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ESTRATA
Huellas y Caminos
Apartado de correos, 67
20.115 Astigarraga - Gipuzkoa
ESPAÑA
EDITORIAL
Me pregunto, viendo las páginas de
esta revista, dónde está el fondo de la motivación que nos mueve a
indagar sobres los acontecimientos del pasado, las costumbres del
hombre, la literatura o el paisaje, y no tarde en venir a la memoria el
tiempo cuando todo este afán tuvo origen en la infinita curiosidad de
un niño.
Le lúdica sed de aventura y el poder
de evocación de los misterios de la arqueología prendaron al amor de
los relatos de Julio Verne y Daniel Dafoe y de las historias familiares
que narraba mi padre en los paseos por las umbrías de Irusta. Así, las
bocaminas de Miagorri se antojaban puertas terroríficas hacia el mundo
subterráneo en el que moraban criaturas sin nombre y donde, seguro,
entre ríos de lava, se escondían magníficos tesoros. Las vaharadas de
vapor que brotaban de las simas eran evidencia y prueba de que aquel
imaginario ara más veraz que el abstracto mundo que nos describía el
maestro de la escuela.
La seducción del misterio podía más
que el miedo a los habitantes de lo oscuro y con los ojos como platos el
chaval se aventuraba en los primeros metros del túnel, hasta que unas
manos amables ponías freno al tímido tanteo de las sombras,
indicándole dónde estaba la frontera entre la empuñadura y el filo de
la navaja.
Más tarde, apuntando ya años mozos,
las lecturas de cómics e historias de ciencia-ficción llevaban la
mente a hacer interpretaciones fantásticas del paisaje. Las canteras de
Jaikibel sólo podían ser ruinas de una ciudad colosal, sucursal acaso
del reino atlante, y los extractos pétreos que otrora fueran lodos
arenosos se antojaban como el calamitoso aliento de una explosión
termonuclear prehistórica, grabado indeleble en el suelo cuando
extrañas civilizaciones de otros mundos visitaban la Tierra.
Cuando volvemos a los lugares de la
infancia, a veces intentamos, aferrados al recuerdo, recuperar aquel
paisaje lleno de ensoñaciones maravillosas. Embotada por el ruido y el
ajetreo, la mente se abre con dificultad a olores y colores que uno
tenía ya olvidados y empieza a reparar en detalles que reconstruyen,
sólo en parte, un tiempo que está soterrado en la memoria. Andando los
rincones en los que ahora el pensamiento racional ubica especies,
ecosistemas y restos del pasado de identidad más o menos definida, se
echa de menos la virtud evocadora del niño capaz de crear universos y
sagas heroicas, esa sal y pimienta, que abonó campos que el devenir de
la vida va dejando poco a poco incultos.
Ahora se muestra diáfano que sólo el
poso de aquel tiempo perdido alimenta pequeños manantiales que dan
momentos de frescor a nuestras vidas. Hay cosas que alientan tanto como
el calor de la compañera o el pan reciente de la mañana. Uno de
nosotros pasa horas llenando su mente con el vuelo de las garzas,
preguntándose cual es el último impulso que les lanza a realizar
extraordinarios viajes. Otro, siente una emoción apenas contenida al
releer aquel verso final en el que el poeta relata los funerales de
Héctor.
¿Qué nos mueve, en fin, a interrogar
las viejas piedras, a hacer cosas inútiles, sino el niño que aún nos
habla desde la memoria? Solemos decir que hacer esta revista es puro
divertimento y no engañamos, pero, acaso, lo más cierto es que es el
resultado de un conjunto de cosas sin importancia que nos mantienen al
fin y al cabo, vivos.
Ahora, mientras pienso en todo esto,
preparo sin prisa el fuego del hogar sabiendo que pronto oiré unos
pasos amigos tras la puerta.
L. M. T.


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