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INSOMNIOS, 

PESADILLAS Y DESPERTARES

 

Estas narraciones son una recopilación de mis escritos mañaneros en el foro de poesía:

http://es.msnusers.com/Saudadesynostalgias/mensajes.msnw

Son soliloquios, monólogos personales donde se abordan diferentes pensamientos sobre el amor, la amistad y el resto de a emociones que nos definen como humanos.

QUINTA FASE

SEXTA FASE

V FASE

I
Llueve. Mis alas humedecidas no me permiten volar, hoy pasaré el día acurrucado en el nido, me acunaré con los recuerdos del ayer y las fantasías del mañana, huyendo de un presente de estos huecos que horadan mis vísceras, de un hoy sin esperanzas.
Trataré de llenar tu ausencia embriagándome de letras, dejaré que siga cayendo mi cuerpo hacia el vacío, necesito llegar al fondo, palpar que no hay nada más allá, que la caída ha llegado a su final, sólo así podré elevar mi mirada hacia el cielo y tratar de emplumar mis alas para volar de nuevo.
Fracasamos en nuestra travesía, naufragamos en el primer embate con las olas y de
nuevo nos regalamos una nueva oportunidad, sin darnos cuenta que el lastre que llevamos en nuestros corazones nos impide flotar. 
Ni tú, ni yo somos culpables, simplemente somos diferentes, a ti te gusta huir y a mi no me agrada esperar. El cirio que prendimos una noche de primavera se va apagando lentamente con la muerte del otoño, la llama parpadea, cambia el tono de su brillo y poco a poco en una lenta agonía dejará de iluminarnos. 
Yo soy hombre de mar y a ti te gusta sembrar en tierra, te harás vieja entre las flores de tu jardín y a mi me ahogarán las olas, una bandada de ánades te acompañaran en tu último viaje, a mi me comerán las carroñeras gaviotas, mis eternas compañeras y quizás en ese otro mundo, si lo hubiera, podamos volver a mirarnos a los ojos, con aquella misma sonrisa que nos regalamos en nuestro primer día. 
Marcha tranquila compañera, busca entre las flores la más bella, que hoy llueve y yo pasaré el día acurrucado en el nido, me acunare con los recuerdos del ayer y las fantasías del mañana, tratando inútilmente de olvidar que un día te quise como nadie nunca podrá quererte.

II
Ayer el frío se presentó insolente, fue algo más que un aviso de la llegada del invierno, fue el invierno mismo que se coló en nuestras vidas sin previo aviso, ayer pasee por la orilla del río y me tararearon una vieja canción, aquella que comienza con una negación y termina con u no. Ayer la noche se hizo negra y mi sueño más profundo.
Hoy despierto entre cantos lejanos que me traen los recuerdos de aquellos otros inviernos en que la vida me empujaba a su capricho y yo, forzado, madrugaba para ganarme a vida, entonces el frío era un suplicio al que con rabia me enfrentaba, hoy lo miro con ojos de escepticismo, ya no le tengo miedo al silente frío, cuando percibo que se acomoda tras los cristales de mi ventana le saludo con una sonrisa, abrigo mi cuerpo y salgo a su encuentro. Juntos los dos caminamos entre las calles semidesiertas, fijándonos en esos cuellos encogidos, esas manos atrapadas entre guantes, los rostros enmascarados tras una bufanda y los cuerpos enfundados entre pieles muertas de otros mamíferos. 
Hoy quiero estrenar una sonrisa para dedicársela a los viandantes que se crucen en mi camino para recordarles que en los días del estío, cuando nuestros cuerpos se bañaban en sudores, ansiábamos este frío que ahora nos acompaña, para guiñarles mi mirada con un gesto cómplice y mostrarles que los hombres nunca nos conformamos con lo que tenemos, que en el verano deseamos que haga frío, en el otoño cuando la hojas caen muertas al suelo teñidas de ocre, quisiéramos ver el mundo colorido de la primavera o cuando la soledad nos viste de imaginarias libertades deseamos esa caricia que ayer despreciamos. Ayer hizo frío.

III
Ya ha llegado el invierno, llegó vestido de frío, de ese frío que se instala en el alma llenando los vacíos de gélidas tormentas, llegó anunciando la muerte en medio de una tempestad de mentiras.
Hace ya un año llegó otro invierno, aquel llegó con rostro cálido y una sonrisa en su boca, llamo a mi puerta en medio de una borrachera y me pidió asilo, le abrí mis brazos y lo acuné en mi regazo, creí reconocer en aquel invierno a la soledad que mortifica las almas cuando viven toda una vida congeladas, sin caricias que despierten su ternura. Y aquel invierno cálido fue agonizando entre silencios y engaños, tras él llego una primavera de encuentros furtivos, de traiciones y desengaños, en el estío los sudores lo fueron desvistiendo para que viera las llagas que adornaban sus entrañas y hace un días, con la muerte del otoño, me ha mostrado su verdadero rostro. 
Este invierno nuevo viene envuelto en papel de regalo, un papel de claros colores con flores decorado, en su interior sólo hay egoísmo, impotencias y malos presagios- Esta vez no le he abierto la puerta, no quiero acunarlo en mi regazo, quiero que huya lo más lejos posible, aunque se haya llevado de mi hogar el calor, aunque me haya hurtado parte de mis criaturas, lo doy por bien pagado si con ello se aleja lo suficiente para no verlo jamás a mi lado.
Voy a abrigarme, saldré a las calles con la calva embozada bajo un sombrero y mi cuerpo cubierto por una manta de lana, quiero preservar mi calor, mis ganas de vivir sin rencillas, la compostura de hombre indiferente ante esa pudedumbre que me ofrece este invierno que vuelve a su cita cargado de miserias y falsas vanidades.

IV
Hoy la noche se hizo larga, muy larga, mis sueños se difuminaron para dar entrada a mis insomnios, a los viejos recuerdos que se ajan con el paso del tiempo, aquellos recuerdos de mi infancia. 
Y hoy que medito tu despedida recuerdo otras despedidas, aquellas que siendo niño, con un pañuelo agitando con la mano, al borde del muelle despedía a mi padre que zarpaba, él siempre regresaba tras días de faena luchando contra la mar y sus tormentas, recuerdo también aquella en que tal día como hoy, una Nochebuena, no hizo falta agitar el pañuelo, sólo lo usé para enjugar la lágrimas que manaban de mi mirada cuando el sepulturero cerró la lápida. Recuerdo otras despedidas más recientes, mi último adiós con un convencional beso a las puertas del olvido en un aeropuerto; son tantas las despedidas, que no puedo narrarlas sin que acudan de nuevo las lágrimas a asomarse en las ventanas de mis candiles.
Hoy medito tu despedida, no habrá pañuelos para agitar los adioses ni enjugar las lágrimas, no un convencional beso, ni una simple palabra de despedida. Es que no me gusta alargar lo que ya ha terminado, prefiero aceptarlo como es, un darse la vuelta y enfocar la mirada hacia otros horizontes, sin volver la vista atrás. La vida no regala oportunidades, los barcos zarpan y se pierden entre la brumas del horizonte y quien no embarca se queda en tierra sin disfrutar de esa singladura.
Hoy quiero arranchar mi nave, lampacear la cubierta, virar el ancla que me ata al fondo de tu alma, largar la velas, aferrar las jarcias y con pulso firme asirme a la rueda del timón y zarpar. No quiero navegar con lastres que me ahoguen, quiero viajar con las alforjas vacías de recuerdos, y la mirada abierta y la sonrisa bien acomodada en mis labios.
Hoy la noche ha sido larga, muy larga, como la vida que me aguarda al final de esta carta, una vida de estreno sin tus reproches cargados a mi espalda y para que no me acuses de ingrato te dejo aquí mi testamento: Que seas muy feliz.

V
Y pasó la Navidad como pasa la luna, ora plena, ora vacía; ha sido un instante efímero de alegría y de nuevo, aparcada frente a mi mirada, imperturbable, me mira desafiante la vida. 
Hoy he cancelado una deuda. Y no ha sido fácil atesorar las fuerzas necesarias para saldar esta hipoteca que me tenía presa de su embrujo, he buscado entre los cajones de mi memoria retazos de olvido, fragmentos de recuerdos que evocaba cada noche cuando entre las sábanas hacía mis cuentas, día a día a la deuda de silencios iban añadiéndose los intereses usureros y la angustia me paralizaba sin hallar los recursos para poder amortizar tanto desafecto; pero estas navidades han sido generosas, me otorgaron un aguinaldo de ausencias que, unido a los ahorros de tanto silencio calculado, he logrado reunir todas mis fuerzas y antes de que ejecutaran la sentencia y me viera deshabitado, en un atardecer de nostalgias, con las lágrimas rebosando el caudal de mi mirada, me he presentado ante la ventanilla de reclamaciones con mi instancia claramente redactada y en un sobre cerrado he devuelto el importe exacto de mi deuda.
Me he quedado sin nada, desnudo de ilusiones, descalzo de horizontes, pobre de solemnidades, con mi indigente suspicacia y mi pobreza espiritual de límites insospechados, sin embargo, debo reconocer que no es tan mala esta pobreza cuando sin tener nada, nada debo. 
Ahora debo recomponer mis alas con nuevas ilusiones, engrasar con utopías de estreno mis neuronas y esperar a que lleguen otras navidades y otras lunas, serán quizás como estas, un instante efímero de alegrías que me mostrara frente a mi mirada, una nueva vida llena de retos.

VI
Esta noche se han aliado el viento, el frío y la lluvia para recibir a los Santos Inocentes y a ellos se ha unido el vacío que en mi vida despierta la ausencia. 
He consumido esta noche tan larga leyendo una misiva de despedida, donde la autora se extraña entre asombrada, perpleja y estupefacta de que no entiende nada, entre líneas me llama estúpido e intenta explicar mi suspicacia.
Y me narra una historia del porqué hizo algo que a mí no me atañe y que nada me importa, me confiesa que se pierde en este laberinto de voces de este patético patio de vecinos, que los halagos la derriten, pero que no soporta la pobreza espiritual sin límites de la que algunos hacen gala, que deseaba que algo así pasara para poner rumbo a otras latitudes aunque le duela en el alma despedirse.
Y aunque todo ello es cosa de poca importancia, vengo a escribirlo esta mañana de frío, lluvia y viento, porque en el trasfondo de la misiva se pone de manifiesto lo injustos que somos cuando juzgamos a otros o nos juzgamos a nosotros mismos.
A todos os gusta disfrutar de la licencia que nos otorga nuestro libre albedrío, pero cuando alguien nos paga con la misma moneda nos sentimos heridos, podemos justificar nuestras deslealtades con un sinfín de razonamientos, pero cuando esa deslealtad es con nosotros sellamos nuestros oídos para no admitir las motivaciones ajenas. 
Nos negamos a ser conscientes de que, en general, cosechamos lo que sembramos, y cuando plantamos semillas de ausencias, vendimiaremos uvas de destierros, que hay una primavera para que florezcan los sueños y si no se riegan, llegará un invierno gélido que los marchite trocándolos en pesadillas, que los besos cristalizan en mordiscos, las caricias en desgarraduras y el amor en desencanto.
Olvidamos que toda cara tiene su cruz, que tu voluntad es semejante a la potestad del otro, que para ejercer la libertad hay que asumir dos pasos, el optar y el asumir, que toda opción conlleva sus riesgos. Que quien huye para no dañar termina solo y lastimado. 
Ahora despierto de esta noche de insomnios y me asomo a la ventana, sigue arreciando el viento con su canto monótono, siguen las gotas aparcadas en los vidrios y el frió tiñe los cristales de una bruma vaho, intuyo que es mejor quedarse en casa sin correr el riesgo de la empresa de internarme en la jungla de asfalto, me acomodo dentro de mi pijama con una taza de café caliente entre las manos, conecto esta máquina infernal que me acerca a un distante mundo de espejismos y me aleja de la proximidad de mis realidades, abro un folio impoluto para desflorarlo con mis blasfemias y pongo punto y final a esa quimera donde tuyos eran los derechos y mías las servidumbres.

VII
Hoy no he madrugado, el tiempo me esperaba a los pies de mi cama, su rostro manifestaba el cansancio de tanto días sin descanso, no he querido perturbar su sueño y sigiloso he alzado el vuelo dejando que él siguiera soñando con ese mundo inalcanzable al que jamás arribará con su nave.
Vestido con ropas de abrigo, la ilusión como bandera me he zambullido en el mundo a la búsqueda de nuevas quimeras. Mañana acaba una vida, se deshoja un año del calendario y, sin embargo, hoy ha llegado a su fin, con un día de adelanto la muerte de un sueño que aún no había nacido. Hoy víspera de la víspera de una vida nueva se han adelantado los hados, ha nacido un nueva estrella ocupando el lugar de otra que se ha extinguido. Vida y muerte, muerte y resurrección, resurrección y vida, son flujos constantes de este universo humano. Hoy he llorado, ha sido de alegría al recibir un regalo, un regalo poético que hablaba de soles y lunas, con música preñada de lamentos, que han abierto las llagas de mi melancolía. 
Hoy digo adiós a la estrella peregrina, a esa estrella que no encuentra un lugar en el firmamento donde acostar sus fantasmas, a esa estrella que no encuentra un sol cálido y se titila de frío. Hoy digo adiós a la deslealtad y al desencanto, saludo sonriente a los que algo me dan aunque nada me deben, saludo a la vida con gratitud, a los amigos y los enemigos, porque a ambos los elijo yo.
Hoy he dejado el tiempo aparcado a los pies de mi cama para reencontrarme con él esta noche y juntos seguir caminando hasta que agotados decidamos poner fin a esta vida. 

