece que ya amaina la tormenta, que en el firmamento asoma entre los grises nubarrones, claros azueles de esperanza, que el sol fiel a su cita se asoma de nuevo al despertar la mañana, el gallo canta y los jilgueros que anidan en los cedros que veo desde mi ventana, entonan un coro de píos que peinan mis alientos.
No hay dolor que eterno dure ni sufrimiento que no pueda soportarse, cada invierno se encadena a una próxima primavera y la oscuridad del túnel se disuelve ente luces más allá de donde terminan las angustias.
Mis recuerdos se visten hoy de melancolías, evocando ayeres en los que las palabras fluían limpias y nos cantaban salmos de alegría. Añoro aquellos días, aquellas jornadas con sentido donde un verso desgarraba las entrañas por su belleza y no por la maldad de su verbo. No se marchitan las flores eternamente, vuelven a reivindicar su color y su fragancia cuando el sol las calienta y las lluvias las refrescan.
Quiero construir soles entre poemas y regarlos con versos de esperanza, quiero que el aroma de los jazmines inunde de sensaciones mi existencia, que nadie ni nada me hurte la vida, que solo tengo una y necesito vivirla con una sonrisa en al cara y brillo en mirada.
XXVII
Mis noches comienzan a retomar el ritmo de la vida, a despojarse de fantasías inútiles y sueños de quimeras inaccesibles. Podría justificar este cambio argumentando que ya emigraron los sudores del estío, que mis sábanas ya no están húmedas. Pero lo cierto es que las razones de mi sosiego emanan de la fuente de la realidad tangible, esa que se vive durante veinticuatro horas cada día, durante siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al años, todos los años de la vida.
Hace escasos días me miré al espejo y vi mi rostro verdadero, escudriñando entre las arrugas de mi ceño encontré razones que había olvidado mientras caminaba perdido por los senderos del laberinto de los sueños. Vi mi realidad pintada en mil colores, negras premoniciones y blancas vivencias, combinadas con rojas pasiones, verdes esperanzas y azules horizontes.
Vi clara la imperceptible frontera entre mi mundo real y ese otro mundo de ilusiones virtuales, oí el sufrimiento agónico de un ser querido, me compartieron los lamentos del sufrimiento provocado por el amor no correspondido, leí razones y argumentos de quién quiere retornar al nido familiar, rectificaciones de errores, y empecinamientos en inamovibles posiciones de resistencia, la solidaridad de los amigos y también, porqué no decirlo, vi la cobardía vestida de silencio. Y me prometí, yo no juro pues no soy creyente, no juzgarlos a ninguno. Muchos fueron, otros siguen siéndolo, mis amigos, y no me veo envestido de la sabiduría suficiente para ser, además de testigo, juez y verdugo.
Es muy grande el mundo y hay sitio suficiente para todos, si un día tropezamos de bruces en un recodo, quizás nos evoquemos recordando a aquel lejano amigo que un día compartió versos y sueños o quizás pasemos los unos junto a los otros sin reconocernos. Y qué más da, si la vida es un ir y venir de la nada a la nada y entre tanto vamos sobreviviendo entre dichas y miserias.
Hoy me despierto con mis pies apoyados en el suelo y mi cabeza en Argentina, soñando realidades de mi próximo viaje y ya estoy planeando el siguiente para enero. Es más fructífero viajar de cuerpo presente, que esos viajes virtuales a un mundo imaginario dónde no se ven las miradas ni se percibe el aliento.
Vuelvo a mi realidad sabiendo que los sueños son efímeros y que al despertar se diluyen como se ha diluido el silencio pusilánime entre el griterío de los verdaderos amigos, esos que como la sangre acuden a la herida tratando de que cicatrice cuanto antes.
XXVIII
Está lloviendo. Hoy es lunes, el día de la semana que me dedico en exclusiva a mí mismo. Esta mañana amaneció con un sol radiante, estaba citado con un amigo, pero a nuestro alcalde se le ha ocurrido que para conmemorar el día mundial sin tráfico en las ciudades, prohibir la circulación de vehículos privados pro el centro de la ciudad. Resultado. Más atascos de nunca y a mi a migo le ha sido imposible llegar puntual al lugar de la cita. Me ha telefoneado y hemos acordado vernos mañana.
Estos días se celebra el Festival Internacional de Cine, las calles están abarrotadas de foráneos, añadiendo un nuevo ingrediente al caos del tráfico de este día. En la artería principal de la ciudad han montado una carpa enorme y desde allí salían en un paseo por la calzada decenas de modelos exhibiendo sus ropajes de diseño, los autobuses urbanos tenían que desviar su recorrido, los viandantes corrían alocados buscando la ubicación de las improvisadas nuevas paradas, mientras muchos peatones, como yo, nos refugiábamos en el paseo del malecón de la playa.
Hubiera bajado a la arena, pero estaba atestada de bañistas y señoras tumbadas sobre sus toallas devorando los últimos días soleados del año. He preferido ir a leer el libro que llevaba a un rincón solitario, una especie de terraza rocosa en la divisoria de las playas. Lo llaman el Pico del Loro, imagino que lo bautizaron con ese tan poco poético nombre por su forma picuda adentrándose en la bahía. Allí he gozado de la soledad necesaria para sumergirme entres las letras irónicas que salpicaban las páginas del libro. No he aguantado mucho tiempo, el sol caía a plomo sobre mi calva y de mi cabeza manaban chorros de sudor.
He desandado el camino pensando en la razón que me angustia estos días. A veces me siento débil, sin ganas de entablar batallas, sobre todo en esas guerras que nada aportan a mi vida, desafíos de poca importancia con adversarios que no son enemigos, porque realmente, para mí, no son nada, nombres vacíos de contenido, sin rostro y sin vínculos que me unan a ellos.
Pero para qué negarlo, yo también tengo mi cuota de orgullo y me molesta que la vanidad ajena, o la envidia o la soberbia, quieran dictarme normas contrarias a mi ética. Normalmente soy respetuoso con las morales ajenas, cada quien es libre de prescribirse sus prohibiciones, pero sí soy beligerante con las proposiciones éticas. Y es que para mí hay una gran diferencia entre la moral y la ética, la moral se circunscribe al campo de la individualidad y es
prescriptiva. La ética es social y propositiva. Y me duele tener que callar cuando quieren dictarme sus valores con una autoridad que yo jamás les he otorgado. Me duele que personajes ajenos quieran gobernar mis
creaturas. Si callara quizás la perdida material sea poca, pero la perdida humana de quien renuncia por comodidad a sus principios, siempre es mucha.
Esta tarde, en mi paseo vespertino ha cambiado el tiempo repentinamente, el cielo se ha vestido de grises y ha comenzado a llorar, sacudiendo en mis entrañas esa rebeldía que adormecida me suele acompañar. Y de nuevo me he dicho, no. No voy a rendirme bajo el influjo del confortable silencio y aunque mi ronca voz se quede afónica seguiré defendiendo lo que pienso.
XXIX
Sigue lloviendo. Hoy en ambos hemisferios se igualan la noche y el día. Hoy es el equinoccio, día de fiesta pagana en las sociedades agrícolas. Sin embargo, en el mundo tecnológico pocos serán los conscientes de que parte de sus males recobren una enigmática fuerza en estas jornadas.
Sigue lloviendo. El cielo teñido de un gris perla nos anuncia el comienzo de un otoño que se encadena al verano más caluroso del siglo. Por fin se convierten en recuerdos esas noches de sudores e insomnios donde soñábamos despiertos con amores irreales y amistades inexistentes.
El flujo de la naturaleza nos recuerda los flujos entre los que discurre nuestra existencia, la finitud contada en etapas, nuestro peregrinar hacia la nada. Caen las hojas del calendario empujadas por la brisa que acompaña nuestras vidas, la espera se hace más larga y el silencio más presente.
Sigue lloviendo. Evoco mis años mozos, aquellos en que una rebeldía sin rumbo empujaba mis días mientras cincelaba a fuego de experiencias un carácter indomable. Me pregunto qué atesoro de aquel joven en las entrañas de este cuerpo ajado, sin darme cuenta me fueron pesando los años y las responsabilidades, fueron mutando las ilusiones en crudos realismos y éstos, ahora que llegó mi otoño, se truecan en ensoñaciones.
