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CAMINO DE SANTIAGO
EL TRANSCANTABRICO Un viaje en tren hacia Santiago J. R. VARELA
No
recuerdo qué motivaciones me empujaron a embarcarme en tan singular
viaje. Tal vez fuera que, por primera vez, se me ofreciera un itinerario
donde lo importante era el propio recorrido y no su destino. O quizás,
fuera mi vocación de peregrino, mi peculiar atracción hacia la ruta
jacobea. Sí,
este viaje en ferrocarril que partiendo desde San Sebastián, tras ocho
jornadas de recorrido, nos conduce hasta Santiago de Compostela por la
llamada ruta de la costa, es una moderna adaptación del secular camino
iniciático, que partiendo desde el oriente y siguiendo la estela de la
luz, nos lleva a morir en el ocaso, hasta el mítico Finisterre. Esta
nueva adaptación de la ruta jacobea nos la brindan envuelta en papel de
regalo, con tintes de lo que se ha dado en llamar la nueva cultura, la
tan ensalzada gastronomía y aliñada con toques de sabor romántico, un
tren de principios de siglo. Comienza
el viaje en mi propia ciudad, San Sebastián. Percibo una sensación
extraña, casi ridícula, cuando me veo callejeando por lugares que ya
conozco asesorado por una guía turística. Sin embargo, tras sus
primeras palabras, descubro algo nuevo que desconocía de mi ciudad. Según
nos manifiesta, a San Sebastián se la conoce como la ciudad del número
tres. Y viene a mi memoria que este número tres, era el número simbólico
con el que se identificaban los aprendices iniciados en el gremio de los
canteros, aquellos que jalonaron la ruta jacobea con sus cabalísticas
construcciones. Este primer toque esotérico despierta mi curiosidad. Nos
explica nuestra simpática guía, que este número le viene dado por
contar la ciudad con tres nombres, Donostia, Easo y San Sebastián;
porque está resguardada por tres montes, Igueldo, Ulia y Urgull; porque
su costa está jalonada por tres playas, Concha, Gros y Ondarreta; y
porque las riberas de su río están unidas por tres puentes, María
Cristina, Santa Catalina y Zurriola. Deambulando
por la Parte Vieja de la ciudad nos conduce nuestra lazarillo hasta el
atrio de la Basílica de Santa María de Coro, desde allí nos muestra
como las tres iglesias más emblemáticas de San Sebastián,
forman una escuadra perfecta, siendo visibles desde este atrio la
fachada de la Catedral del Buen Pastor y girándonos noventa grados, la
Iglesia de San Vicente, la más antigua de la ciudad. Tras
la visita a los lugares más representativos se nos concede tiempo libre
para pasear por la ciudad a nuestro libre albedrío. Nuevamente percibo
la extraña sensación de no encontrarme aún de vacaciones, paseo por
lugares familiares y saludo a personas conocidas. Todavía no he roto
con la rutina monótona de cada día. Sigo estando donde siempre, en mi
localidad. Almorzamos
en el restaurante del Hotel María Cristina, el más señorial de la San
Sebastián, destaca en el menú una bolsita de hojaldre rellena de foi y
hongos, muy exquisita. Tras la comida partimos hacia Bilbao en autobús.
Nuevamente me invade mi ya habitual extraña sensación. Un viaje en
tren que comienza con una primera etapa en autobús. En
Bilbao nos llevan a visitar el Museo Guggenhaim, ese símbolo de
traslación a la cultura de la postmodernidad desde la mitificada y
primitiva cultura vasca con la que tantas gentes se embriagan en estos
lugares. En sus salas se expone una vasta colección del arte milenario
chino. Terracotas esculpidas siglos atrás, tapices de distintas dinastías
o pinturas realistas de la época roja, se mezclan con eso que los
llamados críticos de arte han dado en denominar Arte Vanguardista y que
a un profano como yo, muy poco le expresan. Por
fin nos conducen al tren. Al llegar, todo cambia. Ya percibo la ansiada
sensación de encontrarme de vacaciones. El primer vagón al que
subimos, es un largo salón decorado al estilo de la Belle Epoque, sin
ostentaciones, pero muy coqueto. En el centro, el pasillo enmoquetado y
a los lados, hileras de mesas con dos sillones, iluminadas con una
elegante lámpara de sobremesa. Las ventanas se cubren con cortinas
blancas y sobre ellas, cortinones estampados de flores.
