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LA EMIGRACIÓN
“Nadie
puede ganar sin que otro pierda.” (SÉNECA)
Aunque
ella nunca me lo dijo, presumo que aquellos últimos días, fueron,
también para mi abuela, la misma insoportable tortura. Sospecho que
aquellas noches Mamá Sofía, igual que yo, las consumió llorando.
Llorando como una mujer, en silencio. El implacable destino al que
estabamos encadenados, era, si cabe, aún más cruel con ella, de un
zarpazo le arrancaba la última razón de su existencia, el último
eslabón que le encadenaba
a la vida. Con mi partida ella quedaba enterrada en vida y prisionera de
una soledad absoluta, de largos silencios, compartiendo la existencia
solamente con los recuerdos. La
mar traicionera había engullido uno tras otro a todos sus hombres y
ahora me tocaba a mí, su niño, su último sueño. Aquellos
últimos días, tras las cenas, alargábamos la charla de la sobremesa
hasta altas horas de la madrugada. Ya ni siquiera escuchábamos la radio
costera como habíamos hecho siempre. Los dos éramos mudos cómplices
que silenciábamos nuestro común temor a enfrentarnos con las
angustiosas e interminables horas de la noche. Mamá
Sofía intuía que, igual que había ocurrido con otros muchos jóvenes
que habían abandonado la aldea antes que yo, con mi partida me perdía
para siempre. Tal vez, si la caprichosa muerte viniera pronto a
buscarla, ya no me vería nunca más o quizás, si el destino fuera
generoso, aún podría gozar de mi compañía en alguna de las próximas
Navidades o algunos días del verano, si mis patrones me concedieran
algunos días de vacaciones. Aquellas noches interminables conversábamos mucho, ella no cesaba de darme consejos, deseaba apurar al máximo el escaso tiempo que nos quedaba para seguir juntos.
Una
noche se esforzaba en explicarme que la vida es una sucesión de sueños,
de pequeñas locuras, que nos permiten seguir estando cuerdos y
terminaba pidiéndome que no perdiera nunca mi fantasía, que me
mantuviera permanentemente en los principios que desde niño ella me había
inculcado, aun a riesgo de que aquellos con los que conviviera, me
juzgaran como un ser singular, extraño o raro. Según me manifestaba,
las gentes mediocres están faltas de imaginación, no saben soñar
despiertas ni jamás gozan de la fantasía, razón por la que odian la
singularidad. Todos
los mediocres arrastran una existencia monótona, son incapaces de
asombrar a nadie y ni tan siquiera tienen valor para fascinarse a ellos
mismos, son incapaces de gozar de una vida peculiar y personal. Su
vida se reduce a tratar de aparentar que son singulares, siguen los
modelos estéticos que les imponen, fingiendo que son creaciones
personales, cambian de peinado o de vestido para sentirse únicos e
irrepetibles, enloquecen por un grupo musical, un equipo deportivo o
cualquier otra necedad que les pueda servir para engañarse, creyéndose
diferentes. Pero siguen siendo de por vida masas, rebaño zafio que teme
a su propia libertad y se aterroriza con la libertad en los demás. Otra
noche me prevenía contra la morriña desmedida por mi tierra originaria
o mi fogoso idealismo juvenil, recomendándome que tendría que
discriminar claramente cuándo los ideales o el amor a la patria dejaban
de ser virtud, pervirtiéndose y transmutándose en embrutecedor
fanatismo. Si en nuestra tierra, me formulaba, puede fructificar la
mejor uva con la que se destila el más exquisito de los aguardientes,
no olvides que también florece la más venenosa de las setas. No por
ser ciudadano de este u otro pueblo, se es mejor o peor que los que no
lo son. Y siempre terminaba con la misma muletilla, repitiéndome que no
intentara jamás represar el río, que lo dejara discurrir libre por su
cauce. Creo que con aquella alegoría lo que me quería trasmitir es que
no me rindiera nunca y que tratara de ser siempre yo mismo, que sólo
rindiera respeto ante el mérito de las personas por su riqueza humana,
enfrentándome al integrismo xenófobo y defendiera la idea que desde niño
ella me había inculcado sobre la bondad del mestizaje. Pero
en medio de tanta pesadumbre aún tuvo tiempo para narrarme su postrero
relato legendario en una de las últimas noches. Fue un modo de
despedirse aceptando con resignación el veredicto inapelable del