Hoy que el tiempo no lo subasto y me he apropiado de mis días, intento encontrar al hombre, me pierdo entre los laberintos de países ajenos, viajo con las alforjas medio vacías en busca de respuestas que den sentido a mi pensamiento. En dos años he visitado diez países y todos he visto que los hombres son iguales, portan en sus almas las mismas grandezas y las mismas miserias que los paseantes con los que me cruzo en el asfalto de mi calle cada mañana cuando mis legañas me despiertan. Cambian sus vestimentas y sus ceños, el color de su piel y el de su cabello, sus ojos multicolores siempre expresan lo mismo, un alma que a veces ríe y a veces se desangra por la voraz herida que llevan prendida en sus entrañas.
Y sigue lloviendo. Los cielos lloran tu ausencia como paso previo al olvido.
XXX
Ya dura varios días esta agonía de pesadillas, un dormir sin dormir entre agitaciones bañadas de lágrimas, un ir y venir entre recuerdos, análisis y reflexiones para no lograr alcanzar el raciocinio necesario.
Temo a la noche, me aterroriza ver caer el sol y saberme solo en la inmensa negrura de mis sábanas, mi mente es asaltada por cientos de malos augurios, entre sueños veo caer la caretas sonrientes de los fantasmas asomando su rostros dementes, tiemblo cuando la angustia se aparca en mi pecho y lloro, como nunca he llorado, por tanto desengaño.
No debo encerrarme en esta prisión de pesadillas, debo abrir de par en par las ventanas para que el aire húmedo del otoño destierre la locura que presiento. Debo armarme de razones para convencer a este yo que va conmigo que las pesadillas son efímeras, que cada noche se encadena a una mañana de luces y sonidos, que tras la tempestad, por larga que sea, le sigue la templanza.
Resuenan en mis oídos las palabras vacías, acordes armoniosos de las mentiras disfrazadas con bellos ropajes, la amistad prostituida bajo el manto del engaño, la vida real desnuda, con sus miserias y sus encantos.
Hay que seguir caminando, el sendero es la largo e incierto el destino, pero es obligado alzar el rostro, dibujarle una sonrisa y mirar hacia delante. Atrás queda el pedregoso camino enlodado con las últimas lágrimas, atrás queda el nunca más, la despedida. Mejor caminar con las alforjas vacías, dejar en la cuneta el peso de los errores y caminar liviano, sabiendo que habrá más piedras en el camino, mas barro donde se hundirán mis pies descalzos, más sombras acechando entre los ramajes del bosque, más engaños y desengaños, pero es mi camino y debo proseguir hasta alcanzar la meta de la nada, ese último día dónde me enfrente con la verdad desnuda, sin ambigüedades ni verdades regaladas, sin juicios ni prejuicios, solos mi historia y yo, y la muerte rondando bajo mi almohada
XXXI
El día se ha vestido de negro y mis párpados se revelan sin someterse, me alcanza el silencio en medio de la noche y mi leal compañero el insomnio me arrulla entre las sábanas robándome los sueños.
Recientemente el otoño llamó a mi puerta, llegó vestido de grises húmedos que, por momentos, se tornan en negros luctuosos. Las macetas de mi balcón se van desnudando en un lento y tenaz peregrinar casi imperceptible, tras marchitarse las flores que brotaron en primavera, las hojas se tiñen de ocres antes de desprenderse empujadas por la brisa de la mañana. La ramas desnudas invaden de memorias mi mente dolorida, despiertan evocaciones que creí olvidadas, perdidas en algún lugar de mis neuronas, afloran a la superficie para danzar su último baile antes de ser ofrendadas en el ara de los sacrificios.
Quiero postergar los ayeres, inhumarlos en lo más profundo de valle del olvido, liberarme del peso del pasado, aliviar mi talego de ensoñaciones sin sentido y mirar hacia el horizonte sin necesidad de volver atrás la mirada.
Me pregunto cada noche cuando desnudo mis verdades ante mi almohada, cuándo y por qué dejé de reflejarme en tus pupilas, qué galerna apagó tus candiles y en que estaría yo pensando para no darme cuenta. Sí, me lo pregunto muchas veces y nunca encuentro la respuesta. Quizás tropezaste con alguna piedra en el camino y yo absorto en mis pensamientos no me di cuenta o, tal vez, te hastió mi presencia y en alguna encrucijada tomaste otro camino o, acaso yo aceleré mis pisadas y o tuviste energías para seguirme, intuyo que fuera lo que fuera que te alejó de mi sombra, no merecía una despedida y en silencio, sin otorgarme un simple adiós, decidiste romper el cordón umbilical que nos unía.
Hoy, la presencia de este otoño caduco me recuerda que tu ausencia clama en mi silencio, anuncia que tras el otoño va encadenado el frío invierno, como se encadena a la ausencia el frío olvido. Y no es que me lamente por tu perdida, me duele tu silencio, el que enmudecieras tu palabra cuando más la necesitaba, el que me pagaras con moneda tan baja.
No es nostalgia lo que siento ni, tan siquiera, es melancolía, es simple desengaño de haberte creído real, siendo un simple espejismo.
XXXII
El sosiego que antaño había deshabitado mi vida provocando una diáspora, un enjambre de vacíos en mis entrañas, va retornando tímido. Las noches se van liberando de las pesadillas abriendo huecos a los sueños, descalzando fantasmas para dar cabida a las esperanzas.
Cada noche se acuesta la templanza entre mis sábanas, un hilo de luz se cuela entre las oquedades de la persiana y dibuja en las paredes desnudas de mi alcoba claroscuros abstractos donde fijo mi mirada, los escudriño y busco entre esas imprecisas figuras detalles del rostro de mi amada. Ya no lloro al recordarla, disfruto imaginándola, unos días se dibuja su sonrisa, otros unas lágrimas. Yo me quedo fijo mirándolos y medito. Me pregunto si todo ha sido un sueño, una pesadilla, un tormento, o si por el contrario son imaginaciones que manan de esta locura colectiva que reina en el mundo ególatra de los humanos. ¿Y qué más da? Si ya ha pasado la tormenta, si en las aguas de mi mar de soledades reina la calma.
Cada día puntual el gallo con su canto pone fin a este peregrinar en el sendero de las dudas, me despierta a mis realidades inundando de luz mi vida.
Hoy me levanto peino mis realidades antes de lanzarme al asfalto, la vida me espera en el asfalto vestida de monotonías, una clase por la mañana, una reunión por la tarde y una cena entre amigos cuando llegue la noche puntual a su cita.
No sabré de ti un día más, como no lo supe ayer ni lo sabré mañana. Ayer me angustiaba, hoy pierde importancia y mañana... mañana ya no serás nada. Quizás un lejano recuerdo, una evocación entre las sábanas durante los minutos previos antes de que mis párpados se rinda y clausuren la jornada.
Hoy me despierto entre cantos sencillos de esos jilgueros que anidan en la arboleda frente a mi casa, su melodía es triste, creo que anuncian este otoño de lluvias que silente ha ido invadiendo los cielos para recordarnos que todo es finito como el verano, que el alborozo con que lo recibimos es proporcional al desolación de su despedida. Así fuiste tú, un sueño que duro lo que dura un verano, el calor de la pasión recorriendo mis venas, la luz de tus pupilas iluminando mis días, pero ya se acabó, ahora el otoño humedece mis vidrios anegándolos de lágrimas y llegará el frío olvido cuando llegue el invierno. Se secaran las flores de tus recuerdos y sólo será una triste rama deshojada mecida por el viento.
XXXII
Arribó nuevamente la noche del viernes, preludio de fin de semana, antesala del hastío que me despiertan esos sábados y domingos que quiebran la normalidad e inundan mi vida de extraños personajes.