Es
la hora del acto solemne de la recepción, se nos ofrece copas de cava y
en cada mesa, pequeños platos con aceitunas y frutos secos están a
nuestra entera disposición. Nos entregan una carpetilla con el programa
completo del viaje. Nuestras maletas ya han sido llevadas a nuestros
respectivos camarotes. Por fin el tren comienza su lento transitar. En
esta primera jornada solamente viajaremos durante una hora en el tren,
el tiempo necesario para recorrer la distancia que separa Bilbao de
Balmaseda. Allí cenamos en un antiguo monasterio de clausura que
perteneció a la Orden de las Clarisas y hoy sirve de posada para cómodos
viajeros. El plato principal está compuesto de tres tajadas de bacalao,
finamente guisadas de tres formas diferentes. Observo los vetustos muros
de esta vieja edificación usados durante más de trescientos años para
enclaustrar la meditación mística y me pregunto, qué secretos se
encerrarán dentro de ellos. Cuántos peregrinos de los de los de
verdad, de aquellos menesterosos que hacían el camino a pie, habrán
encontrado cobijo en este albergue y un plato caliente, gracias a la
generosidad de las monjas. Este
primer día del viaje nos sirve para ir conociendo lo heterogéneo del
pasaje, de los Estados
Unidos vienen cuatro personas mayores, un matrimonio de México, una
familia de cinco miembros de Colombia, dos jóvenes de Alemania, otra
pareja de jubilados desde Australia y el resto hasta los cincuenta y
cuatro que somos, son gentes de todas las edades que vienen de distintos
puntos de España. El toque
singular lo dan tres compañeros de viaje que son invidentes. Un viaje
que quiere mostrarnos las bellezas de la costa cantábrica es el
objetivo turístico de estos tres ciegos. El
tren lleva cuatro vagones salón o de ocio, bautizados con los nombres
de la cuatro regiones que atraviesa, Asturias, Cantabria, Euskadi y
Galicia. En ellos se ubica el bar, la sala de televisión, la de lectura
y el vagón musical. Tras
la cena, retornamos nuevamente al tren, la curiosidad me empuja a
conocer el ambiente nocturno del pub. La animadora, nos recibe con música
de discoteca. Un pequeño grupo la acompañamos cantando, enseguida
destaca entre todos nosotros, uno de los pasajeros colombianos, un
hombre alegre que nos toca la guitarra y canta canciones populares. La
fiesta toma otro derrotero mucho más participativo. Es
ya muy tarde, nos retiramos a nuestro diminuto camarote, es pequeño,
muy pequeño. Nos causa una pésima impresión, risas y quejas se
suceden en nuestra conversación. ¡Esta minúscula estancia, convertida
en alcoba! Al final el cansancio nos vence y nos rendimos. Esta
primera noche en el tren he dormido mal. He extrañado mi cama, hacía
calor dentro del camarote y el persistente ruidito de la ventilación no
me han permitido descansar bien. Me levanto a las siete y media. Ducha y
aseo. En
el salón está todo listo para el desayuno. La mesa bufete
atractivamente engalanada con los diversos alimentos que se nos ofrecen,
está a nuestra entera disposición. Me siento en la mesita ubicada
enfrente y me deleito, mientras desayuno, observando a mis compañeros
de viaje. Los austeros sólo se proveen de un bollo. Una señora de
excusa de que sólo tome fruta, aduciendo su pertinaz estreñimiento.
