LOS HISPANOS

EN

ESTADOS UNIDOS

DE AMÉRICA

 

 

Tras el descubrimiento de América por los españoles en el año 1492 se desató a lo largo del siglo XVI un cierto entusiasmo entre algunas minorías de la población española por la colonización de aquellas nuevas tierras.

Aventureros, militares, campesinos, sacerdotes y ambiciosos de todo pelaje se embarcaron hacia la nueva tierra prometida buscando gloria, riquezas, almas que salvar, tierras o un lugar donde rehacer la vida.

Los españoles centraron su colonización desde lo que hoy son los estados sureños de los Estados Unidos hasta las tierras australes de lo que hoy son los países de Chile y Argentina. Las tierras más al norte fueran colonizadas por, los entonces, rivales de la corona de Castilla, ingleses y franceses; y por el tratado de Tordesillas nuestros hermanos portugueses colonizaran un vasto territorio donde hoy se encuentra el estado del Brasil.

Sería una falta de rigor afirmar que la colonización fue pacífica, como también es una falacia el afirmar, como muchos lo hacen hoy día, que fue violenta, pues en tan vasto espacio y con tal diversidad de etnias hubo de todo. Hubo etnias que acogieron a los colonizadores como sus salvadores aliándose con ellos, otras que pactaron un convivencia relativamente armoniosa y las menos, que se enfrentaron a ellos con todas sus fuerzas.

Muy en contra de lo que muchos iletrados piensan, la mayoría de las muertes de los amerindios no fue provocada por la acción militar ni el duro trato a los trabajadores reclutados por la fuerza. La violencia y la desconsideración humana, por brutales que fueran, no constituyeron el factor principal para que las poblaciones amerindias se desintegraran como lo hicieron. Habremos de admitir que a los propios colonizadores, como hoy lo es a sus descendientes, los actuales detentadores del poder político y económico en América Latina, no les interesaba que disminuyeran los potenciales contribuyentes y la mano de obra barata. El principal papel destructivo fueron las enfermedades contagiosas provocadas por infecciones.

Tomemos como referencia para ilustrar esta idea algunos párrafos del libro “Plagas y Pueblos” de William H. McNeill.

“Los habitantes del Nuevo Mundo no eran portadores de ninguna infección grave transferible a los europeos o africanos que se introdujeron en su territorio –a menos que, como algunos aún creen, la sífilis fuera de origen amerindio- mientras que en cambio la brusca confrontación con la larga nómina de infecciones que europeos y africanos habían ido recogiendo a lo largo de cuatro mil años de historia civilizada provocó un desastre demográfico masivo entre los amerindios.

El primer encuentro fue en 1518 cuando la viruela llego a la isla La Española y atacó tan virulentamente a la población indígena que según Fray Bartolomé de las Casas sólo sobrevivieron un millar de indios. Desde La Española la viruela viajó a México y desde allí al resto del continente. Así la difteria, las paperas y brotes recurrentes de las dos grandes enfermedades mortales, la viruela y el sarampión, aparecieron a intervalos durantes los siglos XVI y XVII”

Un caso relativamente reciente ilustra hasta qué punto puede ese proceso ser cruel y aparentemente irresistible. En 1903, la tribu sudamericana de los cayapós aceptó a un misonero –un solo sacerdote- que se esforzó por salvaguardar a su grey de los males y peligros de la civilización. Cuando él llegó, la tribu tenía entre seis y ocho mil miembros, pero sólo quinientos sobrevivían en 1918. En 1927 sólo quedaban 27, y en 1950 existían aún dos o tres individuos descendientes de los cayapós, pero la tribu había desaparecido, y esto pese a las buenas intenciones y al deliberado intento de proteger a los indios de la enfermedad y de otros riesgos del contacto con el exterior.”

Se puede e incluso, creo yo que se debe ser todo lo críticamente necesario con las colonizaciones, pero sin perder de vista la dinámica real de la historia, ya que en la historia resulta impracticable la edificante exhortación de “que cada uno se quede en su tierra sin invadir la ajena”  y no lo es no sólo porque se negaría el dinamismo a los aconteceres humanos, sino porque toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue totalmente pacífica.  Y de este concepto hablaremos más adelante cuando analicemos la realidad actual de los hispanos en Estado Unidos.

Quisiera trasladar a este escrito unos párrafos de Vittorio Messori de su libro “Leyendas negras de la Iglesia Católica”  para tratar de ilustrar la realidad de esa colonización que con el discurrir de los años germinó en lo que hoy conocemos como cultura hispana.