Es la noche más larga, dilato el despertar hasta que mis ojos reclaman su vigilia, me niego a recibir el nuevo día con la puntualidad que marca el canto del gallo, encierro la oscuridad en mi habitación sellando las ventanas, clausurando puertas, escondiendo mi cuerpo bajo la sombra de las mantas. Me aíslo del mundo sumergiéndome en un profundo sueño del que no quisiera despertar hasta que en los cielos anunciaran la llegada del lunes, el advenimiento de la normalidad. Pero mi empresa es imposible, mi cuerpo se satura de somnolencias y los ritmos vitales se despiertan, mato al mañana buscándome a lo largo del paseo, por la tarde para continuar ajeno a la tempestad humana, me enclaustro en un cine gozando en silencio de alguna película y al llegar la noche me desposo con mi soledad para gozar de unas horas de sosiego y adquirir nuevas fuerzas para enfrentarme al domingo.
Como cambia a vida o, quizás, debería decir como cambian las costumbres, hubo un tiempo lejano en que yo también fui joven, los días de la semana era eternidades consumidas en la espera de los días festivos, días de asueto que transitaban efímeros, los percibía como un soplido que en cuanto sientes que llega ya ha huido, ahora, sin embargo, son pesados tic tac que no terminan, las jornadas de aburrimiento, días semivacíos, exentos de amigos tertulianos con los que compartir mesa y vino. El asfalto abarrotado de gentes que van y vienen desde nos e sabe dónde hacia ninguna parte, mi playa infestada, los bares saturados, ni tan siquiera me conceden esa hora matutina que los demás días utilizo para leer la prensa mientras desayuno en un bar tranquilo.
Pero así es el mundo, un falso de juego de distintas monotonías, como los corderos que llevan a degollar al matadero, nos conducen nuestros gobernantes, entre semana un horario para aprovechar el trabajo, los festivos otro para que
gastemos el ahorro de esos días de esclavitud y al llegar el verano o la Semana Santa, a dilapidar tiempo y dinero en un ritual de falsas libertades y lúdicos entretenimientos empaquetados.
Me llama la atención esa verdad siempre relativa de las estadísticas que afirma que son los lunes y las vueltas de las vacaciones los días más propicios para sufrir un infarto o reclamar un divorcio. Según los expertos, estos aciagos días vienen marcados por esa desazón que produce el volver a la tortuosa normalidad lo que dispara los infartos y por todo lo contrario, la constatación de la muerte de la convivencia entre las parejas los días de fiesta el que provoca los divorcios.
Dice el aforismo popular, que nunca llueve al gusto de todos. El hastío de la monotonía es un silente delincuente, primero nos roba la alegrías, canjeándolas por aburrimientos, luego, cuando ya nos domina, nos asesina con una estocada mortal. Mientras nosotros, como los corderos, balamos a nuestra manera, mientras nos conducen al matadero. Se bala cuando se escribe poesía, cuando te entregas autista a fijar tus posaderas en el sofá mientras tus ojos se ciegan frente al televisor, cuando haces del trabajo la razón de tu vida, cuando consumes veraneos en familia o cuando te enganchas a esta nueva droga de Internet que los trapicheros han metido en nuestras casas vestida de libertad y no es más que un eslabón de la cadena con la que nos esclavizamos a las nuevas monotonías.
XXXII
Por fin mueren las jornadas festivas el fin de semana con sus cantos de sirenas, sus misas sociales, sus comidas familiares, su fútbol televisado y sus silencios calculados. Comparece insolente este lunes laborable, día grande de lamentos, de somnolencias miradas, bostezos enlatados y ocurrentes comentarios de lo bien que nos pasamos el difunto fin de semana.
Lunes vértice del ayer y del mañana, de un ayer que todos disfrazan y un mañana de fantasías que todos alimentan esperando la arribada del próximo fin de semana. Recuerdo que antaño, cuando mis labores me enclaustraban en un horario, los lunes me despertaba con el estridente canto del despertador mecánico, madrugaba para solazarme en el paseo que separa el cielo del infierno, mi casa de la cárcel donde me tenían preso a cambio de unas monedas de plata, caminaba silente y pusilánime por la orilla del río, mi imaginación armada de dos grandes alas, volaba hasta los confines de las quimeras, allí se acomodaba durantes los efímeros veinte minutos que duraba la travesía, luego la cruel verdad me devolvía a la vida, a la ritual monotonía del trabajo, arrancándome a jirones los sueños para mostrarme la fría realidad de mi condición de asalariado con alas desplumadas.
Hoy los lunes me despierto con el canto del gallo, me saludan los jilgueros y al ritmo de mis deseos limpio mis legañas, me informo de los males que sacuden al mundo y sin corbata, me encamino a disfrutar del asfalto. Es otro mi rito, tan diferente al que oficiaba de asalariado, que casi no me reconozco. Compro el tabaco y la prensa, me acomodo en algún bar tranquilo y tras escuchar el saludo del tabernero que siempre de comenta el resultado del partido de fútbol del domingo, me sumerjo en al lectura de la prensa mientras me tomo un café acompañado de un croissant recién cocido. Hay días que leo hasta las esquelas, me fijo en la edad de los difuntos y hago cábalas calculando los años que me restan. Luego encamino mis pisadas hasta el parque donde juegan los niños, reposan los ancianos y entre el griterío de unos y el silencio de los otros, me siento en un banco y leo un libro. Cuando el sol alcanza su cenit voy al encuentro con mis amigos, un rato de tertulia y vinos antes de acudir a la mesa para compartir el pan con mi familia. Tras la siesta el paseo vespertino, la clase de gallego, el taller de narrativa, las tertulias filosóficas, las tenidas masónicas, la cocina gastronómica o cualquiera otra de las labores en las que estoy embarcado para llenar de sentido mi existencia.
Mañana martes ni el miércoles, ni los días que se encadenan durante la semana, me desayunaré sin tanto protocolo, no gozaré de mi sentada lectiva en el parque, dedicando la mañana a los menesteres que acarrea mi compromiso con la Casa de Galicia y añoraré el lunes por que percibiré la carencia de esa templanza con que vivo sus mañanas.
XXXIII
Va transcurriendo este martes de labores sin jornal.
Una mañana viajera estrena temprana para conducir hasta el vecino país a mi efímera profesora de gallego. Quiere conocer Francia y yo me presto a llevarla hasta la más burguesa de sus ciudades turísticas, la romántica Biárritz .
Aprovecho el viaje para visitar a un amigo y enjuagar sus sollozos, su esposa en trance terminal no verá la escarcha del invierno ni como rompen las olas contra el malecón los días de tempestad, un cáncer ha anidado en tus entrañas y la está carcomiendo por dentro, pero como buena judía no pierde la compostura y me recibe con una sonrisa. Pareciera que mi mal trance al sonrojarme cuando la veo, le inspira compasión y, sin embargo, es ella quien se está muriendo.
De vuelta a mi ciudad un amigo me espera, se ha encargado de hacer la compra para la cena que hoy les cocinaré, debe tener ganas de disfrutar de una buena mesa, el muy sátiro ha comprado solamente mariscos. Tendré menos trabajo, no tendré que componer salsas de laboriosas preparaciones, bastará con matar los bogavantes partiéndolos en dos mitades y tras sazonarlos con gruesa sal marina, ajos picados y un chorrito de aceite de oliva, asarlos en el horno. Las almejas las serviré a la plancha, unos pocos minutos para que justo comiencen a abrirse y no pierdan el jugo, los percebes los coceré en agua de mar y los acompañaré de
cachelos.
Poco trabajo para una cena de diez comensales, este tiempo que gano, entre la clase y la cocina lo aprovecho para escribir estas líneas que narran las monotonías de un martes cualquiera.
Doña Prudencia, esa amiga que siempre susurra a mi oído consignas que a veces no escucho, me ha aconsejado que echara una siesta, una horita de asueto tras el café de la sobremesa, un paseo previo a mi aprendizaje de gallego, un rato de lectura y cuando den las ocho me vestiré el mandil y me afanaré en la cocina. He comprobado que hay existencias de albariño y cava en el frigorífico de la sociedad, ya está todo dispuesto, los postres nos serán servidos por el restaurante vecino.
