LA LEYENDA DE LA NIÑA LOBA

 

   

Cuando el carro se ha roto, 
muchos os dirán por dónde no se debía pasar 
(PROVERBIO TURCO) 


  
Aquella joven no había tenido infancia, la recuerdo desde siempre igual, trabajando diligente en la huerta, en los muelles o pescando embarcada con su padre por las amenazadoras aguas de la Costa de la Muerte; dándonos siempre ejemplo al resto de los rapaces de la aldea con su entrega y tesón. 
Allá en la aldea todos los niños que querían llegar a ser hombres el día de mañana, nos formábamos desde niños en el oficio de marineros, desde muy jovencitos aprendíamos a remar y salíamos a pescar en las chalanas, jugábamos con las olas que rompían en la playa emproando nuestras gamelas contra ellas, imaginando que luchábamos contra un gran temporal embarcados en un buque. Mariscábamos berberechos en las playas y los días de mareas vivas, aprovechábamos la bajamar para recoger en las rocas percebes y mejillones. 
Así entre juegos inocentes y la ayuda que solíamos prestar a nuestros mayores en sus trabajos, nos ejercitábamos en el único oficio digno para un joven de la aldea, el oficio de marinero. 
Sí, en las aldeas de la Costa de la Muerte estaba muy mal visto tener por oficio otro que no fuera el de marino; fuera de los trabajos de la mar sólo se salvaban los médicos, a los que considerábamos gentes muy instruidas. En nuestro pueblo casi nadie podía acudir a su consulta cuando estábamos enfermos, había que pagarles y no teníamos dinero. 
Nuestro médico era la Chasca, la partera y nuestras medicinas, las hierbas que ellas nos recetaban. En mi juventud ningún joven de la aldea pudo instruirse en la universidad, por lo tanto, si queríamos ser hombres hechos y derechos, sólo podíamos aspirar a ser un buen marinero y con el tiempo un patrón de un barco de pesca de altura. 
Hoy recuerdo apenado lo crueles que éramos, cómo nos reíamos de algunos chicos de nuestra edad, que porque tenían la desgracia de marearse en la mar, abandonaban el oficio de marinero para dedicarse a algún otro trabajo en tierra, como albañil o carpintero de ribera. 
Entonces considerábamos que los hombres que no embarcaban estaban condenados a vivir sin salir de la aldea, a casarse y tener una sola luna de miel, a vivir encadenados a una única mujer. No conocerían otros puertos ni otros lechos y no disfrutarían cada vez que arribaran de nuevo a la aldea, después de meses de ausencia, el placer de vivir en cada ocasión una nueva noche de amor con su mujer, cómo si fuera la primera noche de casados, una nueva luna de miel. 
La niña quedó huérfana el mismo día en el que nació, su madre murió a consecuencia de una hemorragia durante el parto. En alguna ocasión, yo había oído decir a las comadres más viejas de la aldea, que el verdadero culpable de la muerte de su madre fue su propio padre. Dicen que era un caprichoso y se negó a permitir que su mujer fuera asistida en el alumbramiento por la Chasca, la partera que auxiliaba en todos los nacimientos de la aldea. 
A la niña la llamaban Lúa, que quiere decir luz que emana desde la oscuridad de la noche, Luna. Desde muy niña, Lúa estuvo condenada a ser la mujer de la casa, aun cuando no tenía edad para ello. 


Su padre no la dejó acudir a la escuela con la regularidad necesaria y casi no sabía leer ni escribir. Ella, manteniendo siempre su inocencia, cocinaba, lavaba o acostaba y arropaba a su padre en las innumerables ocasiones en que al anochecer, llegaba tambaleándose, borracho perdido. 