VIII
Ayer, súbito, se rasgó el silencio, fue en una hora temprana, antes de comenzar la fiesta recibí su misiva, escueta, breve y sincera. No hicieron falta muchas palabras para mostrar su melancolía, para hacerme temblar por dentro. Desde la distancia a la que condena el silencio llegó el eco de sus palabras y al caer la noche con su manto de frío, me asome a mi balcón con una copa en la mano, miré al cielo y brinde por ella.
Ayer le mostré mi palabra de agradecimiento, hoy quiero mostrarle mi sueños, susurrarle al oído que esta noche, la más larga del año, sin ella saberlo, la hemos compartido. La he acunado entre mimos en mi insomnio, la mecido entre besos, he agitado su cuerpo unido al mío, la he soñado.
Hoy me despierto con larga mirada y profunda sonrisa, dejo que vuele libre, que anide donde le venga en gana y dejo abiertas de par en par las puertas de mi regazo, para cuando desee volver, si algún día lo deseara, que sepa que aquí en lo más profundo de mi alma, le tengo guardo un rincón cálido donde llorar y reír a mi lado.
Ayer dio un primer paso, hoy dejo abiertas las puertas a la esperanza y con mi larga mirada y mi profunda sonrisa salto al vacío, me visto con mis pantalones de pana, mi bufanda de invierno y me pierdo en la jungla de asfalto, voy a buscar a mis amigos para brindar por la muerte de este año fenecido y brindar por la vida que nos espera con traje de estreno y nuevos horizontes, hoy me adentro en las calles con el mismo rostro de siempre, con un espíritu nuevo, más alegre y más esperanzado.
Ayer se rasgó el silencio y hoy florecen de nuevo mis ilusiones.


IX
Quizás sea tarde despertar a la vida cumplidos los cincuenta, quizás sea tarde comenzar una nueva andadura con las alforjas repletas de vivencias, con las anclas aferrándote al fondo de la nada, con pesados lastres en la nave que debe llevarme por esos mares de incredulidades, quizás ya ha florecido en mis entrañas el escepticismo de la madurez, esa visión distante con la que miro al mundo que me rodea, conocer el poco valor de las palabras, el daño que producen los silencios premeditados, los abismos que producen los engaños, las murallas que construyen los reproches y los hastíos que embriagan de bostezos una vida muerta y sin sentido.
Quizás ya no atesore fuerzas para batallar con gigantes, mi resistencia para recorrer el largo sendero que me abra nuevos horizontes, ni mis velas, ajadas de tanto dormir varadas en la arena, resistan la fuerza de nuevos vientos, ni la rueda del timón hoy oxidada pueda resistir los embates de nuevas tormentas, ni este casco ya marchito pueda florecer en nuevos mares.
Quizás no pueda volver a creer en espejismo, eso que fluyen desde miradas de inocencia, ni me crea ya los cuentos que me contaba mi abuela, los mismos que yo conté a mi hijos y si la vida me da una prórroga, pueda narrar a mis nietos, quizás como te digo sea tarde despertar a la vida cumplidos los cincuenta, pero quizás aún esté a tiempo y voy a intentarlo aunque muera en el empeño. 

X
Hoy apoyado en la blanca baranda que mira al río he posado mis silencios para observar a las gaviotas, la mayoría de las que correteaban por la arena eran crías, su plumaje alba y gris y su largo pico amarillo delataban esa juventud que siempre despierta curiosidades. Mientras se recreaban caminaban con estilo militar, como en aquellos desfilen de antaño en que para exhibir el poderío y inyectar miedo a los humildes, los soldados elevaban exageradamente sus piernas para marcar el paso firme. 
Más alejadas, en ambos extremos el grupo, dos adultas gaviotas ejercían de preceptoras, inmóviles vigilaban los juegos de las adolescentes, su plumaje ajado de un ocre otoñal delataba su experiencia. 
Largo ha sido mi tiempo observando esta bandada de aves carroñeras, desertoras de la mar, huéspedes de vertederos, que aún traen a sus crías a instruirlas cerca del mar, en la desembocadura del río.
Pensaba mientras las veía corretear y elevarse en breves vuelos, como se parecen a nosotros, los humanos depredadores y carroñeros. También llevamos a nuestra progenie a educarla en los postulados originarios, le hablamos de principios éticos y morales, de las religiones y la filosofía. 
A mi vuelta me he sentado en un banco del parque, bajo las ramas calvas de un tilo, mientras leía la prensa hacía leves descansos para fijarme en los niños, jugaban ajenos al mundo cruel que les rodea, descendían entre griteríos por los toboganes, se balanceaban en los columpios y o escalaban entre risas por esqueléticas construcciones, al fondo, sentadas en la misma hilera de bancos donde yo me encontraba, vigilaban atentas los juegos de sus vástagos una colección de madres.
Esos niños, pensaba yo en esos momentos, son los adultos de mañana, hoy juegan solidarios con otros niños, con eso mismos niños que mañana, cuando sean hombres, competirán para arrebatarles cuanto tenga, de esas sonrisas ingenuas, nacerán los nuevos poetas que lloraran entre versos las miserias de la vida, los políticos que engañan a los pueblos y los desheredados sin techo.
Y me pregunto en qué punto exacto de sendero de la vida las gaviotas dejan de interesarse por la mar y la truecan por el vertedero. Y en que punto de la existencia esos niños pierden la inocencia y se convierten en antropófagos que eyaculan de placer cuando joden a otro ser humano.
He levantado mis glúteos del banco y mientras caminaba rumbo a mi casa, he meditado en las razones que nos llevan a ser enemigos de la felicidad ajena, ladrones de sueños, violadores de ilusiones y soldados de las miserias. No he encontrado la respuesta.

XI
No sé que me ocurre, llevo más de una hora con la mirada plasmada en este folio en blanco, no arrancan las letras con las que pretendo desflorar la inmaculada blancura de este papel, volcando en él mis vacíos. 
Eso debe ser, que hoy mis vacíos no son metáforas, sino realidades concretas, ausencias presentes que llenan los huecos de mi memoria. Quizás lo más sensato que puedo hacer, sea arrugar el folio y arrojarlo a la papelera, dejar que con este folio impoluto emigren hacia el vertedero las evocaciones que me paralizan y que allí queden exiliadas hasta otra vida, en una diáspora sin retorno, en un adiós eterno.
Te voy a contar un secreto, anteayer por la noche oí la noticia en la televisión, las sombras ya cubría mis insomnios cuando antes de acostarme en el lecho donde te sueño, oí que unas bolas de fuegos surcaban los cielos de España, el presentador con cara de circunstancias hablaba de meteoritos, un científico le rectificó diciendo que eran simple aerolitos, y yo en la soledad de mi salón sonreí con un gesto de complicidad, les confesé en voz queda, que eran simples lágrimas de la luna, porque el planeta viajero se ha alejado de ella y ya no la seduce, y es que la luna es tan coqueta, que sin darse cuenta suele marcar distancias, se esconde tras largos silencios, huye de las miradas cada cierto tiempo, se esconde entre las sombras para desde allí observar como nos comportamos en su ausencia, el planeta peregrino es muy susceptible y al ver la actitud orgullosa de ella, decidió seguir su camino.
Hoy el sol se abre paso entro el frío, hoy tu mirada se planta en el fondo de mis ojos y brotan por mi rostro una cadena de lágrimas, hoy te recuerdo en esta madrugada y me refugio en el silencio para que nada perturbe esa sensación de vacío que me produce tu ausencia.

XII
Hoy no te he soñado despierto, mi noche no ha sido noche de insomnios, sino noche de sueños, perdido en el fondo del océano que brota tras mis párpados cerrados, he acunado mi cuerpo invernado entre las sábanas de la inocencia, fruncido como en el útero materno han pasado las horas en silencio hasta el canto del gallo.
Un sol invicto me ha saludado colándose por los vidrios de mis ventanas, dibujando un mundo de luces en las paredes desconchadas de mi dormitorio, las legañas se han exiliado por el caño del lavabo, los bostezos matutinos se han disfrazado de sonrisas y con cara de hombre feliz me he lanzado a pisar el asfalto, mi primer cigarrillo, ese que siempre te dedico, permitiendo que ocupes mi pensamiento, lo he consumido hoy entre las líneas donde leo en la prensa las noticias de cada día, luego en mi paseo, han sido las jóvenes gaviotas que se ejercitan en las orillas del río quien te han hurtado el protagonismo. Este olvido convertido en destierro de mis neuronas se ha encadenado en la charla relajada con mis amigos y hasta este momento en que me enfrento en una incruenta batalla con este desafiante folio blanco no has arribado de tu singladura de olvidos. 
Miro al folio con ojos fijos, en esta hora donde el reto a un duelo de inspiraciones puede matarte, proscribiéndote del lugar que ocupas como mi musa a algún rincón perdido entre uno cualquiera de los huecos vacíos de mis entrañas, Me niego a perder la batalla y condenarte al martirio de mis silencios, tengo miedo de sacrificarte en la pira de las ejecuciones y convertirte en un mito, prefiero mantenerte viva entre mis esperanzas, que sacrificarte en el altar de los ritos y convertirte en un fantasma que me despierte en las noches, me asuste con sus gemidos y me enloquezca entre cantos de sirena y lamentos de demonios vengativos.
No voy a negar tu existencia, quiero a pesar de mis pesares mantenerte viva en mi memoria, soñarte en mis paseos matutinos y que me acompañes en mis insomnios. No voy a mentirme a mí mismo, porque aunque no quiero quererte, sigues siendo la luz que alumbra mi destino.
XIII
Hoy no sé si lo que me faltó fue tiempo o valor para enfrentarme a ese folio inmaculado que despierta mis cobardías cuando desafiante me reta a esa batalla de silencios.
Hoy no sé si lo que me faltó fue tiempo o inspiración para confesarte entre murmullos este vacío que llena de afonías mi voz cuando en ti pienso.
Hoy no sé si lo que me faltó fue tiempo o tu voz para dictarme las palabras exactas que expresen esta soledad que me correo por dentro.
Hoy no sé si lo que me faltó fue tiempo u olvido, pues hoy renacieron viejos recuerdos de viejas huidas, de viejos momentos, de viejos tiempos en que se podaron las risas y florecieron en mi rostro las arrugas fruncidas por gestos de desencanto.
Hoy no sé si lo que me faltó fue tiempo o es que se está apagando el fuego de esta pira que arde en mis entrañas, aquella que prendiste con tu mirada entre palabras de aliento el día que me insinuaste que estabas enamorada.
Hoy no sé si lo que me faltó fuiste tú o soy yo que me ausento.

XIV
Si ayer mis sueños vespertinos se vieron sacudidos por la invasión bárbara de las pesadillas, esta noche ha sido la inquietud la que ha abatido mi sueño. Mis parpados clausuraban las jornada cuando el reloj hacía ya tiempo que había deshojado un día en el calendario, el gallo mecánico ha sonado antes de que el sol despuntara, hoy tenía que llevar a una joven al aeropuerto y como no soy amigo de despertadores, ni relojes que me marquen el compás de la vida, he dormido en un hilo, despertándome durante la noche varias veces hasta que por fin ha sonado el teléfono con su agudo grito para indicarme que ya era la hora de limpiar las legañas y darle marcha a la vida.
Estas noches tan cortas, sin tiempo de ahogarme en el mar de los sueños, ni tan siquiera, dedicarle un rato a mis insomnios, son tan odiosas como esas noches que me agitan las pesadillas angustiosas, donde deseo escapar de algún mal que me acecha y nunca lo consigo. Tan madrugadora ha sido mi mañana que devuelta a casa aún el sol no saludaba a los primeros viandantes que osaban transitar camino de sus labores a tan temprana hora. Mientras me desayunaba mis párpados me han retado a un duelo, ellos tiraban hacia abajo y yo, con tozudez numantina trataba de mantenerlos inhiestos, al final mi obstinación ha perdido la batalla y me he echado sobre la cama, entonces sí que he dormido, zambulléndome entre las sabanas hasta alcanzar ese punto perdido donde un hombre hiberna sin saber que aún sigue vivo. 
El carillón de la Iglesia anunciaba el medio día cuando mis pies pisaban de nuevo el asfalto, caminaba con ese rostro indefinible entre sonámbulo y autista, cuando me he dado de bruces frente al río con una amiga. No la he visto y ella que viajaba en bicicleta se ha acercado hasta mí amagando que me pillaba, traía en su rostro el estigma de la gripe que ha padecido y entre risas nos hemos puesto a charlar sobre una próxima tertulia que estoy preparando en la que disertará una prostituta. Mi amiga es lesbiana y feminista, ella está gestionando el localizar a una de estas mujeres que para no llamarlas putas, usamos el eufemismo hipócrita de mujeres de la vida, y me decía que sospecha que tendremos que perder la virginidad que mantenemos férreamente de no pagar a ninguno de los oradores que traemos a nuestras tertulias, que a la dama que venga a hablarnos lo hará en horario laboral, en horas de máxima audiencia y no querrá perder sus ingresos de una noche por complacernos a un grupo de pijos que disfrutan discutiendo de lo divino y lo humano. Entonces me ha contado como una amiga suya se enamoró de una joven que trabajaba en un club de plaza, eso que llamamos en forma fina de alterne y los de mi sindicato denominan puticlub, que a su amiga le daba corte ir sola a verse con la tía y siempre le acompañaban otras dos amigas, pero que eras tan caros esos encuentros que decidieron acordarlos pagando el importe de una hora de trabajo y verse fuera del prostíbulo. Me he reído, porque yo no pensaba que en esos lupanares también se diera estos amores lésbicos, mi amiga me decía que no nos podemos hacer a la idea del mundo que a nuestro alrededor convive. Ella es escritora y le he comentado que no estaría mal que en una próxima de sus novelas nos narrara ese tipo de hazañas, con la cabeza me ha hecho un gesto de negación y con palabras me ha dicho, que son tan reales ese tipo de hechos, que nadie se los creería y lo tomarían como una exageración infumable de la ficción.
Y ahora que miro el folio inmaculado retándome a un desafió, levanto mi bandera blanca de rendición después de una siesta con pesadillas, una noche de intranquilidad y una conversación donde la verdad está tan desnuda que hasta parecería que se propasa de los límites de la ficción.