destino. Según
me narró, cuando aún ella era una niña, su abuela Mamá Rosita le
contó una historia que tiempo atrás había acaecido en nuestra aldea,
dicen que aconteció en una fría noche de invierno, el día había
transcurrido con un tiempo espléndido y todos los barcos faenaban
apaciblemente al abrigo de la costa, al atardecer roló el viento hacia
el sudoeste y en muy poco tiempo se levantó una gran tormenta e
impelida por el vendaval surgió una fuerte mar de fondo, de enormes
olas que iban romper, estrellándose con fuerza, contra los escollos. La
flota arribó apresuradamente al muelle. Pero no todos pudieron
regresar. Hubo un barco que nunca recaló. Sufrió un trágico
naufragio en el que perdieron la vida seis hombres de la aldea
pertenecientes a una misma familia. La familia de los Mouriños, como se
les conocía en la aldea, se quedó sin hombre alguno vivo, impidiendo
perpetuar su apellido. La mar los engulló a todos. Nunca se recuperaron
los cuerpos de los náufragos y no pudieron ser
enterrados cristianamente. La
aflicción invadió durante días a todas las personas de la aldea ante
el desamparo en que quedaron sumidos por el infortunio la familia de los
Mouriños. Pero entre todas las personas de la aldea hubo una mujer que
lloró con mayor pesar la pérdida de aquellos marineros. Era una joven
llamada Aurora. Desde hacía algunos meses, aquella moza, hablaba con Raúl
el benjamín de los Mouriños y según se supo tiempo después, ella
estaba embazada desde hacía dos meses. Su hijo cuando naciera ya no
tendría tiempo para conocer a su padre, sería huérfano desde el mismo
momento de su venida al mundo, engrosando la descomunal tropa en nuestra
costa, de los hijos de las viudas. Al
conocer que Aurora estaba embarazada, las mujeres de los Mouriños
mudaron la desgracia en esperanza. Depositaron en aquel embrión de
criatura todas sus expectativas. Si naciera un niño, aún tendrían
ocasión de perpetuar su sangre y no se perdería para siempre el
apellido de los Mouriños. Llevaron
a Aurora ante la partera para que les pronosticara el sexo de la
criatura que esperaba. La partera, antes de descifrarles el sexo del
embrión, les comunicó que la criatura que iba a nacer era el único
hilo de unión con sus hombres ahogados, el cordón umbilical que
mantendría unida a toda la familia desde este mundo en tierra firme con
el profundo mundo oceánico donde yacían sus hombres difuntos. La
providencia les otorgaría esa gracia alumbrando una niña. Una niña de
existencia efímera, pues en pocos días las abandonaría para ir a
reunirse con sus hombres en los apacibles arenales del fondo del océano. A mediados del verano Aurora alumbró una niña de tez blanca, grandes ojos oscuros y pelo del color del azabache. No había dudas, sus rasgos denunciaban claramente que era un retoño de los Mouriños.
A
los días, una mañana mientras que, junto a sus cuñadas, Aurora recogía
algas en la bajamar para fertilizar el huerto, posó la canastilla
donde portaba a su hija a la sombra, bien sujeto entre unas
rocas. Dedicadas en su faena no se apercibieron que la marea poco a
poco, estaba subiendo. Terminado el trabajo, cuando se dirigieron a
recoger a la niña, descubrieron que la canastilla de mimbre se mecía
cadenciosamente entre las pequeñas olas. La resaca la alejaba de la
costa. La niña no lloraba, parecía dichosa. Desde la orilla observaron
como junto a ella, se zambullían entre juegos con la criatura, una
pareja de focas. Recordaron entonces la profecía de la partera y la
dejaron marchar Nunca
más se supo nada de la niña. En la aldea se rumoreó que la niña fue
amamantada por las focas, convirtiéndose en una hermosa sirena, mitad
mujer, mitad foca. Relataban
aquellos que la habían visto, que era una sirena muy bella, con cara de
niña, de tez clara, grandes ojos oscuros y largo cabello del color del
azabache. Desde
entonces, todos los años, en la misma fecha en la que naufragó el
barco de los Mouriños, al amanecer se oye en el cabo el canto de una
hermosa melodía que surge de una fina voz femenina armoniosamente
acompañada con la ronca música de una caracola de mar, entonces todas
sus mujeres corren a esperar la llegada de la joven sirena, la hija de
Aurora, que viene a traerles noticias de los hombres de la aldea
ahogados en la mar.