Desde muy joven se la veía en el muelle embozada en unos amplios pantalones y calzada con altas botas de agua, empataba los anzuelos de los palangres, remendaba las costuras de los trasmallos o reparaba las nasas. Ella vendía el pescado que su padre traía a tierra, ella baldeaba y lampaceaba la cubierta de la chalana y ella era, también, quién salía a mar abierta a virar las redes y las nasas, cuando las resacas tras las borracheras que cogía su padre lo derrotaban, dejándolo tumbado en la cama durante días, impidiéndole zarpar hacia los bancos de pesca. 
También era ella la primera mujer en llegar a la atalaya los días de bruma para hacer resonar con sus soplidos la caracola, ayudando a las gamelas a navegar entre la niebla, indicándoles con la cadencia de su melodía la entrada del muelle y evitar que embarrancaran en los arenales o encallaran entre los escollos. 
Su padre era un arrogante marinero solitario, de carácter arisco, que se enojaba por cualquier nimiedad, era blasfemo y maltrataba frecuentemente a la muchacha. El alcohol y el tabaco lo habían hecho envejecer prematuramente. Su rostro moreno estaba surcado de profundas arrugas, producidas, muy probablemente, por su eterno gesto de mal humor frunciendo el ceño. 
En ocasiones su padre faltaba de casa durante días. Si la mar había sido generosa, tras la venta del pescado en la lonja, con sus bolsillos cargados de dinero, corría a derrocharlo a la casa de Victoria.
Victoria era la única puta conocida del pueblo, estaba soltera y tenía siete hijos, imagino que cada uno de ellos, sería de distinto padre. Su casa estaba situada en una callejuela estrecha y mal iluminada y al anochecer los hombres de acercaban a petar a su puerta. En nuestros juegos de niños, en muchas ocasiones nos apostados al atardecer escondidos tras un carro para espiar a los hombres que acudían a su casa a solicitar sus servicios. 
Yo era muy amigo de uno de sus hijos, se llamaba Franco y era, de todos los niños de la aldea, el más diestro en el marisqueo. Conocía las rocas de la costa mejor que su propia casa, sabía siempre las hendiduras donde había percebes, los agujeros entre las rocas donde se podía pescar barbadas en la subida de la marea y los arenales donde abundaban los berberechos. Era un niño extremadamente bondadoso, jamás de enfadaba con nadie y con el que todos los demás queríamos ir de pesca o a jugar. 
Victoria era bastante mayor para ejercer la prostitución, imagino que los hombres acudían a ella porque no había ninguna otra en el pueblo. Su familia vivía con estrecheces y eran muchas las mujeres de la aldea que les ayudaban, dándoles unas veces comida, otras, ropa y, cuando lo había, trabajo. 
En alguna ocasión mi abuela me comentó que Victoria devolvía a Lúa parte del dinero que el padre se gastaba en su casa. Mamá Sofía sentía una manifiesta simpatía hacia Victoria y en las ocasiones en que yo le pedía que me hablase de ella, de cómo llegó a hacerse ramera, me respondía que ya me lo contaría más adelante. Nunca llegó el momento, pues nunca llegue a enterarme de la historia de aquella mujer de mirada y modales tan frágiles y tiernos. 
Lúa niña fue creciendo y se hizo una bella moza. Aun cuando llevaba el pelo corto y liso como un chico, los rasgos de su rostro eran claramente femeninos, rezumaban ingenuidad, sus ojos eran hermosos, de color castaño cómo sus cabellos. La miopía que padecía le obligaba a fijar la vista en las personas, dotándole de una mirada tierna y expresiva. 
Mantenía siempre el rostro bronceado y curtido por efecto de la brisa marina y el salitre. Eran pocas las ocasiones en que se vestía de mujer, entonces y aun cuando nunca se depilaba, bajo sus faldas se dejaban entrever unas bellas piernas. 
Su padre se mostraba extremadamente celoso y posesivo con su hija, sentía hacia ella un sentimiento ambivalente y contradictorio, la quería cómo la hija que era pero a la vez la odiaba, al culpabilizarla inconscientemente por la muerte de su esposa. 