“A menudo se finge ignorar que las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros no estuvieron determinadas ni por los arcabuces ni por los escasísimos cañones (que con frecuencia resultaban inútiles en aquellos climas porque la humedad neutralizaba la pólvora) ni por los caballos (que en la selva no podían ser lanzados a la carga)

Aquellos triunfos se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. Por lo tanto, más que como usurpadores, los ibéricos fueron saludados en muchos lugares como liberadores. Y esperamos ahora a que los historiadores iluminados nos expliquen cómo es posible que en más de tres siglos de dominio hispánico no se produjesen revueltas contra los nuevos dominadores, a pesar de su número reducido y a pesar de que por este hecho estaban expuestos al peligro de ser eliminados de la faz del nuevo continente al mínimo movimiento. La imagen de la invasión de América de Sur desaparece de inmediato en contacto con la cifras: en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el periodo de la conquista desde la Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a la Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total 27.787 personas en ese medio siglo.”

Y sigamos leyendo a Messori para que podamos entender la génesis del significado del concepto “hispano”.

“Por lo tanto al juzgar la conquista europea de las Américas será preciso que nos cuidemos de la utopía moralista a la que le gustaría una historia llena de reverencias, de buenas maneras.

Aclarado este punto, es preciso que digamos también que hay conquistas y conquistas y que la católica fue ampliamente preferible a la protestante.

Efectivamente, las cifras cantan: mientras que los pieles rojas que sobreviven en América del Norte son unos cuantos miles, en la América ex española y ex portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y, sobre todo en Brasil, con africanos.

La cuestión de las distintas colonizaciones de las Américas (la ibérica y la anglosajona) es tan amplia, y son tantos los prejuicios acumulados, que sólo podemos ofrecer algunas observaciones.

Volvamos a la población indígena, tal como señalamos prácticamente desaparecida en los Estados Unidos de hoy, donde están registrados como <<miembros de tribus indias>> aproximadamente un millón y medio de personas. En realidad, esta cifra, de por sí exigua, se reduciría aún más si consideramos que para aspirar al citado registro basta con tener una cuarta parte de sangre india.

En el sur la situación es exactamente la contraria; en la zona mexicana, en la andina, y en muchos territorios brasileños, casi el noventa por ciento de la población o bien desciende directamente de los antiguos habitantes o es fruto de la mezcla entre los indígenas y los nuevos pobladores. Es más, mientras que la cultura de Estados Unidos no debe a la india más que alguna palabra, ya que se desarrollo a partir de sus orígenes europeos sin que se produjese prácticamente ningún intercambio con la población autóctona, no ocurre lo mismo en la América hispano-portuguesa, donde la mezcla no sólo fue demográfica sino que dio origen a una cultura y una sociedad nuevas, de características inconfundibles.”

En este punto, abandonemos a Messori para adentrarnos en la realidad de los hispanos en los Estados Unidos. Busquemos con precisión el concepto de qué es realmente lo “hispano.” Es una cultura nacida del mestizaje, primero del mestizaje de las diferentes culturas españolas y luego de éstas con el amplio abanico de culturas indígenas americanas y en menor medida, aunque también, de las africanas que allí recalaron con la esclavitud, basada en dos pilares que la hacen totalmente singular, la lengua y la también mestiza religión, que con origen europeo asumió consciente o inconscientemente gran parte de las tradiciones religiosas de los indígenas, así pues dejemos claro desde ya, que lo hispano no es una raza, como nos consideran muchos de los ciudadanos de Estados Unidos por sus prejuicios raciales, sino una cultura mestiza.

Mestizaje que culmina la mezcla de raíces múltiples anteriores de las Españas, celtas e iberos que fueron bañados por la sabia de romanos, visigodos, árabes, cristianos. arrianos y judíos y que en aquella época de finales del siglo XV mientras los guardianes de la pureza cultural desenvainaron la espada de la intolerancia, el cántico universal de los poetas rescatará la fuerza aglutinadora y mestiza de lo hispano. 

 

A mi entender cuando los intelectuales o los medios de comunicación españoles analizan el mundo hispano en Estados Unidos suelen generalizar y caen involuntariamente en dos errores que difuminan esa realidad compleja de un colectivo heterogéneo. Por un lado generalizamos y los vemos como una comunidad definida y por otro mitificamos su poder e influencia social.