Cuando
terminó de contarme el relato, mi abuela me miró fijamente a los ojos
y permitió, por primera vez en su vida, que dos lágrimas se
desparramaran a lo largo de su rostro. Creo que veía en mí a su
particular sirena, la mar en la que reposaban todos sus hombres, ahora
me reclamaba a mí y, tal vez... quién sabe... era mejor no pensar en
ello. La
última noche me habló con más solemnidad que de costumbre, me comentó
que no tuviera miedo a la soledad o al desamparo, me manifestó que a lo
largo y ancho del mundo contaba con millones de hermanos anónimos,
criaturas semejantes a mí que todavía no conocía, personas que
reconocería, allí donde fuera, por sus signos y que para ello, ella me
había educado con tres compañeras que, aunque aún yo no lo supiera,
caminarían por el largo sendero de la existencia junto a mí, siempre a
mi lado. No
comprendí en aquél momento qué es lo que deseaba revelarme con
aquella metáfora, pero no pregunté nada. No me hubiera respondido.
Estaba familiarizado a ese tipo de lecciones simbólicas de mi abuela.
Cuando deseaba transmitirme algún tipo de enseñanza profunda, lo hacía
de este modo tan peculiar, pretendía obligarme a reflexionar durante
horas, días o meses, hasta que yo descubriera por mi propio
razonamiento el contenido profundo de su metáfora. Mamá
Sofía llamaba a este tipo de enseñanza, iniciática y afirmaba que a
diferencia de la instrucción exclusivamente intelectual, que sólo
ponen en juego las capacidades del conocimiento, este tipo de enseñanza
era más profunda, afectaba a la totalidad de la persona, relacionando
estrechamente el saber y el proceder, la ética y las ideas. Por ello
recurría con frecuencia al método alegórico, sirviéndose
fundamentalmente de las leyendas y los símbolos. Intuía
aquel joven que yo era entonces, que el simbolismo que encerraban
aquellas leyendas tan primitivas con las que me había educado desde niño
mi abuela, me permitían una peculiar forma de ir moldeando mi
mentalidad a la vez que transformaban mi personalidad. Supuse
que mis anónimos millones de hermanos podrían ser los pobres que, como
yo, emigraban en busca de trabajo, sus signos tal vez fueran, los signos
de sus miserias y estrecheces. Esa conclusión a la que había llegado
tan rápidamente, no me pareció en modo alguno acertada, era demasiado
simple, además, quién podrían ser esas tres desconocidas compañeras
que, según ella, caminaban siempre a mi lado.
Y
llegó el día de mi marcha. Fui en autobús hasta La Coruña y allí
cogí el tren que me transportaría hasta mi lejano destino. Ya he
olvidado el tiempo que pasé en aquel tren, aunque conservo la sensación
de que el viaje fue interminable y muy cansado. Tampoco
recuerdo a mis compañeros de viaje, salvo a un señor que se sentó
frente a mí. Era un labriego de alguna aldea perdida en la montaña. Se
había trasladado a La Coruña para coger el tren, tratando de evitar,
con ello, la despedida triste de su anciana madre en la estación más
próxima a su pueblo. Tanto esfuerzo no le sirvió para nada. Una
hora más tarde, cuando el tren se detuvo en aquella estación próxima
a su concejo, una delicada mano petó en el cristal de la ventana de
nuestro compartimento. Era su madre acompañada de su hermana. Cuando mi
compañero de viaje las vio, las miró con un signo de resignación,
cerrando por unos segundos sus ojos. Su hermana se disculpó, le comentó
que su madre la había obligado a traerla hasta la estación para poder
despedirse. Él con la dulzura de un niño le reprochaba con ternura a
su madre, explicándole que ya le había rogado que no acudiera a la
estación a despedirlo. Era
perceptible que la despedida le estaba produciendo un gran dolor. La
anciana no pronunciaba palabra alguna, bastaba su arrugada mirada para
expresarlo todo con absoluta claridad, aquellos diminutos ojos
enrojecidos y aquellas frágiles manos con las que acarició a su hijo
mientras le entregaba un paquete grasiento, fueron más reveladoras que
el más emotivo de los discursos. Aquella
anciana se despedía de su hijo con la serena convicción que lo hacía
por última vez, era un adiós definitivo, hasta la eternidad. Parecía
que sus ojos hallábanse hastiados de estar tanto tiempo despiertos y
reclamaran cegarse para siempre. Aquella anciana me provocó que evocara
a mi abuela Mamá Sofía y nuevamente tuve que esforzarme para contener
las ganas de llorar. El
tren se puso en marcha y la frágil anciana, que casi no tenía fuerzas
para caminar, dio dos o tres pasitos tras el tren mientras agitaba débilmente
su temblorosa mano, despidiéndose de su hijo. El
hijo agachó su cabeza con tristeza y pude apreciar cómo varias lágrimas
humedecieron su rostro. Yo, pretendiendo respetar su intimidad, dejé
vagar libre mi mirada a través de la ventana. Cuando
se repuso, mi compañero de viaje trató vanamente de excusarse. No hacía
falta. Me comentó que antes de salir de casa les había suplicado a su
madre y a su hermana que no fueran a la estación a despedirle. Su madre
estaba muy enferma y estas dolorosas emociones podrían conducirla a la
sepultura. Luego, preso de los nervios, abrió el paquete grasiento que
le había entregado su madre. Era una pequeña empanada de lacón. Él
hizo con su cabeza un gesto de comprensión hacia su madre mientras
comentó en voz queda. -
¡Cómo son estas mujeres! Se
está muriendo y sólo se preocupa por mí - Me ofreció un pedazo de empanada y, aunque yo no tenía apetito, lo acepté.