El padre no la dejaba descansar ni le gustaba que la muchacha se divirtiera o saliera con el resto de los muchachos de la aldea. Todos los jóvenes de su edad acudían diariamente al paseo nocturno a flirtear, en busca de su futura pareja. El paseo nocturno siempre había sido el momento escogido por los jóvenes para el cortejo y la seducción. Ella nunca podía acudir al paseo tras la cena, según nos decía a sus amigos, no podía bajar porque tenía que recoger la cocina. Todos sabíamos que la verdadera razón era su odioso padre. El viejo borracho no permitía a su hija salir de casa para divertirse, la quería mantener encadenada a sus caprichos, esclavizada.
Fue en el día de la celebración de la Virgen del Carmen cuando de común acuerdo, todos los mozos de la aldea organizamos una romería a la fiesta de La Ponte. Haríamos todos agrupados el recorrido de los nueve o diez kilómetros que separaban nuestra aldea de La Ponte. Al finalizar la verbena retornaríamos nuevamente juntos para recorrer con mayor seguridad las corredoiras por donde, en alguna ocasión, se comentaba que en la oscuridad de la noche, se había visto a la Santa Compaña.
Era aquella una noche de luna nueva y en el firmamento sólo brillaría la tenue luz de las estrellas, sin iluminación alguna, por ello, los chicos llevaríamos candiles para iluminar el camino de regreso. 
Lúa pidió permiso a su padre para poder disfrutar de la romería de aquel día festivo junto a sus amigos. Era la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros y las chalanas no se hacían a la mar en esa fecha. 
Además iban a acudir todos los mozos de la aldea y ella ya tenía edad para empezar a pensar en buscarse un buen marido. 
Pidió permiso y expuso a su padre el plan que había preparado, daría de comer a las gallinas antes de partir, a él le dejaría sobre de la mesa preparado para la cena un plato con el pescado frito y los cachelos, la botella de vino bajo el chorro de agua de la fuente para que se mantuviera fresca y al lado de la lareira el puchero de café, ya colado. 
Como era de esperar, su padre le negó el permiso, aduciendo que había de aprovecharse esa jornada festiva para arranchar la gamela, que las noches de parranda siempre traen consigo días de tristeza. 
Por primera vez en la vida, la hija no aceptó con sumisión la negativa rotunda de su padre y se enzarzaron en una agria discusión. El viejo insistía en aprovechar la jornada y la joven le replicaba que se podía arranchar la gamela en cualquier momento, si no se hacía el día de la Virgen del Carmen bien se podría hacer otro día cualquiera, pero la fiesta sólo tiene su propio día, y o la disfrutas en esa jornada o la perdiste para siempre. Ella argumentaba que nunca le permitía salir con el resto de los mozos de la aldea, que trabajaba sin descanso y nunca protestaba. 
Por primera vez en la vida se mantuvo firme ante su padre y reivindicó sus derechos. Pero el viejo no cedía y la discusión se hacía interminable. Cansado ya de tanta controversia, el padre, vociferando como un poseso le espetó a la joven: 
- ¡Marcha, loba, eres como una puta loba en celo! Marcha a la fiesta, canta, baila, y corre tras los mozos. Yo te maldigo y pido a los Dioses que te condenen a vagar errante y solitaria y que del mismo modo que hoy vas tras los mozos, vayas mañana tras los lobos. 
Lúa afligida subió corriendo a su habitación, tumbada sobre la cama lloró desconsoladamente. Cuando se le hubo pasado el disgusto bajó a la cocina a prepararle la cena a su padre. Ambos seguían enfadados y no cruzaron palabra alguna entre ellos. Finalizada la faena en la cocina fue a asearse en la fuente, se perfumó con agua de plantas silvestres, se vistió con sus mejores ropas y se calzó lo zuecos de madera, metiendo los zapatos nuevos en una bolsita que llevaba consigo, con la finalidad de no mancharlos con el barro del camino y calzárselos limpios al llegar a La Ponte. 