XV
Hoy me he dormido, últimamente mis insomnios se esfuman en la profundidad de mis sueños, es tal mi letargo que esta mañana cuando el gallo anunciaba que ya era la hora de despertar las vigilias no lo he oído. He llegado tarde a mi cita, en ese momento he presentido que este día de grises cielos y vientos agitados, será un día aciago.
Me molesta la impuntualidad y me molesta sobretodo en mí, llegar tarde a una cita es algo que me reprocho sin concesiones ni excusas. 
Ya ha pasado el bochorno de tener que pedir disculpas, ahora cedo el puesto a los malos presagios y como era presumible ya están llegando, abro el correo y me doy de bruces con el primer disgusto del día, la inconsciencia traducida en un hecho lamentable. Sigo mi camino, pues no hay ya posibilidad de arreglo. 
Sigo navegando por este océano de anónimos escritos y me encuentro con uno que sin mencionarme me lanza reproches. Y es que esto de escribir mis insomnios sin dar nombres tiene sus ventajas y algunos inconvenientes, entre las ventajas, hoy lo he comprobado, es que entra mucha gente a leerlos, personas que jamás hubiera imaginado que tuvieran el más mínimo interés en leer mis pensamientos. Entre las desventajas está el que hay demasiada gente que se da por aludida, o que por leer de forma mecánica, a veces, como ocurrió con mi insomnio del día nueve, que hice mención a los comentarios de dos amigas, y hoy descubro en otros escenarios que me achacan a mí lo que yo nunca he escrito. Y me pregunto cuál será la causa de que alguien que ni imaginaba que leyera estos insomnios, se dé por aludida, tan aludida que se vea obligada a dar explicaciones de algo que ni remotamente va con ella. Y es que el egocentrismo ciega a la razón y hay personas que se ven empujadas a hablar por hablar por la simple necesidad de no saber estar calladas.
Hoy me he dormido y presiento que tendré un mal día, así que me parapeto en mis silencios a esperar que amaine la tormenta.


XVI
Quizás por estos calores que arrastra el viento del sur, quizás porque son vitales para mi inspiración, esta noche arribaron a mis sábanas los insomnios. Hoy volví a soñarte, a percibir tu presencia llenando el vacío, a sentir resbalando entre mis poros las yemas de dedos, tu aliento refrescaba mi nuca y no me dormí hasta que tus labios sellaron mis ojos.
Resucitaron de los lóbregos olvidos tu voz, tu mirada y mi deseo, y una sonrisa se ha instalado en el centro de mi rostro cuando al despertar me he visto reflejado en el espejo. 
Es media mañana, ya he finalizado mis deberes cotidianos y me siento frente a este folio en blanco, y me pregunto por dónde viajaran en este momento tus sueños, si seré yo la llame del cirio que ilumina tus fantasías, el soplo de vida que te sostiene entre la hojarasca muerta de tantos años errando solitaria por la vida.
En este cálido y desacompasado invierno, que por inercia me abrigo, lo sufro cuando te pienso porque reparo como los sudores bañan mis deseos, mi piel húmeda y sonrojada, es testigo fehaciente de este titilar que me inquieta, te imagino desnuda ante mis ojos, acercándote lentamente, asiendo mis manos, antes de que tu boca se pose sobre mis labios y mis manos jueguen entre tus cabellos alborotados mientras planchas mi espalda con la suavidad del terciopelo. 
Me dirás que estoy loco, me preguntarás dónde se extravió mi cordura, y, una vez más, me reprenderás con el consabido reproche, que tengo que tener los píes asentados con firmeza en el suelo, qué no puede ser, qué mis alas están desplumadas, que tengo dueña y vivo en un mundo de utopías, que no quieres decirme cuánto me amas, que intuyes que este amor se regará con lágrimas, que la duda te corroe y ya no aciertas a encontrar una salida, que por eso huyes, que soy un susceptible, pero seguirán tus ojos indomables acortando la distancia, denunciando tu sentir, aventando al mundo esas palabras innombrables que como un leve susurros se cuelan en mis oídos para sentirlas tan dentro de mí que pienso garbarlas a fuego en mis entrañas, que sin mí, no vives, alma mía. 

XVII
Hoy nuevamente se instala la sonrisa en mi mirada, el invierno se vuelve a vestir de frío y nos canta el viento con su ronca voz un aria, el sol reina en las alturas y en las calles, a ras de suelo discurre feliz la vida.
Ayer tuve un encuentro, dibuje un rostro humano a unas letras que me alcanzan desde la distancia, una persona de carne y sentimiento salió de este mundos de fantasmas para hacerse presencia en el mundo de los morales.
Llevo varios días acarreando esfuerzos, ayer tuve taller de creación literaria, hoy tengo tenida, mañana junta directiva, y pasado mañana una comida con tres amigas para organizar otro evento, así discurren mis jordanas, unas letras para desayunarme por la mañana, mi paseo matutino antes de recalar en el trabajo voluntario, luego me tomo unos vinos con mis amigos, como en familia, sesteo, eso es quizás lo más sagrado del día, esa media hora que dedico a mi lejano sueño, el paseo vespertino, los amigos, las cenas, los vinos y de vuelta al calor de mi despacho donde me entrego a este vicio, a esta sana adicción de contarle al mundo desde esta ventana muda cuales son mis demonios y cual la utopía que riega con savia fresca los huecos de mis vacíos.
Y tú tan distante alma mía, negándome tu presencia, huyendo, jugando como niña a mostrarme tu orgullo desmedido, vestida con el traje largo de la dignidad mal entendida, cavando trincheras entre los verdes prados que asoman al mar de las ilusiones, regalándome guiños, mientras transcurre la vida hacia el olvido.
Hoy los pajarillos del cedro que está frente a mi ventana me han despertado con su agudo trino, me he asomado a la ventana para fumarme, escuchando su canto, el primer cigarrillo, ese que llena mis pulmones de excitante veneno cancerígeno y despabila mis neuronas con nuevos bríos, que me da fuerzas para volar con mi mente hasta los confines del mundo, hoy paseo mi sonrisa entre los autistas y me miran con cara de desconcierto, no comprenden que un hombre que vive en un mundo de fantasías, que mantiene un amor distante acunándolo en su regazo cada día, que vive en este mundo de monotonías, pueda vivir feliz y mostrar en esta mañana fría donde el viento arrecia, una sonrisa. 

XVIII
Ayer se alargó la noche y hoy se está encogiendo el día, y no es que sea más efímera esta jornada sino que no me llegan las horas del reloj para borrar las anotaciones de mi agenda, la mañana se ha esfumado de un salto, desde el desayuno al almuerzo lo he pasado enclaustrado entre diseños, menos un rato que he aprovechado para escuchar los desahogos de un náufrago, en mi siesta me he hundido en el fondo de mí mismo, anclado en tus recuerdos la mar me mecía entre su espuma y ahora, que despierto, quiero aprovechar este momento de asueto ,antes de unirme a la batalla, para dejarte constancia escrita que, aunque guarde silencio, aún te recuerdo.
Ay días, y hoy es uno de ellos, en que tengo la impresión de que escondida entre el follaje de silencios, se asoman tus tímidas pupilas entre mis letras, sé que estás ahí, silente y curiosa sé que hay días que tu impulso te empuja y tus neuronas tienen que sujetar las bridas para frenar tu osadía, entonces es cuando te veo en mis sueños vestida de amazona, cabalgando a lomos de un alazán de rubias crines, firme sobre la grupa, con ese aire de doncella de mirada pícara y ese gesto bufón que dibuja sonrisas insinuantes en tu rostro enrojecido por los pudores del deseo reprimido. En esos momentos es cuando se encabritan mis pasiones, te miro fijo a los ojos, enmudezco y sin mediar palabras te confieso que te quiero. Soy tímido aunque no lo aparento, soy un niño en muchos aspectos, un niño que se está haciendo viejo y las arrugas de su frente muestran la batalla que se libra en mis adentros.
Perdóname que hoy sea tan breve, pero es que la noche se hizo larga y el día se está encogiendo.

XIX
Esta ha sido una noche de tormentas y tormentos, tras los cristales de la ventana el brillo cegador de los relámpagos iban anunciando uno a uno los ensordecedores truenos que bramaban desde los cielos, en le interior de mis entrañas rugía el tormento de mi fiebre, el dolor colonizaba mi frente y el sueño se escapa de mi cama. Así entre relámpagos, truenos y estornudos han ido consumiéndose las horas, hurtándome los insomnios, marchitando la alegría que por la tarde había florecido en mi mirada.
Con las luces del nuevo día, he sacudido mis huesos y antes de que la pereza me encadene a las paredes de mi casa, antes de que despierten los párpados de mis familiares, me he lanzado a la calle, sigue lloviendo, siguen tronando los cielos, presuroso he comprado el periódico y el pan y he vuelto a mi refugio, presumo que hoy será un día de encierro, prisionero entre los límites del espacio familiar no veré la luz del sol ni se mojará mi calva en el paseo.
Hoy te pensaré despierto, que hablaré en silencios desde mi caverna, jugando a dibujarte entre las sombras y quizás si la inspiración llamara mi puerta pueda escribirte unos versos.

XX
No sé si será por esta fiebre que arde en mis entrañas, por esta mucosa que se ha hospedado en mi garganta, por los estornudos incontrolados o por este hastío que me corroe, hoy no he descansado, la noche se ha hecho eterna, no he encontrado refugio entre mis sabanas ni la postura adecuada para que mi cuerpo rendido pudiera reposar mientras esperaba la nueva mañana.
Hoy es víspera del patrón de mi ciudad, San Sebastián, una mártir que murió asestado de innumerables flechas que lo desangraron, yo no sangro, pero me estoy deshidratando entre tanta mucosa, yo no soy mártir, pero me siento morir y esta noche estoy invitado a cenar en una sociedad gastronómica y en el menú servirán angulas, es mi única oportunidad de probarlas este año y me temo que esta fiebre que baña de lágrimas mi mirada y pegajosas secreciones mis narices, me impidan acudir a la cita. 
Caprichos de la vida que nos hurta los caprichos humanos, hoy la noche grande de mi ciudad, sospecho que la pasaré envuelto en mantas, solo y con fiebre. Mientras el bullicio festivo vivirá ignorando las miserias de los desheredados, quiero soñar que esta noche unos ojos me buscaran entre la muchedumbre y percibirán mi ausencia, que entre la multitud habrá una persona que eche en falta mi presencia, alguien que me evoque por unos instantes, me dedique un brindis deseando mi recuperación.
Hoy me siento mal, muy mal, me aferro a la esperanza y con fiebre y sin fuerzas quiero desear a mis conciudadanos que tenga una noche de insomnios y sueñen despiertos. 

XXI
Te vestí de luna para que acompañaras mi noche, aparqué por unos momentos mi fiebre y arriesgué, empujado por el deseo, a fondearte en mis dominios, de sorpresa en sorpresa fui dando tumbos, te vi sonriendo desdentados recuerdos, te descubrí agazapada en otras conversaciones, empujándome a la huida, pero no tuve valor y volví a despedirme, te aferraste de nuevo a mi sombra y fuimos a peinar las brisas de la noche frente al mar de los silencios, bautizados por la espuma de las olas, descubrimos nuestros cuerpos sin consumar el delito, no quisiste entregarme tu joya más preciada y tuve que conformarme en la espera, son ocho las sombras frondosa de tu jardín, el ocho es símbolo de infinito, flujos de ida y vuelta hacia ninguna parte girando entre las circunferencias que conforman el número sin fin, principio y fin de nada, te pido que me aparques en la próxima esquina, que descuentes de tu saldo un pretendiente para recordarte que eran siete los enanitos con lo que jugaba Blancanieves, prefiero ser gaviota solitaria que canta baladas a la mar bravía y duerme cada noche en los acantilados soñando con un mañana en que el sol renazca de las sombras y el canto de gallo sea una sonata que anuncie el principio de otras fantasías.
Te vestí de luna y en el firmamento las estrellas se trocaron en lágrimas.

XXI
En la mesilla que tengo a los píes de mi cama, guardo una cajita de plata donde atesoro olvidos, en esta larga noche en que los sueños no llegaron puntuales a su cita, he mecido evocaciones marchitas, abrí la caja y de entre tanto olvido uno despertó mis nostalgias, es el olvido de un hombre que llegó a mi vida entre falsas adulaciones, era, aparentemente, alegre y dicharachero, galán con las damas, y servil con los caballeros, al poco, sin darse cuente, se le cayó la máscara, asomó en su mirada ese halo inconfundible del perdedor que mitiga su frustración declarando batallas, se alió con Eolo y se desató la tormenta, pero olvidó que los dioses son caprichosos y tras la tempestad, siempre puntual a su cita, llega la calma. Cronos dueño del tiempo me guiño un ojo, entre susurros me confió que tras cada noche siempre amanece un nuevo día, y esperé a que la luz de la mañana me mostrara el horizonte, Temis, la diosa de la justicia arrancó el velo del falso hombrecillo y pude verlo desnudo, no era un poeta, era un mediocre plagiador.

XXII
Me despierto y el primer saludo que recibo es un lacónico "mañana llega una ola de frío", no respondo a las quejas de mi interlocutor, el frío no es más que el natural testigo de la estación en la que hemos aparcado tras el solsticio, no es ese el frío que temo, a este frío lo combato con abrigos, es un frío pasajero que llegará a su finitud con la entrada de la primavera, es otro el frío que me entumece el alma, el que hiela mis días en un frío mudo cargado de silencios, un frío gélido que ha tiempo aparcó entre los huecos de mis entrañas.
Hoy llueve mientras camino en silencio entre el asfalto, las gaviotas del río siguen allí impasibles ante el curso de la vida, ellas no saben de fríos premonitorios ni fríos que se les cuelen entre el plumaje para aposentarse en su alma, ni tan siquiera tienen alma, conciencia de ser seres individuales, con una historia, un pasado que pesa como una losa, un presente sin horizontes y un futuro sembrado de incógnitas.
Hoy ocupo las horas de este día para ver si al calor de tanto movimiento se caldean mis frías soledades, antes de que amanezca un nuevo día y se alíen el helado viento que llega del Ártico con ese glacial que asoma en mi mirada, porque mañana los agoreros anuncian a bombo y platillo que llega una ola de frío.

XXIII
No puedo. Y prometo que lo intento, no puedo narrarte mis noches porque las paso durmiendo. Al despertar, casi siempre tarde, nada recuerdo. Es como si el negro color de la noche colonizara mis neuronas, una especie de lapso en la memoria, como si hubiera estado muerto esas horas, o hibernando o en letargo. Hoy cuando posé mis pies en el suelo tras levantarme de la cama, antes incluso de satisfacer mis necesidades más primarias, vele mi mirada y con los párpados clausurados busque entre mi somnolencia matutina respuestas a esos sueños que no recuerdo. 
He dejado que transcurriera la mañana, mientras hacía la compra, entre los pasillos de estantes abarrotados, buscaba entre las galletas un recuerdo de tus ojos que me inspirara, entre los vinos he recordado la pasión que me despiertas e incluso, en la sección de droguería he rebuscado entre los mucho jabones por si vendían alguno que limpiara la memoria.
Nada.
Me he acomodado tras mi almuerzo sobre le sofá de mi sala, la televisión a media voz, cubierto con una manta, los ojos velados y la memoria en guardia, intentaba que tu recuerdo se durmiera conmigo, para que ahora cuando me enfrento a esta hoja muda pudiera emborronarla con mis letras. Ha sido imposible, no logro hilar un párrafo, ni una frase, ni una sola palabra. 