Para
la mentalidad de mi aldea los
marineros éramos muy diferentes de los labriegos, siempre me habían
hecho creer que era mucho más meritorio para un hombre, ir a la mar,
que ganarse el pan desbrozando la tierra. Ahora que yo emigraba lejos de
mi tierra para embarcarme, miré con curiosidad a aquel hombre que
marchaba al extranjero a trabajar de albañil y pensé que realmente
ambos, el labriego y el marinero, no éramos tan diferentes, lo dos éramos
hijos de la misma miseria. Reflexioné
sobre si fuese este hombre uno de esos millones de hermanos a los que se
refería mi abuela. Enseguida deduje que no podía serlo, en las ferias
a las que acudía acompañando a mi abuela, habíamos conocido a muchos
labriegos y nunca vi que Mamá Sofía tuviera un trato diferente o más
fraternal, con ninguno de ellos. Aquel
viaje se me hizo eterno, recuerdo que pasamos muchas horas de la noche
parados en una estación de algún pueblo perdido en la estepa
castellana. Creo que la mayoría de los viajeros dormía placenteramente
recostados en sus asientos. Sin embargo ni mi compañero ni yo pudimos
dormir. Él cada poco tiempo salía al pasillo a fumar, se encontraba
muy nervioso. Yo, por contra, me encontraba apático, la nostalgia
debilitaba mi ánimo y una y otra vez evocaba a mi abuela y a mi aldea. Cuando
llegué a mi nueva tierra de adopción, me extrañó mucho toparme con
un paisaje tan verde y tan húmedo como el de mi Galicia. A pesar de la
distancia aquel lugar no me parecía tan diferente. En
alguna ocasión había oído que muchas personas sostienen que el clima
local, influyen extraordinariamente en el carácter de sus pobladores,
me consolé pensando que si así fuera, en esta nueva tierra tan
parecida a la mía, las personas, tal vez, también se parecerían a
nosotros. Aquel
joven que yo era entonces, aún no había descubierto que lo que más
nos asemeja a todos los seres humanos, es la ignorancia con la que
alimentamos nuestros prejuicios sobre los extraños, sobre ese prójimo
que cuando lo descubrimos, constatamos que el vínculo que nos une a
ellos, es mucho más sólido que la desconfianza que nos separa. En
la nueva tierra de adopción fui recibido con cariño. Aquel pueblo era
un lugar muy peculiar, la mayoría de la población eran emigrantes de
mi tierra como yo. Muchos de ellos, incluso, eran de mi misma aldea.
Nunca habría podido imaginar que tanta gente podría ser oriunda de un
lugar tan pequeño. Este
nuevo pueblo había asimilado sin traumas el mestizaje. De
los jóvenes con los que comencé a congeniar sólo unos pocos
eran nativos de la misma región, el resto eran oriundos de muy
diferentes lugares. Realmente visto ahora con perspectiva, debo
reconocer que no tuve problemas para integrarme en aquella sociedad ni
para asimilar mi nueva identidad. Nada
más llegar, lo primero que hice fue escribir una carta a mi abuela,
contarle mi experiencia del viaje, el buen recibimiento que me dispensó
mi tío y mis gratas impresiones sobre el lugar de mi nuevo
afincamiento. A
los pocos días embarqué. Era un pequeño arrastrero de casco de madera
tripulado por doce hombres que faenaba en las aguas del Mar del Gran
Sol. Antes
de zarpar pudimos ver cómo discutían en el muelle, nuestro patrón con
el armador, había muy mala mar y nuestro patrón consideraba más
seguro esperar a la mañana siguiente para hacerse a la mar. Al final el
armador se impuso y zarpamos aquella misma tarde. Aquella
primera marea de casi un mes de duración fue mi bautismo en la mar.
Maldito bautizo. Llevaríamos unas dos horas de navegación cuando vomité
por primera vez y ya no deje de hacerlo hasta pasados varios días.