El primero de los errores es pensar que los hispanos son “una” comunidad sólida, un colectivo definido con una misma problemática, una misma forma de vida y una misma perspectiva de futuro. Y eso no es así, los hispanos en este país conforman muchas comunidades con intereses en muchos casos contrapuestos, sin identificación alguna como grupo homogeneo, sin liderazgos ni metas comunes. Salvo la cultura, poco tienen en común un “mojado”  que ha cruzado clandestinamente el desierto de California o el río de Texas, con otro hispano que trabaja como profesional en Nueva York o un potentado exiliado económico, que vive en alguna zona residencial de Miami Beach. Y entre ambos extremos existe una enorme gama de situaciones y proyecciones diferentes que les hace irreconciliables a la hora de construir una comunidad sólida unívoca, consciente de su poder y con intereses políticos y sociales similares, que luche por su dignificación y reconocimiento como ciudadanos en un país donde viven la paradoja de ser, a la vez que necesarios, temidos por su natural numantismo en la defensa de sus tradiciones y su cultura.

Quizás esa falta de conciencia como comunidad definida con intereses comunes, provoca esa lucha individual que cada uno lleva por su cuenta; esa carencia de conciencia grupal y la total ausencia de liderazgos que les anime a unirse en pro de la defensa de sus intereses como comunidad singular es su talón de Aquiles y lo que a largo plazo puede terminar con ellos, diluyéndolos en el seno de la comunidad gringa como han hecho con prácticamente todas las minorías del país.

Salvo los políticos profesionales hispanos que con picaresca y demagogia se han aprovechado del voto hispano para medrar, pocos han tratado de dar sentido a su pertenencia a esta singular comunidad; hay mucho miedo y demasiado egoísmo como para intentar liderar a una comunidad tan heterogénea, individualista  y rebelde como la hispana y quienes lo han intentado, como fue el caso de Chávez, un “espalda mojada” que unió a los braceros de los campos de California para reivindicar sus derechos con huelgas pacíficas, son asesinados sin que, como pasa en tantas ocasiones en Estados Unidos, se supiera nunca quienes fueron sus asesinos, o quizás debamos escribir, que fue asesinado por quienes todos conocen y nadie se atreve a señalar.

El mayor enemigo de la justicia y la libertad en este país es ese silencio cómplice de sus ciudadanos, esa aceptación sumisa de la utilización de cualquier medio si el fin lo justifica, esa identificación con el poder que les empuja a ser delatores de sus propios vecinos o familiares. Y lo que es peor, en muchos casos el mayor enemigo del hispano son los propios hispanos.

La realidad es que, si analizamos ecuánimemente la sociedad norteamericana, se percibe nítidamente el desamparo y la marginación en la que vive en general el mundo hispano. Los millones de hispanos que trabajan y habitan en los Estados Unidos conforman la minoría más numerosa, desarrollando, en general, los trabajos más ingratos y peor remunerados, son, en muchos casos, los parias de la sociedad norteamericana.

Para el gringo medio, persona de escasa cultura humanista, el hispano es un inadaptado al que le cuesta integrarse, una minoría que no asimila a ojos cerrados, como lo han hecho el resto de la minorías que han recalado en este país, lo que los gringos consideran su envidiable sociedad, manteniendo a los hispanos en el segmento más bajo de su escala social.

Pero si eso es indiscutiblemente así a lo largo y ancho de la geografía estadounidense, algunos hispanos han logrado el milagro de cambiar drásticamente ese estatus en muchos lugares y por todo ello o a pesar de ello, hoy lo hispano interesa en Estados Unidos e interesa de muy diferentes modos, económica, política y socialmente.

Económicamente los hispanos son entre otras cosas, una mano de obra barata, pero son también el motor económico de la ciudad más dinámica del país, la de mayor crecimiento económico y demográfico, Miami; son así mismo un enorme grupo de consumo, millones de personas que se alimentan, visten, ahorran y gastan, a veces más que los propios gringos.

Los políticos por su parte saben que los hispanos suman muchos votos y son decisivos en algunos estados, prueba de ello son las últimas elecciones presidenciales, que se decidieron en La Florida, estado donde los hispanos tienen mucha influencia y donde salen elegidos como senadores, congresistas y alcaldes de sus comunidades. No es extraño pues que candidatos a cargos públicos hagan cada día con más frecuencia algunos de sus demagógicos discursos en español y para los hispanos.