Otros, más caprichosos, comen con sus ojos, llenan sus platos a rebosar
de los distintos ingredientes que nos ofrecen y luego no son capaces de
comérselo todo. Aprovechando
ese momento en el que todos estamos desayunándonos el tren se pone en
marcha y partimos rumbo a Laredo. Me
desilusiona Laredo, a lo largo de su playa los especuladores
inmobiliarios han edificado discordantes edificios que afean su paisaje
costero. No obstante, su acogedor puerto le da una típica pincelada
marinera. Imagino sus calles durante el invierno, despojadas de el bullicio
estival, su barrio viejo de empinadas cuestas en cuyas cima se encuentra
la iglesia parroquial, una joya gótica, antigua escala de los
peregrinos jacobeos e intuyo al pueblo que tuvo que ser y ya no es. Mientras
unos paseamos por su paseo marítimo, algunos otros viajeros aprovechan
el tiempo libre para acudir a los oficios religiosos, asistiendo a la
misa de este día dominical. Desde Laredo partimos en barco hasta Santoña,
aprovechando la corta singladura marítima para mostrarnos la abrupta
costa de la parte occidental de la bahía. Allí comemos en un
restaurante enorme junto a la playa, la comida es sencilla, comida
marinera, sardinas asadas, calamares, sus afamadas anchoas con pimientos
y luego marmitako. En la sobremesa paseo por la orilla de la playa
refrescando mis pies cansados. A destacar en Santoña sus marismas y el
imponente penal del Dueso. Allí estuvo encerrado el legendario Lute. Otra
horita en tren y llegamos a Santander. Ciudad moderna de aire
cosmopolita. Los veraneantes abarrotan sus calles y paseos en este mes
de agosto. Es también éste un lugar acogedor para vivir. Sus paseos al
borde del mar, sus distinguidos y cuidados edificios, el señorial
barrio del Sardinero, sus jardines, los tamarindos y las playas, todo me
recuerda mucho a mi propia ciudad. Me pierdo entre sus calles y doy a
dar a la catedral. La
visito, y justo al lado, bajo sus suelos, nos topamos con una coqueta
iglesia gótica de muy poquita altura. Una maravilla de templo. Cenamos
esta noche en el elegante Restaurante Chiqui. Tras los postres nos
dividimos los viajeros en dos grandes grupos, uno de los grupos se
dirige directamente al tren a descansar; el otro grupo, nos acercamos al
casino. Las mesas de juego están a rebosar de ludópatas. Yo no juego,
me basta con observar como hombres y mujeres de todas las edades juegan
impulsivamente con vana esperanza de ganar un fortuna. Esta
noche he dormido mejor, toda enterita de un tirón. Mi esposa se levanta
antes que yo. Quiere ser la primera en utilizar la ducha. Es muy
escrupulosa y se le hace duro compartir ducha y retrete con los otros
compañeros de viaje. Mientras, yo aprovecho y sigo descansando. La
primera visita del día es a la población histórica de Santillana del
Mar. Según nos informa la guía a esta población la califican como el
pueblo de las tres mentiras, ya que Santillana del Mar ni es santa ni
llana y ni se encuentra cerca del mar. Esta
pequeña población tiene un encanto peculiar, sus calles empedradas,
sus fachadas blasonadas y sobretodo su Colegiata románica, son un
prodigio del espíritu de conservación. Si no fuera por las vestimentas
de los viandantes, el paseante creería que ha sido trasladado al
renacimiento o estar deambulando por callejuelas de una población
medieval, según nos informaron, todos sus edificios tienen más de un
siglo. Sin embargo, tras la visita te queda una sensación extraña, es
muy bella pero demasiado perfecta, es una especie de plató cinematográfico,
de decorado del medievo. Tras almorzar en el Parador Nacional nos
dirigimos hacia Cabezón de la Sal, allí hacemos una parada de varias
horas, no hay nada interesante para ver. Estas horas en Cabezón de la
Sal las percibo como las horas menos fecundas del viaje. Al
atardecer nos conducen hasta Comillas, vamos en autobús, visitamos la
antigua Universidad Pontifica, de estilo modernista, muy catalana.