Aquella primera noche de libertad fue una noche maravillosa para Lúa, el recorrido hacia la romería lo hicimos cantando melodías populares de la aldea, bromeando entre nosotros y contándonos chistes picantes. Cuando llegamos a La Ponte todos los mozos bailamos alegres. Aquella noche ella conoció a un joven de Brantuas que le hizo ruborizarse de una manera singular cuando fijamente la miraba. Cuando bailó con el joven y asieron sus manos, ella sintió cómo de un modo extraño le temblaban sus rodillas. Con la caída de la noche, volvimos a calzarnos los zuecos de madera y emprendimos el trayecto de regreso a la aldea entre canciones y chanzas. 
Ella hizo el recorrido en silencio, pensando con melancolía en el chico de Brantuas que acababa de conocer. Era la primera vez que el amor había llamado a la puerta de su joven corazón y la había pillado desprevenida. Nuestra amiga Lúa se había enamorado. 
En el camino de regreso sus amigos le tomamos el pelo con el enigmático joven recién conocido y ella, inocente, se sonrojaba avergonzada cada vez que se lo mentábamos. 
Al llegar a la aldea los chicos acompañamos a todas las mozas hasta la entrada de sus viviendas. Lúa cuando llegó se descalzó y se sentó a la puerta de su casa para descansar durante un ratito antes de acostarse, melancólica recordaba al joven de Brantuas que con tanta dulzura la había mirado. Con un cacillo que tenían dispuesto junto a la fuente se sirvió un poco de agua que bebió para mitigar la sequedad de su garganta. 
Mientras meditaba pensando en la maravillosa velada que había disfrutado, su dicha se iba desvaneciendo al tiempo que paulatinamente la invadía la percepción de una extraña sensación. Se sentía intranquila, algo excitada, una inquietud indescriptible le iba reconcomiendo las entrañas y una fuerza externa la empujaba hacia la cercana carballeira. 
Aturdida, no comprendía lo que le estaba sucediendo, los retortijones le producían unas convulsiones horrendas, se acurrucó a los pies de un carballo contrayendo sus manos contra el estómago, cayó al suelo y rodó monte abajo. Perdió el conocimiento. 
Cuando Lúa volvió en sí, su cuerpo estaba totalmente cubierto de vello, caminaba a cuatro patas y aullaba como una loba en celo mientras corría libre por los montes. La maldición del padre se había cumplido. 
A la mañana siguiente, su padre azorado por la ausencia de la niña, anduvo de casa en casa por toda la aldea preguntando por su hija, nadie pudo darle una respuesta que aclarase su paradero. 
En la aldea se habló durante días sobre la misteriosa desaparición de la rapaza, se difundieron comadreos y murmuraciones que apuntaban al padre como responsable de su desaparición, incluso hubo quién señaló la posibilidad de una muerte violenta. 
Pero pronto acallaron los rumores. Un problema mayor acuciaba a las gentes del pueblo. Un lobo muy grande y astuto atacaba por las noches los corrales; ya había devorado muchas gallinas, había degollado varios puercos y malherido en sus ataques a algunos de los perros que cuidaban las fincas. 
El padre de Lúa dejó de hacerse a la mar, los remordimientos de conciencia y la angustia por la desaparición de su pequeña hija no lo dejaban vivir, recogido en su casa consumía sus horas llorando, pensando en la chiquilla que lo había abandonado.
Una noche, desvelado por el desasosiego recordó la maldición que había proferido a su hija el mismo día de la fiesta, antes de su partida. Se estremeció con sólo pensar que aquel lobo podría ser su añorada hija. 


Dábale vueltas a la idea en su cabeza y no podía admitir que tal cosa pudiera suceder. 