Y morirá el día en la tertulia que siempre despierta en torno a la mesa, las voces irán ascendiendo en tono y firmeza según vayamos ingiriendo los vinos y las aguardientes hasta quedar bien servidos. Y cuando me asile en la noche despertarán mis insomnios, encaminaré mis pisadas hacia e laberinto de voces escritas, al mundo virtual donde descansan mis letras compartiendo mis hastíos entre anónimos amigos y furibundos enemigos de lengua afiladas que se duelen de estas fantasías que dejo con constancia escrita en este foro de mudas respuestas.
XXXIV
Hoy no cantó el gallo, la lluvia llora con rabia y el asfalto se inunda de tristezas. El silencio ha ocupado las calles y los hombres anidan en el cálido útero del hogar. Hoy es un día contemplativo, una de esas jornadas en que al dejar perdida la mirada más allá de los cristales de la ventana, la imaginación se pierde en un mundo de fantasías, recordando días que se marchitaron al paso del tiempo, evocando sonrisas que fluyeron en rostros amados, llorando a los seres queridos que un día despedimos.
La noche pasada, fue más noche que otros días, la luna se acerca a su plenilunio, las estrellas se agazaparon tras las nubes y el cielo lloró de pena. Mis párpados rendidos de tanto camino, se negaron a dar paso a los insomnios, la muerte efímera del letargo colonizó mis pensamientos y me enterró en un profundo sueño. Hoy resucito sin soles, con el alma cansada de tanto trayecto y me siento a los pies de mi cama para dedicarte mi primer pensamiento.
Ya no mecen mis sueños tus nanas, ni me acuno entre tus palabras, duermo como duermen los hombres, solo.
Van muriendo los días y no me alcanza la inspiración de mi musa, la afonía de mis palabras no permite que fluyan versos donde cante a la esperanza, me estoy quedando mudo, mis manos se paralizan ante el papel inmaculado, me falta la rabia que a veces me empuja a escribir a la nada. Me falta tu mirada, esos candiles que iluminan mis manos y me provocan una danza de letras que bailan en el folio emborronándolo de poemas. Está seca mi sangre, ya no es tinta que emane entre líneas tiñendo de alegrías mi lengua, fabricando discursos, provocando oratorias en las que cante a vida.
Hoy amaneció entre aguas este día gris de otoño, despertando el apetito del sueño, las ganas de dormir una larga temporada, hasta que el sol se refleje en tus pupilas y llene de alegrías mis entrañas.
XXXV
Con el arribo de la noche se rompió el silencio, roto en mil pedazos se desparraman sus restos entre los escombros de la cobardía premeditada. Aquella voz que un día sedujo mis voluntades no es más que un eco repetitivo de palabras vacuas, una pose que se ensaya ante el espejo, una figura retórica aparentando prudencia, un hablar sin tregua de grandilocuentes palabras que no dicen nada. Y es que hay veces que el silencio es tan expresivo, tan henchido de argumentos, que nos sobran las palabras.
Y el silencio con silencio se paga.
Amanece un nuevo día de rostros desnudos, sin máscara. Y a lo lejos se ven las turbias miradas, las gentes ajenas al discurrir de la vida parecen autistas, cada cual en su refugio, con la mirada perdida van buscando acomodarse en el reino de la ignorancia.
Y no es que no fuera bello pernoctar en aquella posada. Desde la ventana se oteaba un escenario de mares y montañas, unos paseos solitarios decorados de miradores, donde una pareja de enamorados miraba al mar entre cálidos silencios mientras se regalaban entre besos, tiernas palabras.
Pero cayeron las hojas del calendario y con ellas cayeron arrastradas las máscaras, los ornamentales ropajes con los que se disfrazaba y la vi desnuda, le vi sus llagas y su sangre, y sus falsas lágrimas.
Hoy no llueve, pero el día sigue gris, con pinceladas de nostalgia, quizás sea así el otoño, una cascada de lágrimas, agua que arrastra el polvo del verano trocándolo en lodo. Sí, deseo que diluvie, que el torrente se lleve los recuerdos de aquel espejismo de rostro inocente y alma desentendida. Pero no lloverá lo suficiente en este otoño de tristes reflejos, tendremos que esperar al invierno para que con los gélidos vientos del Ártico se hiele su evocación en mis entrañas.
Hoy me he vestido de negro, me he calzado las botas y me precipito al asfalto con deseo vehemente de descubrir entre los rostros petrificados de los paseantes una sonrisa de estreno, unas lágrimas de que no sean de cocodrilo y una mirada sincera.
Que sabia es la vida, sólo hay que darle tiempo, ese tiempo justiciero que nos coloca a cada cual en su sitio. Yo ya tengo encallada la espalda de tanta puñalada trapera, cuando llueve me resguardo bajo el paraguas del escepticismo y rara vez me mojo, pero soy débil y hay veces que aun limpiando mis lentes se desdibujan los rostros y entre miradas de miope y el astigmatismo que padezco, veo a las rameras vestidas de damas, a los demonios de ángeles y de dioses a los humanos.
¿Qué le voy a hacer? Si es que tengo mala vista.
XXXVI
Ayer la noche retrasó su llegada, mis sábanas vacías esperaban el tropiezo con mis insomnios, mientras, yo me debatía con mis duendes. Ayer fue día de reencuentros, voces enmudecidas que retornaban entre letras al encuentro, pasados que despertaban de un largo letargo, afonías que clareaban en el crepúsculo de la noche resucitando de su agonía.
Y la noche se hizo corta, tarde fue su encuentro y temprano fue su despedida, el gallo puntual con su cita me recordaba que el sol no me espera, que la vida tiene sus ritmos y que al amanecer se rompen los sueños para dar entrada a la vigilia. Me despeino con finura, destierro las legañas, me disfrazo con vestimentas y le arrojo al mundo muy de mañana.
Hoy el mundo rinde reconocimiento a una mujer que supo mantener la palabra viva, una de esas personas que no esconden su cobardía entre los silencios, Shirin
Ebadí, así se llama esta iraní que ha sabido estar a la altura de la historia, que con tolerancia sufí siempre tuvo sus agallas despiertas para decir que no, cuando todos callaban. Habrá quien manifieste que otorgar un Premio Nóbel es una pose política, un farisaica manera de limpiar las conciencias, una fotografía de consumo o un acto impuro propio de una sociedad hipócrita. Pero miren por donde, en esta ocasión el reconocimiento es a una mujer anónima que dio con sus huesos en la cárcel por usar la palabra para defender que el Islam no está reñido con la democracia.
Las prisas de la mañana me conducen entre carreras desde mi casa al mercado, desde el mercado a la clase y desde la clase a mi casa. Caminando en saltos no me queda tiempo para observar la vida a mi paso, para sumergirme en las fantasías que me despiertan los rostros con los que tropiezo en mi camino. Hoy, en esta mañana de prisas, he sido un autista. Ni tan siquiera he conversado con el pescadero, las justas palabras para encargarle para mañana una lubina y diez vieiras o conchas de Santiago. Este domingo es mi cumpleaños, este otoño de grises cielos alcanzo mis cincuenta y cuatro calendarios, quizás no sea mucho lo vivido y me resten aún muchos jornadas de camino, pero siendo sincero, ya no espero alcanzar muchos nuevos conocimientos. Desde hace unos años tengo al extraña sensación de haber cruzado una línea imaginaria, una línea que separa la búsqueda del encuentro, la suma de la multiplicación, la acumulación de experiencias de la obligada puesta en escena de esos conocimientos. O dicho de otro modo, ya eh llegado al punto exacto donde uno es consciente que es mucha su ignorancia y que ni tan siquiera conoce lo que ocurre en sus adentros.
Hoy tengo razones para afirmar con rotunda seguridad mi ignorancia. Allá donde mis pies me han llevado, siempre he visto lo mismo, las mismas caras con diferente gesto, las mismas miserias de mil formas disimuladas, la misma soledad en los corazones y la misma incertidumbre. Sabio es aquel que sabe lo que no sabe y no se avergüenza de ello, sabio es quien yerra, quien camina por su sendero aunque todos caminen en sentido contrario, quien no se esconde tras el silencio cómplice ante la ignominia, ni aplaude a vencedores.