Actualmente se percibe su decadencia, la humedad y el abandono muy
pronto dejarán en sus paredes una huella irreparable. En
Comillas cenamos en el Capricho de Gaudí, un edificio que parece de
juguete, muy colorido y coqueto. Parece una casa sacada de un cuento de
hadas y que según nos dijeron, ha sido adquirida por una multinacional
japonesa con la intención de desmontarla piedra a piedra y llevársela
lejos de aquí. Por una vez, nuestros mandatarios han sabido defender
nuestro patrimonio y no lo han consentido. Me quedo con ganas de conocer
mejor este pueblo y me prometo a mí mismo que volveré. Ya
duermo bien. La falta de espacio del camarote la vamos superando poco a
poco, el ruido del climatizador es ya imperceptible y el sueño me vence
cada noche derrotándome hasta la mañana siguiente. Con
el paso de los días nos vamos paulatinamente acostumbrando y al final
del viaje ya nos habíamos adaptado a dormir en nuestra pequeña alcoba.
Ahora, con la perspectiva que da la distancia, creo que no son tan
importantes las pequeñas dimensiones del compartimento. Realmente Sólo
es utilizado por la noche para dormir. El
tren nos conduce hasta Unquera, allí cogemos el autobús para
trasladarnos a través del desfiladero de la Hermida, por la cuenca del
Río Deva hasta Potes. Este desfiladero es el más largo de España,
tiene una longitud de unos veintitrés kilómetros y es de una belleza
agreste y poco común. Al pasar por la población de La Hermida hacemos
un alto, dicen que durante los cortos días del invierno, el sol no es
visible desde este pueblo. Está tan encerrado entre las escarpadas
paredes del desfiladero, que hasta bien entrada la primavera, cuando el
sol se alza por encima de las montañas, sus paisanos sólo llegan a
presentirlo por la claridad del cielo, no pudiendo gozar de su cálida
visión. Potes
es un pueblo de montaña ubicado en un fértil valle, cuenta con algunas
edificaciones medievales, es muy pintoresco y turístico. En una de sus
torres antiguas visito una interesante exposición fotográfica sobre la
fauna y la flora de los Picos de Europa. Y... por qué no decirlo, en
Potes elaboran un orujo exquisito. Seguimos
ascendiendo y llegamos a Santo Toribio de Liebana, un monasterio con
vestigios románicos, donde los frailes franciscanos guardan celosamente
una reliquia que, según ellos, es el trozo más grande que se conserva
del madero donde crucificaron a Cristo. Desde
allí a Fuente de, una pequeña población ubicada a más de mil metros
de altitud en medio de los abruptos Picos de Europa. Comemos en el
Parador y nos ofrecen comida de montaña, cocido lebaniego. Tras la
comida, sin tiempo de digerir los alimentos, nos invitan a subir en
teleférico a un pico rocoso, de una altitud cercana a los dos mil
metros. Me armo de valor y me arriesgo a montar en aquella cabina
voladora. En la cumbre, para darle más morbo a la visita, han
construido un mirador suspendido en el vacío con un suelo de barrotes
que permite ver bajo tus pies el inmenso desnivel que te separa del
valle. Por
la tarde dejamos Cantabria, nos desplazamos en el tren hasta Llanes, un
pueblecito de Asturias, marinero y muy acogedor. Llueve. Dando un paseo
visito el nuevo puerto construido con colosales diques que lo protegen
de los temporales invernales, me acerco a su playa, a su barrio antiguo
plagado de tascas, luego me alejo del centro y descubro un paseo junto a
los acantilados, muy original y entrañable, su suelo está totalmente
cubierto de hierba y ornamentado con innumerables tamarindos. Han
aprovechado una gran roca horadada por el viento y las lluvias de
siglos, para construir un mirador sobre el mar. Ya
estamos en Asturias, en esta región dormiremos durante tres días. Al
atardecer, justo acabábamos de llegar a Llanes ha comenzado a llover,
mal presagio para unas vacaciones veraniegas por la Costa Cantábrica.