No se atrevía a contar a nadie sus sospechas, pero era necesario consultarlo. Pensó en Victoria, la puta del pueblo que tantas veces le había escuchado sus pesadas conversaciones de borracho. Corrió hacia su casa, a pesar de lo avanzado de la noche Victoria le abrió la puerta y con suma atención escuchó las palabras atemorizadas del padre de Lúa. 
Le aconsejó que acudiera a la casa de la Chasca, la matrona a la que había despreciado en el parto de su mujer. Todos en el pueblo decían que la vieja Chasca era una meiga boa y era la única que podría ayudarle si lo que él sospechaba fuera cierto. Durante días dudó en acudir a consultar a la Chasca, su soberbia no se lo permitía. Al final el amor hacia su hija se impuso a su necio orgullo, se armó de valor y un atardecer lluvioso, aprovechando que todos sus convecinos estaban recogidos en sus hogares, se acercó a la casa de la Chasca para confesarse con ella y revelarle sus temores.
Cuando llegó a la casa de la Chasca no necesitó petar, la puerta estaba abierta, intuyó que ella le estaba esperando, parecía como si ella ya supiera de antemano que él iba a ir a visitarla, de hecho, tenía dispuesta sobre la mesa dos tazas de café caliente y dos copitas de aguardiente de orujo de yerbas.
La Chasca escuchó en silencio y con suma atención la narración de los hechos, la maldición proferida contra su hija y las sospechas de que pudiera haberse cumplido. Dejó que el padre de Lúa se desahogara, con frialdad lo dejó llorar cuando rememoró la muerte de su esposa, recordando su negativa a llamarla para que la ayudara en el alumbramiento de la niña y ahora, como castigo a su mal proceder, estaba condenado a la soledad y a la ausencia de su hija. 
Cuando hubo terminado, la Chasca hizo un gesto afirmativo con su cabeza, luego le reprochó con dureza la maldición proferida contra su hija, le recordó que la niña era carne de su carne y sangre de su sangre. Evocó principios sagrados, diciéndole que quién da el soplo de vida a un nuevo ser, jamás debe renegar de él, quién maldice a su progenie, maldice al mismo Creador. 
El viejo le juraba a la Chasca que estaba totalmente arrepentido, que estaba dispuesto a dar su propia vida a cambio de la vida de la niña, le imploraba ayuda para recuperarla, le exhortaba compasión, le suplicaba su favor. Y parecía que el hombre era sincero. 
La Chasca lo tranquilizó, le comentó que si todo era obra de la maldición y verdaderamente la loba que merodeaba por la aldea era su hija, había un modo de atraerla de nuevo hacia la vida humana. Pero le dejó claro que supiera que lo ayudaba por la niña. Que no se compadecía del sufrimiento que él pudiera padecer. Lo tenía merecido por su egoísmo y la vida desgraciada que había proporcionado a su hija. 
Para romper el hechizo tendrían que hacerlo una noche similar a la noche de la transmutación, una noche oscura y sin luna, sería en una encrucijada de caminos, bajo la protección de un cruceiro y tendrían que utilizar un cuchillo lavado previamente con agua de la fuente milagrosa de los mouros. 
Era aquella una fuente por donde manaba agua de un extraño sabor azufrado, agrio y de desagradable olor. Aquel manantial donde acudíamos a escondidas los jóvenes a lavarnos el rostro con un paño blanco, un pañuelo que luego arrojábamos hacia atrás sin mirar en donde había caído, con la vaga esperanza de que quedara bien enganchado en alguna rama alta de una zarza soleada para que el sol y el viento secaran el lienzo, manteniéndolo inmaculado, de ese modo, según la creencia popular, de forma milagrosa lográbamos limpiar nuestro rostro del odioso acné juvenil o conseguíamos hacer desaparecer cualquier verruga visible que nos afeara la cara o las manos y en algunos casos, curar la psoriasis que varios mozos sufrían en sus codos, rodillas o manos. 