Ayer fue día de resurrecciones, de rupturas de silencios, de encuentros con duendes del pasado. Fue un día tedioso como todos los días de esta vida, una vuelta más en la noria, esperando.
XXXVII
Amanece el día entre sonrisas, la noche se ausentó lentamente mientras las primeras luces del alba se colaban entre las rendijas de mi persiana. Hoy se amarra a mi costado este sábado de bellas premoniciones, víspera de maitines cantado a coro por toda la familia. Mañana se cumplirán mis cincuenta y cuatro años de existencia y treinta de compromiso compartido con un ser querido.
Más de medio siglo desterrado por senderos desconocidos, buscando sin encontrar las respuestas que den sentido a la vida, sobreviviendo entre risas en compañía de seres queridos.
Hago un somero repaso a estos diecinueve mil seiscientos cincuenta y seis días y son tan pocos los que rescato del recuerdo que, a veces, pienso que si todo habrá sido un sueño que se olvida al despertar. Evoco con nostalgia los días en que vieron la luz mis dos hijos, el día de mi primer encuentro íntimo con mi novia, los días previos al que enterré a mi padre, los aciagos días de agonía en una comisaría sufriendo la mayor de las vejaciones y muchos fines de año en que alargo la noche entre cantos celebrando la victoria pírrica de mi vida contra la muerte.
No hay grandes días para recordar, mi memoria selectiva prefiere sintetizarlos en una colección de secuencias encadenadas, en un resumen de lo vivido para calificarlo de afortunado. Sí soy un hombre al que la diosa fortuna siempre ha acompañado sin grandes alegrías ni penosas jornadas que me hagan
maldecirlas. Quizás en la sencillez he logrado navegar sin grandes tormentas que me hicieran encallar entre los escollos de las desgracias.
Nací en la humildad de la pobreza, me críe sin excesos en un barrio donde vivir era ya toda una aventura, siendo casi un niño, con veinticuatro años llene mis alforjas de ilusiones y partí en busca de nuevos horizontes, me casé, tuve dos hijos, una vida acomodada y tiempo, ese tiempo necesario para separar en tres partes el día, dedicando un tercio al trabajo, otro al descanso y otro a la vida.
Hoy me voy de cena con mi mujer, los dos solos pasaremos la velada en charla relajada, mañana cocinaré para mi mujer, mis dos hijos y mi nueva hija postiza, alargaremos las sobremesa entre conversaciones donde se mezcle mi otoño con sus primaveras y juntos brindaremos tras los postres por alcanzar juntos la victoria en esta batalla contra el calendario.
XXXVIII
Ayer se alargó la sobremesa con un paseo nocturno por la orilla del río. Dejé la mar a mi espalda y refresqué mi mirada con el juego de luces que se refleja en al superficie quieta del cauce del río. Una charla relajada con mi mujer mientras la noche se cerraba, un paseo hasta llegar a nuestra casa.
Hoy me despierto vestido para el rito mundano de festejar dos aniversarios y mi primer aviso a mi familia es que no estoy para ninguna llamada. Quiero concentrarme en mis quehaceres cotidianos, me visto de ordinario y bajo al asfalto, quiero comprar algunos ingredientes que me faltan para ensalzar los platos que hoy cocinaré a los míos.
Y suena el teléfono y de nuevo les reitero que contentes que no estoy en casa, sin embargo, veo que la mirada de mi esposa se muda al preguntar quién me llama, sin palabras me acerca el auricular y con voz trémula me susurra - ¡Es
Christian!
Sus palabras son las esperadas. Me comunica que Suzanne, su esposa, ha cruzado en umbral hacia el Oriente Eterno, se fue acompañada de ese silencio tan característico, ese con el que la educaron cuando huyendo del gheto de Varsovia, pedida entre los campos de Polonia, un campesino que corazón humano la escondió durante los años que los nazis oprimían a los polacos en el sótano de su vivienda.
Nunca supe si por padecer esa infancia o por su educación judía, el silencio era su aliado y me hablaba con a mirada. Mi ultima conversación fue hace unos días, por motivos ajenos a ella tuve que viajar hasta
Biarritz, subí a su casa para tomar un café con su marido, él sabiendo el cariño que Suzanne y yo nos profesábamos la llamó por teléfono al hospital y me puso en contacto con ella, su voz se apagaba, pero su ánimo seguía intacto, ironía del destino, al oírla enmudeció mi garganta y fue ella quien a duras penas me hablaba, yo le robe su silencio y ella me animaba.
Hoy tras la noticia he salido a mi balcón, la primavera pasada estuvo unos días hospitalizada para que los cirujanos manosearan sus entrañas, su marido no regaba las plantas y mientras charlábamos por teléfono, yo en su casa y ella postrada en la fría cama del hospital, le dije que le iba a regar las plantas para que no se le secaran y que la maceta plantada con "pendientes de la reina" era la única que sus flores no estaban mustias. Me dijo que cogiera un esqueje y me lo llevara para plantarlo en mi casa, eso hice. Hoy me asomo al balcón y veo sus flores que penden de las ramas, parecen lágrimas que por ella lloraran. Hoy las regué con más cariño que nunca, hoy y espero que mientras sobreviva esa planta, cada día al regarla me traerá a la memoria a
Suzanne, la vieja amiga que me contagiaba su escepticismo ante la vida sin utilizar palabras, porque a ella, siempre le basto hablarme con la mirada.
XXXIX
La escarcha cubrió de hielo esta noche fría, insomne, bajo el calor de las mantas dejo volar mi mirada armada de fantasías, un largo viaje peregrinando hacia la nada, hasta alcanzar el vacío absoluto, el silencio mecido en sueño.
Derrochamos un tercio de la existencia durmiendo, derrochamos otro tercio callando y el resto lo entregamos a las miserias del trabajo. Y sin embrago, hay días que olvidando esta mediocridad en la que hemos convertido la vida, sonreímos y soñamos.
Soñar es nuestra terapia, imaginar un mundo perfecto donde el amor sea sincero, donde la amistad esté siempre dispuesta y la convivencia sea el plácido océano donde nos mecemos. Pero pronto despertamos y la realidad nos abofetea, el amor se viste de bostezos, la amistad de silencios y la convivencia es un encarnizada lucha por llegar siempre los primeros.
Todos lo sabemos, todos lo sufrimos, pero seguimos obcecados en mantenernos en este baile de hipócritas, regalando palabras vacías, pronunciando solemnes tonterías, compitiendo con nuestros vecinos. Y así nos va la vida, al llegar la noche y aparcar en nuestras neuronas los insomnios, soñamos despiertos. Es nuestra soledad el único momento en que somos soberanos de nuestra vida, donde hacemos y deshacemos el mundo a nuestro antojo, pintamos de blanco las negras noches, de rosa los platónicos amores, hablamos con nuestros fantasmas, lloramos o reímos al son de las fantasías aprovechando esos minutos de asueto antes de que al vida nos empuje hacia las realidades cruentas donde se van desangrando las ilusiones.
Y ella me decía que yo era un soñador, pues claro que lo soy, quiero soñarme feliz, quiero soñarme vivo, lejos de esta realidad empobrecida, lejos de esta maraña de ofidios donde al torcer la esquina te asesinan por la espalda.
Y como hoy soñé que aún estaba vivo, me calzo mis sandalias y me visto mi pantalón viejo, un sonrisa de estreno y me lanzo al vacío del asfalto a seguir recorriendo mi camino.
XL
Son las siete y el gallo disfrazado con voz de tierna mujer me despierta. La noche ha sido corta y el día se presenta largo. Acompañado de cuatro amigos viajamos a Bayona a dar nuestro último adiós a
Suzanne, el acto de despedida comienza a la nueve y endiablados por el asfalto recorremos los sesenta kilómetros que nos separan desde el calor de nuestros hogares al frío ambiente del tanatorio.