XXIV
Dicen que ya ha pasado lo peor, que el frío se aleja hacia latitudes más septentrionales, que amainarán los vientos y las lluvias darán paso a un cielo despejado. Y pienso si mi estado de ánimo seguirá la tendencia del tiempo, si el frío huirá de mis entrañas, amainará esta tormenta que me atormenta y el horizonte se vestirá de verdes esperanzas. No quiero hacerme ilusiones, porque antes de que llegara este frío invierno, mucho antes, incluso en el estío, ya se había acomodado en mis vacíos la gélida sensación que me causan las soledades. 
Hoy es jueves, y como todos los jueves, estaba citado al mediodía con mis amigos para tomarnos unos vinos, mis párpado han izado la bandera a las nueve y tras el repetitivo aseo diario, he optado por regalarme una mañana de asueto, he paseado por el malecón de la playa y, en contra de las previsiones meteorológicas, seguía lloviendo y el viento arreciaba con fuerza, envuelto en mi bufanda y con la capucha del chaquetón cubriendo mis cuatro pelos, he paseado bajo la lluvia. En mi caminar cansino iba observando la vida en los rostros de los otros locos que, como yo, dedicaban esta mañana de frío, lluvia y viento, al paseo. Paraguas destrozados, cuerpos encogidos sobre su pescuezo, seres enmascarados a los que sólo se les veían los ojos, y una mujer con la falda remangada paseando por la orilla gozando del masaje de las olas sobre sus pies. Pero he percibido algo común en todos ellos, en ellos y en mí, todos nos acompañábamos del silencio, ese silencio que se mece entre el rumor mudo de las olas al romper cuando mueren ya exhaustas al besar al arena de la playa. Y es en el sosiego de ese silencio cuando más cerca te llevo, es ese silencio como una pócima mágica que, por muy distante que estés, te acomoda a mi vera y, en silencio también, te hablo y me voy desnudando para que te sientas confortable entre mis palabras. Y te pienso. Y te deseo conmigo. 
El tiempo vuela en esos momentos y antes de que concluyera nuestro paseo ha sonado el carillón anunciando que era la hora de reunirme con mis amigos, la tristeza me ha invadido y mis ojos han tenido que sujetar las bridas de las lágrimas que se asoman reivindicativas desde las emociones para proclamar ante mi raciocinio que en el fondo de mi corazón siempre te llevo conmigo. 
Esperemos que los agoreros atinen en su predicciones y mañana se aleje el frío, amaine el viento y se despeje el cielo. 

XXV
Hay días, como hoy, que me gustaría sentarme en la vereda de la vida, con mirada observadora y descaro de niño curioso, fijarme en la personas que caminan por el sendero pedregoso de la existencia y satisfacer mi curiosidad inquiriéndoles cómo viven la vida, interrogándoles sobre que responderían si hoy fuera el último día de su vida y yo les preguntaran que no hicieron que desearon hacer o cuales fueron las cadenas que les esclavizaron para no ser lo que ellos desearon.
Y según voy imaginando respuestas, voy meditando en cuales serían las que yo daría en esas circunstancias. Creerme que me asombro, porque realmente no hay tantas cosas que un ansía y no ha hecho, ni hay tantas cadenas como imaginamos. Curiosamente cuando se racionaliza la existencia, nos damos cuenta que, en general, vivimos de acuerdo con nuestros principios, que no nos engañamos tanto como sospechamos y somos mucho más leales a nosotros mismos de lo aparentamos.
Y sin embargo fingimos, nos pasmaos media vida mostrado el rostro escondido tras una mascara para no desnudar como somos en la otra media vida, esa que vivimos en la intimidad del silencio, la de las sentimientos y emociones, la que se riega con lágrimas y se orna con sonrisas. 
Sí, fingimos todos, el armario donde guardamos nuestra prendas íntimas esta repleto de secretos, arcanos no compartibles, misterios insondables y pócimas que cocemos en la intimidad de nuestra realidad más real. Somos como un iceberg que asoma desde las profundidades de nuestras entrañas mostrando solo la superficie helada de unas poses meditadas, pero cuando alguien se sumerge en la orilla de nuestra ser descubre nuevos matices, miedos y temores que ocultamos por temor a que las corrientes cálidas nos derritan y nos veamos sin desearlo, desnudos ante el mundo.
Hay días, como me ocurre ahora, que creo que es mejor no detenerse en la vereda o nos veremos reflejados en el espejo de la vida, tal y como somos, sin máscara.

XXVI
Hoy he dado con mis glúteos en la vereda, sentado veo pasar la vida vista a través de ajenas miradas, me fijo en los ojos tristes de esa oronda mujer de carnes fofas, sólo ejercita uno de sus músculos, esa lengua que no descansa. Dicen que tuvo marido, que él aguantó heroicamente durante años, hasta que rendido no pudo soportar más el hastío de tanta monotonía y un atardecer empaquetó sus pertenencias en un hatillo y voló.
Ella, cercana ya a los cincuenta, mudó sus hábitos, tiño de dorado su pelo ajado, actualizó su lenguaje, se disfrazó de progre, quiso volver a ser joven y se lanzó a la vida. Pero la vida no la siguió y su patética figura se pasea mostrando la decadencia de quién siendo una vieja quiere ir de aparentando ser joven. 
Es tal su ceguera que en todo círculo ella se disfraza de centro, en toda disputa ajena tiene que dar su opinión, aun cuando nadie se la pida, como todas las ovejas siempre se arrima al rebaño más numeroso y cambia más de opinión que de calzones.
Hoy me he fijado en su mirada, en esos ojos vidriosos que delatan su soledad, y me pregunto, cuántas lágrimas habrá secado su almohada, cuán cansada estará su lengua.

XXVII
Hoy presiento que no llegará la inspiración a dictarme unas letras, que tendré que inventarme una a una las palabras y no encuentro un tema que pueda interesarme, podría escribir sobre mis fantasmas o de las ilusiones ajenas, podría, incluso, confesar mis pecados o escuchar la confesión de otros pecadores, o podría, si ello no fuera desvelar un secreto, reflexionar sobre ese desdoblamiento en el que vivimos. Esa doble faceta con que escondemos la verdad que nos oprime y mostramos, por el contrario, una rostro sonriente a los seres que pululan en nuestro entorno.
Hay personas que a la primera mirada percibimos que esconden un enigma, suelen presentarse como seres muy seguros de todo cuanto hacen, siempre, de entrada, marcan los límites que separan su privacidad de las relaciones mundanas. Límites, que aun cuando afirman lo contrario, su mayor deseo es vivir la emoción de sentir como son sobrepasados. Suelen ser personas que juegan al tira y afloja, hoy sí y mañana tampoco, ayer fue no y mañana también, y vas entrando sin darte cuenta en un juego sin reglas, es como una laberinto que dependiendo del pasillo por el que discurras te dan un premio o te matan de un susto. Lo normal es que enloquezcas tratando de llegar un poco más lejos, de ir saciando la sed en ese gota a gota. Pero se da el caso que entre tanta contradicción, cuando más perdido estas en ese laberinto sin aparentes salidas, te topas de repente con una puerta abierta y te conduce directamente a la salida. Sales corriendo. Y es entonces cuando comienzan la letanía de los lamentos, donde dije digo, digo dije, lo negro se torna blanco y el enigma, aquel que tanto te atrajo en la primera mirada, te das cuenta que no existe que sólo era un modo de esconder la debilidad disfrazándola de fortaleza y que su frivolidad, no es más que el efecto que causa esa soledad en la que está atrapada.
Ya me lo temía al comenzar este escrito, que hoy no llamaría a mi puerta musa alguna, que tendría que escribir cosas de poca importancia, como la soledad, el enigma y es desdoblamiento donde se acomodan nuestras contradicciones.

XXVIII
Y si te dijera que tu pasado me abruma, quizás me contestaras que es en el presente donde debemos afirmar el ancla, que el pasado ya huyó por el orificio del desagüe de la existencia, que ya no existe, que se perdió entre las arrugas del olvido, que sólo es una pesadilla que se esfumó al despertar, que el ayer se marchitó y como las hojas secas que se desprenden del árbol, el viento se las llevó para alfombrar los senderos intransitables de la memoria, que hoy estamos en el presente camino del futuro.
Y si yo te dijera que en el presente nunca se está, que el presente no se vive; Que el presente no es algo que se conquista, ni se construye, ni se amolda, ni se ajusta a nuestras necesidades, que es algo intrínseco a nosotros por el mero hecho de vivir, como somos de un país o ostentamos una lengua materna, que poseemos y nos posee, sin que nuestra voluntad haya intervenido en esa elección. El presente, siempre en tensión con nuestro pasado y futuro lo poseemos de forma ineludible, somos presente y no podemos renunciar a él sin renunciar a nuestra propia identidad de seres vivos.
Y me dirás, que qué importancia tiene, estemos o seamos presente, lo que nos une es el momento, es el afecto y la pasión, que las personas cambian, evolucionan, avanzan y reivindicarás una y mil veces tu derecho a ser o estar feliz.
Y si yo te dijera que nadie cambia, que la vida es una noria que gira sobre le mismo paisaje, como un caleidoscopio que cambia aparentemente de forma, siempre con las mismas piedras reflejadas de diferentes modos en el cristal de los espejismos.
Soñemos que la vida bien merece vivirse entre sueños, pero en cada despertar, cuando el sol nos anuncia un nuevo presente, cuando la vigilia coloniza nuestras neuronas, abramos bien los ojos y la mente, somos quienes somos, con nuestras virtudes y nuestras miserias, herederos del pasado, hijos del presente y huérfanos del futuro.

XXIX
Hoy despierto con una sonrisa y entre mis labios se dibujan palabras de alegría, hoy me levanto con la idea de acomodar mis pasos a mi vida, sin sueños a mis realidades y voy a desechar las quimeras que me enloquecen, a pintar con óleo negro los espejismos y clausurar ese laberinto donde me pierdo entre dudas.
Aunque lo deseo, no puedo soñar despierto, no quiero correr más riesgos de acostarme entre fantasías y despertar entre pesadillas que me humedecen de fríos sudores, provocan temblor en mis manos y convierten mi mirada en una catarata de lágrimas.
Es mejor cerrar las paginas de este libro inacabable, de esta historia sin final, dejar de dar vueltas siempre a la misma noria, los mismo malos entendidos, y las mismas palabras de reproche. Miro el mar inmenso y me respondo que se pueden dibujar estelas suficientes para que el azar no vuelva a cruzarnos en el mismo rumbo. Si tú pescas congrios, yo mariscaré percebes. Hay gaviotas suficientes en la orilla del río para jugar con distintos sueños, tu puedes llevar la careta frívola de persona insensible y yo colocarme, tapando mi verdadero rostro, esa máscara de perdedor, así tu orgullo se sentirá satisfecho y nadie sabrá, porque juro no desvelar el secreto, como son las lágrimas de tu desafecto.
Hoy, como ya he dicho, me he despertado con una sonrisa y no habrá nadie en esta vida, que pueda emborronármela durante todo el día y al llegar la noche, la plegará con dulzura, la colocaré a los pies de mi cama y así, mañana, cuando el gallo me despierte con su canto, pueda de nuevo colocármela.
Sí, hoy amanecí con una sonrisa.

XXX
Si ayer amanecí con una sonrisa dibujada en mi mirada, me acosté con una de esas risas que se adjetivan de carcajadas. Mis ojos curiosos de niño, abiertos al mundo se adornan con el carcajeo y me producen una sensación de distancia, es como si viera el mundo desde la altura de una cima, y comprendiera que las miserias son menos miserias, y las virtudes menos reales. 
A lo lejos se oye en ronco sonido del ventarrón que se avecina y ayer ya soplaron en mi nuca las primeras brisas que lo anuncian. Las elecciones están a la vuelta de la esquina. A mi Centro llegaron dos diputados nacionalistas, una vasca y otro gallego, venían de visita, charlamos, comimos y entre sonrisas nos despedimos. De camino hacia mi casa, cuando ya la noche avisaba de en unos días la luna se vestirá de gala, mostrando toda su grandeza, yo medita en lo motivos que nos empujan a engañar al vecino. Y germinó la duda en mi mente, si es al vecino a quien se engaña o nos engañamos a nosotros mismos.
Doble con cuidado mi sonrisa para que no se vista de arrugas, la dejé sobre la mesilla, junto a ese gallo mecánico que marca las horas y me despierta con canto estridente cada mañana y me prometí a mí mismo que no voy permitir que nadie me hurte ese gesto de alegría. Hoy al despuntar el alba, me la he vuelto a colocar en mi cara, me miro en el espejo y veo que en esta mañana la sonrisa es aún más clara. Me lanzo al vacío de la calle, saludo a mis vecinos y camino por la vereda del río. Allí me esperan como cada mañana una bandada de jóvenes gaviotas y una de ellas, pienso que siempre es la misma cada día, fija su mirada en mis pupilas. Y recuerdo mis pensamientos de la noche que ya ha muerto, ahora en la vigilia lo veo más claro, comienzo a entender esas reacciones de las personas que se engañan a sí mismas hasta creer que es cierto eso que con tanto énfasis declaran y me pregunto, si el fin del engaño que luego nos trasladan, somos sus ajenos o son ellas misma las que necesitan creérselo para poder sobrellevar esta vida ingrata.
Y es que ayer, además de esos políticos que, dicen, vinieron a interesarse por nosotros en época de elecciones y se olvidaron durante cuatro años que existíamos, también me encontré con las palabras escritas de una persona que un día juró ser amiga, en la que culpa a otra de su desazón, de esa soledad que le corroe y de nuevo se dibuja en mi rostro la sonrisa, una sonrisa de comprensión, entendiendo que sus falsas acusaciones son sólo engaños que se hace a sí misma, para justificar su cadena de fracasos.
Hoy de nuevo tengo motivos para pasear una sonrisa en mis rostro, pero aunque no los tuviera, lo soñaría para que nadie tenga le poder de hurtarme ese gesto de dicha.