Socialmente su influencia es notoria en algunos estados donde en sus calles y establecimientos comerciales se oye hablar en español más que en inglés y, así mismo, la vecindad al sur de sus fronteras con un amplio campo para los negocios y el ocio, ha logrado que, por ejemplo, en torno al noventa por ciento de los estudiantes universitarios estadounidenses hayan elegido como segunda lengua el español y que sea esta la lengua no materna más conocida en toda la Unión.

Quizás sea esta la mayor conquista y el mayor vínculo entre los hispanos, el mantener viva su lengua en un país muy poco permeable a lo foráneo y que se niega con empecinada tozudez a consentir cambios en sus tradiciones anglosajonas.

La población hispana se concentra mayoritariamente en los estados sureños, tierras que otrora fueron descubiertas y colonizadas por los españoles y que como mudos testigos está plasmado en los nombres de sus estados,  pueblos, calles y plazas. Quedan añejas denominaciones para la memoria histórica, esa memoria que casi nadie tiene en Estados Unidos. Nombres de ciudades como la más antigua del país, San Agustín en la Florida descubierta por Ponce de León; ciudades como Mesilla en el Nuevo México colonizado por Juan de Oñate y que en su plaza principal un placa recuerda a los visitantes la entrega de este estado por los corruptos gobernantes mexicanos a los poderosos gringos; todo el sur del país está salpicado de topónimos que les recuerdan a los hispanos que hoy mendigan el derecho a vivir y trabajar en esas tierras, que un día no muy lejano fueron suyas.

Para el norteamericano medio el paradigma del hispano era y aún sigue siéndolo para muchos, un indio de piel morena y cabellos lacios, sumiso, ilegal y mano de obra barata. Muchos de ellos siguen pensando en nosotros como un raza sin admitir la realidad de que nuestro vinculo de identidad es una cultura y de que entre los hispanos hay efectivamente indígenas, pero también hay blancos, mestizos, mulatos y negros; que tenemos cabellos lacios y rizados, rubios, castaños, morenos y negros.

Los más avispados ya se han dado cuenta de ello, pero no desean que pasemos desapercibidos e igual que en su sutil política de integración racial condenan a los negros a vivir en barrios sólo para negros, les resulta más difícil controlar a los hispanos por ese abanico de razas que atesoramos y han ideado otros modos de identificarnos; así en los impresos de solicitud de trabajo hay un apartado racista donde el solicitante debe declarar su raza. En ese impreso podemos leer: Etnic background – whitw not from hispanic (raza blanca – no hispano) pero no acaba ahí todo, ya algunos se han percatado que también hay hispanos negros y en la solicitud de empleo de una Universidad de la Florida que ofrece en su pagina de la internet, en el segundo apartado hace esa distinción “negro no hispano.” Pareciera que los hispanos blancos son menos blancos que los gringos y los negros menos negros. Obviamente al final del impreso aparece como si de otra raza se tratara, la pregunta de si el solicitante pertenece al grupo hispano.

La persecución a nuestra cultura no termina ahí, hay muchas empresa en Estados Unidos que sancionan a sus trabajadores si en sus horas de trabajo utilizan para comunicarse entre ellos otra lengua diferente al inglés, obviamente esa otra lengua suele ser siempre el español.

Viajando por los diferentes estados se percibe nítidamente esa diferencia de las distintas comunidades hispanas, al norte, en Nueva York y sus alrededores hay un abanico amplio de procedencias hispanas, y una diversidad amplia de ocupaciones, no son la población mayoritaria pero su presencia se deja sentir nítidamente, aquí se encuentra la colonia más importante de portorriqueños.  En los estados del sur la concentración de hispanos es mayor, siendo en muchas ciudades la comunidad más importante. Quizás sea Miami el ejemplo más relevante, los hispanos son prácticamente la totalidad de la población, ocupan todos los estamentos sociales y no sólo no estás segregados sino que pudiera decirse que son ellos los más influyentes en la economía, la política y la sociedad miamense. Según nos desplazamos hacia el oeste, la situación cambia drásticamente, aún cuando son una minoría notable y en algunas ciudades quizás sean la comunidad más numerosa, su influencia pasa desapercibida en los núcleos de poder, tanto en Texas, Nuevo México, Arizona o California, los hispanos son la mano de obra barata en la industria y los servicios, los jornaleros del campo y muy pocos porcentualmente alcanzan puestos destacados. En el resto del país su presencia es menos perceptible, pero es normal encontrarte miembros de esta comunidad en el lugar más insospechado.