Hay mucho tráfico en la frontera, cientos de camiones ocupan la autopista. Llegamos tarde. Christian nos espera sin dar consentimiento para que cierren el ataúd de pino, quiere que podamos darle el último adiós a Suzenne viendo su rostro desfigurado por el veneno que se instaló en sus entrañas. Olivier su hijo, llora desconsolado, sentado en un pretil bajo el manto del ramaje de un magnolio. La amargura de ver su rostro inerte ha calado en mi moral, saludo a otro amigos, Krasnner ha viajado desde Madrid, Gilles y Estoup viven en Bayona, Martinne y Andre en Uztarriz y cecile ha llegado desde Paris. Todos están afectados, todos menos Christian que aparentemente parece el más entero. Se acerca a mí y entre susurros me comenta que la próxima semana debemos viajas a Bourdeaux a visitar a George
Fiz, al parecer a George también le esta reclamando la muerte, quiere que vayamos a verlo antes de cerrar la cancela de su mirada.
La pequeña sala del tanatorio se abarrota de familiares cuando un rabino toma la palabra, yo me quedo fuera, a las puertas, sólo oigo el murmullo de unas palabras pronunciadas en un francés que no alcanzo a entender. De nuevo reina el silencio. Cuatro funcionarios de la funeraria cargan el ataúd en un furgón fúnebre para trasladarlo a Dax donde será incinerado.
Nos vamos despidiendo, sólo el viudo y sus hijos asistirán a ese póstumo acto. Así, con esa frialdad se cancela una vida, una colección de vivencias que emanaron en un perdido barrio de Varsovia y se convierten en cenizas en una incineradora.
Pienso en Suzanne, tan poco amiga de los amigos de su esposo y sin embargo, siempre tuvo conmigo un especial delicadeza y una indisimulada simpatía. Creo que el recordaba a alguien, aunque nunca me lo dijo. Le encantaba mostrarme la plantas de su jardín, aún recuerdo cuando planto dos jazmines adosados a la pared de la fachada, las miradas y comentarios irónicos de su marido cuando ella y yo paseábamos por entre las hierbas y me iba narrando pequeñas menudencias. Cuanto callaba y cuánto intuía, recuerdo el último viaje que hice con su marido a París, dormí la víspera en su casa, ella en la cena, sin palabra alguna, sólo con su mirada me pedía que refrenara un poco, sólo un poco, las ansias de su marido. Nos envió a un hotel de su familia, no nos cobraron, la hospitalidad de los judíos es muy discreta, pero muy intensa y sincera.
Hoy cuando la he visto inmóvil en el féretro, de mis ojos se han desprendido unas lágrimas.
XLI
Me despierto sin saber distinguir con claridad si esta noche tuve un sueño o fue una pesadilla, si esto que hoy me espera es solo labor o es un trabajo, si estos esfuerzos que hago son un ocio lúdico o es una obligación que me impongo.
No se muy bien donde comienza el deseo y donde es el instinto, si aquello que abordo es una opción o deber, si estoy acabando o es el comienzo de otras etapa.
Así va discurriendo mi vida, encadenando un minuto al minuto siguiente, un error a otro error, una experiencia a un nuevo fracaso que me sirva de experiencia añadida.
Preguntas en busca de respuestas, respuestas parturientas de nuevas preguntas, un infinito circulo que jamás se cierra, un después que se hace presente por un instante en el mismo momento que se hace un antes.
Es la vida un laberinto con caminos que se entrecruzan, sin salida ni meta, sin ni siquiera etapas donde descansar pudiera, un camino que no está marcado en los mapas, que viene desde las sombras para llevarnos hacia la tinieblas entre un sendero de brumas. Y mientras caminamos perdidos por entre espejismos en un permanente insomnio, soñamos que vivimos.
XLII
Hoy me despierto con una rara sensación, la sonrisa se refleja en mi rostro mientras la débil luz del otoño se cuela por mi ventana y por un momento, mi pensamiento vuela perdido. Repaso mentalmente las labores de este día, deseo hacer tantas cosas, que casi con seguridad no podré abarcarlas todas.
Hay días que nos sobran las horas, son esos días que, aunque los hubieran eliminado del calendario no los echaríamos en falta y sin embargo, como me sucede hoy, hay otros que quisiera que tuvieran más horas para poder llenarlos de vida.
Desde hace un tiempo, desde que resucitaron en mis entrañas los deseos de seguir mi camino, el tiempo galopa con más brío, las empresas en las que me he embarcado me roban los minutos llenando las horas de trabajos.
En la última tormenta me aferré con fuerza al timón, no dejé que las olas desviaran el rumbo trazado, ahora que la tempestad se aleja y la calma reina en la nave, revivo mentalmente aquellos gritos que entre el pavor de la batalla afianzaron mis esperanzas, y repaso, también, los silencios que dictó la prudencia. Entre unos y otros, entre bullicio y quietud se muestra obstinada la realidad.
Cayeron las máscaras y pude ver todos los rostros a la luz nítida de la luna llena. Fue aquella travesía una singladura de sinceridades, junto al tacto de la mano amiga que se aferraba con fuerza para no permitir que me hundiera, conviven los vacíos de los silencios cobardes, esos silencios que otrara fueron falso gritos de elogio, proclamas vacuas preñadas de adulaciones.
Ahora que el sol ya nos ha amanecido, que la luz del otoño nos muestra claro el camino, veo sonrisas que conviven con los pudores que ruborizan los rostros. La sinceridad del amigo, la hipocresía de quien decía serlo y la gallardía de quien supo enfrentarse a mí con honestidad vomitándome en le rostro los errores.
Ya es hora de olvidarse de la tormenta, de mirar hacia delante, de marcarse nuevas metas, ahora navegar será más sencillo, mi nave perdió lastre y vuela sonriente sobre las olas.
Es de humanos errar y de humanos es ser magnánimo y perdonar, despedirse con una sonrisa de aquellos tripulantes que le miedo les atenazó y se cobijaron en la seguridad del puerto.
Pinto una sonrisa en mi rostro, estreno un pañuelo que acuno en mi mano alzada mientras zarpa mi barco, ellos estrenan tímidas miradas en el muelle, mis labios dibujan una despedida y en voz baja, casi imperceptible, les susurro un adiós: ¡Hasta nunca! Falsos amigos.
XLIII
Llueve sobre el asfalto, el otoño reina en la ciudad, los ciudadanos apresurados corren alocados desde casa al trabajo y del trabajo a la casa, olvidan que el otoño es tiempo de mudanza, tiempo de abandonar los frutos marchitados por el abuso, podar las ramas secas de la sinrazón y remover el suelo para que se humedezca con nuevos riegos, una época de preparación para la invernada de fríos y soledades que nos aguarda.
El verde alegre que pintó la primavera hoy se tiñe de ocres soledades, el suelo se alfombra de un mullido colchón de hojas secas, emigran las agoreras aves del infortunio para anidar en otros cielos, nos quedamos solos con nuestros silencios, las largas sobremesas de conversación distendida, los atardeceres tempraneros y las largas noches.
El otoño es el tiempo del poeta, alejado de las luces de neón que semejaban soles puede discutir con su inspiración desnuda, sin falsas musas que le nublen la mirada. Van cayendo una a una las hojas secas de las verdades regaladas, se desvisten las ramas donde cuelgan los silencios calculados, el mundo se desnuda para mostrarnos su rostro verdadero y el aire cristalino, sacudido por ráfagas de agua y viento se respira hondo el oxígeno limpio, mientras las aguas sucias corren por las cloacas en busca del cauce del río que las ahogue en el océano.
Sigue llorando el cielo, no vierte sus lágrimas por pena, llora de alegría, de saberse de nuevo sin rémoras de amores viejos, sin ataduras a falso convencionalismos, sin cadenas que lo subyuguen a adorar a becerros de oro. El otoño son sus cantos nos invita a meditar sobre lo efímero de este vivir falso adornado de huecas palabras, a desgranar el trigo de la paja, a pasar lista de quienes siguen a nuestro lado tras las primeras tormentas de truenos y rayos.
Hoy llueve sobre al ciudad y en mi rostro se dibujan sonrisas.