Conforme le ordenó la Chasca, el padre de Lúa también debía vestirse la noche del rescate un mandil blanco de aprendiz de cantero, de cuero de borrego, símbolo, según le dijo la Chasca, de la humildad, del trabajo y el esfuerzo constante, necesario para el crecimiento de la generosidad en el corazón de todo hombre honrado. 
Sacrificarían un corderillo que aún no estuviese destetado, un corderillo que con sus inocentes balidos atrajese la atención de la loba. Lo amarrarían por una pata al cruceiro y ella le facilitaría una poción con la que embadurnarlo. Le explicó que la loba, al atacar y morder al corderillo se pondría en contacto con la pócima y quedaría adormecida o aturdida durante unos pocos segundos, entonces el padre, aprovechando esos escasos momentos, debería cortar con el cuchillo al animal la única parte del cuerpo de la loba que la muchacha no necesitaba, el rabo. 
Pero le previno que tuviera sumo cuidado en no malherirlo en ninguna otra parte de su organismo, ya que el cuerpo del animal se convertirá en el cuerpo de la moza y si hiriera a la loba estaría hiriendo a su propia hija. 
Durante los días que restaban hasta la próxima luna nueva, el padre de Lúa estudió con detenimiento los movimientos del lobo, los lugares más frecuentes de sus correrías y eligió la encrucijada más cercana a sus recorridos. 
En aquella encrucijada estaba situado el cruceiro al que denominábamos de os vellos canteiros. Un extraño y viejo cruceiro esculpido en granito y desfigurado por el paso del tiempo, por años de lluvias y vientos. En el desgastado cruceiro aún se podía atisbar como el maestro de obras había esculpido una calavera con dos tibias cruzadas y varias herramientas de construcción bajo los pies del Cristo crucificado. 
Según contaban junto a este cruceiro hubo hace muchos años un taller de canteros, donde los maestros tallista enseñaban a los aprendices el oficio de labrar la piedra bruta, el difícil arte de cortar, componer y trabajar el granito. Aún entre la espesa vegetación se podía descubrir las ruinas de aquel taller de cantería y parte de su suelo ajedrezado en blanco y negro todavía era parcialmente visible. 
Así mismo, acordó con un pastor la compra para el día indicado del corderillo más joven y tierno de su rebaño. 
Al llegar la noche de la fecha elegida, el padre de Lúa se apostó en lo alto de un árbol cercano a la encrucijada de caminos, el cordero embadurnado con la pócima y atado por una pata a la cruz del sendero, berreaba asustado; sólo los berridos y el rumor del agua que corría por el cercano arroyo quebraban el silencio de la noche.
Pasaban las horas y aunque el corderillo no cesaba de balar y el viejo seguía consumiéndose esperando, la bestia no daba señales de vida. 
Mientras esperaba recibió un susto de muerte, un cárabo en vuelo rasante estuvo a punto de lanzarlo al suelo desde lo alto del árbol, el viejo que no se había percatado del cercano vuelo del animal, se sobresaltó estremecido cuando vio acercarse volando una sombra negra, por un momento pensó que sería Belcebú que venía en su búsqueda; en los segundos que mediaron antes de darse cuenta de que la silueta sombría era realmente la de un cárabo, los pálpitos de su corazón convulsionado estuvieron a punto de hacerle reventar el pecho. 
El viejo era valiente y se sobrepuso enseguida al miedo que lo atenazaba, volviéndose a centrar exclusivamente en la vigilancia del cordero. 
Por fin, pasada la media noche, el cordero comenzó a agitarse de un modo extraño, el padre de Lúa se puso al acecho. Sigiloso, en un abrir y cerrar de ojos, el lobo cayó como un verdugo sobre el corderillo, una dentellada certera en el pescuezo del borrego lo dejó clavado, tumbado en el suelo aún pateo ligeramente antes de morir desangrado. El lobo, mientras intentaba rasgar con sus dientes afilados la piel del cordero, lamía inconscientemente el hipnótico brebaje cocido por la Chasca. 
