NICARAGUA - OCOTAL



   Quizás mi visión de Nicaragua sea muy parcial, ya que toda mi estancia se ha desarrollado en una sola ciudad: Ocotal y, tal vez, no sea Ocotal un pulido espejo donde se refleje con nitidez la realidad nicaragüense, aunque desgraciadamente me temo que lo que viví en “Pueblos Unidos”, un barrio de calles polvorientas y miserias enclaustradas tras las paredes de adobe de sus casas, sea muy similar a la vida que late en la mayor parte del país.

   Viajé a Nicaragua como cooperante de la ONG “Norte Sur Solidario”. Salí de España una fría mañana de invierno, abrigado con un manto de ilusiones y los ojos bien abiertos. En el avión, mi casual compañera de asiento —Ligia— que viajaba desde España a Nicaragua en busca de sus hijos para traerlos con ella hacia el paraíso de la emigración, ya me ilustró sobre las miserias en la que sobrevive una población adormecida con los demagógicos discursos de una clase política corrupta e insensible.
   Y me encontré con Managua en una noche cálida, allí me esperaban dos amigos con la mirada cansada de escepticismos, pero con un profundo brillo de esperanza: el bullicioso Rafa y mi anfitrión Paco. —ambos gallegos y hombres de mar, fondeados en la seca sabana de las Segovias— Al día siguiente ellos me condujeron hasta Ocotal, mi meta.
   Ya me habían advertido antes de viajar, que la noche en Managua está ensombrecida por la desafiante oscuridad de la delincuencia. Un “chele” no debe arriesgarse a caminar por sus calles después del crepúsculo. Y aquella noche, siguiendo sus consejos, no salimos del hotel, nos refugiarnos en una larga conversación bañada entre cervezas, que rematamos con un apacible sueño.


   La pobreza, la injusta e inhumana pobreza en que sobreviven las gentes de Nicaragua, empuja a los más desesperados a robar, sin que nadie ponga remedio ni a los robos, ni a lo que es aún mucho más sangrante: la miseria de sus gentes.
Muy de mañana partimos en un taxi hacia nuestro destino. En tres horas y media recorrimos los algo más de doscientos kilómetros de distancia, rodeados de un paisaje triste y seco que descansa a los píes de la “Panamericana”.
   Ya en Ocotal pude percibir —en las sonrisas siempre dispuestas de sus gentes— el olor agrio de la pobreza. “Pueblos Unidos” es un barrio joven y destartalado, construido con la ayuda exterior tras la tragedia del Mich. Me explicaron que sus calles agrietadas y secas se inundan cada amanecer de cientos de ecos que manan del griterío de los niños y que de sus expresivos ojos infantiles brota desaforada una vitalidad que pone de manifiesto que la miseria no es capaz de hurtarles la alegría de vivir.


   Por lo general asociamos la pobreza a la falta de recursos económicos, al hambre y a la carencia de comodidades y nos pasan desapercibidas otras penurias qué, —al menos me ha ocurrido a mí— son, en algún modo, paradigmáticas de lo que significa verdaderamente ser pobre. Y eso me hace pensar en aquellos niños y del fondo de mis evocaciones sobresale con vigor un detalle que, aun siendo algo banal, me resulta muy ilustrativo: Que casi el 50% de la población nicaragüense sea analfabeta es algo que, aun siendo escandaloso e incomprensible, es entendible para una mentalidad europea. Que el 90% de la población de Ocotal no haya visto jamás el mar, es algo que también entra dentro de nuestros esquemas racionales, pero que una mayoría de los niños del barrio de “Pueblos Unidos” no tenga una imagen de referencia de su físico y, sobre todo, de su rostro y desconozca como es él, porque jamás se ha visto en un espejo, es algo que a mí me ha impactado.
   Ahora, que tras enriquecerme espiritualmente durante un largo mes en Ocotal, he vuelto a casa, me encuentro con otra realidad. Khan —mi perro— me esperaba ansioso y al observar su alegría me ha conducido, de nuevo, a meditar sobre cuán injusta es la vida.
   Mi perro vive mejor que muchos de los niños de “Pueblos Unidos”: tiene la comida asegurada, el calor y la comodidad de un hogar, la higiene y los cuidados médicos asegurados.