XLIV
Dejemos que el tiempo borre el recuerdo, que el viento se lo lleve, que la lluvia del otoño lo ahogue y la noche que nace entre la tormenta con luces de relámpago y música de truenos lo entierre en el camposanto del olvido.
No quiero evocar el pasado que murió entre silencios, no quiero que las dichas que hoy se acunan entre esperanzas se ahoguen en un mar de lágrimas al evocar la ajada mirada de un ayer imperfecto. El tiempo y el espacio que un día ocuparon los sueños, esos huecos vacíos que dejó tu ausencia, hoy se van ocupando de realidades.
El cauce con su caudal a cuestas peregrina cansino hasta alcanzar el océano invicto, se aparean en el estuario las aguas melifluas de ese río oprimido entre dos riberas y esa mar salina nutrida de lágrimas que llueven del cielo, mar sin fronteras, abierta a los cuatro puntos cardinales, al cielo infinito que la noche se pinta con miles de pecas que titilan relucientes horadando el firmamento.
Esta noche sin luna, esta noche de lluvias, me asomo a la ventana y dejo vagar autista mi mirada para que se pierda entre la arboleda desnuda, busco un refugio entre las ramas donde ocultar tu recuerdo, dejarlo morir de frío cuando tañan a frío las alboradas del próximo invierno, que caiga desde lo alto como un fruto maduro y quede por siempre enterrado entre la hojarasca.
No es mi sangre agua canalizada de arroyo, soy hombre de mar, hijo de los vientos, sin anclas que me aferren a los fondos del recuerdo, soy una gaviota que anida en los acantilados y vuela en libertad.
XLVI
Sin previo aviso, el frío que anuncia el invierno se ha instalado en el otoño. Aliado con la lluvia van sombreando de grises el entorno. Desempolvo la ropa de abrigo; mi gorro de lana, la larga gabardina y mi bufanda. Me niego a estar recluido entre las cuatro paredes de mi casa, me lanzo a la batalla en campo abierto, entre la espesura del asfalto y las brumas de la bahía. Espero que me reconozcan mis amigos. El gorro esconde mi calva, la gabardina oculta mi figura y la bufanda me ha hurtado la sonrisa.. Sospecho que me asemejo a un espantapájaros, un acopio de lanas y viejos trapos danzando por la acera entre saltos para evitar los charcos y no pisar las baldosas sueltas, que como cepos de un trampero, en cuanto posas los pies sobre ellas, escupen sobre mis piernas el agua sucia que esconde bajo su inocente apariencia.
Y los agoreros anuncian que esto sólo es el comienzo, que persistirán las lluvias y los gélidos vientos, que es hora ya de proceder al encendido de las calefacciones y de vestirse los abrigos, de caldear la cama con dobles mantas y cocinar potajes que nos nutran de bríos. Y los muy cabrones tendrán razón, el frío se colará por las rendijas, el agua nos humedecerá la vida y el invierno nos mortificará, un año más, con las frías soledades y los húmedas lágrimas.
Las noches serán eternas y los días efímeros, la últimas flores se marchitarán después de que decoremos nuestras tumbas con crisantemos y llegarán las jornadas del solsticio, esos días que para matar el hastío cantamos al niño dios que ha nacido, mataremos el aburrimiento con copiosas cenas familiares, regadas con abuso de licores, embruteceremos nuestras nostalgias con villancicos y el turrón los tomaremos de postre. Morirá el año y pasará el invierno, despertará el sol de su letargo y florecerá una nueva primavera, pero nosotros seguiremos, haga frío o calor, jugando a lo mismo, pronunciando los mismos engaños, creyéndonos el ombligo del mundo y envejeciendo entre mentiras.
Se adelantó el invierno y cuando estemos en el trabajo, en el autobús, en el ascensor o con los amigos, un coro de voces cacareará al unísono que hace mucho frío. Sí, mucho frío, tanto frío que desde hace muchos años nuestras almas se helaron, nuestros sentimientos son témpanos invernando y aún no nos hemos despertado de tan larga pesadilla.
XLVII
Esta noche ha sido muy larga, una efímera eternidad, el calor se hospedó entre mis sábanas, despertó mis insomnios y la he malgastado peregrinando de la cama a la ventana. Y para colmo de mis desdichas, me quedé sin cigarrillos.
Ahora que la luna se ha despedido y el gallo me ha saludado, rendido me postro ante este folio en blanco para narrarte este primer día en el norte.
¿Recuerdas mis motivaciones? Opté por viajar a este rincón de humedades huyendo del calor meseteño.
¡Qué error! Viajar en agosto.
Aquí el estío es un infierno, el cielo lo han pintado de azules y nos han secuestrado la brisa. Ayer por la tarde me animé a invadir el asfalto, me armé de paciencia, salí del hotel casi desnudo y me perdí entre soledades. Las calles estaban desiertas mientras el sol reinaba en lo alto. En el parque los viejos sesteaban con los ojos abiertos y los niños exhaustos se bañaban en sus propios sudores, sus madres estatuas parlanchinas los vigilaban desde lejos, cobijadas bajo la sombra de una hilera de tilos.
Arrastrando mis pies llegué hasta el malecón de la playa, la mar, contagiada de este martirio de fuego, rendida y sin fuerzas, le han hurtado su rugido y dormita plácida esperando que llegue la lluvia y le insufle nuevos bríos. La playa era un hervidero, el poco espacio que la marea concedía a la arena, la había trasmutado en un enjambre humano, no vi un solo hueco donde dar descanso a mi cuerpo, la orilla era una procesión de rumores, los bañistas iban y venían de un extremo al otro caminando con paso cansino.
Apoyé mi desilusión en la blanca baranda que mira al mar y maté mi aburrimiento observando la vida a través de los ojos ajenos. Los tamarindos de austera sombra no impedían que el sol se aparcara sobre mi calva, frente a mí descansaban sentados en un banco una pareja de ancianos, si no fuera porque él fumaba, hubiera dudado si estaban vivos o eran dos estatuas petrificadas, al fondo, gritando con desgana, una mujer teñida de blanco ofrecía a los viandantes barquillos y patatas, dos jóvenes de aspecto nórdico arrastraban en sus espalda unas enormes mochilas, me pregunté si viajar de esa manera tendría algún encanto. No sé a ciencia cierta si me dormí o soñé despierto, o, quizás, fue la luz de sol quien cegó mis pupilas, lo único que recuerdo es un mudo murmullo que ascendía desde la playa hacia el paseo desierto, recordé en ese sueño los días gélidos del invierno, cuando añoraba estos calores que ahora desprecio, y ahora, que me derrito entre sudoraciones anhelo aquellos días en que el frío me calaba los huesos.
¡Qué vida esta! Siempre deseando aquello que no tenemos, el verano en el invierno y en el otoño, cuando las hojas caen al suelo teñidas de ocres muertos, suspiramos por el colorido vivo de la primavera.
Me volví al hotel acompañado de la misma soledad, viendo las miras caras de cansancio, el mismo rumor del enjambre playero y los niños seguían en el parque encharcados de los mismos sudores, ajenos a este verano qué es un infierno.
XLVIII
Se oye un lejano rumor, dudo si serán los ecos de una añoranza o sus pasos que la traen de vuelta. Ha pasado ya tanto tiempo desde aquella despedida que no alcanzo a ver su rostro en mi recuerdo.
En el transcurrir del tiempo se perdió mi memoria, fueron desvencijándose sus facciones una a una, diluyéndose en el aire sus aromas, la cadencia de su voz se fue confundiendo con el murmullo de las olas y ahora que el eco viajero me transporta hacia su evocación, se despiertan mis alegrías y mis latidos se aceleran.
Fueron días de sol claro los que compartí entre sueños, efímeros como el vuelo de una libélula, profundos como el aroma de los jazmines de su tierra. Los creí inhumados entre las tierras del olvido y, ¡Incauto de mí,! Ahora que percibo los primeros acordes de su melodía, resucita la alegría en mis pupilas y en mi ceño se dibujan nuevas sonrisas.