Nunca en mi vida he sufrido tanto. Durante ocho días con sus noches
incluidas, vi desfilar ante mí los minutos, uno a uno, embriagado por
el mareo, vomitando sin parar y sin fuerzas para sostenerme en pie,
comiendo sin apetencia, con la sola intención de llenar el estomago
para regurgitarlo todo de nuevo al momento. Mis
compañeros se apiadaron de mí y entre sonrisas y chistes se acercaban
a mi catre y me ofrecían comida. Uno de ellos, clavó dos tablas al
costado de mi camastro para evitar que con los golpes de mar, rodase y
cayera al suelo. En aquellos momentos, invadido por una sensación de
abandono del mundo real, todo me daba vueltas y mi cabeza volaba
desbocada por todo el camarote, yo deseaba con todas mis fuerzas morir,
nunca hubiera pensado que pudiera ser capaz de soportar tanto
sufrimiento, rezaba a la Virgen del Carmen y le pedía que algún golpe
de mar quebrara la cubierta del barco, abriendo una vía de agua que nos
mandara a pique y pusiera fin a mi tormento. Aquel
barco no se detenía nunca, entre el ruido ensordecedor y monótono de
su motor que retumbaba como un zumbido permanente en mis oídos, el
repugnante olor a fueloil mezclado con el tufo del sudor viejo que
empapaba mis ropas y el desagradable hedor de mis vómitos impregnándolo
todo, unido al odioso balanceo, causa de mi mareo, iban a volverme loco. Aquel
asqueroso vaivén no cesaba ni cuando estaba tumbado. No sé expresar
con palabras las horrendas sensaciones que padecí durante aquel
calvario. Nunca he maldecido y despreciado tanto mi cuerpo. Nunca mi
mente ha estado tan perdida. Durante los días que duró mi mareo no me
cambié de ropa, ni me aseé. Los restos de mis vómitos estaban
esparcidos por toda mi cama. Un marinero se encargaba de limpiarme el
cubo donde devolvía y de lampacear el suelo del camarote. Pero el
obstinado olor permanecía allí, mudo e insoportable. Pasaron
los días y con ellos fue pasando el odioso mareo. Creo que fue al séptimo
u octavo día cuando pude pasear por primera vez por cubierta
refrescando mi rostro con la brisa del mar, por primera vez comí algo y
no lo devolví. Aquellos días los he recordado toda la vida, no como mi
primera marea sino mi primer gran mareo y ahora, cuando me preguntan cómo
se vive en la mar, siempre recurro a componer un juego de palabras entre
mareo y marea, me recreo en el apareamiento de esos dos conceptos,
argumentando la experiencia del mareo como una requisito indispensable
para llegar a engendrar un buen marinero. Mis
compañeros, entre bromas, con la sana intención de restar importancia
a lo que me había sucedido, me narraban similares experiencias sufridas
cuando ellos comenzaron a navegar. Luego en el transcurrir de los años
vi a muchos jóvenes padecer ese mismo infierno y siempre me apiadé de
ellos, estimulándolos y ayudándoles a pasar esos primeros días
infernales de la primera marea.
Hoy ya no recuerdo el nombre de ninguno de aquellos compañeros y sin embargo, a pocas personas habré percibido tan cercanas a mí en momentos tan desdichados. Mi ingratitud por este olvido sólo se justifica con la generosidad que con posterioridad yo he dispensado a otros jóvenes marineros en su primera singladura.
Pensé
si estos hombres serían parte esos hermanos a los que se refirió mi
abuela la víspera de mi partida. Su comportamiento, sin duda, era
acreedor de adjetivarlo de fraternal, pero sospeché que no sería
precisamente unos humildes marineros como yo, a los que se referiría mi
abuela. Cuando
pisé tierra de nuevo, recuerdo que me extrañó su firmeza, me parecía
raro que el suelo no se moviera y estuve a punto de volver a marearme.
Aquella primera noche en tierra también vomité. Pero fue por otra razón,
mi primera borrachera. Mis compañeros del barco me animaron para que
los acompañara de francachela. Me llevaron a un burdel y aunque alguno
de ellos se empeñó en que debía iniciarme en el sexo con alguna de
aquellas señoras, el patrón se apiadó de mí y
no consintió que perdiera mi supuesta virginidad juvenil en
aquel prostíbulo tan nauseabundo.
En
aquella época en España se vivía el largo invierno de silencios.
Aquel niño se fue haciendo hombre en su nueva tierra de adopción
mezclado entre rudos marineros y mientras se forjaba en la vida, fue
haciéndose consciente del silencio impuesto. Buscando un halo de luz
entre las brumas del largo invierno, se unió a los que pretendían
mudar la sociedad. Mi
abuela siempre se había obsesionado con la importancia de la lectura.