Para combatir el destemple, esa noche me acerco al vagón de las juergas
y me entono con unos chupitos de orujo. Ayer
aunque no me acosté muy temprano, hoy he dormido sólo hasta las ocho
de la mañana. Es el día que mejor he dormido. Parece que el catre ya
no es ningún impedimento para poder conciliar un sueño reparador. Partimos
de Llanes camino de Ribadesella. No llueve, pero el cielo continúa
encapotado, presiento la lluvia y la niebla en las cumbres de los Picos
de Europa. En
Ribadesella cogemos el autobús y nos dirigimos por la carretera que
transcurre paralela al Río Sella. Vamos río arriba, haciendo el
recorrido contrario al de la afamada regata de piraguas. Pasamos
Arriondas y Cangas de Onis, histórica primera capital del Reino de
Asturias. Es esta localidad el lugar donde comenzó a fraguarse la España
actual, es el punto de partida de la reconquista. Un puente medieval,
bautizado popularmente como romano, de cuyo arco central pende la
llamada Cruz de la Victoria, es su monumento más emblemático. Desde
Cangas de Onis ascendemos al Santuario de Covadonga, visitamos la pequeña
gruta de La Santina donde está enterrado el rey Visigodo Pelayo,
caudillo de los resistentes cristianos frente a los invasores
musulmanes. Nuestro
autobús, por sus dimensiones, no puede subir hasta los Lagos de Enol.
Nos ponen a nuestra disposición dos microbuses para que podamos visitar
las cimas de los Picos de Europa. Un compañero de viaje nos explica el
dudoso origen del nombre de esta cordillera. Según él existen dos teorías,
la primera está relacionada con la mitología griega y la diosa Europa;
la segunda, mucho más nostálgica, hace referencia a los antiguos
pescadores que se desplazaban en sus traineras en busca de los bancos de
bacalao hacia las frías aguas del norte atlántico, a su regreso eran
estos picos lo primero que veían de Europa desde alta mar, siendo
ellos, quienes los bautizaron con este nombre de Picos de Europa No
llueve, pero según vamos subiendo la niebla se va cerrando, el camino
es tortuoso, en varias ocasiones rebaños de ovejas y cabras o
solitarias vacas, invaden la carretera y nos impiden, por unos momentos,
el paso. El cielo gris es sobrevolado por majestuosos buitres. La espesa
boscosidad de robles, hayas y fresnos se altera con praderías y
pastizales donde sestea tranquilo el ganado. Al
llegar al alto no vemos más allá de cinco o seis metros. Un pequeño
grupo intentamos llegar a la orilla del lago, la falta de visibilidad
nos lo impide. Nos desviamos y cogemos un sendero equivocado. Vuelta atrás.
Nos encaminamos por otra vereda y está vez, acertamos. Al llegar a la
orilla, milagrosamente, la niebla en pocos minutos se disipa. Se
presenta ante nuestros ojos un paisaje majestuoso, un pequeño lago
rodeado de escarpadas moles rocosas. Ni no fuera por la masificación
turística, el panorama sería bucólico, el ganado vacuno rumiando en
los prados que lo rodean, una docena de ánades bañándose en la
sosegado superficie del agua, ajenos todos ellos a la invasión de tanto
inexperto fotógrafo. Nos
invitan a degustar en un chiringuito, queso y chorizo de la tierra,
mientras dos jóvenes nos muestran sus habilidades escanciando la sidra
con la que acompañamos el aperitivo. Descendemos
a Cangas de Onis, allí almorzamos en el Restaurante Los Arcos. El
primer plato era una degustación de quesos de la zona, Cabrales, Beyos,
Peamellera, Ahumado de Pría y Afuega el Pitu. Disparidad de opiniones,
para unos exquisito, para otros asqueroso. Para
finalizar la jornada el tren nos lleva hasta Gijón, ciudad moderna, de
tradición industrial y comercial, cuenta con una amplia playa abierta
al mar. Paseo por la ciudad, su calle más comercial es peatonal, está
invadida por las innumerables terrazas de los cafés de la zona, dejando
para el viandante solamente un estrecho pasillo a cada lado. Me resulta
incómodo pasear por allí. Cenamos en el Parador del Molino Viejo y
seguidamente nos retiramos todos nuevamente al tren. Hoy viajamos hasta Oviedo desde Gijón. La ciudad de los Carballones, como denominan a Oviedo, se me antoja mucho más acogedora que la de Gijón, apodada de los Cus Mollados. Encuentro esta ciudad muy limpia. Visitamos en primer lugar dos joyas de la arquitectura prerrománica en el Monte Naranco, la Iglesia de San Miguel de Lillo y la albergue regio de Santa María del Naranco. Volvemos
a la ciudad, son las doce del mediodía cuando arribamos, y justo en ese