XXXI
Aún no ha llamado el sol a la puerta de la mañana y ya se han despertado mis vigilias. Será que estas noches de luna clara, mi sueño es más profundo y mi despertar más ligero. El día me espera impasible con la agenda repleta. Hoy me vestiré de negro luto, porque esta noche la luna se viste de gala. Hoy deseo cortejar a esa luna altanera, cuando las sombras nos cubran con su manto y el carillón de la iglesia anuncie la hora exacta, me fundiré en la noche, me asomaré a mi ventana y con un guiño cómplice la invitaré a compartir mis sábanas. Quiero seducirla en silencio, hilvanarnos en un perpetuo abrazo y vagar juntos en la noche por un mundo de ensueños. 
Incorporo mi cuerpo cuando el canto de los jilgueros anuncia la llegada del día, despeino mis rizos, plancho las arrugas de mi ceño, me visto la sonrisa y con más valor que genio me lanzo a la batalla, pasearé mi cuerpo hasta la orilla del mar, armado como siempre voy, con mi lapicera y un cuaderno, escribiré en mi memoria los detalles que despierten la curiosidad de este niño que llevo dentro. Navegaré como cada día en el océano a las monotonías, me llamará la atención, una vez más, la cara de dicha que siempre me muestra la joven obesa que me vende el pescado, gozaré con las bromas de la camarera que todas las mañanas me sirve el desayuno, saludaré al estanquero que siempre me hace la misma pregunta y escucharé a mi vecino, cuando coincidamos en el ascensor su versión sobre la climatología del día. Pero quizás, hoy descubra una nueva mirada columpiándose en los ojos de alguna dama, o me despierte la inspiración un gesto de alegría dibujado en el rostro de un niño, o me empuje a la meditación la figura serena de un de esos viejos que, mirando al mar, van descontado las pocas horas que les quedan de vida. O quizás, si así lo quisiera el destino, me dé de bruces al doblar una esquina, con una mentira; una de esas mentiras que esconden tras una risa, un mundo anegado de lágrimas y desdichas.
Esa es la razón de que cada mañana afile el vértice incisivo de mi lapicero, porque en medio de todas esas monotonías que trascurren en torno a la vida, un pequeño detalle puede despertar la más grande de las fantasías, puede presentarse a muerte rondando mi camino; puede, Dios lo quiera, que al leer el periódico me entere que la fortuna me ha hecho rico; o, simplemente sea este día en que la luna se muestra llena, un día sin argumentos, condenado a morir en el olvido, que se consuma sin darme cuenta, agotando mi cuerpo y sentenciándome a pasar una noche en las profundidades insondables del sueño.

XXXII
Llevo días en que el insomnio, y esta vez no es metafórico, se ha instalado bajo mi almohada, las noches se hacen eternas, la angustia oprime mi pecho y mis retinas se humedecen de impotencia a la espera de que arribe a mis párpados el sueño.
He buscado entre las sombras de la noche una puerta a la esperanza, un hilo al que asirme para no despedirme de la vida, una razón que equilibre mi cordura, una luz que me ilumine la salida. Nada me calma esta desazón que corroe mis entrañas, este picor que hurga en las heridas del alma, esta cascada de lágrimas que anega mi existencia.
Me refugio en la soledad de la noche ante un folio inmaculado que ensucio con los vómitos de mis pecados, quiero escribir mi epitafio para que dancen en entre sus letras mis fantasmas, quiero despedirme sin amarguras de esta loca carrera que no conduce hacia ningún sitio. 
Quiero pedir perdón si he ofendido y perdonar las ofensas recibidas, morir con una sonrisa sin temor a que me condene a los infiernos. No pido un acomodo en el cielo, porque no creo haberlo merecido, quizás sería suficiente para pagar por tanto desatino, que la sentencia sea, permanecer eternamente en el purgatorio para expiar tanta torpeza

XXIII
Hace ya tanto tiempo que no escribo que imaginaba que lo había olvidado, hoy que amanezco mecido entre el frío de esta mañana de invierno, con la piel erizada y los recuerdos embalsamados entre algodones de olvido, quiero retar a un duelo a este folio henchido de soberbias y silencios.
Hoy que no lloro ausencias ni reclamo presencia alguna, he limpiado las legañas de las lentes de mis gafas para ver nítida la vida, sin espejismos que ensombren el sendero por donde discurren mis días, he vaciado el lastre de mis alforjas, he sacudido mis fantasmas y he ornado mi rostro con una sonrisa. Me lanzo al asfalto a estrenar nuevos ropajes con más colorido. He desterrado los grises muermos y el negro luto, me visto de blanco inmaculado, de azul de nuevos horizontes y de verde de esperanzas, más acordes con mi oficio de navegante. El sol, que hoy me regala una luz nueva, será el cómplice silencioso de paseo matutino, las gaviotas con sus reclamos pondrán la música de fondo y el agua salada que embate brava contra la rocas será mi armadura. Hoy me pongo en camino, me voy de tus memorias y te hago libre. Puedes, si es lo que deseas, buscar nuevos escenarios donde representar tus pasiones, ir de taberna en taberna coleccionando adulaciones, cantar con voz engolada, llorar lágrimas de cocodrilo, reír sin ganas, vivir de tus miserias. Hoy, en esta mañana soleada de invierno, se han desviado nuestros caminos.

XXIV
Debo estar envejeciendo, lo percibo en la sequía de mis letras y en lo bien que duermo. Parece que este gélido viento de invierno se llevó entre sus soplidos mi inspiración y mis insomnios, mis dudas vitales y mi ingenuidad de niño, de repente una mañana me desperté distinto, me miré al espejo, reconocí en el reflejo mis gestos, e intuí un gran vacío, la noche con su embrujo me había hurtado la palabra, desde entonces, desde aquella fría mañana, vago errante buscando al verbo entre los huecos de mi memoria, indago, exploro, inquiero, rastreo y no encuentro ni una pista, ni tan siquiera las huellas de unas pisada que me indiquen cual fue el camino de la huida. Estoy empezando a pensar que tal vez sea el fruto de algún embrujo, que alguna pócima hechicera me ha limpiado el cerebro y lo ha colonizado de olvidos. 
Al principio pensé que sería un mal pasajero, como esos amores adolescentes, como esas locuras efímeras juveniles, como un romance de una noche de verbena, pero no, esto se prolonga, de tal modo, que me preocupa, y temeroso reflexiono. ¿Qué será de mí sin mis insomnios, sin tu presencia inspiradora? Me temo que me estoy haciendo viejo, tan viejo que duermo como un niño.

XXV
Madrugo tras una larga noche de sueños y al abrir la ventana para saludar al nuevo día, me encuentro con tu blanca figura, gélida y distante. Hoy vienes vestida de blanco inmaculado, disfrazada de nieves, deshojando palabras humildes, justificando silencios.
Dejemos las cosas claras, ni tu me debes nada, ni yo mantengo deuda alguna contigo. Reconozco que hubo un día, cuando la primavera reinaba en los cielos, que dudé si apostar en la partida algo más que unas bellas letras, jugué con mis cartas descubiertas, sin trampas, te mostré mi jugada y te dio miedo el envite. Huiste. Huiste como haces siempre cuando tu corazón se agita y los latidos aceleran tus debilidades. Te aguardé. Como aguarda un marino a que amaine la tormenta, fondeando en la espera. Pero tenías prisa por recalar en otros puertos, beber le vino de otras tabernas, acunarte al son de otros cantos y danzar con otros cuerpos. Aguardé a que volvieras rendida tras la derrota, y volviste, retornaste cabizbaja, con tus rubores de amapola sonrojando tu cara. Intenté, lo prometo, volver a mirarme en tus pupilas, pero el brillo de tus retinas se había ajado, el cristal del espejo se rompió en mil pedazos. 
La generosidad está reñida con las matemáticas, los debes y haberes no los imprimen en el balance de las pasiones, al hacer inventario de amores, sólo debemos contabilizar lo que nos dieron y amortizar como deshecho aquello que dimos. 
Tanta justificación suena a coro de plañideras, a fado de lamentos, a mala conciencia. Quizás haya que decirte como le dijeron a Lázaro: Levántate y anda. Sí anda tu camino en busca de tu meta, pero recuerda, es en los atajos donde uno se pierde y corre el riesgo de olvidar cual era el destino.

XXXVI
No. No voy a rendirme ante este insomnio que perturba sin sentidos, ya he izado el ancla y he largado las velas, hoy que la mar retorna a la calma voy a zarpar para una larga singladura, he trazado en la derrota un rumbo sin destino, un punto imaginario en medio del océano donde el silencio sea más silencio y la noche más negra, navegaré hasta esa línea imaginaria donde acaba el mundo y comienzan las tinieblas, me perderé entre las brumas, hasta alcanzar el punto exacto donde reina el olvido. No giraré mi cabeza para mirar hacia atrás, no llevo nada conmigo, en mi fardel no tienen cabida los recuerdos, esta noche he enterrado mi pasado y aprovecho la brisa de la mañana para insuflar fuerza a las velas, hoy me despido de esta larga agonía, de este pesado pasado que oprime mis latidos, de esta injusta vida, de tus maledicentes murmullos.
Quédate con tu verdad, es toda tuya, quédate con tus frustraciones y tus mentiras, yo prefiero perderme en la mar.

XXXVII
Hoy, al cubrirse el cielo con el manto de la noche, mientras paseaba por el malecón de la playa, he lentificado mi paso, atrasando mi deambular del de mis compañeros, para, en soledad, interrogarme el porqué de mis silencios. Parece que ha transcurrida una eternidad desde aquellas mañanas en que antes de limpiar mis legañas, con la compañía de mis últimos bostezos, me enfrentaba al folio inmaculado para desgranar mis pensamientos. El porqué no tiene explicaciones, o al menos, yo no las encuentro, solamente una lluvia de dudas se esgrimían en mis neuronas como argumento. Quizás fuera a monotonía de estar día tras día, toda una vida, cantando mis penas; quizás fuera el hastío de tanto silencio como respuesta, o quizás, es el vacío por la huída de mi musa, la que me contagia esta afonía que no me permite cantar mis penas.
Realmente no logro desvelar las razones del enmudecimiento, de ese paulatino alejamiento del mundo de las ficciones, de esta despedida que presiento, de este adiós que aún no he pronunciado, pero que ya mastico en el fondo de mi garganta. 
Quizás es que no encuentro sentido a tanta falsedad encadenada, brotando de las teclas de una máquina, a tanta frivolidad disfrazada de cariño, a tanta hipocresía danzando entre el vacío de este mundo virtual sin sentido. 
Quizás me estoy haciendo mayor sin percibirlo, quizás he legado a la edad del escepticismo y tengo prisa por terminar el trabajo inconcluso, necesidad de vomitar en forma de prosa lo que mis ojos han visto, o me he cansado de gruñir, o, simplemente, ya no tengo ganas de jugar en esta partida donde las cartas están marcadas y siempre acabo perdiendo.

XXXVII
Quizás no haya insomnios tras una pesadilla, sino una nueva pesadilla vivida en vigilia y yo me pregunto cuál es entonces la razón de que mis párpados se nieguen a clausurar la luz por temor a caer en medio del torbellino de una nueva y cruel pesadilla, ese miedo que agarrota mis músculos, despierta mis angustias, impidiendo conciliar un reparador sueño que me arme de templanzas para enfrentarme al nuevo día con la fortaleza necesaria para levantarme tras una nueva caída.
Quizás no esté bien definido, y no sea un insomnio esa larga etapa que coloniza mis noches en vela, esa inquietud que se agiganta entre las sombras de la noche, esa ansiedad que eterniza los segundos perpetuando los sinsabores del desengaño, la soledad de la ausencia, la carencia del afecto ansiado... quizás sólo sea una nueva pesadilla vivida despierto, o el simple reflejo de una realidad cruel que me niego a aceptar sumisamente, o la rebeldía de esta alma corpórea que se perturba con la aceptación de la mediocridad de las monotonías, de los medias verdades, de las huidas y los miedos a caer de nuevo en una farándula, o quizás sea la defensa natural de mis neuronas para mitigar mi cobardía.
Insomnio o nueva pesadilla, noche en blanco o velatorio de mi agonía. ¿Qué más da? Si ya no tengo ilusión ni abrigo esperanzas, si ya vivo acomodado en un anticipo de la muerte que entre guiños cómplices me seduce para que la acompañe a ese otro mundo donde las personas caminas desnudas, sin disfraces y las palabras cobran su sentido más real y univoco, si allí, según cuentan, la emotividad viven en paz con la razón, y entre el corazón y la cabeza no hay batalla alguna porque ha tiempo terminó la guerra, 

XXXVIII
Hace ahora algo más de un año, comencé a escribir MIS INSOMNIOS, recuerdo que en alguno de los primeros, le escribía al personaje de ficción que llamaba ALMA MIA, que me ausentaba unos días para ir a limpiar chapapote a la Costa de la Muerte. En el primero de ellos decía:
"Desgracias que hoy me hacen gracia, porque en la inmensidad del fondo de mis entrañas está a punto de estallar la mayor de las batallas, el más cruel de los infortunios, y no será una estúpida guerra, ni un volcán que arrase con su lava mis miserias, ni tan siquiera, será esa, hoy tan socorrida, marea negra que inunda de muerte las costas de mi existencia" 
Al día siguiente, retoma el tema y volvía a escribir:
"Hoy, de nuevo, pasearé mis fantasías adolescentes por la orilla del mar, por esa playa que las mareas han teñido de negro, sembrando desolación y mientras agache mi lomo recogiendo trozos dispersos de muerte, prometeré a mi alma que lucharé, lucharé por desterrar negros presentimientos sembrando vivas ilusiones de un próximo encuentro de tu cuerpo con mi cuerpo, de tu alma con mi alma, de tus besos con mi deseo."
Y como un recurso facilón, una y otra vez iba rellenando las líneas de mis insomnios entre metáforas relacionadas con aquella marea negra que teñía de muerte la costa de mis ancestros. 
En varios ocasiones viajé con grupos de voluntarios a prestar ayuda solidaria; en mi ciudad organicé eventos que movilizaron a miles de personas; a instituciones políticas, sindicales, culturales, artísticas, museos y sobre todo medios de comunicación. En medio de aquella negra experiencia conocí a personas inolvidables, con alguna he seguido manteniendo una relación de profundo afecto y, además, de colaborar en proyectos culturales juntos, ella ha viajado a mi ciudad y yo he ido varias veces a su casa y su estudio, la última esta semana santa. 
Ha pasado año y medio y de nuevo comienzan a florecer entre las piedras de la bajamar, el pan con el que se alimentan mis amigos de aquella lejana tierra, el espectro de la temible emigración ha sido vencido y hoy, en esta primavera tímida en que la lluvia juega al escondite con el sol, me confirman que este verano comenzará la recolecta del percebe.
Hoy me han llamado desde aquella perdida costa y me han arrancado lágrimas de felicidad, el esfuerzo no fue baldío y los marineros no lo han olvidado. Hoy una voz entrecortada me agradecía los esfuerzos de todos cuantos por allí pasamos enterrando entre las rocas días de ocio con un trabajo duro. Sólo hay, que ellos sepan, un voluntario al que no podrán ya agradecérselo, Miguel Valderrama López, muerto asesinado por los fundamentalistas que colocaron las bombas en Madrid. Hace unos días, entregaron a su novia una placa de agradecimiento, prometiéndole que seguirá vivo en la memoria de ese pueblo.
La vida, imperturbable, continúa su camino, son muchos los muertos en ese mar, muertos que son recordados con unas simples, pero veneradas, cruces en el cabo. Hoy esas cruces también recuerda a ese madrileño, hombre de tierra, que descansa juntos a los hombres de mar.