Ahora, cada marea, al llegar a tierra, compraba libros que leía en la
mar durante los días de ruta, luego en la soledad del camarote
reflexionaba sobre lo que había leído y en el rancho lo compartía a
viva voz, comentándolo con mis compañeros. Para
el resto de los marineros un libro era una forma como otra cualquiera,
quizás, algo más tediosa, de perder el tiempo. No podían comprender,
cómo yo, un marinero igual ellos, podía anteponer el leer un libro a
jugar una buena partida de brisca al calor del rancho o a escuchar por
la radio un partido de fútbol. A mí no me importaron jamás sus críticas
y proseguí leyendo. Curiosamente esa extravagante chaladura mía de
leer libros, provocó que poco a poco todos mis compañeros fueran
respetándome y considerándome como una pequeña autoridad. Tal
vez por mi afición a los libros o porque debieron ver en mí alguna
otra inquietud, mis nuevos convecinos al poco de llegar al pueblo me
invitaron a una reunión en la bóveda de la torre del campanario de la
Iglesia. Fue una reunión clandestina. Varios de los asistentes eran
marineros como yo, conocidos del barrio, los otros venían de la capital
y no trabajaban en la mar. Iban a hablarnos de las pésimas condiciones
de vida de los marineros, pero tuvimos que contárselas nosotros a
ellos. Los caballeritos de la capital, eran mucho más cultos y mejor
preparados políticamente que nosotros, pero desconocían totalmente
como era nuestra vida a bordo de un barco. De
aquellas reuniones surgió un grupo sindical, y sin darme cuenta, en muy
poco tiempo, me vi sumergido un grupo de unas diez personas que, muy tímidamente,
nos dedicábamos a denunciar los atropellos que se cometían con los
hombres de la mar, hacíamos llamamientos a manifestaciones, repartíamos
octavillas y, amparados en la noche, pintadas reivindicando mejoras para
la marinería. Teníamos la firme convicción de que jamás nadie descubriría quienes éramos los que componíamos el pequeño grupo sindical clandestino. Y, para nuestra desgracia, no tardó mucho tiempo en saberlo todo el pueblo. Algunos
pocos simpatizaban con nosotros y de vez en cuando nos apoyaban con
complicidad, otros, la inmensa mayoría, no querían compromisos y se
desentendían ignorándonos, pero, por desgracia, siempre existe gente
miserable y en nuestro pueblo también debía vivir alguno, nunca
supimos quién fue, pero algún soplón nos delató y reveló nuestros
nombres a la policía. Sin nosotros saberlo, estábamos vigilados y un atardecer nos pillaron a tres del grupo sindical mientras depositábamos los panfletos en los buzones de las viviendas. Así comenzó mi pequeño infierno, pasamos por la comisaría, el juzgado y fuimos a parar a la cárcel.
De
aquellos dos compañeros que nunca he olvidado, sí supuse que serían
parte de esos millones de hermanos de los que me hablaba mi abuela,
compartían mi mismo trabajo, mis mismas ideas y, ahora, mi desgracia. Sin
embargo, muy pronto me desengañé. Enseguida nos separamos, uno de
ellos, el más maduro, abandonó la contienda sindical a raíz de la
detención, tenía mujer e hijos y tras una sincera reflexión, llegó a
la acertada conclusión de que no podía permitirse el lujo de volver a
ser detenido nuevamente, dejando desasistida a su familia. El
otro, a raíz de la detención se radicalizó. Nunca llegué a
comprenderlo, de la noche a la mañana recorrió la larga distancia que
separa al amigo del peor de los enemigos y de considerarnos buenos
colegas, pasé a que me despreciara como a un apestado, como si
realmente fuera yo su mayor adversario. Yo era, según él, un
revisionista. En
la prisión tuve mucho tiempo para meditar y leer, y muchos amigos
dispuestos a enseñarme cosas que, francamente, no me interesaban lo más
mínimo. El
universo de mis colegas de trena se ceñía, de un modo grosero,
exclusivamente a la política. Para entonces yo ya intimaba con una
joven y me sentía atraído por ella. Ella me enviaba cada semana varios
libros y fue también ella, la que me ayudó a descubrir la hermosura de
la magia que encierra la poesía, su simbolismo y su lenguaje alegórico.