Quizás todo sea un dichoso sueño, un sueño de eso que pueblan de espejismos mi cabeza, el sueño de una noche otoñal mecido entre lluvias, un sueño que al despertar por la mañana con el canto del gallo, me abofetee el rostro con la crueldad de la realidad sin máscaras y cruce esa línea imperceptible en que los sueños se trasmutan en pesadillas y los engaños en verdades.
Me cansé de esperar, me cansé de seguir acurrucado en la vereda y opté por seguir caminando por el sendero de la vida. Ahora que tropiezo en esta encrucijada con las resonancias de su canción, mi lengua tararea entre susurros las letras de aquel poema donde deposité, encubierto entre los recovecos de las estrofas. Mi confesión de amor, mi entrega.
No quiero, porque me hace daño, volver a declamar aquellos versos, no quiero gritarle al mundo mis sentimientos, ni quiero, volver a confesarle que la quiero como nunca la han querido, porque lo que quiero es este vivir placentero esposa a la soledad fiel que siempre me acompaña, a este estar sin ser, viviendo con mis limitaciones, llorando en silencio y riendo cuando los ojos ajenos se instalan sobre mi cuerpo. Vivir entre olvidos y no despertar lacerantes recuerdos.
XLIX
Ayer me acosté con una duda rondando por mi cabeza, entre las sábanas fui meciéndola hasta que mis párpados vencieron en la batalla y la duda se esfumó entre las brumas de mi sueño. Hoy despierto a un día nuevo, la luz aclara mi mirada y la duda que ayer me rondaba seguía hoy esperándome a los pies de la cama.
Yo sé, porque muchas veces me lo han dicho, que hay muchas personas que viven convencidas de que dudar es una manifestación de inseguridades. Curiosamente yo soy de la opinión contraria, creo, estoy convencido, que la duda es la más alta expresión de sabiduría, sólo los necios no dudan, dan por bueno aquello que dictan las mayorías, ascienden al estado de naturalidad todo aquello que es cotidiano, sin darse cuenta que no por repetitivo o mayoritario puede algo considerarse natural.
Cotidiano es que vivamos atrapados entre las manecillas de un reloj y, sin embargo, pocas cosas son tan contrarias a la libertad del individuo como esa alineación que destruye nuestra natural tendencia a ser únicos e irrepetibles.
Me llama poderosamente la atención que sea precisamente la palabra "libertad" una de las más manoseadas y, a la vez, una de las menos ejercitadas. Se nos llena la boca de babas cuando vamos transmitiéndola, de boca en boca como si de un beso se tratara, pero cuánto miedo nos da que anide en nuestras entrañas.
Hoy leía a dos personas, dos personas que en otras ocasiones trataban de darme lecciones. Hoy leo sus manifestaciones y en mi rostro se dibuja una sonrisa improvisada, es una sonrisa que muestra una mezcla de ironía y alegría. Una de ellas se escandaliza porque en Madrid han ganado las derechas, pero no contenta con expresar su pesar, culpa de ignorancia a los votantes y me deshonestidad a los votados. Acaso no es eso la libertad, que cada persona atesore un voto y que cada cual lo utilice a su libre albedrío. Descalificar a los votantes del partido contrario sólo está a un paso de negarles su libertad, esa libertad de la que tanto cacareamos, creyéndonos sus propietarios.
El otro caso que he leído es, para mí, mucho más sangrante porque me afecta en lo personal y afectó no hace mucho tiempo a mi dignidad. Aun no han callado los ecos de su crítica, sus gritos pidiendo mi cabeza y hoy, por esas casualidades del azar, él enarbola la bandera de la intransigencia, amparándose en que está en su derecho, aquel que a mi me negó, de actuar como le plazca. Imagino que el coro de plañideras que le aplaudió cuando pedía que rodara mi cabeza, hoy callaran atrincheradas en la cobardía de los que no dudan y prefieren antes de enfrentarse a su libertad, esconderse en ese rebaño de ovejas al que llamamos "mayoría".
Ayer me acosté con una duda, la misma duda que hoy me esperaba a los pies de mi cama, pero las cotidianas realidades de esta vida de monotonías, ha distraído mis neuronas y dejaré que la duda persista para que esta noche vuelva a rondar por mi cabeza y mañana, si despierto, me esté esperando, de nuevo, a los pies de mi cama.
XLIX
Y aquella duda obstinada que desvelaba mis insomnios, sigue acostándose cada noche entre mis sábanas. Ayer quise huir despistándola al doblar una esquina, aceleré mis píes cansinos y me refugié entre amigos, cenamos entre risas y al final de la velada, cuando la luna tocaba sus castañuelas y el sol se rendía en una larga somnolencia, participé en un conjuro de fuego con sonido de gaitas. Un queimada donde la tierra, el fuego y el agua se aliaron para purificar mi alma, deseaba que con ese brebaje huyeran de mis entrañas esas dudas que se adhieren a mi sombra y siempre me persiguen como un fantasma. No fue posible.
Antes de acostarme una voz en letras con sentida sinceridad me preguntaba por el amigo, aquel que hoy llora en silencio, reclama el retorno al escenario donde antaño se mecían estos insomnios, me hablaba de nuevas templanzas, nuevos horizontes por donde asoma el sol vestido de cantos sosegados y la duda vuelve a estornudar en mis narices, las preguntas asaltan mis neuronas y me interrogo sino seré yo y mi amigo los causantes del desasosiego o si serán las envidias y los vanos intentos de enmudecer las voces de los poetas, las infantiles competitividades, los inconfesables deseos de los destructores para construir sobre las ruinas. Preguntas sin respuesta, datos amontonados en un estante, empaquetados en silencios, convicciones, enmudecimientos de cobardía que fueron cómplices en la batalla cruenta a la espera de que enterrados los cadáveres pudieran vitorear al los vencedores.
¿Y qué más da? Si el tiempo es imperceptible y va borrando las cicatrices, cerrando las llagas por donde se desangran las hipocresías, si el tiempo va ordenando las estanterías y cada libro se acomoda en su estante y cada ego se busca su tumba.
Y hoy me despierto desvelado por la las primeras luces del nuevo día, y ella sigue allí, obstinada, esperando mi vigilia para hospedarse como cada día entre mis neuronas y recordarme que la su presencia es el mudo testigo de que por mis venas aún corre la vida.
L
Llevo cuatro noches trasnochando, cargando mis alforjas de sueño, acortando las noches y alargando las madrugadas.
Me pregunto cuál es le hechizo de la noche para que en su útero nos acomodemos buscando el calor de una buena charla, esas palabras que se vierten entre copas, esas despedidas que nunca cuajan, las risas de madrugada y los bostezos al atraparnos el alba.
Cuatro noches seguidas más otra que se añadirá en esta jornada, son muchas noches en vela, muchas horas robadas al sueño, hurtándome mis cotidianas huidas a través de mis insomnios.
Y sin insomnios agonizan mis palabras, se está secando la fuente de donde manan esas letras que, encadenadas, van formando frases que explican el fluir de los sentimientos que se hospedan en mis entrañas, Mis insomnios son como una esponja que van humedeciéndose gota a gota y que cuando lo exprimo, chorrea un hilo de emociones que va mojando el folio con párrafos donde voy dejando constancia de esta vida por la que trascurre mi existencia, una vida como tantas otras, embarazada de monotonías que a casi nadie interesan, una vida prosaica que mientras vegeta va observando las vidas de otras gentes, sus contradicciones, sus lamentos y alegrías, y los anota en su libreta para mirarse en ellas como quien mira un espejo y ver en sus miserias la mías.
Hace ya mucho tiempo le escribía al Alma mía, cada mañana al desprenderse el sueño de su efímera agonía, corría alocado para armarme con un lapicero y desatar una batalla, quería dejar constancia de esas noches en que mientras duermo no vivo, porque parezco muerto, mis ojos clausurados, mis recuerdos borrados y sólo algunas veces entre las legañas recogía en mi cuenco algún recuerdo de lo soñado.
Hoy no recuerdo los sueños, porque mi sueño es escaso, le robo las horas a la noche resistiéndome inútilmente a padecer esa hibernación noctámbula en que aunque respiro, no siento, porque mi sentimiento huyó contigo.

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Actualizado 21.05.04 |