Es curioso que ni tan siquiera es parecida su situación en los que no tienen sus papeles en regla, en los estados de suroeste la mayoría de los hispanos son  de procedencia mexicana o centroamericana y han llegado cruzando la frontera clandestinamente, el la Florida además de la numerosa colonia cubana viven cientos de miles de hispanos de las más diversas procedencias, pero pocos mexicanos y centroamericanos, casi todos llegan como turistas, con visados temporales y una vez en Estados Unidos se dedican a buscar un empleo y tratar de sobrevivir sin papeles hasta que logren de algún modo conseguir la residencia.

Obviamente, cuanto más aislados viven más fácil es ir perdiendo su cultura e integrándose en la cultura mayoritaria, son muchos, desgraciadamente, los hispanos que dejan de utilizar su lengua, privando a sus hijos de conocerla desde niños educándose bilingües y luego el tiempo le muestra su error, ya que si acceden a la universidad se verán casi obligados a aprender el español que sus padres se negaron a enseñarles de niños.

Así en los estados donde la población hispana es muy minoritaria la identidad cultural se diluye lentamente o sobrevive resistiendo tímidamente tras las paredes del hogar en el ámbito estrictamente familiar, al otro extremo se encuentra los lugares donde ser hispano es lo habitual y su cultura se desarrolla con naturalidad y en otros estados se está produciendo un nuevo mestizaje que engendra un modo diferente de entender la cultura, este puede ser el caso del movimiento TEX-MEX que está irrumpiendo con fuerza en el estado de Texas y tímidamente en el de Nuevo México

Ese afán de muchas familias de disimular su raíz hispana discurre paralelo a ese otro deseo típico de los nuevos conversos de ser aceptados como buenos patriotas y ejemplares ciudadanos y que empuja a muchos jóvenes hispanos a alistarse voluntariamente en las fuerzas armadas. Hoy los hispanos son la leva de los ejércitos norteamericanos y la prueba más dramática de hacia donde conduce ese infantil patriotismo son las listas de víctimas del ejercito norteamericano en los últimos conflictos bélicos, donde más del cincuenta por ciento de las bajas llevan tristemente apellido hispano.

Hay un detalle que me causó asombro y que muestra su mentalidad egocéntrica contagiada por los gringos, las varias ocasiones en que algún hispano amigo mío, se esforzaba en mostrarme la suerte que tenía de ser europeo en los Estados Unidos, una y otra vez me hablaron de mis ventajas para poder tramitar la residencia en el país y siempre que les cortaba su perorata comentándoles que yo no tenía ningún interés en vivir es USA, que a mi modesto parecer en Europa y concretamente en España se vive muchísimo mejor que allí, que ellos tienen más pero lo viven menos, su rostro se trasmutaba en un gesto de incredulidad, creo que ninguno de mis amigos llego a creer que les estaba hablando con total franqueza. Recuerdo a una de mis amigas que ofendida por mi opinión cuando en adelante se refería a España lo hacia con la expresión irónica de “la perfecta Europa.”

En la última publicación del “Almanaque de evaluación de ocupaciones” donde se refleja un estudio sobre las profesiones con los salarios más altos y más bajos del país, destaca entre los más bajos: meseros (camareros) lavaplatos, niñeras, cantineros, empleados de limpieza y sacerdotes católicos.  No hace falta ser muy avispado ni haber recorrido mucho el país para darse cuenta que esos oficios son mayoritariamente ocupados por hispanos, además de otros peor remunerados que, por su ilegalidad, no viene recogidos en ese estudio oficial.

A grandes rasgos, así vive la minoría más díscola de los Estados Unidos, una comunidad perdida en el laberinto de sus intereses individuales sin encontrar la formula que los aglutine y los coordine, sin un cuerpo de elites que encauce esa rebeldía para lograr su reconocimiento y el debido respeto a su cultura. Una comunidad que sobrevive en una tierra extraña a la que viajaron soñando en busca del paraíso y están realmente muy lejos de alcanzarlo, padeciendo una pesadilla agónica que los conduce hacia la muerte lenta de su cultura engullidos por la cultura gringa dominante, sin ser conscientes que la defensa de su dignidad como comunidad cultural diferente les  otorgaría un mayor respeto, conquistando el derecho a vivir y expresarse con dignidad sin tener que avergonzarse o ocultar su origen hispano.

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