XXXIX
Estoy que me muero de envidia, hoy en mi paseo matutino, comencé a leer una novela, y el buen señor que la escribió, que dice llamarse Sandor Márai, me ha puesto frente a un espejo para que vea reflejado en él, el rostro de mediocridad, recordándome los años o quizás siglos que me aguardan aún, para llegar a escribir como él.
No es que la novela, al menos en las sesenta páginas primeras, que son las únicas que he gozado durante esta mañana, cuente una historia que me subyugue, aunque tampoco está mal ver con tus propios ojos, la decadencia del imperio austro-húngaro, a través de la decadencia de una familia; lo que me ha impresionado es el estilo como la escribe. 
Últimamente estoy percibiendo que hay dos modos de leer una narración, desde fuera y desde dentro, con ojos de lector o con mirada curiosa, cuando leo desde fuera, la historia con su tema y argumento es lo que más me seduce, sin embargo cuando trato de observarla desde dentro, la historia, pasa a ocupar un puesto secundario. 
Este señor se suicidó. No me extraña. Llegando donde había llegado, dominador de la palabra, qué más podía esperar de la vida. Yo que en ocasiones me pasó horas ante un párrafo y no consigo componerlo de un modo satisfactorio, al leer la belleza sencilla me embriaga esa sensación de sana envidia, esa sensación de mediocridad que arraiga en tu conciencia, y me pregunto si merecerá la pena seguir leyendo a los genios con esa secreta intención de aprender de ellos. 
Es curioso que cada cierto tiempo me replantee mi afición a la escritura, haga un balance de si esta vocación tardía, tienen visos de realidad o es como uno de esos sueños con los que fantaseo en mis paseos, o uno de esos espejismos con los que a veces me ciego, esos amores que uno cree sinceros y se esfuman al poco de conocerlos.
Hoy a la vuelta de mi paseo he cogido mis sesenta folios escritos, de eso que yo soñaba que era el comienzo de una novela y he estado a punto de arrojarlos al fuego, gracias a que no tengo en casa fuego, que la comodidad de esta vida moderna me ha privado de encender la lumbre e Iberdrola se encarga de calentar en la vitrocerámica las ollas en las que cocino. 
Y no las he tirado a la basura, porque en el último instante una fuerza interior a la que llaman prudencia, me ha susurrado al oído que las guardara, porque aunque solo hubiera una línea, unas entre sesentas folios, que mereciera la pena, sería una traición deshacerme de ella.
Y aquí estoy, de nuevo revisando mi novela, con la cara entristecida y la realidad abofeteándome en los mofletes. Mañana es lunes, el mejor día de la semana, quizás para entonces ya haya huidos de mis entrañas esa sensación de vacío.

XL
Ya no suenan los clarines despertando la mañana, enmudecieron las fantasías, la noche perdió su encanto y los amaneceres me descubren sumergido en mi sueño. Hubo un tiempo antiguo, ya viejo y arrugado, en que aún ardían en la hoguera las ilusiones y cada mañana, al despertar mis legañas, buscaba entre las letras la voz inmaculada de una quimera, eran tiempos de esperanza, en los que deliraba perdido entre hechizos, ansiaba encontrar entre las sombras la luz tenue e insinuadora que emanaba desde sus pupilas.
Hoy vivo en presente, conjugando entre silencios palabras vacuas, vaciedades que antaño me encandilaban, mentiras decorados con versos de reestreno, con estrofas marchitas donde se mecen el engaño y la mentira.
Cada mañana, cuando mis párpados se alzan, apoyo en mis orejas los lentes para ver la vida sin miopías, me visto con ropas usadas, calzo mis píes desnudos y me lanzo a la vida. A mis años no es prudente volver la mirada atrás, puede producirme tortícolis, por ello camino con la vista fija en el futuro, tratando de llegar a la próxima esquina, con la esperanza de que al dar la vuelta al recodo, encuentre la mar invicta, esa mar donde siempre se mecieron mis vivencias, esa mar incolora que a veces se me brinda de verde esperanza, de azul celeste o de grises premonitorios. Mi mar, mi casa, mi vida.
No me pidas más palabras, no me exijas más esperas, todo lo que atesoraba lo perdí en la última mano de una aciaga jugada, ahora vago errante y solitario por este mundo de letras, y como nada codicio, todo lo que cosecho me satisface, y a veces, hasta me sobra un punto o una coma, una tilde mal colocada, o unos puntos suspensivos. Ya ves con que poco me conformo, tan poco, que ya no ambiciono ni tus caricias, ni tus palabras.

XLI
Cómo me pesa el sueño de tanta noche en vela, me pesan estas carencias de insomnios, está mudez impuesta. Me pesa la ausencia, esta distancia que se alarga interminable, las palabras huecas que preceden a los silencios y me pesan estas monotonías que se suceden una a una podando las fantasías.
Hoy ha amanecido un día claro, el sol dueño y señor de los cielos ha desterrado al exilio a las nubes pasajeras, confinando las lluvias de estos días que nos precedieron, secando las lágrimas que han humedecido las sábanas de estas noches de vela. 
Voy a aprovechar este día de soles para dar un paseo y despedirme de la ciudad y los amigos, mañana que es festivo comenzaré a arranchar mis alforjas para preparar mi viaje, un poco de ropa, los artilugios higiénicos, los apuntes y un libro, es todo cuanto necesito, limpiaré mis ojos y desatascaré mis oídos, quiero observar el mundo a mi paso, dejar constancia en mi libreta de las expresiones de la gente, las sonrisas de los niños y esas miradas de los viejos que tanto me enternecen cuando observan la vida con escepticismo. 
Quiero constatar esas diferencias que marca un océano, ser un emigrante efímero, percibir esas nostalgias que se acomodan en las entrañas cuando la vida te expulsa de tu casa. Quiero compartir los desencantos de aquellos que un día armados de penuria decidieron hacer fortuna en tierras extrañas y hoy, que la fortuna huyó despavorida y ha florecido la pobreza en sus hogares ya sólo les queda la última esperanza de volver para morir a su tierra.
Quiero masticar una a una sus palabras, escuchándoles con atención, desgranando los por qué del fracaso de su empresa. Embarcaron siendo niños hacía un paraíso donde, según les dijeron, la vida les vestiría de sonrisas, en pocos años acumularían riquezas y luego volvería a su pueblo como señores afortunados. Ahora que ya han despertado de su sueño, que han comprobado que en todos los lugares existen las mismas miserias, que aquí y allí llueve de arriba abajo, que todos somos hijos de una misma madre y que los milagros son cosas que sólo ocurren en los cuentos, quiero en estos malos momentos, prestarles mis oídos y regalarles mi mirada solidaria.

XLII
Hoy dormí como duermen los lirones en invierno, un sueño largo y profundo alejado de las realidades. Mis pensamientos se deslizaban sobre la almohada dando vueltas a los preparativos de mi viaje, hace calor en aquel otro extremo del mundo, tendré que recuperar entre mis cajones la ropa que retiré hace semanas cuando el otoño llamó a la puerta vestido de lluvias y gélidos vientos. En algún momento, sin darme cuenta, se rompió el hilo que me anudaba a la vigilia y caí por el abismo del sueño.
Hoy despierto cuando el día aún es madrugada, antes de que la lluvia humedezca el asfalto y despierte de su letargo la ciudad, acelero mis pasos en busca de cobijo y soledad entre los silencios de un templo. A las puertas un mendigo me acerca su mano solicitando una limosna. Con las prisas he olvidado mi cartera. La basílica está desierta. El sol se filtra entre los policromos vidrios de la bóveda del altar, me acomodo en uno de los bancos de fondo de la iglesia, velo mis ojos y dejo que mi imaginación vuele entre los huecos de mis neuronas. 
Hoy he mudado la playa por el templo, el rumor de las olas por el silencio sepulcral, el horizonte abierto por cuatro vigorosas paredes de piedra, quiero estar sólo unos instantes, buscarme, ir desmigando mis dudas una a una para esculpirlas en un folio blanco, encontrar el lugar exacto donde acaba mi ignorancia y comienza mi libertad. El orgullo muchas veces me ciega y esta memoria mía tan selectiva y obstinada siempre desentierra actos o palabras que deberían estar olvidadas. Son los fantasmas de mi pasado que siempre me acompañan, los por qué nunca aclarados, esas luchas entre el yo emotivo y el yo racional, los limites de la condición humana, mis miserias.
Un monaguillo va prendiendo los cirios del altar, pronto comenzaran los oficios de este día de guardar y los feligreses llenaran con sus murmullos de ruidos el templo, es hora de embarcar hacia nuevas latitudes, de salir a la jungla humana y batallar a pecho descubierto con las realidades mundanas. Llueve, es una lluvia pertinaz y casi imperceptible, decido caminar para recorrer las distancia entre este oasis de paz y casa.
No llevo dinero, pero me fían la prensa y el pan. Ya en casa preparo café y desayuno sin despertar a mi familia, pronto el día ira retomando su pulso, la anormalidad cotidiana del discurrir vital, ya en uno minutos dejaré de ser yo para ser entre la manada uno más.

XLIII
Todo un domingo lloviendo convierten la ciudad en un desierto y los hogares en un refugio donde recogerse para ver el mundo y las fantasías, a través del espejo televisivo. 
Todo un día la cama susurrándote al oído, invitándote a mecerte entre las sábanas para vivir el día entre sueños. Así es la naturaleza en otoño, una dama que nos contagia sus tristezas, nos hurta los paseos, la alegría de perderse entre la manada, las procesiones en masa y nos recluye en la soledad de la familia.
Ahora que los campos se visten de colores, que el verde de la esperanza cede su lugar a los ocres melancólicos, que los caminos empedrados que se alfombran de hojas secas, que los antaño estériles ríos de cauces secos, bajan bulliciosos desde la montaña, ahora nos enclaustramos entre paredes ajadas por el hastío y nos mecemos en monotonías. 
Y pensar que este otoño sólo es el prefacio del próximo invierno, donde la nieve y el frío entumecerán nuestra voluntad, donde los días de corta traza, alargaran interminables las noches, invitándonos a rumiar entre insomnios el significado de estos flujos que convierten los ayeres luminosos en presentes tenebrosos.
Llega la hibernación, los días somnolientos, los ceños fruncidos, las miradas pétreas, pero al vida continua a pesar de nuestro letargo, ofreciéndonos otras vistas a través de la ventana, otros sueños en nuestra cabeza y otras esperanzas.
Hoy me despierto con un tímido sol que no se asoma, agazapado tras una cortina de nubes se niega a mostrar su faz luminosa y sólo puedo intuirlo más allá de los grises, tan lejos que quizás no alcance a calentarme y salgo a las calles en busca del bullicio que ahogue estos silencios que me amordazan. Optó por emparejarme con la naturaleza y he decidido que hoy visitaré al peluquero, que deshoje mis rizos y me cambie el ornamento de esta cara mustia que imita a la naturaleza.

XLIV
Casi es mediodía cuando mis ojos reciben el nuevo día, hoy el gallo no alumbró mi vigilia, mecido en sueños atrasados recupero el tiempo hurtado en mis ausencias, el cálido nido de mis sábanas me acoge en su útero y no deseo cortar el cordón umbilical de mis legañas. Pero el estridente sonido de la vida resuena en el teléfono poniendo punto final a mi letargo.
Hoy el sol luce sin candor, como aperitivo del invierno que se acerca, el día se viste de luces gélidas, invitándonos a abandonar el hogar y, abrigado, salir a la jungla de asfalto. Cubro mi calva con un gorro de lana, me enfundo dentro de una gamuza y salto al mundo dispuesto a vivirlo dentro de la manada. Mi primera estación es en el bar, una taza de café, un bollo y la prensa diaria, como un rito recobrado tras mi ausencia, voy leyendo las miserias de la vida entre sorbos azucarados de café cargado, constatando en cada línea que el empecinamiento humano sigue presente en todos los rincones del mundo, escenificando guerras sin sentido, sembrando hambres y crucificando ilusiones.
He vuelto a las monotonías, a los días que se encadenan vacíos, a la noria silente que gira sin horizonte trasladándonos del ayer al hoy y del hoy al mañana en una carrera sin sentido hacia ninguna parte. Me fijo en los rostros de mis vecinos, todos pintados con una sonrisa perfecta y una mirada ausente de ilusiones. En mi paseo me cruzo con anónimos autistas que caminan solitarios y me pregunto qué secretos guardarán en sus entrañas, qué ilusiones arrullarán sus fantasías cuando la noche alumbra sus sueños, qué recuerdos atesorarán en sus memorias y cuál será la causa que les robó la esperanza.
Hoy hace frío, frío que anuncia la llegada del próximo invierno, frío que nos encoge los sueños y congela las ilusiones, hoy me retrato entre el rebaño constatando la pobreza de nuestras vidas, siempre monótonas, siempre las mismas y un grito se atora en mi garganta, un grito que enmudezco para que no adjetiven de loco, un grito que me trago atragantando mis ansias de vida y opto por imitar a los rostros que me miran, me pinto un sonrisa perfecta y tristezas en mi mirada.