Por un instante se tambaleó el lobo, parecía estar haciendo efecto la pócima, aprovechando ese momento de debilidad, el padre de Lúa con su cuchillo afilado se lanzó sobre él. Aún tuvo fuerzas el animal para intentar morder al hombre, pero el mandil de cuero blanco le sirvió de armadura, rasgando la loba con sus largos caninos el cuero, pero sin alcanzar el cuerpo del padre de Lúa. 
El viejo, ajeno a las intenciones criminales de las mordeduras del animal, agarró con saña su rabo y de un tajo lo seccionó, dejando desangrarse al animal. 
Agarró el rabo con su mano izquierda y mantuvo el brazo en alto, se arrodilló, hincando con rabia el cuchillo en la tierra junto al sendero. Miró suplicante al Cristo del cruceiro, profiriendo un juramento sagrado. 
- En esta noche tenebrosa y sin luna, pongo al Cristo crucificado en este cruceiro, por único testigo de mi juramento y le ruego que antes de que pueda maldecir nuevamente a mi hija, con este cuchillo que aquí dejo clavado me desgarren de una tajadura la garganta, me sea así mismo arrancada la lengua de raíz y enterrada en la arena del fondo del mar y me extraigan mis entrañas, exponiéndolas en el descampado para que sirvan de alimento a las alimañas. 
Terminado el juramento se dio media vuelta y encontró a su hija aturdida, acostada en el suelo. La ayudo con cariño a levantarse, fundiéndose con ella en un fuerte abrazo. Por primera vez en su vida, el viejo besó y acarició con ternura a la muchacha.
La niña no recordaba nada de lo ocurrido y su padre no quiso desvelarle el secreto. 
Juntos retornaron caminando abrazados hacia su casa. 
Este es un secreto que celosamente siempre hemos guardado los vecinos de aquella aldea y que yo aquí os revelo sin temor, porque nunca nadie ha creído que fuera verdadero, y sin embargo, para todos nosotros... ¡es tan cierto! 
Acostumbraba desde niño a fantasear soñando despierto, pero esta vez aquello no parecía un sueño, era más bien, una desagradable pesadilla. 
De repente un nuevo rayo cayó a nuestro lado, su resplandor me cegó durante unos segundos, cuando pude abrir los ojos, la anciana había desaparecido, miré alrededor buscándola con curiosidad y no la encontré, sólo pude ver cómo una larga serpiente negra se perdía reptando entre la maleza. 
Al momento cesó la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. 
Turbado, sin tener seguridad de cuanto me había ocurrido, dudando si se trataba de un sueño o realmente se había producido el encuentro con la anciana llamada Oceánea, cogí el balde de los percebes y mis bártulos y me encaminé apresurado hacia la aldea. 
Al llegar mis convecinos atemorizados me esperaban reunidos en la plaza junto a la fuente. Escucharon en sepulcral silencio cuanto yo les conté. Algunos, los más viejos, acompañaron mi disertación con gestos de afirmación, la mayoría me miraron confusos y los más escépticos, me dedicaron una sonrisa socarrona. Nadie hizo ningún comentario. 
Cuando hube terminado mi explicación, mi abuela Mamá Sofía asió mi mano con fuerza y me condujo en silencio hacia nuestra casa. La mayoría de los vecinos hizo lo mismo, disolviéndose en un santiamén la asamblea. Nunca más se volvió a comentar en la aldea mi experiencia de aquella noche de verano. 
Creo que exceptuando algunos paisanos, nunca nadie me ha creído esta historia que aquí os cuento, ni tan siquiera, que existió la aldea primitiva y el castigo divino, a pesar de que la piedra de la serpiente inmutable al paso del tiempo, sigue allí como mudo testigo. 

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Actualizada el 20.10.04