Sus cartas eran retazos de poemas, versos tristes rebosantes de
esperanza. En la biblioteca de la cárcel también encontré algún que
otro libro interesante. Libros que se le habían colado al despistado
sacerdote que los censuraba. Los
seis meses que allí pasé los dediqué fundamentalmente a leer y a
participar en las tertulias que organizábamos cada atardecer en nuestro
patio, aquél que llamábamos de los políticos. A
pesar de mi desgracia, aquella larga permanencia privado de libertad me
ayudó a comprender mejor a las personas y a mí mismo. Entre otros
hallazgos, allí descubrí que no todos lo que se dedicaban a combatir
la dictadura eran idealistas, ni mucho menos, y entre mis provechos
personales, allí también descubrí mi vena utópica y romántica. Visto
ahora desde la serenidad que da la distancia, aquella experiencia no fue
traumática y aunque padecí la privación de uno de mis bienes más
preciados, mi libertad, fue una especie de escuela de solidaridad, donde
experimenté el incentivo de la soledad y el significación del
silencio. Aunque
no me afilié a lo que mis compañeros llamaban el Partido, dando a
entender que partidos podría haber muchos, pero que el de ellos era el
único, fue tal mi aproximación que, creo, muchos contaban conmigo como
si realmente fuera un militante más de su sacrosanto partido. En los años siguientes, tras abandonar la cárcel, me casé, tuve un hijo, dejé paulatinamente de hablar mi lengua materna, incluso perdí mi peculiar acento gallego y el resto de mis tradiciones culturales, apareándola con la nueva cultura que se me ofrecía en mi tierra de adopción y cobrando una identidad nueva, una identidad mestiza, plural y menos prejuiciosa. De mi pasado sólo guardé inmaculadas algunas costumbres culinarias, que tan exóticas le resultaban a mi esposa y amigos y un modo escéptico y a la vez apasionado de contemplar la existencia. Y desgraciadamente, también tuve otra nueva detención. Esta
detención fue más traumática, ahora parecía que la historia tomaba
un cariz más serio, yo era reincidente y podrían condenarme, según mi
abogado, a más de seis años de cárcel. Por suerte mi esposa supo
mantenerse serena, alentándome y apoyándome cuando la zozobra
amenazaba con quebrar mi voluntad y empujarme al vacío. Durante
el tiempo que pasé en prisión, convine con mi mujer que nunca trajera
al niño a visitarme a la cárcel, queríamos evitar que me viera entre
las rejas del locutorio y pudiera no comprender el porqué su padre no
lo besaba ni acariciaba. Por
aquellas fechas España vivía muy agitada, se intuía el final del
largo invierno de silencios. Los sindicalistas del barrio ya no éramos
una decena, éramos muchos más y mi mujer se vio arropada en su
soledad. Ya
se percibía el amanecer de una nueva primavera llena de luz y
esperanzas y mucha gente se apuntaba a la mudanza. Murió
el dictador y en medio de la borrachera de libertad que trajo la nueva
primavera, fuimos liberados. Cuando llegué al pueblo comprobé que la
vida en sus calles había cambiado. Eran tiempos de arribistas, muchos
de aquellos que durante los años de silencio habían integrado aquella
inmensa mayoría huidiza, temerosa y sin compromisos, eran ahora los más
vociferantes. En
la media en que la nueva legión de mediocres advenedizos se iban
sumando al movimiento, otros, discretamente, lo íbamos abandonando. A
pesar del desencanto que aquella histriónica situación me produjo al
ver como se mudaban unos dogmas y otros similares rápidamente ocupaban
su lugar, tras comprobar cómo la vanidad sustituía descaradamente a
las ideas, yo continué caminando por el sendero de mi propio destino,
sin mirar hacia atrás. Se
me presentó una buena ocasión y abandoné mi trabajo en la mar,
asentándome cómodamente en tierra firme. Una
mañana cualquiera, mientras hojeaba la prensa diaria encontré un
articulo que me llamó poderosamente la atención. Los francmasones,
aquellos enigmáticos ciudadanos que tanto me atraían desde que oí
hablar por primera vez de ellos, iban a dar una conferencia en mi
ciudad. Era su presentación en público, ellos tras la muerte del
dictador también emergían a la luz. Acudí puntual a su cita. Desde
que tenía conocimiento de su existencia me había visto extrañamente
atraído por estos desconocidos personajes. Instintivamente me
recordaban a mi abuela. Acaso fuera por su fama de librepensadores e
ilustrados o por su enigmático proceder, el caso es que una
irresistible seducción me empujaba a su encuentro. Ahora se me
presentaba la ocasión de descubrirlos, de hacerles partícipes de mis
cientos de dudas y encontrar respuestas. Tras la charla hubo un largo
coloquio. Curiosamente yo no efectué ninguna pregunta. Al salir me