XLV
Tras mecer mis sueños durante semanas en una cama ajena, he vuelto a acunar mis insomnios en mi lecho. Llegué rendido y sin tiempo de revisar los claroscuros que dibujan abstracciones en las paredes, me acosté, velé mis párpados y sucumbí entre los abismos de las sombras.
Hoy me despierto con las primeras luces del día, deshojo mis legañas, regalo a la vida un par de bostezos y me levanto. A los pies de la cama, expectante, me espera mi compañera olvidada, la perpetua duda que siempre me asalta. Hoy viene vestida con oropeles de amiga, con una sonrisa amplia, se acurruca entre mis soledades para manifestarme cuan feliz la hago al mecerla entre mis brazos y me confiesa entre susurros cuánto me ha extraño en mi ausencia.
Y yo le digo que también la llevo en mis recuerdos, que nunca olvido su mirada, que no olvido sus ausencias y que hay noches que cuando el firmamento se viste de negros hábitos arrullo mis sueños evocando sus palabras para alimentar mis insomnios.
No recuerdo nuestro primer encuentro, ni recuerdo, tampoco, nuestro primer beso; pero sí recuerdo las grises vacilaciones, las ausencias programadas, como se cruzaba de acera para soslayar nuestro encuentro cuando a lo lejos percibía mi presencia. Y me pregunto si ahora que de nuevo se acomoda a los pies de mi cama, no será porque las ausencias la han preñado de vacíos. Y callo mientras la escucho, clavando mi mirada en sus pupilas porque ya no me fío, porque ya nunca sabré las razones de que hoy esté conmigo. 
Me aseo, peino mi calva, abrigo mi cuerpo y escapo al mundo, paseo por la ribera del río desgranando un monólogo sincero y reflexiono sobre como se siembran las dudas. Es tan sencillo, la semilla siempre es un silencio calculado, una respuesta vacilante, una inexacta palabra que se cuela en el discurso y la duda florece como una amapola entre las espigas del trigo.
Hoy que el sol del otoño reina en el cielo miro a la duda a me sonrío, de nada sirve podarla porque las dudas son perennes y jamás se marchitan. Cuando el trigo madure y llegue la época de la cosecha, a la hora exacta en que procedemos a separar la paja del grano, volverá a presentarse el espectro de sus pétalos para recordarnos que la duda sigue con su presencia perpetua anidada entre los huecos vacíos de nuestras neuronas.
Es curioso que esos pequeños detalles nos emocionen más que los desenlaces, que un gesto, una palabra a destiempo puedan eternizarse en la memoria sin que jamás pueda borrarse.

XLVI
Mis insomnios se están trasmutando en un largo letargo.
Quizás sea la depresión que se aproxima y me refugio entre las sábanas para esconder mis temores. 
Temo volver a encontrarme con el brillo de tu mirada y no poder sujetar las bridas de esta locura que presiento, y dejarme vencer, una vez más, aun cuando sé que sólo soy el sustituto de una ausencia.
Apiádate de mi debilidad, no me despiertes ni trates de cambiar el rumbo de mis soledades, permite que navegue hasta naufragar de melancolía en alguno de mis sueños de esta noche eterna.

XLVII
Llevo días acunando mis sueños en profundas somnolencias, noches ladronas que me roban mis insomnios, esos irrepetibles momentos en que me encuentro frente a mi yo más íntimo, desnudo, sin convencionalismos que atraganten mi voz, ni escenarios donde me obliguen a representar papeles ajenos. 
Son mis insomnios ráfagas de tiempo pintadas con la brocha gorda de la franqueza e ilustradas de sincera libertad. Encuentros efímeros con el yo que llevo enterrado en los profundos huecos de mis entrañas, entre las víscera donde no existen el engaño o la mentira piadosa, donde el negro de fondo resalta los matices irisado de los colores reales sin matizaciones absurdas.
Es allí entre los claroscuros de la noche filtrados a través de la ventana donde afloran mis pasiones desnudas, mis dudas, mis interrogaciones y mi ignorancia. Donde a pesar de verme nítido no me reconozco, es allí donde te pienso, donde reflexiono en este continuo ir y venir, en nuestros encuentro y desencuentros, donde analizo los porqués de ese deseo de encontrar en mis ojos tu mirada que despierta en mí el deseo de besarte, de mecerte entre mis brazos y susurrarte al oído que te amo. Es allí donde las contradicciones de nuestra relación se relativizan y la luz que desprenden tus pupilas ilumina mis neuronas, es allí donde firman la paz mi cabeza y mi corazón, mi racionalidad analítica y mis sentimientos amorosos.
Y todo este mundo onírico que gira en torno a mis insomnios me ha sido hurtado por estas noches de sosiego donde encadeno mi vida a un sueño profundo de desterradas pesadillas, donde todo es silencio, soledad y muerte efímera, cuerpo inerte que respira acomodado entre las sábanas apoyando mi cabeza entro los vacíos de la almohada.
Como añoro aquellas noches en que invadido de insomnios me asomaba a la ventana armado de un cigarrillo, embriagado de pensamientos y te veía entre las sombras que dibujan en el firmamento las estrellas, y me sonreías reflejada en la luna. Todo ello se ha evaporado en este transito profundo de mi sueño, ahora dedico la noche a mecerme entre sueños, a olvidar que la vida se vive despierto.
Pero cuando la noche acaba su recorrido y mis bostezos despiertan con el canto del gallo, siempre te evoco a los pies de mi cama y antes de asear mis legañas, me siento en el borde del tálamo y en silencio te saludo con un BUENOS DIAS ALMA MÍA.

XLVIII
Claro que tengo una musa que me inspira, un hada peregrina que siempre en silencio me acompaña, que llora sin que yo la vea cuando yo lloro y canta salmos de alegría cuando en mi rostro se asoma una sonrisa.
Es una musa etérea que siembra mis entrañas de dudas, que despierta en mis sentires las pasiones más extremas, una veces odios y otras... amor infinito.
Cuando me besa babea mi dicha, cuando me abandona sangran mis lágrimas. Es un musa que prendió tiempo atrás la mecha de una hermosa revolución en mis neuronas y por mucho que yo huya, ella siempre me alcanza.
Sí, tengo una musa que se llama
ALMA MÍA.

XLIX
Me he dormido, el sueño me ha tenido encarcela hasta más allá de la hora prudente, inmerso en las profundidades de la nada dilapido la vida entre las sábanas, y no me gusta, no quiero perder un tercio de la vida paciendo inconsciente sin saber qué es lo que sueño. Será por eso, para protestar por tanta somnolencia , que hay noches que compongo un coro de ronquidos, reclamando con bramidos que me despierten, que me resuciten de esa muerte fugaz que inhuma entre los lienzos blancos de mi cama.
Hoy amanece una mañana entintada de grises tristezas, mientras paseo gotean del cielo nostalgias que me trasportan a tu recuerdo, a ese goteo tuyo con el que mortificas nuestra andadura, esas palabras sueltas que a veces se escapan rebeldes de tu garganta y se posan en mis oídos sembrando dudas que nunca se aclaran. Son como trazos sueltos multicolores con los que voy pintando en el tapiz inmaculado donde dibujo tu historia. 
Hoy en medio del paseo me detengo y observo ese cuadro que te estoy pintando, el boceto aún es ilegible, son tantos los puntos suspensivos, tantas las interrogaciones que adornan tus versos que no alcanzo a descifrar el mundo que se oculta tras el brillo ocre de tu mirada. Huyes de las preguntas y te encabritas como una loba en celo cuando vomito ante tu mirada los vacíos con los que ayer construiste nuestra morada. 
Y luego me sonríes con un cándido gesto para expresar el que aquí no ha pasado nada. 
Sigue del cielo goteando lágrimas, mi cuerpo se empapa de nostalgias, hay días en que te descubro muy cercana y otros en los que un inmenso océano de dudas nos separa. Y no hallo el momento ni el lugar donde ubicar tanta incertidumbre, se agitan mis alas invitándome a volar en busca de otro acantilado donde anidar mis soledades, otra taberna donde hospedar mis canciones entre largos tragos de vino añejo y otro lecho donde acunar mis insomnios.

L
Es curiosa esta sensación con la que me levanto hoy, una sensación entre rebelde y escéptica, entre nómada y sedentaria, miro al horizonte y algo me empuja a navegar para alcanzarlo y sin embargo, sé que cuanto más me acerque a él, más se irá alejando. Hoy me levanté temprano, lleve mi auto a su revisión anual, ese auto que permanece casi siempre parado, enclaustrado entre las paredes de un subterráneo como si ya lo hubiese jubilado, y es que cada día me apetece más caminar y menos dejarme llevar sin sentido. 
He aprovechado las dos largas horas de revisión para acercarme a visitar a una amiga, y en este caso la palabra amiga atesora todo su significado. Desde hace dos años en que deserté de mi trabajo casi no nos vemos, antes todos los días charlábamos, era como una adición que compartíamos. Comenzaba los lunes a primera hora de la mañana, el primero en llegar a su oficina le enviaba un saludo al otro por el correo electrónico interno, nos pasábamos la mañana intercambiándonos mensajes y cuando el uno o la otra salía a visitar algún cliente, nos avisábamos para vernos y tomarnos un café juntos. Ella sazonaba nuestras charlas con su juventud y la ambición que le supuraba por todos los poros de cuerpo, yo le prestaba mi experiencia y el mucho escepticismo que me sobraba. Cimentamos una amistad que nadie llegó a comprender, ella era joven, yo un carcamal; ella era guapa, yo un adefesio; ella era muy reservada y yo un charlatán. Al principio pensamos que no era prudente que se supiera nuestra relación y nos veíamos con discreción apartándonos de las miradas curiosas, pero un día sí y otro también tropezábamos con las miradas indiscretas de otros compañeros y pronto el rumor se hizo griterío. Una noche ella entró a un chat donde sabía que no me conectaba a diario, me extrañó verla allí, me buscaba. Aquella mañana y de forma imprevista, su madre había fallecido. La noche se alargaba en un perenne insomnio, su padre y su marido dormían y ella necesitaba llorar. La llamé por teléfono y la noche acuno nuestras palabras, durante los dos días que duraron las exequias fui su sombra permanente y todos nuestros compañeros percibieron que nuestra amistad no escondía dobleces. Desde aquel día nuestros sentimientos fraternos se fondearon en las profundidades de nuestras entrañas. Ya no nos venos cada día ni nos cruzamos mensajes por el correo, pero aquel hilo de oro que bordó nuestra confianza, sigue brillando los días en que las tormentas anegan los senderos por los que caminamos, hoy fui a rendirle cuentas, a compartir mis últimas experiencias, ella me ha escuchado y al despedirnos, después de regalarnos dos besos me ha mirado de una forma tan especial que no ha hecho falta que pronunciara la palabra alguna, le he sonreído y le he devuelto la misma mirada.

VI FASE


I
Se muere la noche con tu despedida, me pliego entre las sábanas meditando tus últimas palabras, siento el tiempo que arrulla deslizándome hacia las profundidades del sueño y asoman en mi memoria los ayeres desvestidos, el hoy vacío y el mañana incierto.
Me duermo. Se borran los recuerdos de mi mente hasta que al asomar por la ventana el nuevo día, la luz despierta las memorias, nuestro primer encuentro y nuestra despedida.
Hoy el cielo se conjuga en grises mustios y el asfalto aún no ha secado sus lágrimas, esta noche en que enterré entre los sueños mis recuerdos el cielo ha llorado de melancolía. Me desayuno mirando tu sonrisa, intentando descifrar que fantasmas se esconden bajo ese manto de nácar y esas crines de yegua indomable.
Hoy dedicaré mis horas al protocolo, recibo a una amiga que llega desde los confines del mundo, mañana será iniciada en el más antiguo de los ritos del fuego, ella que es hija de la piedra, que su lenguaje lo traza con el cincel y la maza, quiero quemarse viva entre pócimas embrujadas, crecer apareándose con el barro y el agua, purificar su desconsolado pasado y trazar en la carta de su derrota un nuevo rumbo en busca de un horizonte de dichas.
Hoy que llueve sobre mi calva, que he dormido como un niño y he despertado con mis recuerdos, quiero mirar hacia delante y continuar mi camino.

II
Anteayer llegó desde los confines del Finisterre una amiga que comparte web e ilusiones conmigo. El cielo ya estaba enlutado y lloraba de angustias, me llamó por teléfono como habíamos convenido, fuimos a buscarla y en su compañía cenamos con otros amigos.
Ayer junto con ella y otras amigos desfilamos en un ritual de fuego y en medio de la peregrinación tu dedo señaló mi identidad. Fueron unos efímeros momentos, la zozobra de la ignorancia al verme reflejado en tu mirada enmudeció mis neuronas, no supe que decir, ni tan siquiera pude pronunciar tu nombre. Pasaron las horas mientras merodeabas mi pensamiento. Y llegó la hora del encuentro. Una larga parrafada diseñando bocetos.
Hoy despierto con un adjetivo escupido en mi rostro, extraído de su contexto. Y medito si será un ejercicio literario, una meditación íntima o un sutil modo de vomitar las rabias.
Es el coste de la palabra escrita que mana desde una garganta y va a morir entre los ojos de su lectora con formas y gestos propios. Una palabra puede ser de duro acero o puede ser de blanda mantequilla, pero al atravesar las distancias del océano, el acero se trasmuta en hojalata y la mantequilla en veneno. Y me pregunto si se podrá zurcir ese desgarro, si el fino lino de tus vestimentas soportará las costuras de una aguja penetrando con su hilo de ternuras para remendar la herida.
Hoy es día de visita, hierros retorcidos en medio de la ladera expuestos al cielo me esperan, hoy el arte de la escultura me mostrará que toda manifestación humana es susceptible de ser reinterpretada, cada mirada se posa en un detalle diferente y la mente lo desfigura,, hoy como ayer y como será mañana, no serán mis palabras armas asesinas, serán simple manifestaciones de ese magma que arde en mis entrañas, lava que escapa por el cráter de mi boca intentando habitar tu montaña.