momento, suena en su plaza principal un carillón con los sones del
himno astur. La ciudad en su barrio viejo, está plagada de
construcciones neoclásicas bien cuidadas y rehabilitadas, cuenta, así
mismo, con un mercadillo singular al aire libre en un plaza porticada de
estilo medieval, su catedral es gótica con algunos partes más antiguas
de estilo románico. Me llama la atención la cantidad de esculturas de
bronce que decoran sus plazuelas dedicadas a la maternidad, la lechera o
el pescador, sobresaliendo, para mi gusto, una dedicada al viajero,
firmada por Úrculo. Comemos
en el Raitán, un restaurante popular, nos ofrecen una degustación de
platos típicos asturianos. Fabada, pote, patatas rellenas... un menú
de seis platos y tres postres. Demasiado para mí. Para hacernos más
llevadera la digestión, una tuna ameniza nuestra sobremesa. Nuevamente
al tren. Aprovecho el viaje hasta Cudillero para dormir un poco e ir
digiriendo la comilona. Cudillero es un pueblecito abigarrado que
asciende desde la orilla de su pequeño puerto a lo largo de la ladera
de un monte. Calles muy estrechas, escaleras que ascienden a casas casi
inaccesibles y callejones sin salida. Leo el nombre de una callejuela
angosta que la define con nitidez, “Sal si puedes”.
Desde
allí a Luarca en autobús. Es Luarca una ciudad marinera genuina. Su
historia marinera está narrada con orgullo en un mosaico adosado a una
pared en lo alto del pueblo, bellos acantilados, acogedoras playas y un
cementerio majestuoso desafiando al mar abierto es el lugar de descanso
de Severo Ochoa, nuestro último Nobel de medicina. Su río, a pesar de
su nombre, Río Negro, es
de aguas cristalinas. Aquí
ya se huele la influencia de la vecina Galicia, la pizarra cubre todos
los edificios, la diseminación de las casas, la vida marinera apareándose
con la vida rural. Luarca
como todos los pueblos marineros está plagado de tascas en torno a su
puerto, cenamos en el restaurante Villa Blanca, y es aquí, en Luarca,
donde saboreamos el plato más exquisito de viaje, espárragos rellenos
de caviar de oricios. Ciertamente un manjar. Por
la noche celebramos una fiesta en el tren, entre bailes, risas y
canciones nos dan las tres de la madrugada. Hoy
nos espera una verdadera jornada de tren, dos horas por la mañana y
cuatro por la tarde. Primera estación Ribadeo. Hemos entrado en Galicia
por su frontera más norteña, vadeando el Río Eo. Las aguas que bañan
la Ría de Eo en su correría por tierra adentro, se alejan varios kilómetros
de la costa, forma marismas y arenales y configura pueblos costeros a
mucha distancia del litoral. Ya
estamos en Galicia y se nota. Su urbanismo anárquico contrasta con la
armonía de su paisaje. Sopla un molesto viento del Nordeste que nos ha
despejado el cielo y agita con fuerza la tranquila superficie de la Ría.
En su bocana un antiguo fuerte convive con un moderno parque urbanizado
con gusto. Sí, esto ya es Galicia, en el centro del pueblo coexisten
pacíficamente las huertas plantadas de maíz e higueras con las nuevas
edificaciones de viviendas y los Pazos y casonas blasonadas abandonadas
con pequeñas casitas de marineros. Tengo la sensación de encontrarme
en una ciudad decadente, de pasado señorial, hoy venida a menos. Comemos
en el Parador Nacional tradicional comida gallega, entre otros platos
tomamos un surtido de empanadas y pulpo con cachelos. El vino que nos
sirven es de albariño. Estamos
en Galicia y percibo su magia, su fuerza telúrica y comienzo a
identificarme con mi tierra ancestral. Cuatro
horas de recorrido en tren por la costa cantábrica de Galicia, por un
paisaje apacible, de pequeñas rías, de costas abruptas y pequeñas
playas. Temo que se nos a hurtado algo bueno al no hacer un alto en algún
lugar de esta costa. Llegamos a Ferrol, Capitanía Naval del Norte y
ciudad de grandes astilleros. Desde el punto de vista turístico no
ofrece ningún interés. Al llegar al Parador Nacional, en la vecina
Capitanía General están arriando la bandera nacional, el corneta
desafina como un diablo y aunque no está en el programa oficial, todos
nos paramos a ver el insólito espectáculo. La cena es una gran
mariscada, mejillones, almejas, nécoras, centollas y cigalas. Nadie
puede terminar de comerse todo lo servido, en el postre nos sirven,
entre otros dulces, unas ricas filloas y rematan la cena con una
queimada. Hoy
hemos dormido por último día en el tren. Ha amanecido un día claro y
despejado en Ferrol, desde allí nos dirigimos en barco hasta La Coruña.