acerqué a uno de ellos y le solicité que me indicara hacia donde debía
dirigirme si deseara relacionarme con ellos. Unos
meses más tarde era iniciado en la fraternidad masónica. Ahora sí creía
que por fin había encontrado a mis millones de hermanos. En cada nueva
ciudad por la que transitaba, en cada país que visitaba, por muy lejano
que éste estuviera, siempre encontraba un hermano que fraternalmente me
tendía su mano. Recordaba
cómo mi abuela me había confiado que por sus signos los reconocería,
ahora las marcas, el lenguaje, los toques y los símbolos de estos
hermanos se me presentaban por doquier. En viejas iglesias y en modernos
edificios públicos, en los discursos que escuchaba a gentes egregias,
en los libros, sobre mesas de despachos y banquetes, en el cine y en la
televisión, en cualquier lugar donde estuviera, me encontraba con un
signo que me descubría la universalidad de la orden. Durante
años viví con la profunda convicción de que por fin, en la
francmasonería, ya había descubierto a los millones de hermanos que me
había presagiado mi abuela. Pero
no fue así. Me ocurrió un anochecer, tras nuestra reunión mensual de
la logia de masones, descubrí que también en esta ocasión había
errado. Fue
durante el ágape, me senté frente a un veterano hermano, era un
anciano francés llamado Christian, un individuo, como yo, profundamente
escéptico y de carácter irónico, hombre de muy pocas palabras, de
esos que esconden tras su silencio el tesoro de su conocimiento, un
hermano por el que yo sentía un acentuado interés y una enorme simpatía.
En el relajo de la sobremesa les conté a mis vecinos de mesa mi pequeña
historia personal, las premonitorias palabras de despedida de mi abuela
en las que me templaba el ánimo, reconfortándome en aquellos tristes
momentos, indicándome que no temiera a la soledad y el desamparo,
prometiéndome que nunca me encontraría solo por el mundo, que siempre
tropezaría con alguno de mis millones de hermanos anónimos y que para
ello me había educado con tres compañeras que siempre viajarían a mi
lado. Les
confesé a mis contertulios que, aunque nunca me encontré solo, durante
muchos años anduve buscando a mis hermanos sin encontrarlos y que creía
que ahora, por fin, los había hallado en la francmasonería, sin
embargo, aún no comprendía quiénes podrían ser esas tres compañeras
alegóricas con las que, según mi abuela, me había educado y que
permanentemente caminaban junto a mí.
Christian
sonrió mientras me dedicaba una mirada paternal y gesticulaba
balanceando su cabeza de un lado al otro queriéndome expresar su
desacuerdo. Yo
le miré fijamente tratando de interrogarle con mi mirada. Los demás
compañeros de mesa iban dando respuestas a mis interrogantes sin que yo
les atendiera. Cristian me sonrió y guardó silencio. Al
rato, cuando los demás callaron, comenzó a explicarme con un lenguaje
sencillo, cómo mi abuela me había educado en tres ideas o principios
esenciales que guiaban mi comportamiento a todo lo largo mi existencia,
eran preceptos que yo desde niño había interiorizado para gobernar mi
vida y que de un modo simbólico representaban a mis tres compañeras
que siempre viajaban conmigo. Mi
veneración hacia la libertad de los hombres por encima de cualquier
otra condición, mi defensa de la igualdad de todos los miembros de la
colectividad por encima de razas, religiones o estatus social y mi
apostolado en favor de la fraternidad humana, eran las tres grandes
columnas sobre las que mi abuela había edificado mi templo interior,
las armas con las que me había dotado para enfrentarme a las miserias
humanas. Sí,
eran la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad las tres compañeras que
siempre caminaban a mi lado. Y mis hermanos, los millones de hermanos
que me profetizó Mama Sofía, no eran tan sólo los hermanos de la
fraternidad masónica. Mis hermanos habían sido a lo largo de mi vida
los pobres que, como yo, emigraban en busca de un trabajo que honrara su
existencia, aquél labriego que compartió conmigo sus miserias en el
tren, camino del exilio, las gentes de mi nuevo pueblo que me recibieron
con afecto y me mostraron la trascendencia humana del mestizaje, los
marineros del barco que velaron con generosidad las horas desdichadas de
mi desfallecimiento, el grupo sindical clandestino que peleaba por
dignificar el trabajo en la mar, los compañeros de la cárcel con los
que compartí íntimas soledades. Sí, todos los que me trataron como
amigos eran mis hermanos, ellos sin pedirme nada a cambio, me abrieron
sus brazos para recibirme y con generosidad compartieron su existencia
con la mía. LEYENDAS = PAGINA PRINCIPALANTERIOR = SIGUIENTE
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