   Es injusto que aquí —en Europa— un perro viva mejor que un niño en Ocotal. O quizás debería decir que es injusto que haya niños en el mundo que vivan peor que los perros.
   Recuerdo las caras de aquellos niños, sus modos ansiosos de devorar la comida que cada día les servíamos en el comedor de la ONG, su vitalidad rebelde y alborotadora, sus pies descalzos, los andrajos que vestían sus cuerpos sucios por falta de agua y jabón, su interés porque les fotografiaran, el ritmo con que contornean su cuerpos al son de una música alta que se cuela en la calle desde las ventanas de algunas casas, su interés por verse reflejados en —para ellos— mis extraños ojos azules, sus ansias de poseer, su resignación ante la carencia, su callada sumisión…
   Son los niños y los ancianos, las víctimas inocentes de la humillante desestructuración familiar. Madres aún niñas, con quince años abandonadas en su infortunio, niños sin padres, hermanos sólo de madre, niños con abuelas porque sus madres —solteras— han emigrado a España. Familias numerosas monoparentales. Uno de mis múltiples trabajos fue rellenar una ficha a las madres que querían que acogiéramos a sus hijos en nuestra guardería infantil. De todas ellas —con hijos de tres meses a tres años— ni tan siquiera una, vivía con el padre de sus hijos.


   Raquel, mi tierna amiga Raquel, con esa serenidad que da la sabiduría de quien ha sufrido un calvario de injusticias, me relataba con voz queda uno a uno los hitos que como jirones arrancados de su alma, jalonaban su inocente vida: Mi madre me regaló cuando sólo tenía dos años. A los catorce me reclamó para venderme en matrimonio. Con diecisiete me abandonaron con dos hijos. Con veinte me volvieron a sonreír y Dios me bendijo con un nuevo vástago y, de otra vez, la huida del macho. Me plantó en medio de un desierto de soledades… Historias de almas olvidadas que se repiten en cada mujer, en cada niño, en cada mirada.
   Evoco a Marieta, una anciana, una de esas pocas heroínas que han sobrevivido más allá de la inexpugnable frontera de los setenta. O quizás no había llegado, y su rostro surcado por cientos de profunda arrugas me engañó. Allí se vive, también, una vejez prematura. Aquella abuela que cada mediodía armada de un viejo vaso de plástico y una raída tartera —también de plástico— acudía a recoger su comida a nuestro comedor. Recuerdo su sonrisa perenne, su humor irónico, su escenificación en la inauguración de la guardería interpretando escenas cómicas de la vida nica. Y recuerdo aquel viernes que entre bromas le comenté “este fin de semana comerá mejor en su casa” y ella, clavando su mirada en mis ojos, con su sonrisa natural me contestó que el sábado comería la mitad de la ración que hoy le dábamos y que el domingo haría ayuno. “No tengo dinero para comprar comida.” Y Albert, una vez más, echó mano a su bolsillo para comprar arroz y frijoles y llevárselos a su casa.


   Albert es un ejemplo a emular Un hombre bueno. —creo que son innecesarios más adjetivos— Abandonó su cómoda vida en España, sus onerosos ingresos, su agitada profesión de agente artístico, para exiliarse es este rincón olvidado del mundo y dedicarse por entero a vivir compartiendo miserias y sonrisas. Estoy convencido de que es un hombre feliz. Él, junto con Paco —una víctima del “Prestige”— dibujan cada día cientos de sonrisas de estreno en los rostros de los desventurados niños del barrio de “Pueblos Unidos” de Ocotal.
   Si yo fuera gobernante —algo a lo que no aspiro— invertiría parte del presupuesto de educación en enviar a pueblos, como éste de Ocotal, a todos los niños de Europa. Bastaría que estuvieran un mes allí para que vieran con sus propios ojos la fortuna de la que gozan y que, con demasiada frecuencia, no la valoran. Quizás alguno aprendiera a diferenciar entre la necesidad y el capricho.


   Ahora, algún amigo en España me preguntan —no sé si por ignorancia o por hipocresía— por qué pierdo mi tiempo viajando como cooperante para ayudar a las gentes de un país lejano que está gobernado por codiciosos y corruptos políticos a los que sus víctimas les veneran. “Hay que dejarlos que sufran, a ver si de una vez por todas se rebelan contra la injusticia.” Y yo callo. Callo para no despertar a mi amigo de su pesadilla, para no borrar las huellas de la amargura en su rostro, para que siga creyendo que su infeliz vida es la mejor de las vidas posibles. Callo para que pueda seguir ciego acomodado en sus mentiras. Para que sufra en silencio engañándose y siga pensando que lo tiene todo, cuando en realidad está vacío.


Y me pregunto, ¿quién es el más pobre?
 

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