Navegamos tranquilos, cientos de gaviotas descansa en la superficie del
agua y sólo emprenden su vuelo cuando la proa del barco está a menos
de diez metros de ellas. El los pequeños promontorios que jalonan la ría
podemos apreciar las ruinas de varios fuertes que en otro tiempo
sirvieron como baluartes para proteger a Ferrol de las invasiones
enemigas. Al salir de la ría la bruma se nos echa encima. El viento frío
obliga a guarecerse y dejar la cubierta. Cometo la imprudencia de
mantenerme en cubierta y el viento juguetón de un soplido se lleva mi
visera. Al
llegar al puerto de La Coruña la bruma desaparece y el sol brilla
resplandeciente. En el tiempo libre me dejo perder por sus cantones,
calles peatonales plagadas de restaurantes y bares de tapas. Desemboco
en la plaza de María Pita, la heroína coruñesa y admiro el estilo ecléctico
de la esplendorosa fachada del Ayuntamiento, luego en autobús, antes de
partir hacia Santiago de Compostela, nos enseñan el recién estrenado
paseo costero.
Por
fin llegamos a Santiago de Compostela, término del trayecto. La ciudad
mágica. Una guía nos enseña la Catedral, esa joya del barroco
gallego. En esta visita me pierdo voluntariamente de mis compañeros de
viaje, voy a ver la grandeza del románico Pórtico de la Gloria, me
paro ante la efigie de su autor, el Maestro Mateo, llamado el Santo dos
croques, junto mi frente con la suya en un ritual simbólico, dicen que
de ese modo se transfiere la sabiduría. Me retiro durante unos momentos
en recogimiento en la capilla más antigua y más acogedora, la llamada
de Santa María de Coticela y que hace de parroquia para los extranjeros
y los vascos que acudimos en peregrinación a esta ciudad. Antes de
salir por la puerta de norte me fijo en la cantidad de señales marcadas
en las piedras de la catedral, señales que nos han legado los maestros
masones que la construyeron. Comemos
en el Parados de los Reyes Católicos y como no podía ser de otro modo,
nos dan vieira al horno, acabando la comida con la típica Tarta de
Santiago. Se
despiden de nosotros la Guía y el Director del Tren, antes, nosotros
habíamos dejado nuestra despedida escrita en el libro de viajeros. Yo
dejé constancia escribiendo que los peregrinos que en la Edad Media
cubrían el Camino de Santiago, fueron los precursores de esta Europa
Unida por la que hoy tantos ansiamos. Eran
estos peregrinos hombres que caminaban hacia el ocaso, hacia una muerte
alegórica que les sirviera de Iniciación a una nueva vida. Personas
que descubrían en el viaje el sentido del destino. Hombres que
observaban, que encontraban en el lenguaje secreto de la piedra la
explicación a su existencia. Eran personas solidarias que
confraternizaban con sus semejantes. Hoy, en esta sociedad individualista, preñada de prisas, donde el ajeno la más de las veces, es sólo un adversario al que hay que vencer. Hoy que al viaje se le ha hurtado su sentido, sobrevalorando únicamente el destino, este TRANSCANTÁBRICO que sigue la ruta jacobea de la costa, es como una gota fresca de humanidad en el vasto desierto del individualismo.
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