III
La noche ha trascurrido plácida acurrucado entre las mantas, ayer en mi paseo vespertino el frío se aposentó en mi calva y destempló mis ilusiones. Navegué durante las primeras horas de la noche por un mar dudas, hasta que en el cielo una estrella orientó mi derrota, cambié le rumbo y la singladura me llevó a recalar en otro puerto.
Hoy me despierto con las ideas más claras, el cielo gris húmedo y el aire gélido que sopla del norte, una alianza de elementos que hacen mi navegar más tranquilo. Temprano encharqué mis pies entre los charcos que va dejando la lluvia pertinaz entre el asfalto, desayuné tranquilo mientras devoraba las esquelas en la prensa y luego dedique mis esfuerzos a mis monotonías. Las gentes se lamentan de estas jornadas inundadas de frío, al fondo las montañas se blanquean con la nieve y yo cegado por mis insomnios paseo como si nada hubiera sucedido. Y es que no entiendo porqué nos quejamos de frío en el invierno y de calor en el estío. Si es lo natural, que en verano sudemos y al acercarse el solsticio tiritemos. 
Tras mi sesteo me preparo para lanzarme de nuevo al ruedo, para torear a la vida sin sentirme herido por tu cornada, ni que la despedida silenciada de tu partida despierte nuevas melancolías. 
El mundo es una gran esfera donde todos tenemos cabida, las carreteras están sembradas de señales donde se nos obliga a seguir unas normas, pero cada cual es muy libre de elegir su destino. Recuerdo que cuando era peregrino al acechar la noche y oscurecerse los caminos me detenía en la primera posada a esperar que tu destino se aparcara en la misma fonda, para después de cenar tener contigo una entrañable charla. Me temo que en alguna encrucijada hemos tomado caminos diferentes, tú hacia tus silencios y yo al encuentro de mis sueños, ya no tiene sentido esperarte en ninguna taberna del camino para bebernos juntos un vaso de vino. Ahora cuando llego a mi etapa diaria saludo a todos los contertulios, siempre encuentro alguno que necesita vomitar sus recuerdos y yo, generoso, le presto mis oídos. Me cuentan historias de amores vencidos, de batallas juveniles, de viajes por mundos exóticos, evocan a personas que ya partieron hacia otros mundos o se ensueñan hablándome de sus hijos. Siempre son las mismas historias con distintos protagonistas, la soledad, el desamor y las alegrías, son tan semejantes todas las vidas que a veces medito si será un castigo divino el que creyéndonos tan eternos y libres, seamos todos tan efímeros y repetitivos.
A veces pienso en Diógenes, aquel loco que buscaba al hombre iluminándose con un candil y jamás lo halló en parte alguna, será que no existe el hombre, que todos somos títeres de los antojos de un ajeno, muñecos sin voluntad con los que juega el azar a su capricho. ¿Y qué más da? Si mentirnos y no ver la realidad nos hace felices, sigamos el juego, cantemos las mismas canciones en las mismas tabernas y escuchemos las mismas estupideces al resto de los peregrinos. 

IV
Llaman a la puerta, son tres golpes secos que me despiertan. El día ya se ha aposentado tras mi ventana con su tenue luz de otoño. Es el señor que limpia el portal para decirme que los ascensores no funcionan. Llueve e imagino que hace frío. Le doy las gracias y lo despido. De nuevo hoy mi paseo se me ha esfumado, no es por la lluvia ni el frío, sino por el viento. Telefoneo a la empresa de mantenimiento para que vengan a repararlo. Cubriré mi cuerpo, mi calva con un sombrero, mi cuello con la bufanda y el resto cobijado bajo la chamarra. 
Ayer un coro de voces inundó el espacio, veo crecer la creatura día a día, va madurando como maduran los buenos frutos, el sol verdea sus hojas y el húmedo riego refresca las entrañas enterradas bajo la tierra, la constancia siempre deja huella. Pero como todo fruto, cuando madura es apetecible, cuando plantamos el árbol las viejas comadres chismorreaban, nadie creyó que germinara en el otoño, ahora que sus colores ornan los campos, corremos el riesgo, si nos abandonamos, a ser invadidos por los insectos parásitos. 
De aquella huerta de antaño hemos hecho un jardín. Llaman de nuevo a la puerta. Ya han arreglado el ascensor. Ya puedo abandonar mi casa y aventurarme en la jungla de asfalto, mezclarme entre la manada y ser un anónimo personaje oculto bajo mis ropajes, leer las esquelas mientras me desayuno y dejar volar mi imaginación al ver los gestos de los viandantes. Este jardín que florece a las puertas del invierno con rojas camelias y amarillos crisantemos debemos cuidarlo, podar las ramas secas y arrancar de cuajo en cuanto se asomen hacia el cielo todas las malas hierbas. 
No quiero obsesionarme, ni mostrar el jardín hermoso como un trofeo, es un simple espacio de flores adornado, donde pasear a los atardeceres nuestras soledades, donde podamos acomodarnos a la sombra de un magnolio a leer los pensamientos ajenos y dejar que vuele entre nostalgias nuestras fantasías.
Hoy llueve, hace frío, el ascensor no funciona, pero en el jardín florecen entre inclemencias las flores más bellas. 

V
Se agota el tiempo de la espera, tus plomizos silencios se han acomodado en mi vivir diario, ya no espero oír tu melodía, ni mi mirada escudriña tu ventana para ver asomar cada noche tu figura. Te estás diluyendo en mi mundo de evocaciones, serás en breve el ajado recuerdo de un momento no vivido, una leve mota de polvo que vaga errante por mi pasado, un suspiro olvidado en algún rincón de mi existencia, un adiós no pronunciado. Y no quiero recordarte de este modo, quisiera poder retenerte entre mis neuronas como aquel enigma que descifrar no pude, como aquel ser que un día me miró con las pupilas llenas de deseo, alegre y cantarina.
Ahora que te miro en la distancia, que te he bajado de mis altares, que la noche se ha hecho presente, entre mis insomnios te miro y no te veo. El enigma ha perdido su encanto, lacerado por tanta huida, por tanto silencio. Vete tranquila, que yo ya no te necesito.
La noche me cubre de brumas y mi cuerpo cae rendido entre las sábanas, me acuna la soledad y duermo. Sí, duermo. Duermo como siempre he dormido, sosegado y sin frío. 
Nace hoy una nueva mañana, un nuevo día de estrenos, una nueva jornada para enfrentarme al mundo, para ver mis ojos reflejados en una nueva mirada, para compartir otra sonrisa, para seguir vivo.
Hoy no llega a mí la inspiración para deshilachar nuevos verbos, hoy prefiero agazaparme entre suspiros, esperar a que llegue la hora exacta de un primer encuentro, de una nueva musa que me contagie de nuevas esperanzas y me dé nuevos bríos, hoy que ya se agotó el tiempo de la espera, me espera un nuevo comienzo. 

VI
Hoy me despierto tarde, muy tarde, tras una larga noche de sueños, abro los ojos y mi pensamiento y ahí a los pies de la cama como cada mañana, me esperas, silente y con la mirad fija en mi mirada, serás tú mi condena, mi eterna compañera. Eres la Duda perpetua que siempre me acompaña.
Hace unos días me preguntaron que a dónde huyeron mis insomnios, y no supe que contestar. No sé la causa de por qué ya no sueño y me estoy acomodando en la realidad, contesté que mis musas se han fugado, tras un portazo huyeron de mi lado, pero los sueños nunca se fugan simplemente enmudecen, enmudecen como enmudeciste tú, arropada tras silencios calculados. Ayer volvieron a preguntármelo y volví a dar la misma respuesta, dije que mis musas se han esfumado, las perdí un día de bruma en que el horizonte se escondió entre la niebla y el sol se declaró en huelga, era una día viejo de otoño, amenazaba lluvia, salí a pasear sobre una calle alfombrada de hojas secas, vagué errante por la orilla del mar, sólo, dialogando con mi pensamiento, interrogándome sobre las razones de tu silencio. No obtuve respuesta. El cielo se puso a llorar humedeciendo mi figura.
Quisiera poder encontrar a mi musa, desnuda sin adornos que velen su verdad, pero mis neuronas me dicen que es imposible y mi duda, que me espera cada día al despertar sentada a los pies de mi cama , con una sonrisa malévola dibuja en su faz me mira en silencio y sin pronunciar palabra me indica que seguirá caminando a mi lado, que ella es la más fiel de mis amigas, que jamás me dejará.
Y aquí estoy, sólo, sin insomnios y con mi duda a cuestas.

VII
He despertado con la luz del cielo ya estrenada, era día desde hacia varias horas, mis bostezos alargan el lento despertar de mi mirada, alzo mis párpados y te veo, como cada día esperándome despierta a los pies de mi cama. Siempre estás ahí, impasible, silenciosa Duda mía. 
Y te miro antes de mirarme en el espejo y sin pronunciar palabra te comento que no entiendo esta larga agonía de silencios, no comprendo qué es lo que está ocurriendo ni qué ideas transitan por tu cabeza, qué es lo que te he hecho para que me busques para que me encuentres cada día para sólo compartir silencios. Lanzo hacia atrás mi mirada buscando entre los horizontes caducos las razones de tus huidas, las razones de tu silencios y sólo llegan a mi memoria tus temores manifiestos. 
Quizás tengas razón y todo sea un juego de espejismos, como esos laberintos plagados de espejos donde se desfiguran las formas mostrándonos como monstruos imperfectos. Quizás tengas razón y haya que colocar distancias, edificar barreras como en el coso, donde se distancia al público del lugar donde se enfrentan el toro y el torero. Quizás yo sólo sea parte de ese público que aplaude y vitorea tu faena, que regala flores y mantillas cuando el vencedor da la vuelta al ruedo, quizás ese sea mi papel en esta fiesta, ser juez que saca un pañuelo al viento para rendir homenaje por lo bien que rematas con una limpia estoca a la fiera.
Lo intento cada día, prometo que lo intento, que quiero seguir tus dictados y no preguntarte nada, dejar que el río fluya libre por su cauce hasta encontrar la mar invicta donde se pierde entre la masa de agua que libre navega por el océano. Que llegues a ser mar y te diluyas entre recuerdos, agua salada que se nutre de las lágrimas.
Me dicen que últimamente me falta la musa con que alimentaba mis insomnios. No, no es eso, lo que me falta son ganas, ganas de seguir desnudando mi alma, perdiendo jirones de intimidad entre palabras. He perdido poco a poco las ilusiones, se me cayeron al suelo y se perdieron entre los guijarros del camino, en ese laberinto de silencios que tuve que recorrer cada día para encontrar tus respuestas, en ese caminar sin rumbo buscándote tras tus huidas. 
Quizás hubiera sido mejor que no desandaras el camino, que hubieras seguido tu ruta sin mirar hacia atrás, sin volver a buscar lo que abandonaste un día. Qué pasó para que volvieras a desenterrarme si yo, para ti, ya estaba muerto, si yo ya no te importaba y me habías desterrado de tu mundo, si ya tenías nuevas compañías con las que caminar asida de su mano, estrenando sonrisas cada día.
Quizás debiste permitir que el tiempo y el silencio germinaran en mis entrañas con nuevas flores que adornaran mi jardín, con nuevas ilusiones vestidas de alegría, con nuevos sueños que alimentaran mis insomnios. 
Son tantos quizás los que intuyo en tu silencio Duda mía que me estoy perdiendo en tu laberinto y ya no me decido a tomar ningún camino, me siento en la vereda bajo la sombra de una viejo roble que cobija mis sueños y me duermo plácidamente cada noche huyendo de mis sueños para no vivir la ilusión de mis insomnios, pero cada día al despertar me encuentro de nuevo con tu mirada silente que me recuerda que aún, a pesar de la distancia, sigues viva en mis entrañas.

VIII
Aún no he aseado mis legañas, la estridencia monótona del teléfono ha roto mis sueños, como un sonámbulo me asomo a ver el mundo tras los cristales de mi ventana, llueve esta mañana. 
Ayer la noche se hizo larga, estuve preso de una tertulia hasta bien entrada la madrugada, luego, tras un adiós agitado me acosté agazapado en la duda, quizás en mi despedida no me mostré cortés, y de nuevo, las dudas rondaron en mi cabeza prolongando la noche, me he dormido y cuando más profundo era el sueño el canto mecánico ha puesto fin a travesía entre las sombras para invitarme a que humedezca mis pensamientos paseando entre el asfalto en este día de lluvias.
Poco a poco estoy recuperando la vida, este café y el cigarrillo me dan vitalidad para alzar mis párpados y desterrar los bostezos, limpio las telarañas que se han instalado en mi mente y con los ojos bien abiertos declamo la letra que repito cada mañana: Buenos días.
Y ahora, una vez saludadas todas las sombras que me rodean, me lanzo a la monotonía diaria.

IX

Nunca imaginé que fuera tan difícil despedirse, tan complicado conjugar un simple verbo y desgranar unas palabras sencillas que me ayudaran a trasmitir este sentimiento que me causa este vacío en el que me intuyo. 

Llevo días preparando el equipaje: una mochila llena de olvidos, un calzado ligero sin óxidos en sus alas y de bastón el brazo firme de un amigo. 

Hoy parto hacia este viaje sin retorno, voy a buscarme al fondo de mis entrañas, quiero mirarme frente a frente sin bajar la mirada, desnudar mis miserias y estrenar nuevos caminos. Sospecho que será una larga travesía, que el peligro me acechará en cada recodo del laberinto, que quizás, no exista repatriación posible y me pierda entre la frondosidad de mis dudas o me ahogue entre las tempestades que rugen en el profundidad de mi alma. Pero debo partir, un fuerza desconocida me lo reclama, debo recalar más allá de esa línea que marca el horizonte de mi mirada, navegar entre las brumas siguiendo la estela de la noche en busca de una nueva mañana.

Y tengo miedo, una sensación inefable a encontrarme con la verdad desnuda, temor a que mis monstruos me engullan, a disiparme en medio de ese océano de incertidumbres, a morir en el empeño. Pero ya es demasiado tarde y debo aceptar este desafío, masticar el miedo, digerir los temores y enfrentarme a la batalla.

Permíteme que me vaya sin despedirme, en silencio, no quiero que unas palabras mal pronunciadas destiñan el brillo de mis sentimientos y puedas interpretarlas como un reproche. No, no deseo llevarme el recuerdo de tu mirada triste, ni que el eco de tu adiós me persiga. Quiero volar sin lastres, como cuando llegué a este mundo, sin recuerdos, sin historia, sin pasado que me ate.

 

Textos de: José Ramón Varela   Jrvarela@corme.net

 

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Actualizada el 21.05.04